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HOMILÍA EN LA MISA DEL XXV ANIVERSARIO SACERDOTAL

Amealco, Qro., 6 de julio de 2010


ANIVERSARIO SACERDOTAL

 1. Nos hemos congregado para acompañar a los señores párrocos Miguel Cano Nolasco, Jaime Rodríguez Montoya y Rosendo Zavala Herrera a dar gracias a Dios por sus 25 años de su ordenación y de servicio sacerdotal. Nos alegra ver aquí a muchos hermanos suyos en el sacerdocio compartiendo su alegría y a numerosos fieles, además de sus parientes y amigos, participando con cariño y gratitud en esta celebración. Doy gracias a Dios, como su Pastor diocesano, poder presidir esta Eucaristía, implorando sobre ellos y sus parroquias las gracias y bendiciones del cielo que son necesarias para la salvación. 

2. Las cosas más importantes de nuestra vida las recibimos gratis, sin merecerlas y muchas veces sin o con poca colaboración de nuestra parte. Desde luego, el don de la vida lo recibimos gratis de Dios por medio de nuestros padres; nadie se da la vida a si mismo; nadie pidió venir a este mundo; nadie tenía méritos al nacer. Todo lo recibimos de Dios como un don, como una gracia, como un regalo de su misericordia. Vivimos por la gracia de Dios. Todo hijo bien nacido vive agradecido toda la vida con sus progenitores y con Dios; por eso recibe, cuida, protege, defiende y comunica la vida con amor. 

3. En el hogar recibimos no solo la vida, sino el alimento de la vida que es el cariño, la protección y el entorno necesario para desarrollarnos y crecer como seres humanos. Por eso hablamos del “calor del hogar”. Todo hogar cristiano es como un nido tibio donde encontramos el calor espiritual del amor de nuestros padres, del cariño de nuestros hermanos y del aprecio y amistad de nuestros parientes y amigos. Una familia, un hogar cristiano y amoroso es un don inapreciable que recibimos de Dios. Todo hombre y toda mujer bien nacidos fundan una familia y un hogar donde comparten, ahora con sus hijos, el calor del hogar que los recibió. Una familia cristiana nace del amor, se nutre del amor, cultiva y multiplica el amor y lo esparce a su alrededor. 

4. Otro regalo de Dios es este mundo donde nacemos y habitamos y que nos ofrece lo necesario para el sustento de todos los días. Tenemos una creación maravillosa, a la que Dios calificó como buena y hermosa desde su origen y que nos invitó a cultivar y guardar, para devolvérsela, con nuestro esfuerzo, más habitable y más bella aún. Esta creación hermosa es fruto, no sólo del poder creador de Dios, sino de su misericordia, porque no la merecemos. El Padre del cielo hace salir su sol sobre buenos y malos y caer la lluvia sobre justos y pecadores, porque ama a todos y a todos muestra su misericordia y su esplendor. Ni Salomón, con toda su riqueza, se vistió con la belleza con que Dios reviste los campos de lirios y flores y frutos y semillas para nuestro sustento. La creación entera es don y regalo espléndido de Dios que debemos agradecer, cuidar y cultivar con respeto, sin abuso y sin basura. Dios no hace basura, recicla. Nuestras parroquias deben estar limpias de basura, que es una manera noble de alabar a Dios. 

5. Todo esto, hermanas y hermanos, es gratis, es don de Dios que no merecemos, sólo lo podemos agradecer. Pero el mundo de la gracia es todavía infinitamente mayor. Lo que Dios creó maravillosamente, más maravillosamente lo redimió. A pesar de tantas grandezas, el hombre es pecador. Creado en gracia cayó en desgracia, por engaño de Satanás: Es pecador. La imagen y semejanza divina, el hombre la enlodó y convirtió en caricatura de Dios. Nacemos enemigos de Dios por el pecado original, aquel de Eva y Adán, que nos heredaron al nacer. El pecado acabó en nosotros con la gracia, pero no con la misericordia de Dios. Nos mandó un Salvador en la persona de Jesucristo, nuestro Señor. Por él fuimos rescatados de la esclavitud del Demonio y hechos ahora, no sólo imagen recobrada de Dios, sino hijos suyos en su Hijo Jesucristo. Este es el “nuevo nacimiento, del agua y del Espíritu” que Jesús anunció a Nicodemo y que nosotros recibimos en el Bautismo. De esta gracia primera se desencadena un torrente de gracias que nos ofrece Jesucristo mediante la santa Iglesia y que, de manera ordinaria, recibimos por manos de un sacerdote. Somos cristianos no por méritos nuestros, sino por regalo de Dios. Jesús murió en la Cruz por nosotros y así nos mereció el Don del Espíritu Santo que recibimos en la Confirmación. El Espíritu Santo es el repartidor gratuito de los dones de Dios para su Iglesia. En la Santa Eucaristía es Cristo mismo quien se nos entrega y regala en el Banquete de su Cuerpo y de su Sangre para darnos la vida de Dios. Es la Fuente de toda gracia que contiene a su propio Autor. La santa Palabra de Dios, sus Mandamientos y su Evangelio son regalos preciosos de Dios a sus hijos para que no perdamos el camino hacia Él, como dice el salmista: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”.  

6. Todo este tesoro de gracia, gratis, nos llega ordinariamente por las manos de un sacerdote. Por eso no exageraba el Santo Párroco de Ars cuando decía que el sacerdote es un don que brotó del Corazón de Jesús para la Iglesia y para el mundo. Hacen bien, hermanas y hermanos, en venir a dar gracias a Dios por sus sacerdotes, en especial por quienes ahora les reparten la salvación de Dios. El sacerdocio es el regalo máximo de Dios que hace posible los otros regalos, pues sin sacerdote no hay Eucaristía, sin Eucaristía no hay Iglesia, y sin referencia a la Iglesia no hay salvación. Pedimos a Dios que bendiga a estos hermanos nuestros sacerdotes y a sus hogares de donde salieron, que bendiga al señor Obispo Don Alfonso Toriz, quien fue el instrumento de Dios para su ordenación sacerdotal, y para que innumerables gracias llegaran a nosotros por medio de su ministerio sacerdotal en nuestras parroquias. Como lo hizo el Papa Benedicto XVI en Fátima (12-V-10), oramos a la Virgen Santísima por los sacerdotes:

 Madre Inmaculada, en este lugar de gracia,

reunidos por el amor de tu Hijo Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,

nosotros, Hijos en el Hijo y Sacerdotes suyos,

nos consagramos a tu Corazón materno, para cumplir fielmente la voluntad del Padre…

Esposa del Espíritu Santo, alcánzanos el don inestimable

de la transformación en Cristo.

Por la misma potencia del Espíritu que,

extendiendo su sombra sobre Ti, te hizo Madre del Salvador,

ayúdanos para que Cristo, tu Hijo, nazca también en nosotros.

Y, de este modo, la Iglesia pueda ser renovada por santos sacerdotes,

transfigurados por la gracia de Aquel que hace nuevas todas las cosas.

Ayúdanos, con tu poderosa intercesión,

a no desmerecer de esta vocación sublime, a no ceder a nuestros egoísmos,

ni a las lisonjas del mundo, ni a las tentaciones del Maligno. Amén.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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