Les saludo con gozo en el Señor a cada uno de
ustedes hermanos y hermanas de las 26 comunidades que integran
esta comunidad parroquial, quienes elevan hoy su canto de acción
de gracias al Señor por 100 años de gracia y de bendición, que
nuestro Padre Dios ha mostrado en este Templo “símbolo y hogar
visible de la comunidad cristiana” bajo la maternal intercesión
de la “Bienaventurada Virgen María, en su advocación de los
Siete Dolores”.
Saludo a los presbíteros que hoy en comunión han
venido para unirse al gozo de esta comunidad parroquial, de
manera particular agradezco a los señores curas y vicarios que a
lo largo de todo este tiempo han tejido la historia de la
salvación en estas tierras, formando la identidad parroquial. De
manera especial a su actual Señor cura el P. Alejandro Ledesma
y a su Vicario colaborador el P. Jonathan Basaldúa. Gracias por
entregar su vida al servicio del Evangelio.
Saludo a los miembros de la Vida Consagrada.
A los seminaristas.
A cada uno de los movimientos y asociaciones.
Hermanos y hermanas todos en el Señor:
1. Al inicio de esta celebración hemos escuchado
la crónica que nos permite reconocer las maravillas de Dios que
entre la fe y la esperanza se han ido manifestando para formar
en el corazón de los hombres de estas comunidad parroquial la
imagen de Jesucristo, a la luz de su Evangelio y bajo la guía y
formación humana y cristiana de los pastores. Destaco de manera
significativa la presencia franciscana de la provincia de
Michoacán, quienes desde la Iglesia de San Juan Bautista en
Xichú, en los inicios de la fundación de esta comunidad, en la
persona de Fray Juan de San Miguel, bajo el espíritu de San
Francisco se ganó la confianza de los indios otomíes y
chichimecas para poder trasmitir la primera evangelización.
2. Hoy de manera especial reconocemos los anhelos
y proyectos de los padres Fray José María y Fray Ambrosio
Malabear, quienes con una visión profética construyeron el
primer templo, (el actual salón grande del curato parroquial) y
cimentaron el segundo, entendiendo que en una comunidad la
presencia de la vida eclesial se ve reflejada en el templo,
“símbolo de la vida religiosa, cultural y social de la
comunidad”.
3. Esta hermosa celebración nos permite venerar
la figura significativa del padre Juan Plaza quien continua con
los cimientos del templo, y el padre José Cleofas Arvizu quien
preocupado por la vida de la comunidad se dedicó con ahínco en
la construcción cultural, física y social de la comunidad,
llevando a termino la obra material del templo que hoy conocemos
y del cual hoy celebramos el centenario.
4. Es importante reconocer la labor civilizadora
que estos hombres de Dios quienes impulsaron las tradiciones y
las costumbres, en al ámbito de la música y las artes, a pesar
de los tiempos políticamente adversos por las situaciones en
contra de la fe y de la religión, al grado de sufrir la
persecución y el destierro y que en colaboración con los
cristeros supieron defender la fe cristina. No quiero dejar de
lado sin mencionar la tan significativa figura del Venerable
Padre Porfirio Vega, primer párroco de esta comunidad, de quien
muchos de ustedes aún recuerdan con amor y con gratitud su
persona, pues su amor al Evangelio y su sencillez de vida,
imprimió en sus corazones un singular amor a la Eucaristía, al
Sagrado Corazón de Jesús, a la santísima Virgen de los Dolores,
a San Isidro Labrador y a Santa Cecilia, marcando el ritmo y la
vida cultural de esta comunidad.
5. Hoy en este contexto de fe y de celebración
gozosa, hemos escuchado la Palabra de Dios, la cual es
esperanzadora pues confirma la promesa de Dios, no solo para
reconocer el pasado histórico con veneración, sino también para
impulsar el legado cultural, social y religioso que hemos
recibido mediante nuestros padres “herederos de la fe”; sin duda
que la gran mayoría de ustedes reconocen en este templo su casa,
su identidad y el fundamento de su fe, pues es aquí donde por
el agua del bautismo recibieron la adopción de los Hijos de
Dios. Siendo incrustados en el edificio espiritual del verdadero
Templo que es Jesucristo, donde han sido agregados al pueblo
santo de Dios por la unción de los sacramentos como sacerdotes,
profetas y reyes, donde constantemente se alimentan de su
Palabra y de su Eucaristía, donde muchos de ustedes han
recuperado la gracia y experimentado el amor misericordioso de
Dios mediante el sacramento de la Reconciliación, donde las
familias domésticas han sellado su alianza de amor en el
sacramento del Matrimonio, donde muchos, en una suplica
constante, en el encuentro con Jesús Eucaristía, han orado y
pedido por las vocaciones sacerdotales, misioneras y religiosas,
pues reconocemos el gran numero de sacerdotes y consagradas que
han salido de esta comunidad parroquial.
6. Todo esto queridos hermanos, es fruto de la
gracia y acción del Espíritu, pues el templo es una parábola de
nuestra existencia que vive la tensión entre la lejanía y la
intimidad con Dios, entre el misterio y la revelación, entre el
tiempo y la eternidad. Su belleza y armonía, destinadas a dar
gloria nos invitan a nosotros, limitados y pecadores, a
convertirnos para formar un "cosmos", una construcción bien
ordenada, en estrecha comunión con Cristo, el verdadero
Santo de los Santos.
7. Queridos hijos, la pregunta que el evangelio
de hoy nos hace: “¿No saben que son templos de Dios y que el
Espíritu de Dios habita en ustedes. Si alguno destruye este
templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios
es santo, y este templo son ustedes?” (1Cor 3, 16-17). Es una
pregunta que hemos de responder con nuestra vida. San Agustín
nos exhorta a que "cuando recordemos la Consagración de un
templo, pensemos en aquello que dijo San Pablo: ‘Cada uno de
nosotros somos un templo del Espíritu Santo’. Ojalá conservemos
nuestra alma bella y limpia, como le agrada a Dios que
sean sus templos santos. Así vivirá contento el Espíritu
Santo en nuestra alma". En esta fiesta hacemos referencia
al lugar concreto del culto comunitario a Dios. La
adoración en espíritu y en verdad si bien no se
circunscribe o se limita a un lugar, tiempo o fórmula,
necesita un ámbito exterior de manifestación de la
comunidad que celebra su fe y alaba a Dios. Como meta de
peregrinación nuestro templo también ofrece el patio de los
gentiles, espacio abierto que invita a todo el mundo a rezar
al único Dios. En este sentido a nosotros nos toca purificar el
templo como a Jesús en su tiempo, quitando “aquello que es
contrario al conocimiento y a la adoración común de Dios,
despejando por tanto el espacio para la adoración de
todos”.
8.
Es a partir de este Templo de donde la vida de la
gracia para toda esta comunidad surge y de dónde, como decía el
profeta Ezequiel en la primera lectura, crecen toda clase de
árboles frutales, es decir los hijos de Dios que dan frutos de
vida y de salvación para alimentar la esperanza y las alegrías
de las comunidades.
9.
Queridos hermanos y hermanas, la fiesta que hoy
celebramos con jubilo y a la cual nos hemos preparado durante
estos meses, nos recuerda que el verdadero Templo es
Jesucristo, en el cual estamos llamados a ofrecer el culto en
espíritu y en verdad, pues esta es la llamada que Dios nos
hace “Nosotros somos colaboradores de Dios, ustedes son campo
que Dios cultiva, casa que Dios edifica” (1 Cor 3, 9). En virtud
del bautismo todos estamos llamados a la Misión de construir el
verdadero Templo, para la salvación de los hombres.
10. Hemos recibido una herencia cultural muy
valiosa, porque ha habido hombres y mujeres que se han
preocupado de trasmitirnos la fe en el Dios verdadero, a
nosotros hoy día nos toca reconocer e impulsar un futuro que
garantice la fe verdadera, que mueva a los hombres a Dios.
Nuestros niños y jóvenes tienen derecho a recibir la luz del
Evangelio. Por eso renovemos nuestro compromiso con él, al
celebrar 50 años de vida parroquial, renovemos “la
espiritualidad de comunión”, la cual es la expresión eclesial de
la conversión y de la vocación universal a la santidad de los
discípulos de Jesucristo, y no debe considerarse como algo
extraordinario en el sentido de algo reservado a un grupo o
categoría especial de fieles, sino que es la manera ordinaria y
común de vivir la fe, de ser cristiano, en cualquier estado o
condición de vida en que se desarrolle la existencia. Es el
sentido obvio de la invitación de Jesús: Sean perfectos como el
Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48), de manera que las
dificultades e incomprensiones que los fieles laicos
experimentan al momento de dar testimonio público de la fe son
parte del camino de santificación que Jesucristo les propone al
momento de invitarlos a su seguimiento.
11.
“El acceso a Jesucristo se nos da por el don de
la fe recibida en el bautismo, pero debe alimentase y crecer, en
primer lugar, mediante la escucha, meditación y estudio de la
Palabra de Dios hecha oración y alabanza en la liturgia de la
Palabra, en la liturgia de las Horas y mediante la Lectio
Divina. Es tan importante esta conversión de los católicos a la
Sagrada Escritura, que el Concilio recomienda insistentemente a
todos los fieles, especialmente a los religiosos, la lectura
asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de
Jesucristo (Flp 3, 8), pues, desconocer la Escritura es
desconocer a Cristo (S. Jerónimo) (DV 25)”.
12.
Desde la primera evangelización hasta los tiempos
recientes la Iglesia ha experimentado luces y sombras. Escribió
páginas de nuestra historia de gran sabiduría y santidad. Sufrió
también tiempos difíciles, tanto por acosos y persecuciones,
como por las debilidades, compromisos mundanos e incoherencias,
en otras palabras, por el pecado de sus hijos, que desdibujaron
la novedad del Evangelio, la luminosidad de la verdad y la
práctica de la justicia y de la caridad. Sin embargo, lo más
decisivo en la Iglesia es siempre la acción santa de su Señor.
13.
“La gran tarea de custodiar y alimentar la fe del
pueblo de Dios, y recordar también a los fieles de esta
comunidad parroquial que, en virtud de su bautismo, están
llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo”. Se abre
paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias,
caracterizado por el desconcierto generalizado que se propaga
por nuevas turbulencias sociales y políticas, por la difusión de
una cultura lejana y hostil a la tradición cristiana, por la
emergencia de variadas ofertas religiosas que tratan de
responder, a su manera, a la sed de Dios que manifiestan
nuestros pueblos” (cf. DA 10).
14.
Recobremos, pues, “el fervor espiritual.
Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar,
incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo – como
los primeros evangelizadores de nuestras tierras, como el Padre
Juan Plaza, el Padre José Cleofas Arvizu y el Padre Porfirio
Vega, como tantos señores Curas que aún realizan su tarea
apostólica y misionera, como esa multitud de admirables
evangelizadores que se han sucedido a lo largo de los mas de
cien años de historia de esta comunidad cristiana de el Capulín
– con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de
extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas
entregadas. Y ojalá el mundo actual – que busca a veces con
angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena
Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados,
impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del
Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido,
ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar
su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar
la Iglesia en el mundo”. Recobremos el valor y la audacia
apostólicos.
15.
Nos ayude la compañía siempre cercana, llena de
comprensión y ternura, de María Santísima la Virgen Dolorosa a
quien tanto amor y devoción profesamos en esta parroquia. Que
nos muestre el fruto bendito de su vientre y nos enseñe a
responder como ella lo hizo en el misterio de la anunciación y
encarnación. Que nos enseñe a salir de nosotros mismos en camino
de sacrificio, amor y servicio, como lo hizo en la visitación a
su prima Isabel, para que, peregrinos en el camino, cantemos las
maravillas que Dios ha hecho en nosotros conforme a su promesa.
Por eso nos encomendamos a ella y le decimos: ¡Santa Madre mía,
Madre del Señor ruega por nosotros hijos del dolor. Ten piedad
del alma que se acoge a Ti, santa Madre mía, ten piedad de mí!
Amén.