El Santo Padre, el Papa
Benedicto XVI nos ha enseñado,
que la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí
mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En
este admirable Sacramento se manifiesta el amor “más grande”, aquel
que impulsa a “dar la vida por los propios amigos” (cf. Jn 15,13).
Jesús “los amó hasta el extremo” dice el evangelista san Juan
(13,1). Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue
amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su cuerpo y de su
sangre.
En la Eucaristía, dice
el Papa,
contemplamos la síntesis del mandamiento del amor: Cristo nos
entrega en sí mismo la plena realización del amor de Dios y del amor
a los hermanos. Nos comunica ese amor cuando nos alimentamos de su
cuerpo y de su sangre. Así dejamos a los ídolos y nos convertimos al
Dios vivo y verdadero (1Tes 1,9). Esta conversión es el principio
del camino de la santidad que el cristiano está llamado a realizar
en su existencia. Le basta el amor de Dios que experimenta en el
servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes
no están en condiciones de corresponder.
La Eucaristía es
Misterio que se ha de creer, celebrar y vivir:
Misterio que se ha de
Creer (6-33). La conversión sustancial del pan y del vino en el
cuerpo y la sangre del Señor Jesús, es una realidad que supera toda
comprensión humana. La eucaristía es misterio de la fe por
excelencia, es el compendio y la suma de nuestra fe. Cuanto más viva
es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su
participación en la vida eclesial a través de la misión. Toda gran
reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en
la presencia eucarística de Señor en medio de su pueblo.
Misterio que se ha de
Celebrar (34-69). Es necesario vivir la eucaristía como misterio de
la fe celebrado auténticamente. La fuente de nuestra fe y de la
liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo
ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual. En la liturgia
resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos
atrae hacia sí y nos llama a la comunión. Puesto que la liturgia
eucarística es esencialmente acción de Dios que nos une a Jesús a
través del Espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro
arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. La
celebración de la Eucaristía implica la tradición viva.
Misterio que se ha de
Vivir (70-93). El misterio “creído” y “celebrado” contiene en sí un
dinamismo que hace de él el principio de vida nueva en nosotros y
forma de la existencia cristiana. Comulgando el Cuerpo y la Sangre
de Jesucristo se nos hace participes de la vida divina de un modo
cada vez más adulto y consciente. No es el alimento eucarístico el
que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que
gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos
alimenta uniéndonos a él. La Eucaristía transforma toda nuestra vida
en culto espiritual agradable a Dios, por eso dice san Pablo a los
Romanos: “Los exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar sus
cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es su culto
razonable” (Rom 12,1). El nuevo culto debe ser ofrenda total de la
propia persona en comunión con toda la Iglesia.
Dios nos pide, dice
Benedicto XVI,
que lo acojamos en la Eucaristía, que pongamos a su disposición
nuestro corazón y nuestro cuerpo, toda nuestra existencia, para que
él pueda habitar en el mundo. Nos llama a unirnos a él para formar
juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y si nosotros decimos sí,
sucede para nosotros y en nosotros un misterioso intercambio: somos
asumidos en la divinidad de Aquel que asumió nuestra humanidad.
La contemplación de la
Eucaristía debe impulsar a todos los miembros de la Iglesia:
A los sacerdotes a
renovar su compromiso de fidelidad, en el misterio eucarístico se
funda el celibato que han recibido como don valioso y signo del amor
indiviso a Dios y al prójimo.
A los laicos la
espiritualidad eucarística debe ser el motor interior de toda
actividad, y no se puede admitir ninguna dicotomía entre la fe y la
vida en su misión de animación cristiana en el mundo.
La Eucaristía impulsa al
cristiano a ser “pan partido” para los demás, a trabajar por un
mundo más justo y fraterno.
Que María mujer
eucarística, nos ayude a estar enamorados de la Eucaristía y a
permanecer en el amor de Cristo para que él nos renueve íntimamente
y gocemos en la tierra la gloria del cielo.