La iglesia Vive de la eucaristía. Con
este término su Santidad Juan Pablo II inicia su encíclica
Ecclesia de Eucharistia. Dándonos a conocer que el núcleo de la
Iglesia, está en la sagrada Eucaristía, por la transformación del
pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor,
Su Santidad refiere, La sagrada
Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la
Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que
da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo » Por tanto la
mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en
el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación
de su inmenso amor.
Contemplar a Cristo implica saber
reconocerle dondequiera que Él se manifiesta, pero sobre todo en el
Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del
Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La
Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz
».Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de
algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús: « Entonces
se les abrieron los ojos y le reconocieron » (Lc 24, 31).
Al inicio de su ministerio como
Sucesor de Pedro, JP II ha reservado siempre el Jueves Santo, día de
la Eucaristía y del Sacerdocio, y ha invitado a todos los Sacerdotes
y fieles del mundo a unirse a esta intención de contemplar el rostro
eucarístico » de Cristo, señalando con nueva fuerza a la Iglesia la
centralidad de la Eucaristía. De ella vive la Iglesia. De este « pan
vivo » se alimenta. Y dice ¿Cómo no sentir la necesidad de exhortar
a todos a que hagan de ella siempre una renovada experiencia?
Dice su Santidad, en muchos lugares,
la adoración del Santísimo Sacramento se convierte en fuente
inagotable de santidad. La participación devota de los fieles en la
procesión eucarística en la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de
Cristo es una gracia de Dios, Por ello se nos invita a no abandonar
esta presencia eucarística de nuestro salvador.
MISTERIO DE LA FE
La Iglesia ha recibido la Eucaristía
de Cristo, su Señor, no sólo como un don entre otros muchos, aunque
sea muy valioso, sino como el don por excelencia, porque es don de
sí mismo, de su persona en su santa humanidad y, además, de su obra
de salvación. Ésta no queda relegada al pasado, pues « todo lo que
Cristo es y todo lo que hizo y padeció por los hombres participa de
la eternidad divina y domina así todos los tiempos.
Cuando la Iglesia celebra la
Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se
hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y «
se realiza la obra de nuestra redención, obteniendo frutos
inagotables. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los
siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio
de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan
inestimable don. Su Santidad Juan Pablo II dice: Deseo, una vez más,
llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con ustedes, mis
queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio:
Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer
Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un
amor que llega « hasta el extremo » (Jn 13, 1), un amor que no
conoce medida.
Por ello la Iglesia vive
continuamente del sacrificio redentor, y accede a él no solamente a
través de un recuerdo lleno de fe, sino también en un contacto
actual, puesto que este sacrificio se hace presente, perpetuándose
sacramentalmente en cada comunidad que lo ofrece por manos del
ministro consagrado. De este modo, la Eucaristía aplica a los
hombres de hoy, la reconciliación obtenida por Cristo una vez por
todas para la humanidad de todos los tiempos. En efecto, « el
sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un
único sacrificio »
Efectivamente, el sacrificio
eucarístico no sólo hace presente el misterio de la pasión y muerte
del Salvador, sino también el misterio de la resurrección, que
corona su sacrificio. En cuanto viviente y resucitado, Cristo se
hace en la Eucaristía « pan de vida » (Jn 6, 35.48), « pan vivo »
(Jn 6, 51).
De tal modo la eficacia salvífica del
sacrificio se realiza plenamente cuando se comulga recibiendo el
cuerpo y la sangre del Señor, dentro de la celebración eucarística.
De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de
nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión: le recibimos
a Él mismo, que se ha ofrecido por nosotros; su cuerpo, que Él ha
entregado por nosotros en la Cruz; su sangre, « derramada por muchos
para perdón de los pecados » (Mt 26, 28). La Eucaristía es verdadero
banquete, en el cual Cristo se ofrece como alimento, por lo tanto
quien se alimenta de Cristo en la Eucaristía no tiene que esperar el
más allá para recibir la vida eterna: la posee ya en la tierra como
primicia de la plenitud futura, que abarcará al hombre en su
totalidad. En efecto, en la Eucaristía recibimos también la garantía
de la resurrección corporal al final del mundo: « El que come mi
carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el
último día » (Jn 6, 54).
LA EUCARISTÍA EDIFICA LA IGLESIA
La Iglesia se edifica a través de la
comunión sacramental con el Hijo de Dios inmolado por nosotros: «
Haced esto en recuerdo mío... Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en
recuerdo mío » (1 Co 11, 24-25; cf. Lc 22, 19).
Por tanto, la Iglesia recibe la
fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la
Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la
sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo
tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo
es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y
con el Espíritu Santo.
Por tanto El culto que se da a la
Eucaristía fuera de la Misa es de un valor inestimable en la vida de
la Iglesia. Dicho culto está estrechamente unido a la celebración
del Sacrificio eucarístico. La presencia de Cristo bajo las sagradas
especies que se conservan después de la Misa en el culto
eucarístico, particularmente la exposición del Santísimo Sacramento.
Con esto abre al cristiano un encuentro constante con su salvador.
APOSTOLICIDAD DE LA EUCARISTÍA Y DE
LA IGLESIA
Si la Eucaristía es centro y cumbre
de la vida de la Iglesia, también lo es del ministerio sacerdotal.
Por eso, con ánimo agradecido a Jesucristo, nuestro Señor, reitero
que la Eucaristía « es la principal y central razón de ser del
sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la
institución de la Eucaristía
Se entiende, pues, lo importante que
es para la vida espiritual del sacerdote, como para el bien de la
Iglesia y del mundo, que ponga en práctica el celebrar
cotidianamente la Eucaristía, De este modo, el sacerdote será capaz
de sobreponerse cada día a toda tensión, encontrando en el
Sacrificio eucarístico, verdadero centro de su vida y de su
ministerio, la energía espiritual necesaria para afrontar los
diversos quehaceres pastorales.
El carácter central de la Eucaristía
en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también en
la pastoral de las vocaciones sacerdotales. La vida Eucarística del
sacerdote es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta
generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo
del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para
sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la
llamada al sacerdocio.
MARÍA, MUJER «EUCARÍSTICA»
En la Eucaristía, la Iglesia se une
plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de
María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el
Magnificat en perspectiva eucarística. La Eucaristía, en efecto,
como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias.
Cuando María exclama « mi alma engrandece al Señor, mi espíritu
exulta en Dios, mi Salvador », lleva a Jesús en su seno. Alaba al
Padre « por » Jesús, pero también lo alaba « en » Jesús y « con »
Jesús. Esto es precisamente la verdadera « actitud eucarística ».
ORACIÓN
Señor Jesús:
Nos presentamos ante ti sabiendo que
nos llamas y que nos amas tal como somos.
«Tú tienes palabras de vida eterna y
nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios» (Jn.
6,69).
Tu presencia en la Eucaristía ha
comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como
comunión y donación de todo lo que eres.
Aumenta nuestra FE.
Por medio de ti y en el Espíritu
Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle
nuestro SÍ unido al tuyo.
Contigo ya podemos decir: Padre
nuestro.
Siguiéndote a ti, «camino, verdad y
vida», queremos penetrar en el aparente «silencio» y «ausencia» de
Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que
nos dice: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia:
Escuchadlo» (Mt. 17,5).
Con esta FE, hecha de escucha
contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales,
así como los diversos sectores de la vida familiar y social.
Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra
paz, nuestro mediador, hermano y amigo.
Nuestro corazón se llena de gozo y de
esperanza al saber que vives «siempre intercediendo por nosotros» (Heb.
7,25).
Nuestra esperanza se traduce en
confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el
Padre.
Queremos sentir como tú y valorar las
cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y
el fin de todo.
Apoyados en esta ESPERANZA, queremos
infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que
Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y
en las actitudes de la vida concreta.
Queremos AMAR COMO TÚ, que das la
vida y te comunicas con todo lo que eres.
Quisiéramos decir como San Pablo: «Mi
vida es Cristo» (Flp. 1,21).
Nuestra vida no tiene sentido sin ti.
Queremos aprender a «estar con quien
sabemos nos ama», porque «con tan buen amigo presente todo se puede
sufrir». En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre,
porque en la oración «el amor es el que habla» (Sta. Teresa).
Entrando en tu intimidad, queremos
adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas,
opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana.
CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE
ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera,
que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras:
«Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt. 26,38).
Tú superas la pobreza de nuestros
pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a
adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con
un silencio de amigo y con una presencia de donación.
El Espíritu Santo que has infundido
en nuestros corazones nos ayuda a decir esos «gemidos inenarrables»
(Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en
el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu
amor y tu palabra.
En nuestras noches físicas y morales,
si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque
muchas veces no sentiremos la consolación.
Aprendiendo este más allá de la
ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o «misterio». Entonces nuestra
oración se convertirá en respeto hacia el «misterio» de cada hermano
y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente
familiar y social y construir la historia con este silencio activo y
fecundo que nace de la contemplación.
Gracias a ti, nuestra capacidad de
silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de
SERVIR.
Nos has dado a tu Madre como nuestra
para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella,
recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más
perfecta Madre.
Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera,
que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en
vida y comunicarla a todos los hermanos. Amén.
Juan Pablo II