Quiero presentar un
acercamiento a la figura y mensaje de Jesús de Nazaret en la obra del
Papa Benedicto XVI para invitar a los oyentes a su lectura y
comprensión. Lo hago, a favor de la brevedad, sólo en el capítulo
segundo “La tentación de Jesús”.
1. Tentación significa
“prueba”. Cristo necesitó ser sometido a prueba en todo, como los
mortales a quienes venía a redimir. La carta a los Hebreos señala sólo
un límite: “excepto en el pecado”. La razón es obvia, el pecado no es
humano, es diabólico. Aquí se trata de la elección de Jesús acerca del
camino a seguir en su obra redentora: La del Mesías triunfante, Hijo de
David, o la del Siervo de Yavé, sufriente y muerto por nuestros pecados.
Ambas están anunciadas en el A. Testamento. Prueba que enfrentó durante
toda su vida.
2. Entra en escena el
Tentador: “Si eres el hijo de Dios…”, y vienen los golpes: “Manda que
estas piedras se conviertan en panes”; “échate abajo” y los ángeles te
recogerán sin tropiezo alguno; “si te postras y me adoras” te daré todos
los reinos de la tierra… Comenta el Papa: “Es evidente que el núcleo de
toda tentación aparece claro: apartar a Dios que, ante todo lo que
aparece más urgente en nuestra vida, pasa a ser algo secundario, o
incluso superfluo y molesto. Poner orden en nuestro mundo nosotros
solos, sin Dios, contando únicamente con nuestras propias capacidades,
reconocer como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, y
dejar a Dios como algo ilusorio, ésta es la tentación que nos amenaza de
muchas maneras” (Pág. 52). Hay de llama laicismo.
3. Toda tentación se
presenta con capa “moral” (¡No faltaba más!) y como lo sensato y “real”
(¡Evidente!). Comenta el Papa: Hoy en día “lo real es lo que se
constata: poder y pan” (Pág. 53). “La cuestión es Dios: ¿es verdad o no
que Él es el real, la realidad misma? ¿Es él mismo el Bueno, o debemos
inventar nosotros mismos lo que es bueno? ¿Qué debe hacer el Salvador
del mundo o qué no debe hacer” para salvarnos? Este es el núcleo de
toda tentación y en la que sucumbió Adán en el paraíso.
4. De la primera: “Si
eres el hijo de Dios… convierte las piedras en pan”; más adelante será:
“Baja de la cruz”, comenta el Papa: ¿Qué más trágico, qué se opone más a
la fe en un Dios bueno y a la fe en un redentor de los hombres que el
hambre de la humanidad? El primer criterio de identificación del
redentor, “¿No debe ser que le dé pan y que acabe con el hambre de
todos?” (Pág. 55). Si quieres ser redentor, preocúpate de dar pan. Es,
dice el Papa, el mismo desafío que se plantea a la Iglesia: “Si quieres
ser la Iglesia de Dios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo
demás viene después” (Pág. 56).
5. Jesús y el pan es un
tema recurrente en el Evangelio. La multiplicación de los panes y el pan
de la Eucaristía; más aún, él es el grano de trigo sepultado y que,
muerto, da fruto, produce vida. Este es el camino para producir vida,
muriendo. ¿Pero, no sucumbió Jesús a la tentación de dar panes cuando
hasta los multiplicó y sobraron? No, porque ese pueblo a) había ido
primer a escuchar la palabra de Dios, b) además el pan se pide a Dios
como bendición y c) se está dispuesto a compartir. Estos son los tres
requisitos indispensables para que haya pan abundante para todos. Por
eso la respuesta de Jesús es: “No sólo de pan vive el hombre, sino de
toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Cita el Papa al
jesuita Alfred Delp, ejecutado por los nazis: “El pan es importante, la
libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la
fidelidad constante y la adoración jamás traicionada”. Concluye: “Cuando
no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no
hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que
se crea desajuste y destrucción de los mismo bienes materiales” (Pág.
57s).
6. Y actualiza el Papa
el mensaje: Esto “no solo lo demuestra el fracaso de la experiencia
marxista”, sino que “las ayudas de Occidente (léase capitalismo,
liberalismo, etc.) a los países en desarrollo, basadas en criterios
puramente técnicos-materiales, que no solo han dejado de un lado a Dios,
sino que, además, han apartado a los hombres de Él con su orgullo de
sabelotodo, han hecho del Tercer Mundo el Tercer Mundo en sentido
actual. Estas ayudas han dejado de un lado las estructuras religiosas,
morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad tecnicista
en el vacío”. Y concluye: “Creían poder transformar las piedras en pan,
pero han dado piedras en lugar de pan” (Pág. 58). Había ya dicho Juan
Pablo II que un Occidente sin Dios seguirá produciendo esa “medicina más
dañina que la misma enfermedad”.
7. De la segunda
tentación: “Échate abajo…”, comenta el Papa: Hay una prohibición: “No
tentarás al Señor, tu Dios”, como hizo Israel en el desierto, diciendo:
¿”Está o no está Dios en medio de nosotros?”, y exigiendo el pan. “Nos
encontramos de lleno ante el gran interrogante de cómo se puede conocer
a Dios y cómo desconocerlo, de cómo el hombre puede relacionarse con
Dios y cómo puede perderlo. La arrogancia que quiere convertir a Dios en
un objeto e imponerle nuestras condiciones experimentales, no puede
encontrar a Dios” (Pág. 62). ¿Este Dios silencioso que no interviene,
este Cristo crucificado, ese Evangelio tan molesto, esta Iglesia tan
humana, son realmente el Dios, el Salvador, el Mensaje y la Iglesia que
necesita el mundo hoy? ¿Por qué Dios no nos da una prueba definitiva,
contundente, que nos saque de la duda de una vez por todas? “Este
cuestionamiento, de entrada, presupone que nosotros negamos a Dios en
cuanto Dios, pues nos ponemos por encima de Él… Quien piensa de este
modo se convierte a sí mismo en Dios y, con ello, no solo degrada a
Dios, sino también al mundo y a si mismo” (Pág. 62). Jesús no se tiró
del alero del templo espectacularmente, sino que “bajó a los infiernos”,
a las profundidades de la miseria humana, la muerte y el sepulcro y…
allí lo recibieron, no los ángeles, sino las manos amorosas del Padre
¡Dios Padre lo resucitó de entre los muertos y lo hizo Señor de vivos y
muertos!
8. De la tercera (Te
daré todos los reinos de la tierra si me adoras), “punto culminante del
relato”, comenta el Papa, remitiendo a la historia: “El imperio
cristiano intentó muy pronto convertir la fe en un factor político de
unificación imperial…En el curso de los siglos, bajo distintas formas,
ha existido la tentación de asegurar la fe a través del poder, y la fe
ha corrido siempre el riesgo de ser sofocada precisamente por el brazo
del poder. La lucha por la libertad de la Iglesia, la lucha para que el
reino de Jesús no pueda ser identificado con ninguna estructura
política, hay que librarla en todos los siglos” (Pág. 65).
9. Pero, ¿no dijo Jesús
que a Él “se le ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”? “Aquí
hay dos aspectos diferentes”, comenta el Papa. Primero: “El Señor tiene
todo poder en el cielo y en la tierra. Y sólo quien tiene ese poder
posee el auténtico poder, el poder salvador. Sin el cielo, el poder
terreno queda siempre ambiguo y frágil. Sólo el poder que se pone bajo
el criterio y el juicio del cielo, es decir, de Dios, puede ser un poder
para el bien. Y sólo el poder que está bajo la bendición de Dios puede
ser digno de confianza” (Pág. 64). Y, segundo: “Jesús tiene ese poder en
cuanto resucitado, es decir: ese poder presupone la cruz, presupone la
muerte… El reino de Cristo no tiene ese tipo de esplendor (el que le
promete el Tentador). Crece a través de la humildad de la predicación de
aquellos que aceptan ser sus discípulos, que son bautizados en el nombre
del Dios trino y cumplen sus mandamientos (cf Mt 28, 19)” (Pág. 64).
10. Concluye el Papa:
“En la lucha contra Satanás ha vencido Jesús: frente a la divinización
fraudulenta del poder y del bienestar, frente a la promesa mentirosa de
un futuro que, a través del poder y la economía, garantiza todo a todos,
Él contrapone la naturaleza divina de Dios, Dios como auténtico bien del
hombre. Frente a la invitación a adorar el poder, el Señor pronuncia
unas palabras del Deuteronomio, el mismo libro que había citado el
diablo: ‘Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto’ (Mt 4, 10;
cf. Dt 6, 13)” (Pg 70). Si nuevamente se nos propusiera la alternativa,
¿a quién quieren, a Jesús o a Barrabás?, pregunta el Papa, “¿Tendría
alguna oportunidad Jesús de Nazaret?” (Pág. 66). Es la elección que cada
uno, quiéralo o no, tiene que hacer.