SAN JOSÉ OBRERO
XLIII ASAMBLEA GENERAL DE LA CIRM
Audio de la homilía
Queridas Hermanas Religiosas y Religiosos,
Consagradas y Consagrados:
1. “Dichoso el que teme
al Señor y cumple su voluntad. Él gozará del fruto de su trabajo,
tendrá prosperidad y alegría” reza el salmo (127,1-2) que la
liturgia pone como antífona de entrada para esta celebración en
honor de San José Obrero. Ustedes han venido impulsados por el santo
temor de Dios a buscar su voluntad para cumplirla a cabalidad y, por
eso, la santa palabra de Dios les promete gozar del fruto de este
trabajo, arduo sin duda, pero que es recompensado con la prosperidad
y la alegría que da el Señor. Esta alegría está fuertemente matizada
por el aleluya de la Pascua. Que este encuentro fraterno les
permita disfrutar, como en la mañana de pascua en el jardín que
rodeaba el sepulcro vacío, de la presencia consoladora de Jesús
resucitado. Que podamos escuchar a Jesús que nos llama, como a María
Magdalena, por nuestro nombre, y que, de rodillas ante sus plantas,
le digamos ¡Rabbuni! y lo reconozcamos como maestro, y
llevemos a los hermanos la experiencia gozosa del encuentro con el
Resucitado.
2. La palabra de Dios que
nos ofrece la liturgia en esta celebración, nos describe la
frenética actividad de Pablo en Corinto, después del “fracaso” de su
predicación en Atenas. Vemos a Pablo ganándose el pan con el trabajo
de sus manos; a Pablo discutiendo en la sinagoga y adoctrinando a
judíos y griegos; a Pablo dedicándose de tiempo completo a la
predicación y rompiendo violentamente con sus paisanos: “Que la
sangre de ustedes caiga sobre su propia cabeza: yo soy inocente. De
ahora en adelante, iré a los paganos”; a Pablo haciendo el paso
de la sinagoga a la casa de un pagano, Tito Justo, en la cual recibe
a Crispo, jefe de la sinagoga quien, “junto con su familia, creyó
en el Señor”. Allí, se inicia la nueva comunidad, “pues
muchos de los corintios creyeron y recibieron el bautismo”. Aquí
se inicia la nueva forma y dimensión que va tomando la iglesia, la
comunidad de salvación; rompe el cerco estrecho de la sinagoga y se
convierte en iglesia universal. Esta lectura nos pone ante los ojos,
con una fuerza descriptiva inmejorable, cómo vive y actúa un
“discípulo misionero de Jesucristo”, y lo explica cuando confiesa
que debe hacerse “todo para todos para ganarlos a todos para
Cristo”. Le pedimos al Apóstol esta gracia en este año dedicado
en su honor.
3. En el evangelio tenemos
un retazo de la vida de comunidad familiar y pueblerina de Jesús en
Nazaret, después de su primera salida misionera. Jesús enseñaba en
la sinagoga de su pueblo y “todos estaban asombrados” y se
preguntaban sobre el origen de su autoridad y de sus milagros. Sus
paisanos, como todo hombre que se encuentra con Jesús, tenía dos
opciones: o abrirse a la trascendencia, o quedarse a ras de tierra.
Sus paisanos optan por quedarse a nivel de su experiencia sensible
sobre Jesús: su Madre se llama María, están sus hermanas y hermanos,
parientes cercanos, y se le conoce como “el hijo del carpintero”,
y consecuentemente, “se negaban a creer en él”. ¡Era
demasiado humano! Así nos pasa y pasa a la santa Iglesia. La
demasiada “humanidad” pesa mucho, nos hace dudar, y cerrarnos a la
gracia: “No hizo muchos milagros por la incredulidad de ellos”.
Cuando nuestro juicios terrenales, aunque sean verdaderos, se
absolutizan, se cierran a la gracia, al don. Sin embargo, la
salvación viene por la encarnación: caro cardo salutis, decía
Tertuliano. Nuestra carne mortal sólo se cura con el contacto con la
carne vivificada por el Espíritu.
4. Cuando Jesús, en el
ejercicio de su ministerio, recibe la visita de su Madre y hermanos,
pregunta: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mirando
a su alrededor a los que lo seguían, exclamó: Estos son mi madre y
mis hermanos. Quien hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi
hermana y mi madre” (Mc 3, 33s). La nueva familia de Dios no es
la nacida de la carne y de la sangre, sino la nacida de Dios por
medio de la fe en su palabra y el cumplimiento de su voluntad. Como
todo profeta, Jesús fue despreciado en su patria y en su casa; por
igual lo fue Pablo por sus paisanos. Pero el apóstol y misionero de
Jesucristo ya no tiene estos límites; aunque siempre encuentre
rechazo, su horizonte es el mundo entero: “Vayan por todo el
mundo…” Los caminos del evangelio comenzaron en Nazaret, pero
ahora sus horizontes son los países extranjeros, la patria, las
zonas marginas, la periferia de nuestras ciudades, la “Gran Misión
Continental” a la que nos convoca Aparecida.
5. Hermanos y hermanas,
consagrados y consagradas: San José es buen custodio, buen
protector. Como esposo solícito y padre providente supo velar,
vigilar, custodiar y proteger a la familia del Hijo de Dios, misión
que continúa en la Iglesia y en el mundo entero. Hoy le encomendamos
el mundo del trabajo para que, de tal manera se ordene al
perfeccionamiento de la creación, que el obrero encuentre empleo
digno, salario justo y sustento suficiente para cumplir con su
misión de fiel custodio y protector de su familia. Que así sea.