EL BUEN PASTOR
Hermanos
Presbíteros:
1. Estamos celebrando esta semana a Cristo, nuestro
pastor glorificado. Hablamos, sin duda, el domingo pasado a los
fieles de Jesús, el Buen Pastor, y también de nuestro oficio
pastoral, de ser sus representantes y ministros. Oramos en la
liturgia con toda la Iglesia “a fin de que el pequeño rebaño de tu
Hijo pueda llegar seguro a donde está ya su Pastor resucitado”. En
esta súplica nosotros nos incluimos entre sus ovejas. Ahora
completamos la plegaria pidiendo la gracia de “vivir plenamente la
alegría de nuestra salvación” ya desde esta vida. Vivir con alegría
nuestro ministerio pastoral. Que seamos alegres ministros de
salvación, iconos vivientes de nuestro Pastor glorificado.
2. El obispo-pastor. Quiero recordar ante ustedes,
“próvidos colaboradores del orden episcopal”, lo que la Iglesia, por
boca del Pastor universal el papa Juan Pablo Segundo, nos ha dicho
en el Sínodo del 2001: “Venerables y queridos hermanos, os repito la
invitación que he dirigido a toda la Iglesia al principio del nuevo
milenio: Duc in altum! Más aún, es Cristo mismo quien la
repite a los sucesores de aquellos Apóstoles que la escucharon de
sus propios labios y, confiando en Él, emprendieron la misión por
los caminos del mundo: Duc in altum! (Lc 5,4). A la luz de
esta insistente invitación del Señor ‘podemos releer el triple
munus que se nos ha confiando en la Iglesia: munus docendi,
sanctificandi et regendi.
a) Duc in
docendo. “Proclama la palabra –diremos con el Apóstol-, insiste
a tiempo y a destiempo, reprende, exhorta con toda paciencia y
doctrina” (“Tim 4,2).
b) Duc in
sanctificando. Las redes que estamos llamados a echar
entre los hombres son ante todo los sacramentos, de los cuales somos
los principales dispensadores, reguladores, custodios y promotores.
Forman una especie de red salvífica que libera del mal y
conduce a la plenitud de la vida.
c) Duc in
regendo. Como pastores y verdaderos padres, con la ayuda de los
sacerdotes y de otros colaboradores, tenemos el deber de reunir la
familia de los fieles y fomentar en ella la caridad y la comunión
fraterna…”.
3. “Aunque se trate de una misión ardua y difícil,
nadie debe desalentarse. Con san Pedro y con los primeros
discípulos, también nosotros renovemos confiados nuestra sincera
profesión de fe: ‘Señor, ¡en tu nombre, echaré las redes!’ (Lc
5,5). ¡En tu nombre, oh Cristo, queremos servir a tu Evangelio para
la esperanza del mundo!” (Pastores Gregis, 5). Y añadía el Papa: “De
este modo, viendo como hombres de esperanza y reflejando en su
propio ministerio la eclesiología de comunión y misión, los Obispos
deben ser verdaderamente motivos de esperanza para su grey… por eso
predicamos la esperanza que brota de la Cruz: Ave Cruz spes unica!”.
Estas palabras del Sucesor de san Pedro son como el esbozo del
examen del cual su Obispo tendrá que dar cuentas ante el Supremo
Pastor de las ovejas.
4. El presbítero-pastor. También hubo in Sínodo
dedicado exclusivamente a los presbíteros, con la consiguiente
exhortación llamada Pastores dabo vobis. Hoy sólo quisiera
hacer unas breves reflexiones sobre el desempeño de su ministerio
sacerdotal y pastoral. Si la parroquia es la iglesia que está cerca
de la casa de los fieles, el sacerdote, especialmente el párroco, es
el rostro inmediato de Cristo para su feligresía. Como el obispo, el
párroco no es la Iglesia, pero sí su imagen, donde se refleja el
rostro de Cristo. Es muy importante no sólo el rostro, el semblante
y la presentación personal del sacerdote con sus gestos de andar y
vestir, sino también su entorno, comenzando por el curato, la
oficina y el trato que el personal brinda a los fieles y a sus
vicarios y colaboradores, para que nuestros curatos y parroquias
sean esa “casa y escuela de comunión… donde los pobres -todos- se
sientan en su casa”, como nos pedía el papa Juan Pablo segundo. El
adjetivo que califica a nuestro Pastor es kalós, que no sólo
significa bueno sino bello y hermoso. 44 veces habla san Pablo de la
belleza de la fe, del evangelio y, de ésas, más de la mitad (24
veces), en sus cartas pastorales. Al final de su vida, sólo y
abandonado en la cárcel, contempla su ministerio como “el bello
combate de la fe”, una hermosa obra del misterio de la
piedad” (2 Tim 3,16) de Dios. Pensemos en lo hermoso que es
nuestro sacerdocio y en embellecer nuestro ministerio pastoral.
5. Aparejado con esto, el amor hacia nuestras ovejas
nos debe abrir los ojos del alma y ver lo bueno y hermoso que existe
en nuestra parroquia. A las ovejas cojas o enfermas, el pastor las
carga sobre sus hombros y las cura, no las sacrifica ni las abandona
o desprecia. Quisiera pensar que no tenemos derecho alguno para
hablar mal de nuestro rebaño, porque por todos, pero especialmente
por los pecadores, murió el Señor Jesús, de los cuales, decía san
Pablo, “yo soy el primero”. Hablemos siempre bien de nuestro rebaño,
así nos recomendaremos ante Dios a nosotros mismos.
6. Atención al lobo, pero más al mercenario. Los
lobos son muchos y son los que hacen de nuestro cayado una cruz. Que
sea la cruz de Cristo. En otro lugar, san Juan los llama “el mundo”,
del cual dice que está todo puesto bajo el signo del Maligno. No
debemos ser ingenuos, ya que el mismo Jesús rehusó orar por él. Así
como hay hijos de la salvación, también lo existen de la perdición.
De éstos no debemos juzgar nosotros; entran en el misterio y juicio
de Dios. Señalado este peligro externo actual y real, existe otro,
tanto más grave cuanto más disfrazado se presenta. Es el mercenario.
Es el enemigo del rebaño desde su interior, pues asume falsamente el
puesto del pastor. No es pastor, dice Jesús; es usurpador por
asalariado. Es el aliado del lobo, que arrebata, destroza y mata,
“porque no le importan las ovejas”. Ninguna oveja puede ser ajena al
cuidado del verdadero pastor; inclusive “las otras”, las ajenas
tienen que ser atraídas al único rebaño del único Pastor.
7. Somos pastores por gracia de Dios. Sin duda que
el sacerdocio implica sacrificios, renuncias, penas y cruz. No lo
podemos negar, pero tampoco exagerar. Los sufrimientos de esta vida
no son nada en comparación con la gloria futura, decía san Pablo. La
frustración sacerdotal puede originarse en nuestra supervaloración.
Padecemos una inflación de autoestima en todos los ámbitos.
Occidente está hinchado de soberbia, que casi revienta. “El mundo
contamina a la Iglesia, a nuestro sacerdocio”, decía el Papa el
domingo pasado. Debemos hablar más de Cristo y de su gracia, que de
nosotros mismos y de nuestro ministerio. La “Llena de gracia” lo fue
por su pequeñez; ella nos invita a hacer de nuestra vida sacerdotal
un perenne magnificat, un cántico de alabanza a Dios porque
ha visto nuestra pequeñez, no nuestros méritos. Esta gracia se
consigue sólo con la oración.
8. Sacerdotes-Bernabé. Los testigos de la muerte de
Esteban se convierten en misioneros en Fenicia, Chipre y Antioquia;
comenzaron a predicar el Evangelio a los griegos… Son misioneros
laicos que tienen un éxito insospechado, porque ”la mano del Señor
estaba con ellos y muchos se convirtieron y abrazaron la fe”. Esto
inquieta a Santiago y a la comunidad madre de Jerusalén. Bernabé,
levita de Chipre que había vendido todo y entregado el producto a
los Apóstoles, el que había también presentado al temido Saulo ante
los Apóstoles; Bernabé, “hombre bueno y lleno del Espíritu Santo”,
fue enviado a discernir el hecho y ”viendo la acción de la gracia
de Dios, se alegró mucho… Así se ganó para el Señor una gran
muchedumbre”. La generosidad, apertura y docilidad de Bernabé al
Espíritu Santo, logró comprender, aceptar y llevar a la comunión y
crecimiento de la Iglesia esta labor de los fieles laicos. San
Bernabé apóstol es un modelo auténtico del ministerio de
reconciliación y comunión eclesial. Dios nos conceda la gracia de
ser entre nosotros y para con los fieles laicos Sacerdotes-Bernabé.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro