BENEDICTO XVI Y LA EUCARISTÍA


Pbro. José Luis Salinas Ledesma

El Santo Padre, el Papa Benedicto XVI nos ha enseñado,[1] que la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor “más grande”, aquel que impulsa a “dar la vida por los propios amigos” (cf. Jn 15,13). Jesús “los amó hasta el extremo” dice el evangelista san Juan (13,1). Del mismo modo, en el Sacramento eucarístico Jesús sigue amándonos “hasta el extremo”, hasta el don de su cuerpo y de su sangre.  

En la Eucaristía, dice el Papa,[2] contemplamos la síntesis del mandamiento del amor: Cristo nos entrega en sí mismo la plena realización del amor de Dios y del amor a los hermanos. Nos comunica ese amor cuando nos alimentamos de su cuerpo y de su sangre. Así dejamos a los ídolos y nos convertimos al Dios vivo y verdadero (1Tes 1,9). Esta conversión es el principio del camino de la santidad  que el cristiano está llamado a realizar en su existencia. Le basta el amor de Dios que experimenta en el servicio humilde y desinteresado al prójimo, especialmente a quienes no están en condiciones de corresponder. 

La Eucaristía es Misterio que se ha de creer, celebrar y vivir:[3] 

Misterio que se ha de Creer (6-33). La conversión sustancial del pan y del vino en el cuerpo y la sangre del Señor Jesús, es una realidad que supera toda comprensión humana. La eucaristía es misterio de la fe por excelencia, es el compendio y la suma de nuestra fe. Cuanto más viva es la fe eucarística en el Pueblo de Dios, más profunda es su participación en la vida eclesial a través de la misión. Toda gran reforma está vinculada de algún modo al redescubrimiento de la fe en la presencia eucarística de Señor en medio de su pueblo. 

Misterio que se ha de Celebrar (34-69). Es necesario vivir la eucaristía como misterio de la fe celebrado auténticamente. La fuente de nuestra fe y de la liturgia eucarística es el mismo acontecimiento: el don que Cristo ha hecho de sí mismo en el Misterio pascual. En la liturgia resplandece el Misterio pascual mediante el cual Cristo mismo nos atrae hacia sí y nos llama a la comunión. Puesto que la liturgia eucarística es esencialmente acción de Dios que nos une a Jesús a través del Espíritu, su fundamento no está sometido a nuestro arbitrio ni puede ceder a la presión de la moda del momento. La celebración de la Eucaristía implica la tradición viva. 

Misterio que se ha de Vivir (70-93). El misterio “creído” y “celebrado” contiene en sí un dinamismo que hace de él el principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace participes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente. No es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él. La Eucaristía transforma toda nuestra vida en culto espiritual agradable a Dios, por eso dice san Pablo a los Romanos: “Los exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar sus cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es su culto razonable” (Rom 12,1). El nuevo culto debe ser ofrenda total de la propia persona en comunión con toda la Iglesia. 

Dios nos pide, dice Benedicto XVI,[4] que lo acojamos en la Eucaristía, que pongamos a su disposición nuestro corazón y nuestro cuerpo, toda nuestra existencia, para que él pueda habitar en el mundo. Nos llama a unirnos a él para formar juntos la Iglesia, su Cuerpo histórico. Y si nosotros decimos sí, sucede para nosotros y en nosotros un misterioso intercambio: somos asumidos en la divinidad de Aquel que asumió nuestra humanidad. 

La contemplación de la Eucaristía debe impulsar a todos los miembros de la Iglesia:[5]  

A los sacerdotes a renovar su compromiso de fidelidad, en el misterio eucarístico se funda el celibato que han recibido como don valioso y signo del amor indiviso a Dios y al prójimo. 

A los laicos la espiritualidad eucarística debe ser el motor interior de toda actividad, y no se puede admitir ninguna dicotomía entre la fe y la vida en su misión de animación cristiana en el mundo. 

La Eucaristía impulsa al cristiano a ser “pan partido” para los demás, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. 

Que María mujer eucarística, nos ayude a estar enamorados de la Eucaristía y a permanecer en el amor de Cristo para que él nos renueve íntimamente y gocemos en la tierra la gloria del cielo.

  

 

[1] En la Exhortación  Apostólica Postsinodal SACRAMENTUM CARITATIS.

[2] Conclusión del Sínodo de los Obispos dedicado al misterio de la Eucaristía en la vida y en la misión de la Iglesia. Eucaristía, 23 de octubre de 2005 Año de la Eucaristía.

[3] Exhortación Apostólica Postsinodal SACRAMENTUM CARITATIS.

[4] Angelus, Domingo 16 de agosto de 2009

[5] Conclusión del Sínodo de los Obispos dedicado al misterio de la Eucaristía en la vida y en la misión de la Iglesia. Eucaristía, 23 de octubre de 2005 Año de la Eucaristía.

 

Reflexión pronunciada durante la procesión de Corpus Christi, 3 de Junio de 2010.

 

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