UN RÍO
ALEGRA LA CIUDAD DE DIOS
1. Celebramos esta
tarde, con rito solemne, la conmemoración de la Dedicación del
templo, ahora santuario y basílica, en honor de Nuestra Señora de
los Dolores de Soriano, Patrona principal de la Diócesis. A las
Basílicas Mayores de Roma, presididas por la que es “cabeza, madre y
maestra de todas las iglesias de la ciudad de Roma y del Orbe”, la
Archibasílica del Divino Salvador, la iglesia Catedral del Obispo de
Roma, se agrega ahora este nuestro Santuario con el título de
Basílica Menor, en honor de la Virgen Dolorosa, para gloria de Dios,
crecimiento de la fe católica, reconocimiento a la piedad de sus
devotos y esperanza de consuelo para todos los que sufren.
2. La Iglesia ha
siempre cuidado la construcción de los recintos sagrados, donde se
congregan los fieles creyentes y se celebran los divinos misterios.
Su alto significado nos lo dan las lecturas de la santa Escritura
que acabamos de proclamar. “Un río alegra la ciudad de Dios”,
cantábamos en el salmo responsorial (Ps 45), en referencia a la
primera lectura. En ella el profeta Ezequiel nos pinta ese río,
brotando impetuoso del lado derecho del Templo de Jerusalén y cuyas
aguas, al desbordarse en torrentera, van regando la región desierta
del Arabá y fecundando la tierra, haciéndola reverdecer, vitalizando
los árboles que producen frutos abundantes y sus hojas sirven de
medicina. El torrente limpia y hace potables las aguas salobres e
infecundas del Mar muerto, que se llenará de peces. Dondequiera que
llegue el torrente que brota del templo, florecerá la vida y reinará
la alegría. “Un río alegra la ciudad de Dios”, canta la Iglesia
desbordante de alegría.
3. Este templo
lleno de vida, de alegría y de santidad fue mancillado por los
intereses mezquinos de los hombres. Jesús encontró “convertida en
mercado” la casa de su Padre. El culto al Dios verdadero se ha
desviado por los intereses humanos. Jesús, lleno del celo por la
casa de Dios, echa fuera a los mercaderes y, arriesgando su vida, se
manifiesta y declara él mismo como el verdadero templo de Dios.
Aprovecha esa circunstancia penosa para hacernos una divina
revelación: Él es el verdadero templo de Dios; en su cuerpo habita
la plenitud de la divinidad. Él es el verdadero templo, al
mismo tiempo la víctima que se ofrece y el sacerdote
que la ofrece. Gran misterio es éste. De ahora en adelante, todo
templo cristiano será una manifestación, un signo del cuerpo
santísimo de Jesús, verdadero lugar donde habita Dios, donde
encontramos a Dios, donde adoramos a Dios, donde Dios nos es
propicio.
4. Todo templo
cristiano es un “sacramento”, un signo que recuerda y que hace
presente a Dios en medio de su pueblo. Cristo es ese templo vivo de
Dios del que, herido por la lanza del soldado, brotó un torrente de
sangre y agua que limpia los pecados y da nueva vida al pueblo
pecador. El viejo templo de Jerusalén quedó vacío al rasgarse el
velo del santuario y pronto será destruido. Cuando el soldado abrió
el costado de Cristo quedó abierto el nuevo Santuario de Dios y el
templo de Jerusalén quedó vacío al rasgarse el velo interior. El
cuerpo de Cristo, herido en la cruz, es reconstruido por el Espíritu
Santo en la resurrección y sigue manando torrentes de agua viva, de
gracia, perdón y misericordia ahora desde este Santuario y Basílica,
desde este altar y este sagrario, pasando todas estas gracias por
las manos inmaculadas de María, de pie junto a la Cruz.
5. Jesucristo es
el templo verdadero de Dios. Fue construido no por mano humana, sino
por “obra y gracia del Espíritu Santo” en el seno de la Virgen
inmaculada. Este mismo Espíritu sigue edificando el templo de Dios,
construyendo la casa de Dios, que es la Iglesia, y también el templo
de Dios en cada uno de nosotros, los cristianos: “Ustedes son la
casa de Dios que Dios edifica”, dice san Pablo. El Apóstol puso los
cimientos de la fe, pero “otro es el que edifica”, el Espíritu
santo, divino constructor de la Iglesia, sobre el cimiento verdadero
que es Jesucristo. Este es el gran misterio de la Iglesia y de cada
uno de nosotros. Aquí radica nuestra inconmensurable dignidad y
también nuestra gran responsabilidad. Por eso nos advierte san
Pablo: “¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu
Santo habita en ustedes?... Que cada uno se fije cómo va
construyendo… Quien destruye el templo de Dios, será destruido por
Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo”.
Nuestros cuerpos son morada del Espíritu Santo, y cada uno de
nosotros debe hacer de su cuerpo una ofrenda agradable a Dios, con
una vida casta y honesta.
6. Este templo,
este Santuario, esta Basílica es signo de Jesucristo, el verdadero y
auténtico templo de Dios, donde habita la plenitud de la divinidad.
El Señor, “ha elegido y santificado este lugar, para que aquí habite
su Nombre” (2 Cron. 7, 16), y aquí su Madre Santísima escuche
nuestras súplicas y reciba nuestra alabanza. Desde aquí, brotan
torrentes de agua viva y de salvación para toda la Diócesis, como lo
testifica el museo de los Milagros. Esta Basílica representa a la
Iglesia diocesana, casa de Dios y morada del Espíritu, donde cada
uno de nosotros, cimentados sobre el fundamento que es Jesucristo,
edificamos la iglesia de Dios, la Iglesia católica en esta Diócesis
de Querétaro. Aquí tomamos conciencia de nuestra dignidad de
hijos de Dios, de hermanos en Cristo y de templos
vivos del Espíritu Santo. Aquí los hermanos más débiles escuchan, de
labios de María Santísima, las palabras consoladoras de su Hijo:
“Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga,
y yo los aliviaré” (Mt 11, 28).
7. Esa promesa se
cumplirá, como hermosamente nos lo señala san Juan y nos los
recuerda aquí la capilla del Apocalipsis: “Me mostró entonces el
ángel un río de agua que da vida, transparente como el cristal, que
salía del trono de Dios y del Cordero… Será la ciudad del trono de
Dios y del Cordero, en la que sus servidores le rendirán culto,
contemplarán su rostro y llevarán su nombre escrito en la frente. Ya
no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni de la luz del sol,
porque el Señor Dios alumbrará a sus habitantes, que reinarán por
los siglos de los siglos” (Ap 21). Esta es la imagen esplendorosa de
nuestra Iglesia: En el trono de Dios, a la derecha de su Hijo,
resplandecerá para siempre la Mujer vestida de sol, nuestra Madre,
la Virgen Gloriosa, con el demonio bajo sus pies, derrotado para
siempre. Por eso, con el salmista decimos:
“Un río alegra
la ciudad de Dios,
Su morada el
Altísimo hace santa.
Teniendo a
Dios, Jerusalén –la Iglesia- no teme,
porque Dios la
protege desde el alba.
Con nosotros
está Dios, el Señor;
es el Dios de
Israel nuestra defensa.
Vengan a ver
cosas sorprendentes
que ha hecho el
Señor sobre la tierra”.
(Salmo 45)
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro