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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA DE BENDICIÓN DE LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES DE SORIANO

Soriano, Colón, Qro., 6 de Febrero de 2009


UN RÍO ALEGRA LA CIUDAD DE DIOS 

1. Celebramos esta tarde, con rito solemne, la conmemoración de la Dedicación del templo, ahora santuario y basílica, en honor de Nuestra Señora de los Dolores de Soriano, Patrona principal de la Diócesis. A las Basílicas Mayores de Roma, presididas por la que es “cabeza, madre y maestra de todas las iglesias de la ciudad de Roma y del Orbe”, la Archibasílica del Divino Salvador, la iglesia Catedral del Obispo de Roma, se agrega ahora este nuestro Santuario con el título de Basílica Menor, en honor de la Virgen Dolorosa, para gloria de Dios, crecimiento de la fe católica, reconocimiento a la piedad de sus devotos y esperanza de consuelo para todos los que sufren. 

2. La Iglesia ha siempre cuidado la construcción de los recintos sagrados, donde se congregan los fieles creyentes y se celebran los divinos misterios. Su alto significado nos lo dan las lecturas de la santa Escritura que acabamos de proclamar. “Un río alegra la ciudad de Dios”, cantábamos en el salmo responsorial (Ps 45), en referencia a la primera lectura. En ella el profeta Ezequiel nos pinta ese río, brotando impetuoso del lado derecho del Templo de Jerusalén y cuyas aguas, al desbordarse en torrentera, van regando la región desierta del Arabá y fecundando la tierra, haciéndola reverdecer, vitalizando los árboles que producen frutos abundantes y sus hojas sirven de medicina. El torrente limpia y hace potables las aguas salobres e infecundas del Mar muerto, que se llenará de peces. Dondequiera que llegue el torrente que brota del templo, florecerá la vida y reinará la alegría. “Un río alegra la ciudad de Dios”, canta la Iglesia desbordante de alegría. 

3. Este templo lleno de vida, de alegría y de santidad fue mancillado por los intereses mezquinos de los hombres. Jesús encontró “convertida en mercado” la casa de su Padre. El culto al Dios verdadero se ha desviado por los intereses humanos. Jesús, lleno del celo por la casa de Dios, echa fuera a los mercaderes y, arriesgando su vida, se manifiesta y declara él mismo como el verdadero templo de Dios. Aprovecha esa circunstancia penosa para hacernos una divina revelación: Él es el verdadero templo de Dios; en su cuerpo habita la plenitud de la divinidad. Él es el verdadero templo, al mismo tiempo la víctima que se ofrece y el sacerdote que la ofrece. Gran misterio es éste. De ahora en adelante, todo templo cristiano será una manifestación, un signo del cuerpo santísimo de Jesús, verdadero lugar donde habita Dios, donde encontramos a Dios, donde adoramos a Dios, donde Dios nos es propicio.  

4. Todo templo cristiano es un “sacramento”, un signo que recuerda y que hace presente a Dios en medio de su pueblo. Cristo es ese templo vivo de Dios del que, herido por la lanza del soldado, brotó un torrente de sangre y agua que limpia los pecados y da nueva vida al pueblo pecador. El viejo templo de Jerusalén quedó vacío al rasgarse el velo del santuario y pronto será destruido. Cuando el soldado abrió el costado de Cristo quedó abierto el nuevo Santuario de Dios y el templo de Jerusalén quedó vacío al rasgarse el velo interior. El cuerpo de Cristo, herido en la cruz, es reconstruido por el Espíritu Santo en la resurrección y sigue manando torrentes de agua viva, de gracia, perdón y misericordia ahora desde este Santuario y Basílica, desde este altar y este sagrario, pasando todas estas gracias por las manos inmaculadas de María, de pie junto a la Cruz.

5. Jesucristo es el templo verdadero de Dios. Fue construido no por mano humana, sino por “obra y gracia del Espíritu Santo” en el seno de la Virgen inmaculada. Este mismo Espíritu sigue edificando el templo de Dios, construyendo la casa de Dios, que es la Iglesia, y también el templo de Dios en cada uno de nosotros, los cristianos: “Ustedes son la casa de Dios que Dios edifica”, dice san Pablo. El Apóstol puso los cimientos de la fe, pero “otro es el que edifica”, el Espíritu santo, divino constructor de la Iglesia, sobre el cimiento verdadero que es Jesucristo. Este es el gran misterio de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Aquí radica nuestra inconmensurable dignidad y también nuestra gran responsabilidad. Por eso nos advierte san Pablo: “¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ustedes?... Que cada uno se fije cómo va construyendo… Quien destruye el templo de Dios, será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo”. Nuestros cuerpos son morada del Espíritu Santo, y cada uno de nosotros debe hacer de su cuerpo una ofrenda agradable a Dios, con una vida casta y honesta. 

6. Este templo, este Santuario, esta Basílica es signo de Jesucristo, el verdadero y auténtico templo de Dios, donde habita la plenitud de la divinidad. El Señor, “ha elegido y santificado este lugar, para que aquí habite su Nombre” (2 Cron. 7, 16), y aquí su Madre Santísima escuche nuestras súplicas y reciba nuestra alabanza. Desde aquí, brotan torrentes de agua viva y de salvación para toda la Diócesis, como lo testifica el museo de los Milagros. Esta Basílica representa a la Iglesia diocesana, casa de Dios y morada del Espíritu, donde cada uno de nosotros, cimentados sobre el fundamento que es Jesucristo, edificamos la iglesia de Dios, la Iglesia católica en esta Diócesis de Querétaro. Aquí tomamos conciencia de nuestra dignidad de hijos de Dios, de hermanos en Cristo y de templos vivos del Espíritu Santo. Aquí los hermanos más débiles escuchan, de labios de María Santísima, las palabras consoladoras de su Hijo: “Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré” (Mt 11, 28).  

7. Esa promesa se cumplirá, como hermosamente nos lo señala san Juan y nos los recuerda aquí la capilla del Apocalipsis: “Me mostró entonces el ángel un río de agua que da vida, transparente como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero… Será la ciudad del trono de Dios y del Cordero, en la que sus servidores le rendirán culto, contemplarán su rostro y llevarán su nombre escrito en la frente. Ya no habrá noche; no necesitarán luz de lámparas ni de la luz del sol, porque el Señor Dios alumbrará a sus habitantes, que reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 21). Esta es la imagen esplendorosa de nuestra Iglesia: En el trono de Dios, a la derecha de su Hijo, resplandecerá para siempre la Mujer vestida de sol, nuestra Madre, la Virgen Gloriosa, con el demonio bajo sus pies, derrotado para siempre. Por eso, con el salmista decimos: 

“Un río alegra la ciudad de Dios,

Su morada el Altísimo hace santa.

Teniendo a Dios, Jerusalén –la Iglesia- no teme,

porque Dios la protege desde el alba.

Con nosotros está Dios, el Señor;

es el Dios de Israel nuestra defensa.

Vengan a ver cosas sorprendentes

que ha hecho el Señor sobre la tierra”.

(Salmo 45)

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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