ANIVERSARIO
SACERDOTAL
1. Nos hemos
congregado para acompañar a los señores párrocos Miguel Cano
Nolasco, Jaime Rodríguez Montoya y Rosendo Zavala Herrera a dar
gracias a Dios por sus 25 años de su ordenación y de servicio
sacerdotal. Nos alegra ver aquí a muchos hermanos suyos en el
sacerdocio compartiendo su alegría y a numerosos fieles, además de
sus parientes y amigos, participando con cariño y gratitud en esta
celebración. Doy gracias a Dios, como su Pastor diocesano, poder
presidir esta Eucaristía, implorando sobre ellos y sus parroquias
las gracias y bendiciones del cielo que son necesarias para la
salvación.
2. Las cosas más
importantes de nuestra vida las recibimos gratis, sin merecerlas y
muchas veces sin o con poca colaboración de nuestra parte. Desde
luego, el don de la vida lo recibimos gratis de Dios por medio de
nuestros padres; nadie se da la vida a si mismo; nadie pidió venir a
este mundo; nadie tenía méritos al nacer. Todo lo recibimos de Dios
como un don, como una gracia, como un regalo de su misericordia.
Vivimos por la gracia de Dios. Todo hijo bien nacido vive agradecido
toda la vida con sus progenitores y con Dios; por eso recibe, cuida,
protege, defiende y comunica la vida con amor.
3. En el hogar
recibimos no solo la vida, sino el alimento de la vida que es el
cariño, la protección y el entorno necesario para desarrollarnos y
crecer como seres humanos. Por eso hablamos del “calor del hogar”.
Todo hogar cristiano es como un nido tibio donde encontramos el
calor espiritual del amor de nuestros padres, del cariño de nuestros
hermanos y del aprecio y amistad de nuestros parientes y amigos. Una
familia, un hogar cristiano y amoroso es un don inapreciable que
recibimos de Dios. Todo hombre y toda mujer bien nacidos fundan una
familia y un hogar donde comparten, ahora con sus hijos, el calor
del hogar que los recibió. Una familia cristiana nace del amor, se
nutre del amor, cultiva y multiplica el amor y lo esparce a su
alrededor.
4. Otro regalo de
Dios es este mundo donde nacemos y habitamos y que nos ofrece lo
necesario para el sustento de todos los días. Tenemos una creación
maravillosa, a la que Dios calificó como buena y hermosa desde su
origen y que nos invitó a cultivar y guardar, para devolvérsela, con
nuestro esfuerzo, más habitable y más bella aún. Esta creación
hermosa es fruto, no sólo del poder creador de Dios, sino de su
misericordia, porque no la merecemos. El Padre del cielo hace salir
su sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos y
pecadores, porque ama a todos y a todos muestra su misericordia y su
esplendor. Ni Salomón, con toda su riqueza, se vistió con la belleza
con que Dios reviste los campos de lirios y flores y frutos y
semillas para nuestro sustento. La creación entera es don y regalo
espléndido de Dios que debemos agradecer, cuidar y cultivar con
respeto, sin abuso y sin basura. Dios no hace basura, recicla.
Nuestras parroquias deben estar limpias de basura, que es una manera
noble de alabar a Dios.
5. Todo esto,
hermanas y hermanos, es gratis, es don de Dios que no merecemos,
sólo lo podemos agradecer. Pero el mundo de la gracia es todavía
infinitamente mayor. Lo que Dios creó maravillosamente, más
maravillosamente lo redimió. A pesar de tantas grandezas, el hombre
es pecador. Creado en gracia cayó en desgracia, por engaño de
Satanás: Es pecador. La imagen y semejanza divina, el hombre la
enlodó y convirtió en caricatura de Dios. Nacemos enemigos de Dios
por el pecado original, aquel de Eva y Adán, que nos heredaron al
nacer. El pecado acabó en nosotros con la gracia, pero no con la
misericordia de Dios. Nos mandó un Salvador en la persona de
Jesucristo, nuestro Señor. Por él fuimos rescatados de la esclavitud
del Demonio y hechos ahora, no sólo imagen recobrada de Dios, sino
hijos suyos en su Hijo Jesucristo. Este es el “nuevo nacimiento, del
agua y del Espíritu” que Jesús anunció a Nicodemo y que nosotros
recibimos en el Bautismo. De esta gracia primera se desencadena un
torrente de gracias que nos ofrece Jesucristo mediante la santa
Iglesia y que, de manera ordinaria, recibimos por manos de un
sacerdote. Somos cristianos no por méritos nuestros, sino por regalo
de Dios. Jesús murió en la Cruz por nosotros y así nos mereció el
Don del Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación. El Espíritu
Santo es el repartidor gratuito de los dones de Dios para su
Iglesia. En la Santa Eucaristía es Cristo mismo quien se nos entrega
y regala en el Banquete de su Cuerpo y de su Sangre para darnos la
vida de Dios. Es la Fuente de toda gracia que contiene a su propio
Autor. La santa Palabra de Dios, sus Mandamientos y su Evangelio son
regalos preciosos de Dios a sus hijos para que no perdamos el camino
hacia Él, como dice el salmista: “Lámpara es tu palabra para mis
pasos, luz en mi sendero”.
6. Todo este
tesoro de gracia, gratis, nos llega ordinariamente por las manos de
un sacerdote. Por eso no exageraba el Santo Párroco de Ars cuando
decía que el sacerdote es un don que brotó del Corazón de Jesús para
la Iglesia y para el mundo. Hacen bien, hermanas y hermanos, en
venir a dar gracias a Dios por sus sacerdotes, en especial por
quienes ahora les reparten la salvación de Dios. El sacerdocio es el
regalo máximo de Dios que hace posible los otros regalos, pues sin
sacerdote no hay Eucaristía, sin Eucaristía no hay Iglesia, y sin
referencia a la Iglesia no hay salvación. Pedimos a Dios que bendiga
a estos hermanos nuestros sacerdotes y a sus hogares de donde
salieron, que bendiga al señor Obispo Don Alfonso Toriz, quien fue
el instrumento de Dios para su ordenación sacerdotal, y para que
innumerables gracias llegaran a nosotros por medio de su ministerio
sacerdotal en nuestras parroquias. Como lo hizo el Papa Benedicto
XVI en Fátima (12-V-10), oramos a la Virgen Santísima por los
sacerdotes:
Madre Inmaculada,
en este lugar de gracia,
reunidos por el
amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,
nosotros, Hijos en
el Hijo y Sacerdotes suyos,
nos consagramos a
tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre…
Esposa del
Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable
de la
transformación en Cristo.
Por la misma
potencia del Espíritu que,
extendiendo su
sombra sobre Ti, te hizo Madre del Salvador,
ayúdanos para que
Cristo, tu Hijo, nazca también en nosotros.
Y, de este modo,
la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes,
transfigurados por
la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.
Ayúdanos, con tu
poderosa intercesión,
a no desmerecer de
esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos,
ni a las lisonjas
del mundo, ni a las tentaciones del Maligno. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro