LA ORACIÓN SACERDOTAL DE JESÚS (Jn 17, 11-19)
Audio de la homilía
Hermanos Presbíteros y Diáconos,
hermanos y Hermanas en
el Señor Jesús:
1. El Gran Pastor de las ovejas, Jesús, ahora
glorificado ante el Padre, le muestra sus llagas transfiguradas en
un acto de continua intercesión por nosotros. Es nuestro Gran
Sacerdote que subió al cielo, no para alejarse de nosotros, sino
para presentarse como ofrenda agradable al Padre y regalarnos el Don
del Espíritu Santo, el “otro Abogado-Intercesor-Consolador”, el
Espíritu de la Verdad. El Padre nos lo enviará en su Nombre. Hoy,
este acto sacerdotal sublime de Cristo en el cielo, cobra toda su
verdad, aquí, sobre este altar y en esta celebración, cuando el
Obispo, in persona del Sumo Sacerdote Jesucristo, invoca
sobre estos diáconos, “el Espíritu de santidad”, para que reciban
“la dignidad del presbiterado, el segundo grado del ministerio
sacerdotal” y sean “honrados colaboradores del Orden de los Obispos,
para que con su predicación, y con la gracia del Espíritu Santo, la
palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres” (Ritual
de Órdenes).
2. ¿Qué le dice Jesús al Padre en su oración de
intercesión por sus discípulos, por sus sacerdotes? San Juan acercó
su oído de discípulo fiel al alma de Jesús y, en el capítulo 17 de
su Evangelio, nos transmite el diálogo con su Padre que, con
acierto, se suele llamar “la oración sacerdotal” de Jesús. Después
de haberse despedido de sus discípulos y de haberles prometido, por
cinco veces consecutivas, el Espíritu Santo consolador, Jesús, ya no
habla con ellos, sino con el Padre sobre ellos, sobre su destino y
su misión. La primera petición al Padre es que “cuide” de “los
suyos”, como Jesús mismo lo hizo durante su estancia en este mundo.
Jesús sabe dos cosas muy bien: que los discípulos son débiles y que
el enemigo está al acecho. Necesitan del cuidado del Padre como
necesitaron el cuidado de Jesús. Jesús cuidó bien de los que el
Padre le dio: “yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió,
excepto el que tenía que perderse”. Misterioso designio de Dios. En
su testamento espiritual y diálogo íntimo de Jesús con su Padre,
está también presente el recuerdo del Traidor.
3. Este cuidado del Padre es “para que sean uno,
como nosotros somos uno”. Los discípulos deben reproducir en la
tierra la vida de la santa Trinidad en el cielo. Acababa Jesús de
explicar, con la alegoría de la vid, la unidad de la Iglesia: Sólo
unidos a la vid, a Jesús, como las ramas al tronco, bajo el cuidado
del Padre-Viñador, se produce fruto en la Iglesia. La rama separada
se seca y se quema. El mismo Padre poda su vid. La unidad no sólo es
la fuerza sino la vida íntima de la Iglesia. Su naturaleza es ser
comunión. “Que sean uno”, insiste Jesús en su oración. El que no
guardó sino que rechazó esta comunión, fue el que se perdió. No era
de Jesús, sino del mundo. Y el mundo, todo entero, está sometido al
Príncipe de este mundo, a su dueño: Satanás, llamado también en el
Evangelio el “Enemigo”, el “Perverso”, el “Maligno”, el “Tentador”.
Éste, se introdujo en el corazón de Judas y a él obedeció cuando se
alió con los enemigos, cuando cobró el salario, cuando se desesperó
y se perdió, “pues tenía que perderse, para que se cumpliera la
Escritura”, dice Jesús. Al misterio de la salvación acompaña el
misterio de la perdición.
4. A los discípulos verdaderos, porque no son los
mundo, “el mundo los odia, como me ha odiado a mi”. La suerte del
discípulo es igual a la del Maestro. Jesús les ha prometido un
Abogado, un Defensor, porque se trata de un juicio, de una lucha. Se
llama también el Espíritu de la Verdad: “Yo les he entregado tu
palabra. Tu palabra es la verdad”. La palabra de Jesús, será el
motivo por la cual el mundo los odie, pero al mismo tiempo, será su
escudo y protección. Por eso prosigue Jesús: Padre, “preservarlos
del mal”, no fuera sino en el mismo corazón del mundo pecador. La
palabra de Cristo, su Evangelio, es medicina para el mundo porque
tiene el poder de librar al discípulo el Maligno, como San Pablo lo
confirma en su despedida de los presbíteros de Éfeso: “Los
encomiendo a Dios y a su palabra salvadora, la cual tiene fuerza
para que todos los consagrados a Dios crezcan en el espíritu y
alcancen la herencia prometida”. El anuncio del Evangelio es como un
gran exorcismo contra el Padre de la mentira.
5. La palabra de Jesús tiene esta fuerza
salvadora y protectora porque “es la verdad”. La palabra de Jesús es
la verdad porque nos revela el corazón de Dios y nos anuncia el gozo
de la salvación; la palabra de Jesús es la verdad porque hace al
hombre libre, liberándolo del Padre de la mentira; la palabra de
Jesús es la verdad porque en la cruz, dio testimonio ante Pilato y
ante el mundo, de la autenticidad de su Evangelio. La Verdad es el
mismo Jesús que “santifica” y “consagra” al discípulo al Padre: “Yo
me santifico (me ofrezco en sacrificio) a mí mismo por ellos, para
que también ellos sean santificados (ofrecidos en sacrificio) en la
verdad”. Porque Jesús es el Santo de Dios, es el santificador de los
hombres; porque Jesús es el Ungido por el Espíritu, Él es quien
consagra a Dios a los discípulos. Para eso ora al Padre y su oración
en la tierra se prolonga ante el Padre por toda la eternidad. Esa es
la oración que ahora y aquí, pronunciada por el Obispo, consagra a
los nuevos presbíteros. Toda la fuerza salvadora del ministerio
sacerdotal se fundamenta en la oración de Cristo.
6. En esta “oración sacerdotal”, hermanos
presbíteros, Jesús nos señala claramente cuáles son nuestras
funciones sacerdotales. En primer lugar, el sacerdote es el
glorificador del Padre. La gloria del sacerdote no es su talento ni
su talante sino su disposición de dar gloria al Padre: “Padre, yo he
glorificado tu Nombre”. La pasión de Cristo fue la perfecta
glorificación del Padre y camino de la glorificación del Hijo. Por
eso, dirá san Pablo, “el que se gloría, que se gloríe en el Señor”.
“Líbreme Dios de gloriarme, si no es en la cruz del Señor
Jesucristo”. Al entregar la ofrenda para el sacrificio, el Obispo le
dice al recién ordenado: “Imita lo que tienes en tus manos y
configura tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. La gloria
de San Pablo era “no haber codiciado ni el oro ni la ropa de nadie”…
sino el haber ganado el pan con su trabajo, “mostrando que hay que
trabajar para ayudar a los necesitados, recordando las palabras del
Señor Jesús: ‘Hay más felicidad en dar que en recibir’”. Así es
glorificado el Padre y el Hijo y lo será el discípulo.
7. La segunda acción propia del sacerdote es la
intercesión ante el Padre, en el nombre de Jesús, por todos los que
creen en Él por la predicación, y así se vean libres del Maligno y
conserven la unidad. Esto hará que el discípulo experimente una
alegría como el mundo no la puede dar ni comprender. Este es el gozo
que Jesús experimentó y el que pide para sus discípulos: “Digo estas
cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos”. San Pablo
definía su ministerio ante los Corintios “no como quien pretende
controlarlos en su fe…, sino como quien quiere contribuir a su
alegría” ( 2 Cor 1, 24). Recientemente lo recordaba el papa
Benedicto XVI en una ordenación: “¿Qué puede ser más hermoso que
esto? ¿Qué puede ser más grande, más entusiasmante, que cooperar en
la difusión en el mundo de la Palabra de vida, comunicar el agua
viva del Espíritu Santo? Anunciar y testimoniar la alegría: éste es
el núcleo central de vuestra misión”. Qué hermosa tarea la del
sacerdote: Ser el sembrador de la alegría en su comunidad.
8. Finalmente, el sacerdote es el que, consagrado
por su ordenación, se consagra continuamente a sí mismo al Padre
ofreciéndose como víctima por su pueblo. No sólo ofrece el
sacrificio de Jesús, sino que se ofrece en sacrificio con Jesús:
in persona Christi. Es, como Cristo, “sacerdote, víctima y
altar” (Prefacio). Es sacerdote cuando ofrece a Cristo; es
víctima cuando se ofrece a sí mismo con Cristo, y es altar
cuando, consagrado en alma y cuerpo con el santo Crisma, se
convierte en morada e instrumento del Espíritu, se santifica a sí
mismo y hace de su parroquia la “casa y la escuela de la santidad”.
Para eso, hermanos Diáconos, los ordena su Obispo, los quiere y
necesita la Santa Iglesia, que no es de nosotros, sino de Cristo:
“Miren por ustedes mismos y por todo el rebaño, del que los
constituyó pastores el Espíritu Santo, para apacentar a la Iglesia
que Dios adquirió con la sangre de su Hijo”. A Jesucristo, Nuestro
Gran Sacerdote, sea la gloria en la santa Iglesia con la Virgen
María. Amén.