PRESENTACIÓN
Los vientos de un “renovado
Pentecostés” comenzaron a soplar sobre la Iglesia y a repercutir en
el mundo con particular vigor desde ese acontecimiento de gracia que
fue el Concilio Ecuménico Vaticano Segundo. El Espíritu sopla donde
quiere, cuando quiere y también al ritmo que Él quiere y que
nosotros propiciamos o permitimos según el designio salvador de
Dios.
Nuestra Iglesia diocesana
ha querido dejarse guiar y conducir por ese soplo vivificante del
Espíritu, teniendo el oído atento a lo que nuestros Pastores nos han
dicho y enseñado en la Conferencias Generales del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe, celebradas en Medellín (1968), en
Puebla (1979), en Santo Domingo (1992) y en Aparecida (2009).
Diecinueve han sido las
Asambleas Diocesanas que hemos celebrado desde que iniciamos el Plan
Diocesano de Pastoral y ahora, en la vigésima, queremos hacer una
evaluación serena y veraz del camino recorrido y, al mismo tiempo,
recibir un nuevo impulso del Espíritu hacia la “nueva
evangelización” para que lleguemos a ser, como nos pide Aparecida,
auténticos “discípulos misioneros de Jesucristo”.
Antecede siempre a esta
gracia el encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo, que
nos invita a estar con Él, a escucharlo y a cambiar de vida para
poder acompañarlo en la realización de su misión. “Somos cristianos
sólo si encontramos a Cristo… Sólo en esta relación personal con
Cristo, sólo en este encuentro con el Resucitado llegamos a ser
cristianos de verdad”, nos ha recordado el Papa Benedicto XVI (3.
VIII, 08). Convertirse es dejarse encontrar por Cristo, estar con Él
y seguirlo. Como miembros de la Iglesia, sin la “conversión
pastoral” será imposible la renovación eclesial, la nueva
evangelización y la oferta de salvación para el mundo. El discípulo
misionero debe primero escuchar qué es lo que Dios quiere, su santa
voluntad; después, lo que el mundo necesita y está esperando y,
finalmente, encaminar su acción y su vida para colmar y transformar
esa realidad, superando gustos personales o costumbres ancestrales.
Será siempre un “llevar con la gracia divina, en nuestra carne las
señales de la cruz de Cristo”, como decía san Pablo; un proceso
doloroso, pero siempre participación fecunda en el misterio pascual
de Cristo.
Por eso, ofrezco a los
hermanos presbíteros, a los consagrados y consagradas, a los agentes
de pastoral, a los movimientos y organizaciones apostólicas estas
reflexiones sobre la “conversión pastoral”, que “toca todo y a
todos” (SD, 30) sin escapatoria posible. O nos renovamos interior y
exteriormente o no cumplimos con la tarea encomendada y nos
exponemos a frustrar el plan de Dios entre nosotros.
Aunque los contenidos
abarcan a toda la Iglesia, a pastores y fieles, lo mismo que a todas
las instancias y estructuras apostólicas, esta carta pastoral tiene
en la mira con especial énfasis a las Parroquias, como “células
vivas de la Iglesia y lugares privilegiados en los que la mayoría de
los fieles tienen una experiencia viva de Dios y de la Iglesia.
Encierran una inagotable riqueza comunitaria porque en ellas se
encuentra una enorme variedad de situaciones, de edades, de tareas…
y brindan un espacio comunitario para formarse en la fe y crecer
comunitariamente” (A 304).
Queremos, como Diócesis,
pero desde las parroquias y con todas las parroquias, “dar un paso
más”, un paso adelante en nuestro caminar diocesano, pasando “de la
formación a la planeación”, con la finalidad concreta de elaborar el
Plan Parroquial de Pastoral. Este será un signo real y tangible de
nuestra “conversión pastoral”, para que nuestra Iglesia diocesana
pueda ser formadora de verdaderos discípulos misioneros de
Jesucristo.
La Virgen Santísima, en su
advocación de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, Patrona
principal de la Diócesis, será siempre nuestro modelo, aliento y
guía en el seguimiento de su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador.
0. INTRODUCCIÓN
Tema recurrente en el magisterio
1.
El llamado a la conversión pastoral es un tema recurrente del
magisterio tanto pontificio como episcopal latinoamericano y del Caribe,
aunque con diversa nomenclatura. Desde las últimas décadas del siglo
pasado se habla de desafíos pastorales que reclaman nuevas respuestas,
así como de la necesidad de renovación y revitalización de la acción
pastoral, por no nombrar otros llamados de carácter más sociológico como
el de cambios de estructuras o de diversas opciones por ciertos sectores
de la sociedad, etcétera. Sin duda que el llamado profético a la Nueva
Evangelización que hizo el papa Juan Pablo Segundo en Haití, resumió y
dio cauce a todas estas expectativas. En el discurso de apertura de la
Conferencia de Santo Domingo decía que “la novedad de la acción
evangelizadora a que hemos convocado afecta a la actitud, estilo,
esfuerzo y a la programación o, como propuse en Haití, al ardor, a los
métodos y a la expresión” (DI. 10), advirtiendo que “la llamada a
la nueva evangelización es una llamada a la conversión” (Nº 1).

Exigencia de la nueva evangelización
2.
El documento de Santo
Domingo retoma el tema y lo expresa con energía, al decir que “la
nueva evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia” (SD
30). Recientemente, el nuevo acontecimiento de gracia que fue la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe
celebrada en Aparecida, Brasil, en su documento conclusivo, insiste en
la urgencia de la conversión pastoral poniéndola, con aportaciones
nuevas y sugerencias concretas, bajo la rúbrica de la misión.

La conversión pastoral en el corazón
de la Iglesia
3.
Queremos, en este trabajo, situar la conversión pastoral en el
contexto de la Iglesia y de su corazón, la santa eucaristía; y,
posteriormente, ubicarla en su ámbito concreto de la Iglesia particular,
en especial en la parroquia, para, finalmente, subrayar dos urgencias:
la conversión respecto a la escucha y fidelidad a la Palabra de Dios y
la necesidad de implementar un instrumento concreto y sólido de
catequesis mediante la iniciación cristiana, con el catecumenado y la
subsiguiente evangelización, con la finalidad de iniciar el proceso de
superación de esa debilidad casi congénita de la fe católica en este
continente.

I.
COMUNIÓN EUCARÍSTICA,
COMUNIÓN ECLESIAL Y CONVERSIÓN PASTORAL
La
Iglesia es comunión
4.
La koinonía o communio “encarna y manifiesta la misma
esencia del misterio de la Iglesia”, nos recordaba el papa Juan
Pablo Segundo (NMI 42). Hablar, pues, de comunión es tocar la misma
entraña, el corazón de la Iglesia. En efecto, explica el Papa, “la
comunión es fruto y manifestación de aquel amor que, surgiendo del
corazón eterno del Padre, se derrama en nosotros a través del Espíritu
que Jesús nos da (Cf. Rm 5,5) para hacer de nosotros ‘un solo corazón y
una sola alma‘ (Hech. 4, 32)” (Ibid.). El corazón del Padre se
manifiesta en el corazón del Hijo por la acción del Espíritu Santo y se
nos da a cada uno de nosotros para que tengamos un solo corazón en la
Iglesia y seamos “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y
de la unidad de todo el género humano” (Cf. LG 1). Muchas son las
cosas que hacemos y programamos en la Iglesia, pero si falta la
comunión, como expresión del amor de Dios (ágape), todo sería inútil.
“Comprendí que la Iglesia tenía un corazón y que este corazón ardía de
amor…, que comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo”,
decía Santa Teresa de Lisieux en cita del papa Juan Pablo Segundo (NMI
42). Aparecida lo resume diciendo que “la Iglesia atrae cuando vive
en comunión” y así se hace misionera (A 163).

La espiritualidad de comunión
5.
Por esta razón, antes de emprender la planeación pastoral, “hace
falta promover una espiritualidad de comunión, proponiéndola como
principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el
cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas
consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y
las comunidades” de modo que la Iglesia (diócesis o parroquia) sea
“casa y escuela de comunión” (NMI 43). Esta “espiritualidad de
comunión” consiste en un mirar el corazón de la Santísima Trinidad y
ver su luz amorosa reflejada en nuestros corazones y presente también en
los hermanos que están a nuestro lado y que nos pertenecen. “Éste es
el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si
queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las
profundas esperanzas del mundo”. Esta es la Nueva Evangelización que
el mundo actual está esperando de nosotros y, para lograrlo, necesitamos
“la conversión pastoral” que “toca todo y a todos: en la
conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de
igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente
cada vez con más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz,
sacramento universal de salvación”, como ya nos indicaba el
documento de Santo Domingo (SD 30). Pero, nos advierte el Papa, “sin
este camino espiritual” o espiritualidad de comunión, “todos los
instrumentos externos se convertirían en medios sin alma, máscaras de
comunión” (Cf. NMI 43). La conversión pastoral será siempre gracia
de atracción de Jesús, el Buen Pastor.

La fuente de la comunión
6.
Es, pues, necesario precisar la fuente y origen de la comunión, que
no es otra que la santa eucaristía, como hermosamente la describe san
Juan de la Cruz en su cantar del alma: “Aquella eterna fonte está
escondida,en este vivo Pan por darnos vida”, y que el Catecismo de
la Iglesia Católica retoma cuando explica cómo la eucaristía hace la
Iglesia: “Los que reciben la eucaristía se unen más estrechamente a
Cristo. Por ello mismo, Cristo une a todos los fieles en un solo cuerpo:
la Iglesia” (N. 1396), de modo que la eucaristía sella y consuma la
unidad iniciada mediante la consagración bautismal a la santísima
Trinidad. Gracias al sacramento del bautismo y de la confirmación, el
pueblo sacerdotal se hace apto para celebrar la liturgia cristiana,
pues, unido a Cristo-Cabeza es “casi una única persona mística”
(Pío XII, MC), una unidad vital y variada, a la que se refería
hermosamente San Agustín, cuando exhortaba a sus fieles: “Si vosotros
sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre
la mesa del Señor y recibís este sacramento vuestro… Oyes decir: El
Cuerpo de Cristo, y respondes amén. Por lo tanto, sé un verdadero
miembro de Cristo para que tu amén sea también verdadero” (Sermón
272).

El cuerpo eclesial de Cristo
7.
Esta riqueza teológica
y eclesial ha sido puesta particularmente de relieve en las plegarias
eucarísticas del nuevo misal. El canon romano nos había enseñado ya a
implorar “toda gracia y bendición” sobre quienes “recibimos el
Cuerpo y la Sangre de tu Hijo al participar aquí de este altar”; la
segunda anáfora precisa, suplicando: “Te pedimos humildemente que el
Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo
y Sangre de Cristo”; la tercera ora para que, “fortalecidos con
el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y llenos de su Espíritu Santo, formemos
en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu”; y la cuarta suplica al
Padre que, “cuantos compartimos este pan y este cáliz, congregados en
un solo cuerpo por el Espíritu Santo, seamos en Cristo víctima viva para
alabanza de tu gloria”. Ya la Didajé lo expresaba
hermosamente en su plegaria eucarística: “Como este pan que hemos
partido, disperso en las espigas de los montes, se unificó en la hostia
que comemos, así se unifique tu Iglesia desde todos los confines de la
tierra en la unidad de tu reino” (IX, 4). Tanto la doctrina del
catecismo como la oración sacerdotal de la misa, son un eco de la
enseñanza del Apóstol: “El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es
la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la
comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un
solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan” (1 Cor. 10,
16-17). El cuerpo físico del Señor Jesús inmolado en la cruz, por obra
del Espíritu Santo se convierte en su cuerpo sacramental presente en el
altar y conforma su cuerpo místico o eclesial, actuante en el mundo.
Verdaderamente la eucaristía hace la Iglesia y la Iglesia se nutre de la
eucaristía.

La
comunión espiritual
8.
De esta reflexión
aparece claro que pensar la “comunión” como algo individual y privado
está en desacuerdo con la enseñanza litúrgica, doctrinal y bíblica de la
Iglesia y sobre la Iglesia. Con un acto externo, el “comer y beber”, se
reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo, mediante los signos
sacramentales; pero no termina allí esta acción misteriosa, sino en la
comida y bebida “espiritual”, en la cual no es Cristo el que se
transforma en el comulgante mediante un proceso biológico, sino que es
el comensal quien es asumido y transformado en el mismo sacramento que
recibe: Se convierte en miembro de cuerpo místico y eclesial de Cristo.
Por la fuerza del Espíritu soy yo quien me transformo en él. Esto
también lo enseñaba la Didajé cuando decía al Padre: “A
nosotros nos has dado un alimento y una bebida espiritual, y la vida
eterna por medio de tu Hijo” (X, 3). Esta es la verdadera “comunión
espiritual” y no sólo el simple afecto o deseo de recibir al Señor, cosa
meritoria pero insuficiente. Toda comunión espiritual es, por su propia
naturaleza, una comunión eclesial.

El cuerpo espiritual del Señor
9.
Nuevamente aquí vemos
traducida en doctrina y vida la enseñanza del Apóstol: “Todos
comieron el mismo pan espiritual y todos bebieron de la misma bebida
espiritual, pues bebían de la misma roca espiritual que los seguía, y la
roca era Cristo” (1 Cor 10, 3-4). Es, pues, plenamente legítima e
indispensable la distinción (no separación, pues el mismo crucificado es
el resucitado) entre el cuerpo físico de Cristo, nacido de Santa María
Virgen e inmolado en la cruz, y el cuerpo espiritual del Señor inmolado
sacramentalmente en el altar y convertido en comida y bebida de
salvación para formar el cuerpo eclesial. Al recibir este alimento y
bebida espiritual, la Iglesia se convierte en signo e instrumento de
salvación, “profunda esperanza del mundo” (NMI, 34). Tomar
conciencia de esta verdad y vivir conforme a ella, es iniciar la
conversión eclesial que nos piden nuestros pastores para llegar hasta la
conversión pastoral.

La eucaristía, forma de la vida
cristiana
10.
La afirmación de
Jesús: “el que me come vivirá por mi” (Jn 6, 57) “contiene en
sí un dinamismo que hace de él (de Cristo) principio de vida nueva en
nosotros y forma de la existencia cristiana. En efecto, comulgando el
Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, nos hace partícipes de la vida divina
de un modo cada vez más adulto y consciente”, dice el Papa Benedicto
XVI (Sacr. Caritatis, 70). La conversión del pan y del vino en el Cuerpo
y la Sangre de Cristo y la conversión de nosotros en Cristo mediante la
“comunión espiritual”, constituyen el fundamento teológico y sacramental
del reclamo de nuestra conversión eclesial y pastoral. Él nos convierte
en él para que nosotros nos convirtamos a él. Si “la Iglesia vive de
la eucaristía”, la fuente y el origen de toda renovación eclesial y
de toda conversión pastoral es la santa eucaristía: “Cada gran
reforma de la Iglesia está vinculada al redescubrimiento de la fe en la
Eucaristía” (A 252); debe, por tanto, implementarse “la pastoral del
domingo”, el día de la Eucaristía. Sin ella no es posible la renovación
de la Iglesia, ni la espiritualidad de comunión, ni la conversión
pastoral. Debe ser, por tanto, justamente conocida, apreciada y vivida
en sus distintas expresiones, sobre todo en la misa dominical.

El rito de la comunión
11.
Es significativo que
el rito y acto de recepción del Cuerpo y Sangre de Cristo en la santa
eucaristía reciba el nombre de comunión, el mismo que la Iglesia. Esto
lo señala insistentemente la liturgia en el llamado “Rito de comunión”,
que se explicita en cuatro pasos: La Oración del Señor, el Rito de la
paz, La Fracción del pan y la Comunión, según la Institución General
del Misal Romano (Nos. 80 a 89). El Padrenuestro es, desde la más
remota antigüedad, la oración más adaptada al rito de la comunión ya que
recalca la fraternidad en torno al “pan cotidiano”, que para los
cristianos evoca principalmente el pan eucarístico, como don del Padre a
sus hijos, al mismo tiempo que se implora el perdón de los pecados. Aquí
aparece la Iglesia como la communio sanctorum de modo que
verdaderamente se da a los santos las cosas santas. El intercambio de la
paz en este lugar (si bien existen otras posibilidades legítimas) asocia
ritualmente lo que está íntimamente unido teológicamente, la
reconciliación con el hermano para obtener el encuentro con Dios. La
Fracción del pan, nombre antiguo de la eucaristía, asocia a ésta con la
participación de todos en un mismo pan para formar un solo cuerpo,
mediante el sacrificio del Cordero que quita el pecado del mundo y
suprime toda división. El Rito de comunión, realizado en procesión
ordenada y festiva, expresa el carácter comunitario de la eucaristía y
hace posible el acercamiento al altar y la unión íntima y esponsal del
fiel con su Señor. Todo en la liturgia eucarística nos habla de la
dimensión comunitaria y social de la comunión; reducirla, por tanto, a
un acto privado y meramente devocional es desfigurarla y volverla
inoperante. Necesitamos en este campo una verdadera conversión eclesial
y pastoral.

La conversión moral
12.
Es evidente que lo
dicho no minimiza ni mucho menos excluye la conversión moral, o sea, el
cambio personal de vida y costumbres. Pero ésta es la consecuencia, casi
“natural” diríamos, dentro de lo sobrenatural de la conversión eclesial
y pastoral. En este campo el papa Benedicto XVI nos enseña que “hoy
se necesita redescubrir que Jesucristo no es una simple convicción
privada o una doctrina abstracta, sino una persona real cuya entrada en
la historia es capaz de renovar la vida de todos… en vida ’según el
Espíritu’ (cf. Rm 8, 4s; Gl 5, 16.25)”; y señala cómo san Pablo,
“en el pasaje de la Carta a los Romanos en que invita a vivir el nuevo
culto espiritual, menciona al mismo tiempo la necesidad de cambiar el
propio modo de vivir y de pensar: ‘Y no os ajustéis a este mundo, sino
transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo
que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto´
(12,2)”; y concluye el Pontífice: “La renovación de la mentalidad
es parte integrante de la forma eucarística de la vida cristiana,
´para que ya no seamos niños sacudidos por las olas y llevados al
retortero por todo viento de doctrina’ (Ef 4, 14)” (Sacr.
Car. 77). La conversión moral es fruto y consecuencia necesaria de una
sincera conversión eclesial y pastoral. La vida eucarística es la que da
la auténtica madurez cristiana y, aunque se reciba de pequeños, se deben
evitar todos los elementos infantiles e individualistas de que se ha
rodeado.

María
Santísima, modelo y creadora de comunión
13.
María Santísima es
propuesta por el Concilio Vaticano II como “figura y modelo de la
Iglesia” porque es la “mujer eucarística” (Juan Pablo II) que
crea, vive y nos lleva a la comunión con Dios y con los hermanos
mediante su Hijo y la docilidad a la acción del Espíritu Santo. Todo
esto encuentra su realización concreta en la Iglesia mediante personas,
instituciones y medios de comunión y participación. Abarca “todo y a
todos”, a pastores y fieles, pero el modo concreto “se realiza a
través de la diócesis y las parroquias, como estructuras fundamentales
de la Iglesia en un territorio particular. Asociaciones, movimientos
eclesiales y nuevas comunidades -con la vitalidad de sus carismas
concedidos por el Espíritu Santo para nuestro tiempo-, así como también
los Institutos de vida consagrada, tienen el deber de ofrecer su
contribución específica para favorecer a los fieles la percepción de
pertenecer al Señor (Cf. Rm 14, 8)” (Sacr. Car. 76), y así
convertirse en auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo.

II. LA CONVERSIÓN PASTORAL EN LA
DIÓCESIS
La diócesis, lugar privilegiado de la
conversión pastoral
14.
La conversión pastoral se apoya y se alimenta de la espiritualidad de
comunión o comunión eclesial y de la comunión eucarística. Son su fuente
y sustento. Ahora hace falta indicar quién es el sujeto y los aspectos
más relevantes de esta conversión pastoral, según el Magisterio de la
Iglesia y, en especial, en las enseñanzas de Aparecida, que la mira de
acuerdo a las necesidades de nuestros pueblos de América Latina y el
Caribe. Vamos a situar la conversión pastoral en la diócesis, a quien
Aparecida llama “lugar privilegiado de la comunión” (No 164) y,
por tanto, de la conversión pastoral, pues, “reunida y alimentada por
la Palabra y la Eucaristía, la Iglesia católica existe y se manifiesta
en la Iglesia particular, en comunión con el Obispo de Roma” (A
165), pues la diócesis “es totalmente Iglesia, pero no es toda la
Iglesia. Es la realización concreta de la Iglesia Universal, en un
determinado lugar y tiempo” (A 166). En efecto, “la maduración en
el seguimiento de Jesús y la pasión por anunciarlo requieren que la
Iglesia particular se renueve en su vida y ardor misionero… es el primer
ámbito de la comunión y misión. Ella debe impulsar y conducir una acción
pastoral orgánica renovada y vigorosa, de manera que la variedad de
carismas, ministerios, servicios y organizaciones se orienten en un
mismo proyecto misionero para comunicar vida en su propio territorio.
Este proyecto, que surge de un camino de variada participación, hace
posible la pastoral orgánica, capaz de dar respuesta a los nuevos
desafíos. Porque un proyecto solo es eficiente si cada comunidad
cristiana, cada parroquia, cada comunidad educativa, cada comunidad de
vida consagrada, cada asociación o movimiento y cada comunidad se
insertan activamente en la pastoral orgánica de la diócesis” (A
169). Queda en claro que la Iglesia particular es el primer y principal
sujeto de la conversión pastoral en cuando en ella y sólo en ella se
puede vivir en plenitud la espiritualidad de comunión. Por eso concluye
Aparecida: “Cada uno está llamado a evangelizar de un modo armónico e
integrado en el proyecto pastoral de la diócesis”.

Renovado esfuerzo en las parroquias
15.
De entre las diversas
comunidades que forman la Iglesia diocesana, la parroquia es la más
importante, puesto que ella es como la Iglesia en la puerta de los
fieles. “La parroquia es célula viva de la Iglesia, lugar
privilegiado en el que la mayoría de los fieles tienen una experiencia
viva de Cristo y de la comunidad eclesial” (A 170). En ella los
fieles encuentran todo lo necesario para su vida cristiana y para su
salvación. A esta naturaleza corresponde su importancia en el proceso de
conversión pastoral. Lo señala Aparecida con particular vehemencia
cuando reclama “una valiente acción renovadora de las parroquias a
fin de que sean de verdad ‘espacios de la iniciación cristiana, de la
educación y celebración de la fe, abiertas a la diversidad de carismas,
servicios y ministerios, organizadas de modo comunitario y responsable,
integradora de movimientos de apostolado ya existentes, abiertas a los
proyectos pastorales y supraparroquiales y a las realidades
circundantes’ (EAm, 41)” (A 170). A estas exigencias inspiradas en
Ecclesia in America, Aparecida pide su “renovación misionera, tanto
en las grandes ciudades como en el mundo rural” y crear para ello
“nuevas estructuras pastorales” (A 173) de modo que “los mejores
esfuerzos de las parroquias, en este inicio del tercer milenio, deben
estar en la convocatoria y formación de laicos misioneros” (A 174).
En cierto sentido la diócesis vive para la parroquia, pues es en ella
donde los fieles acuden a beber de la fuente de la salvación: los
sacramentos, la palabra de Dios, la solidaridad cristiana y experimentan
la fraternidad. Por eso el Documento llega a proponer acciones concretas
y a pedir la adaptación hasta de los horarios de servicios a las nuevas
necesidades (Cf. A 518a).

Conversión
pastoral y renovación misionera
16.
Santo Domingo habló
explícitamente de la conversión pastoral cuando describió la Nueva
Evangelización según la ya clásica propuesta del papa Juan Pablo
Segundo: nueva en su ardor (No 28), nueva en sus métodos (No 29) y nueva
en su expresión (No 30), y concluye así: “La Nueva Evangelización
exige la conversión pastoral de la Iglesia. Tal conversión debe ser
coherente con el Concilio. Lo toca todo y a todos: en la conciencia y
en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de
autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con
más claridad a la Iglesia, en cuanto signo eficaz, sacramento de
salvación universal” (SD 30). Según este contexto, la conversión
pastoral implicaría necesariamente la renovación de los métodos y
expresiones pastorales así como el ardor apostólico de santidad,
temática que Aparecida explicita y aplica a la realidad eclesial
latinoamericana, subrayando la dimensión misionera. El Documento toca
explícitamente el tema de la conversión pastoral en los números 365 a
372 bajo el título “Conversión pastoral y renovación misionera de las
comunidades”, aunque, a decir verdad, todo el Documento es una
invitación y una propuesta a la conversión pastoral de las diócesis, de
las diversas comunidades, de las personas y de las estructuras
eclesiales bajo el rubro de “discípulos y misioneros de Jesucristo
para que nuestros pueblos en Él tengan vida”. En último término,
convertirse pastoralmente es hacer que nuestros pueblos tengan vida en
Cristo, el Buen Pastor, que vino a dar la vida para que sus ovejas la
disfruten en abundancia.

Recomenzar desde Cristo
17.
El telón de fondo que
está reclamando esta conversión pastoral se encuentra sintética y
vigorosamente expresado en inicio del Documento e incorpora los
señalamientos de dos romanos Pontífices. Dice: ”No resistiría a los
embates del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de
algunas normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a
adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a alguna
participación ocasional de algunos sacramentos, a la repetición de
principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no
convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza ‘es el gris
pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en la cual todo
aparentemente procede con normalidad, pero en realidad la fe se va
desgastando y degenerando en mezquindad’” (A 12). Ante este sombrío
panorama a todos nos toca “recomenzar desde Cristo” para propiciar un
verdadero “renacimiento pastoral” (Cf. NMI 28s). Al encontrarnos con Él,
se nos abrirá un nuevo horizonte, “la gran esperanza” (SpS 27). De este
modo, la conversión pastoral arranca de una experiencia personal con
quien viene a nuestro encuentro, Jesucristo. Sólo con esta luz se puede
superar el “gris pragmatismo” que envuelve la vida de nuestra Iglesia.

Conversión en todo y de todos
18.
Si la conversión
pastoral “toca todo y a todos” no es asunto exclusivo, aunque
siempre lo será prioritario, de los pastores. El esquema que puede
ayudarnos a ordenar este panorama englobante es, simplificando un poco,
el señalado de un renovado ardor o de las personas, el de las nuevas
expresiones o estructuras eclesiales y el de los actualizados métodos o
los cómo. Vamos, pues, a referirnos a los tres, comenzando por la
conversión de las personas.

A) LA CONVERSIÓN DE LAS PERSONAS O EL
ARDOR MISIONERO
Cambio de personalidad pastoral
19.
Sin lugar a duda, el tema es complejo y profundo a la vez, pues toca la
interioridad de los pastores, de los agentes de pastoral y de la
comunidad creyente. Sólo el Espíritu de Dios sabe lo que hay en el
espíritu del hombre. El cambio exigido en la mentalidad, los criterios
de juicio, las actitudes, los hábitos, los valores, las relaciones y las
opciones o preferencias que subyacen siempre en todo agente de pastoral
bien puede llamarse “cambio de personalidad pastoral”. Aquí el concepto
bíblico de “conversión” nos ilumina providencialmente; no es un simple
“sentimiento religioso”, sino un volverse dentro de uno mismo, escuchar
su propio corazón y, al mismo tiempo, descubrir allí la voz del Padre
que llama y espera la vuelta, el regreso del hijo pródigo. Se trata,
pues, de un viraje profundo de la nous humana, que se siente
atraída y llamada a acortar distancia, a dejarlo todo y volver a la casa
paterna y experimentar a la Iglesia “como una madre que sale al
encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión
misionera” (A 370), donde particularmente los pobres se sientan
“como en su casa” (NMI 50; Cf. A 188). Este aspecto cálido y festivo
de acogida paterno-materna tiene que ser generado por la conversión de
los pastores, agentes de pastoral y comunidad eclesial. El Documento lo
expresa con términos evangélicos como experimentar “la belleza y
alegría de ser cristiano” o “la gratitud y alegría desbordante”
por el don de la fe. Esta experiencia gozosa de la fe el pueblo creyente
la manifiesta en la celebración de la fiesta cristiana, pero muchas de
sus expresiones necesitan profundización y purificación mediante la
mutua fecundación de la liturgia con la piedad popular.

Bajo el signo de la santidad
20.
Con lo dicho queda claro que la conversión pastoral de las personas
desemboca necesariamente en la santidad, como ya lo había señalado Santo
Domingo: ”El ardor apostólico de la Nueva Evangelización brota de una
radical conformación con Jesucristo, el primer evangelizador; así, el
mejor evangelizador es el santo, el hombre de las bienaventuranzas”
(SD 28), lo que subraya con fuerza el papa Juan Pablo Segundo, señalando
que “la santidad es más que nunca una urgencia pastoral”, y que
“poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una
opción llena de consecuencias”. Sin duda que aquí se refiere el Papa
a la conversión pastoral. Para lograrlo se debe instaurar una “pedagogía
de la santidad verdadera y propia” para que se abra a los fieles el
acceso a ella (Cf. NMI 30-31). Aparecida retoma el tema con vigor,
señalando que “hoy, más que nunca, el testimonio de la comunión
eclesial y la santidad, son una urgencia pastoral” (A 368), cuyo
camino de acceso es la misión (Cf. A 148) y cuyo testimonio, a Dios
gracias, no ha faltado entre nosotros (Cf. A 374d), incluso hasta “la
persecución y la muerte” (Cf. A 98). La Iglesia en América goza ya,
por gracia de Dios, del testimonio supremo del martirio, que la
convierte en madre fecunda y feliz de sus hijos.

B) LA CONVERSIÓN EN LAS ESTRUCTURAS
PASTORALES
Al
servicio del Espíritu
21.
Las estructuras son
las formas concretas y prácticas que necesariamente asume la acción
pastoral organizada para ser eficaz. En toda institución las estructuras
están al servicio de los fines que ésta persigue, de lo contrario se
vuelven contra la misma; serían no sólo inoperantes, sino adversas. Son
siempre relativas, aunque algunas lleguen, por el uso y la tradición,
casi a identificarse con la institución. En la Iglesia solemos
distinguir lo que es “de institución divina”, inmutable, y lo que el
tiempo va aconsejando como lo más apto para el cumplimiento de su
misión. Son de las mutables de las que hablamos. Es claro, por otra
parte, que en la Iglesia el protagonismo pertenece al Espíritu y que las
estructuras eclesiales deberán facilitar el camino a su acción y crear
espacios de libertad, cual conviene a su naturaleza y a la dignidad de
hijos de Dios. La sabiduría divina, acompañada de la virtud de la
prudencia y de la audacia (parresía), deben conducirnos para
armonizar disciplina y libertad, carisma e institución, organización y
creatividad.

Al servicio de la misión
22.
El Documento de
Aparecida pone decididamente la renovación de las estructuras eclesiales
bajo el signo de la misión y, por tanto, ésta “debe impregnar todas
las estructuras eclesiales y todos los planes pastorales de diócesis,
parroquias, comunidades religiosas, movimientos y de cualquier
institución de la Iglesia”; éstas deben hacerlo “con todas sus
fuerzas” y estar dispuestas a “abandonar las estructuras caducas”
menos favorables al espíritu misionero (A 365). Este es, según
Aparecida, el principio rector de la conversión en las estructuras
pastorales. Lo que dificulte o impida la misión, debe abandonarse o
transformarse, como sería el caso del paso “de una pastoral de mera
conservación a una pastoral decididamente misionera” (A 370), o el
cambio “de un pasivo esperar a un activo buscar” (A 517 i). La
presencia del Señor resucitado prometida a sus apóstoles viene después
del mandato: “Vayan por todo el mundo” (Cf Mt 28, 19), es decir,
Jesús resucitado está presente con sus discípulos cuando éstos se ponen
en camino, con su Iglesia misionera.

La
pastoral orgánica
23.
Como las estructuras eclesiales están
presentes en toda la acción pastoral de la Iglesia, la tarea es
amplísima y, para que no se disparen las acciones, debe iniciarse con
una visión integral de la acción pastoral, que responda a la
eclesiología o espiritualidad de comunión y que se llama la “pastoral
orgánica”. La pastoral orgánica es un proceso educativo para lograr la
espiritualidad de comunión. El proyecto pastoral de la diócesis, camino
de pastoral orgánica, debe ser una respuesta consciente y eficaz para
atender las exigencias de la realidad siempre cambiante y a los signos
de los tiempos. Este proyecto diocesano de pastoral orgánica debe ser
dirigido con solicitud vigilante por parte del obispo en sintonía con su
presbiterio y acompañado y apoyado por los fieles laicos, quienes
“deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la
planificación y la ejecución” del plan de pastoral. Los fieles
laicos deben ser incorporados a la renovación de las estructuras
parroquiales y diocesanas y, sobre todo, formados y acompañados para
insertarse en la vida “secular”, que es su ámbito propio y principal
(Cf. A 100c). Este oficio los laicos lo ejercen, no como concesión
graciosa de sus pastores, sino en fuerza de su incorporación a Cristo
mediante el bautismo y la confirmación. Así como se llama a los fieles
laicos a desempeñar ciertos ministerios intraeclesiales, y ellos tienen
el deber moral de acudir a la voz de sus pastores, así los pastores
deben considerar parte de su oficio el apoyar y acompañar a los laicos
en sus tareas apostólicas, respetando en ellas su índole laical (Cf. A
100c). Tan reprobable es la laicización del ministerio ordenado como la
clericalización del estado laical, ahora de grande actualidad; como
también el abandono o desinterés de los pastores por los proyectos que
emprenden los fieles laicos en cumplimiento de sus deberes cristianos.

Los consejos de pastoral
24.
Este diálogo y cooperación eclesial facilitará al pastor estar atento
a las necesidades de su grey y podrá responder mejor a los reclamos del
mundo globalizado y en continua mutación. A este respecto, los Consejos
de pastoral, tanto los diocesanos como los parroquiales, son de vital
importancia en cuanto representativos de grupos o sectores que, apoyados
en su conocimiento de la realidad e iluminados por el Espíritu santo,
mediante el “don de consejo” y no de simples pareceres, auxilian al
pastor en la toma de decisiones para común utilidad. Este auxilio laical
presta un valioso servicio al pastor quien debe iluminar a sus fieles en
todo lo referente al diálogo Iglesia-mundo: política, economía,
justicia, trabajo, educación, cultura y el mundo fascinante y movedizo
de las comunicaciones, para que en todos ellos resuene la voz viviente y
vivificante del Evangelio. A este respecto, Aparecida se hace eco en sus
páginas del llamado del papa Benedicto XVI a crear estructuras justas
como “una condición sin la cual no es posible un orden justo en la
sociedad” (DI 4). Este es el campo específico de los fieles laicos
en los diversos ámbitos de su vida; para ello deben recibir una
formación sólida a fin de que puedan ejercer su liderazgo y recrear la
cultura católica, ahora en evidente declive en el continente. Este es un
elemento decisivo en la conversión pastoral de la Iglesia.

C) LA CONVERSIÓN EN LOS MÉTODOS
PASTORALES
Los nuevos caminos del Evangelio
25.
El método es el camino a seguir para lograr el objetivo; son opciones
operativas para lograr el cambio y llegar a la meta. Son los cómo
del proceso de conversión pastoral. En referencia con lo específico de
la acción pastoral de la Iglesia, los métodos no son sólo instrumentos o
técnicas operativas a manera de herramientas de trabajo; son, más bien,
enfoques y opciones que reflejan y manifiestan el estilo propio de la
pastoral, que no es otro que el de Jesús. Los métodos vienen siendo
verdaderas opciones pastorales. “Nuevas situaciones exigen nuevos
caminos para la Evangelización”, afirmó Santo Domingo (SD 29) y
señaló el testimonio, el encuentro personal con Jesucristo, la docilidad
al Espíritu Santo así como la confianza en la acción salvadora presente
en el kerigma y la solidaridad del cristiano con todo lo humano.

Alegrar la esperanza
26.
Aparecida señala algunas “sombras” que entristecen el panorama que
quiere alegrar nuestra esperanza. Lo hace en el impactante retablo de
carencias en el número 100 del Documento, que en la letra c)
explícitamente señala “una evangelización con poco ardor y sin nuevos
métodos y expresiones”, con un énfasis en el ritualismo sin el
conveniente itinerario formativo de los fieles. Habría también, en
ocasiones, una “inversión pastoral” recurriendo a una
eclesiología preconciliar (b), y “nos ha faltado valentía,
persistencia y docilidad a la gracia” (h), pues “se notan -por
ejemplo- actitudes de miedo a la pastoral urbana; tendencias a
encerrarse en los métodos antiguos y de tomar una actitud de defensa
ante la nueva cultura, de sentimientos de impotencia ante las grandes
dificultades de las ciudades” (A 513). Como el primer paso hacia la
conversión es la aceptación de las culpas, nuestros pastores
humildemente confiesan que “nos reconocemos como comunidad de pobres
pecadores, mendicantes de la misericordia de Dios, congregada,
reconciliada, unida y enviada por la fuerza de la Resurrección de su
Hijo y gracia y conversión del Espíritu Santo” (Ibid.).

Primero, la gracia
27.
Sin duda que esta humilde confesión nos dispone, como al publicano,
para la misericordia divina o “primacía de la gracia”, que nos invita a
superar “la tentación que insidia siempre todo camino espiritual y la
acción pastoral misma: pensar que los resultados dependen de nuestra
capacidad de hacer y programar” (NMI 38). Cuando no se respeta este
principio, “los proyectos pastorales llevan al fracaso y dejan en el
alma un humillante sentimiento de frustración” (Ibid.). Previniendo
esta tentación, Aparecida nos invita a proseguir el itinerario iniciado
por la primera comunidad apostólica y a dar la primacía al Espíritu de
modo que podamos decir siempre con verdad: “Pareció bien al Espíritu
Santo y a nosotros” (Hech 15, 28). Cuando actúa el Espíritu,
entonces Jesucristo se hace presente y se forma en torno a Él la
comunidad de salvación, la Iglesia, una y múltiple, unida y plural,
engalanada con dones y carismas diversos; el protagonismo humano, en
cambio, no edifica, sino que dispersa o paraliza y genera o la división
o la uniformidad. El protagonista de la misión es Jesús, no el
discípulo; éste, después de haber experimentado la fascinación del
encuentro con el Maestro, como nos lo trasmite san Juan en el relato
paradigmático de los dos primeros discípulos (Cf. Jo 1, 38s), es
invitado a “permanecer con él”. En efecto, el discípulo de Cristo, a
diferencia del alumno de los escribas, queda unido a su Persona y forma
parte de su familia, como el sarmiento a la vid para producir mucho
fruto (Cf. Jn 15, 4-5). Por eso, este relato vocacional “permanecerá
en la historia como síntesis única del método cristiano” (A 244) y
los primeros discípulos como ejemplos a imitar.

III. TRES SUBRAYADOS: LA ESCUCHA DE
LA PALABRA DE DIOS,LA INICIACIÓN CRISTIANA Y LA PASTORAL DE CONJUNTO.
Tres urgencias para la conversión
pastoral
28.
La conversión pastoral abarca toda la vida cristiana: las personas,
los métodos, las instituciones y, dijimos, está presente de manera
transversal en el Documento de Aparecida. Sin embargo, quisiera hacer
tres subrayados que me parecen de vital importancia para la conversión
pastoral de la Iglesia: La escucha atenta de la Palabra de Dios y la
Iniciación cristiana y la Pastoral de conjunto.

A) LA ESCUCHA DE LA PALABRA DE DIOS
La misión exige obediencia a la Palabra
de Dios
29.
En la serie de preguntas que se hace y responde el papa Benedicto XVI
en su discurso inaugural, toca este punto con singular maestría:
“¿Cómo conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con él,
para encontrar la vida en él y para comunicar esta vida a los demás, a
la sociedad y al mundo?”, y responde el Papa: “Ante todo, Cristo
se nos da a conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio
de la palabra de Dios”. Y prosigue: “Al iniciar la nueva etapa
que la Iglesia misionera de América Latina y el Caribe se dispone a
emprender… es condición indispensable el conocimiento profundo de la
palabra de Dios” (DI, 3). Un “conocimiento profundo” y una
obediencia incondicional a ella: “En éste pondré mis ojos: en el
humilde y en el abatido que se estremece ante mis palabras” (Is. 66,
2).

Conversión a la Palabra de Dios
30.
A partir del Concilio Vaticano Segundo, la Iglesia que peregrina en
este continente, ha experimentado un acercamiento a la palabra de Dios
escrita mediante versiones en lengua vulgar de la Biblia. Numerosas
comunidades han hecho de la lectura meditada de la Escritura su alimento
y sustento espiritual. Gracias a Dios las traducciones son variadas, sin
duda de diversa calidad, pero indicadores valiosos de salud bíblica. No
obstante este despertar bíblico, la riqueza de la constitución dogmática
sobre la Divina Revelación del concilio Vaticano Segundo, no ha rendido
todavía los frutos abundantes que auspicia en su final: “Que… por la
lectura y estudio de los Libros sagrados, se difunda y brille la palabra
de Dios (2 Thess 3,1); que el tesoro de la revelación encomendado a la
Iglesia vaya llenando el corazón de los hombres. Y como la vida de la
Iglesia se desarrolla por la participación asidua del misterio
eucarístico, así es de esperar que recibirá nuevo impulso de vida
espiritual con la redoblada devoción a la palabra de Dios, que dura para
siempre (Is 40,8; 1 Petr 1,23-25)” (DV 26). Estamos lejos de
satisfacer este deseo del Vaticano Segundo; por eso el Papa nos lo
subraya con particular vehemencia en su discurso, cuando añade: “Para
esto, hay que educar al pueblo en la lectura y meditación de la palabra
de Dios: que ella se convierta en alimento para que, por propia
experiencia, vean que las palabras de Jesús son espíritu y vida (Cf. Jn
6, 63). De lo contrario, ¿cómo van a anunciar un mensaje cuyo contenido
y espíritu no conocen a fondo? Hemos de fundamentar nuestro compromiso
misionero y toda nuestra vida en la roca de la palabra de Dios. Para
ello animo a los pastores a esforzarse por darla a conocer” (Ibid.).
Está del todo claro el llamado del Papa a la conversión bíblica de los
pastores y, en consecuencia, de los fieles.

Animación bíblica de la pastoral
31.
A este llamado responde Aparecida con solicitud en el número 247,
citando el texto del Papa, que luego comenta: “Se hace, pues,
necesario exponer la palabra de Dios como don del Padre para el
encuentro con Jesucristo vivo, camino de ‘auténtica conversión y de
renovada comunión y solidaridad’ (EAm 12). Esta propuesta será mediación
de encuentro con el Señor si se presenta la Palabra revelada, contenida
en la Escritura, como fuente de evangelización” (A 248), de modo que
se responda al hambre de la palabra de Dios que existe en nuestro
pueblo. Se deberá, por tanto, como signo de conversión pastoral,
implementar una ‘pastoral bíblica’, “entendida como animación bíblica
de la pastoral, que sea escuela de interpretación o conocimiento de la
Palabra, de comunión con Jesús u oración con la Palabra, de
evangelización inculturada o de encuentro con la Palabra” (A 248).
Esta ‘animación bíblica’ quiere significar la presencia omnímoda de la
palabra de Dios en todas las ‘pastorales’. La llamada pastoral bíblica
no debe entenderse como una ‘superpastoral’, sino que su función es la
del Verbo encarnado: Ser vida y luz para todas las pastorales. Deberá
también evitarse el peligro del llamado ‘biblismo’, que desliga el Libro
santo de la Tradición viva de donde nació y del servicio del Magisterio
y que degenera en interpretaciones de corte fundamentalista. La
Escritura nació en la Iglesia y debe leerse, interpretarse y vivirse
dentro de la comunión eclesial, cuya máxima expresión es la celebración
eucarística, donde confluyen en una misma mesa el pan de la palabra y el
pan eucarístico. Por eso concluye nuestro texto: “Esto exige, por
parte de los obispos, presbíteros, diáconos y ministros laicos de la
Palabra, un acercamiento a la Sagrada Escritura que no sea solo
intelectual e instrumental, sino con un corazón ‘hambriento de oír la
Palabra del Señor’ (Am 8, 11)” (Ibid.), en especial “la lectio divina o
ejercicio de lectura orante de la Sagrada Escritura” (A 249), cuyo
lugar propio es la parroquia “donde se recibe y acoge la Palabra, se
celebra y se expresa en la adoración del Cuerpo de Cristo y, así, es la
fuente dinámica del discipulado misionero” (A 172). Sin duda que el
próximo Sínodo de los Obispos nos ayudará a esclarecer esta doctrina y a
ponerla en práctica mediante la conversión pastoral de pastores y
fieles.

B) LA INICIACIÓN CRISTIANA
Identidad católica vulnerable
32.
La constatación, tardía quizá pero
saludable de nuestros pastores, de que “son muchos los creyentes que
no participan en la Eucaristía dominical, ni reciben con regularidad los
sacramentos, ni se insertan activamente en la comunidad eclesial”,
constituyen “un alto porcentaje de católicos sin conciencia de su
misión de ser sal y fermento en el mundo, con una identidad cristiana
débil y vulnerable”, que contribuyen a incrementar los grupos
religiosos extraños a la Iglesia o afines a la increencia, son “un
fenómeno que nos interpela profundamente a imaginar y organizar nuevas
formas de acercamiento a ellos para ayudarles a valorar el sentido de su
vida sacramental, de la participación comunitaria y de su compromiso
ciudadano” (A 286). Ante este “gran desafío” que cuestiona a fondo
la manera cómo estamos educando en la fe, “se impone la tarea
irrenunciable de ofrecer una modalidad operativa de iniciación
cristiana” que señale el qué, el quién, el cómo y el dónde debe
realizarse pues, “o educamos en la fe, poniendo realmente en contacto
con Jesucristo e invitando a su seguimiento, o no cumpliremos nuestra
misión evangelizadora” (A 287).

“Nova et vetera”:
La iniciación cristiana
33.
La propuesta viene en el número 294, que dice: “Proponemos que el
proceso catequístico formativo adoptado por la Iglesia para la
iniciación cristiana sea asumido en todo el Continente como la manera
ordinaria e indispensable de introducir a la vida cristiana, y como la
catequesis básica y fundamental”, y explica como “la iniciación
cristiana, que incluye el kerigma, es la manera práctica de poner en
contacto con Jesucristo e iniciar en el discipulado” fortaleciendo
“la unidad de los tres sacramentos de la iniciación cristiana y
profundizar en su rico sentido” (A 288). Vienen después las
modalidades de esta iniciación cristiana, o como catequesis prebautismal
para los no bautizados o como postbautismal para los bautizados no
suficientemente evangelizados “con una experiencia que introduce en
una profunda y feliz celebración de los sacramentos, con toda la riqueza
de sus signos” o “catequesis mistagógica” (A 290). Estas
citas basten para indicar la seriedad de los cambios que se necesitan de
urgencia en los procesos catequéticos y evangelizadores de nuestras
diócesis, parroquias y comunidades, pues “una comunidad que asume la
iniciación cristiana renueva su vida comunitaria y despierta su carácter
misionero. Esto requiere nuevas actitudes pastorales de parte de los
obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y agentes de
pastoral” (A 291)”. Este es un punto fundamental de la conversión
pastoral en su dimensión catequética, que toca todo y a todos. Habrá que
desempolvar las riquísimas catequesis de un San Cirilo de Jerusalén, de
un San Ambrosio de Milán, de un San Juan Crisóstomo, junto con los
métodos de los grandes evangelizadores de nuestro continente: de un Juan
de Zumárraga, de Santo Toribio de Mogrovejo o de San Rafael Guízar
Valencia, pues serán siempre los santos los mejores evangelizadores y
maestros de nuestra conversión y acción pastoral.

C) LA PASTORAL DE CONJUNTO
Rica experiencia postconciliar
34.
Desde los tiempos del postconcilio,
numerosas diócesis del Continente vienen luchando por lograr una
pastoral de conjunto o pastoral orgánica. En muchas de ellas ya es el
modo ordinario de trabajar. Fue el Documento de Puebla el que propuso la
pastoral planificada como “la respuesta específica, consciente e
intencional a las necesidades de la evangelización” (DP 1306) en
estas tierras. Los esfuerzos han sido numerosos y también los frutos,
pues nada genera mayor desaliento en la acción pastoral que la
improvisación, las acciones paralelas y hasta contrapuestas, que todavía
no suelen faltar.

La pastoral de conjunto, signo de
conversión pastoral
35.
La pastoral de conjunto es el objetivo
de toda planeación pastoral. Aparecida reconoce los avances en “en la
estructuración de la pastoral orgánica” (A 99g) y se alegra por
ello, pues hace posible que la diócesis cumpla su cometido respecto a la
comunión y a la misión (Cf A 169). En efecto, el plan de pastoral es un
signo operativo de la eclesiología de comunión y de conversión pastoral.
Toda auténtica pastoral está llamada a ser orgánica o de conjunto, pues
de otra manera no expresa suficientemente el misterio de la Iglesia y
puede desviarse hacia la uniformidad o hacia la dispersión. La
planeación pastoral, si se hace en comunión y participación bajo la guía
del Espíritu Santo, debe lograr que cada miembro de la Iglesia pueda
“evangelizar de un modo armónico e integrado en el proyecto pastoral de
la Diócesis” (A 169) y así pueda ser verdadero discípulo y misionero
de Jesucristo.

IV. LA PARROQUIA RENOVADA
A continuación proponemos los puntos
básicos e indispensables de la “Parroquia Renovada” según la Carta
pastoral del Episcopado Mexicano: “Del Encuentro con Jesucristo a la
Solidaridad con todos” y el Documento de “Aparecida”, que deberá ser
completado con los contenidos de nuestro Plan Diocesano de Pastoral y
las necesidades concretas de cada parroquia.
1. “Es
preciso comprender la parroquia como la expresión de la Comunión que
viven las personas que creen y esperan en Cristo, y el templo debe
conservar su valor central y simbólico de Casa común de la Asamblea
cristiana; pero es necesario redescubrir su sentido misionero a nivel
intraeclesial como una de las mayores exigencias pastorales de la
Iglesia en México, propiciando espacios y lugares accesibles de oración,
meditación de la Palabra, encuentro y servicio fraterno. Sin esta red
solidaria se seguirá acrecentando entre los fieles el vacío que suelen
llenar los grupos proselitistas religiosos” (Nº 172).
2.
A pesar
de las dificultades de la moderna urbanización, “la parroquia conserva
su importancia y se ha de mantener”, pues “es un lugar privilegiado para
que los fieles puedan tener una experiencia concreta de la Iglesia...
para que sean efectivamente la presencia comunitaria de Cristo más
cercana a la casa y a la sociedad (paroikía); debe ser “la
comunidad de comunidades, que abraza y acompaña la legítimas expresiones
de la vida cristiana y que anima la formación de comunidades vivas y
dinámicas... partiendo del principio fundamental de que la parroquia
tiene que seguir siendo primariamente comunidad eucarística” (EA, 41)” (Nº
174-175).
3.
Esto
implica que las Parroquias sean para los fieles, espacios y lugares:
Ø
“Proféticos, de
anuncio y denuncia evangélica, promotores y coordinadores de la
iniciación cristiana, de la educación, formación y estudio de la fe y de
la Doctrinal Social de la Iglesia”.
Ø
“De
celebración
sacramental de todo el don de la vida y de la historia, centrados en el
Misterio Pascual de Cristo, cuya fuente y cumbre es la Eucaristía”.
Ø
“De
testimonio de
fraternidad cristiana, donde el mundo pueda descubrir el modo concreto
como nos amamos los que creemos en Cristo y como estamos abiertos y
servimos solidariamente a todos, de manera especial a los más pobres a
través de las iniciativas organizadas a la luz de la comunicación
cristiana de bienes”.
Ø
“Abiertos
y promotores de la diversidad de carismas, servicios y ministerios e
integradores de los Institutos de Vida Consagrada y de los Movimientos
de apostolado ya existentes”.
Ø
“De
escucha y
discernimiento de los signos de los tiempos y con capacidad de
comprender y responder a la diversidad socio-cultural de sus miembros”.
Ø
“Integrados
a las estructuras, propuestas y proyectos pastorales diocesanos y a las
realidades más amplias de la vida eclesial” (No. 176).
Ø
De
“Irradiación
misionera y formación permanente”, donde “se organicen en ellas
variadas instancias formativas que aseguren el acompañamiento y la
maduración de todos los agentes pastorales y de los laicos insertos en
el mundo. Las Parroquias vecinas también pueden aunar esfuerzos en este
sentido, sin desaprovechar las ofertas formativas de la Diócesis y de la
Conferencia Episcopal” (A. 306).
4.
Conclusión:
“Es necesario señalar que las parroquias, al tiempo que poseen los
elementos necesarios para hacer presente la salvación de Cristo a los
fieles, son células del Cuerpo Eclesial Diocesano; por tanto, deben
estar unidas entre sí, con el presbiterio y con la cabeza, el Obispo, su
Pastor. El Plan Pastoral Parroquial debe reflejar, al mismo tiempo,
la concretización del Plan Diocesano y la respuesta a las exigencias
propias de la comunidad” (No 177).
Así y sólo así la
parroquia construye y vive la “Eclesiología y Espiritualidad de
Comunión” e inicia el proceso de “Conversión Pastoral
Permanente”, que “toca todo y a todos”.
Santiago de Querétaro, Qro., Noviembre
17 del 2008.