LA CENA DEL SEÑOR
Hermanas y hermanos:
1. Hoy concluye la santa Cuaresma
y se abre, con este pórtico glorioso de la celebración de la Cena
del Señor, el Triduo sacro del Crucificado, del Sepultado y del
Resucitado, el triunfo de nuestro Salvador Jesucristo sobre el
pecado y sobre la muerte, máximos enemigos del género humano.
2. Esta cena de pascua tuvo lugar
“antes de entregarse a la muerte” y “la víspera de padecer”. La
celebró el Señor Jesucristo reunido con sus discípulos, como
ordenaba el ritual judío en recuerdo de su liberación. Se inmolaba
el cordero pascual, se comían los panes ácimos, panes duros del
sufrimiento, y las yerbas amargas de la aflicción padecida en Egipto
durante cuatrocientos años. Dios tuvo oídos para los lamentos de su
pueblo; tuvo ojos para mirar sus padecimientos; tuvo manos para
extenderlas y sacarlos de la opresión y, sobre todo, tuvo corazón
para compadecerse de sus dolores.
3. Todo esto acontecía “en
figura”, como signo y presagio de la gran liberación que realizaría
Jesucristo, ya no sólo a favor de un pueblo, sino de toda la
humanidad, ahora de nosotros.
4. En esa Cena de despedida, Jesús
anuncia su pascua, la verdadera, el “paso” que Él realizará de este
mundo al Padre superando la dura prueba de la cruz, de la muerte y
del sepulcro para llegar así, victorioso, a la gloria de la vida que
no se acaba, a la Resurrección.
5. Esta obra dolorosa y gloriosa
al mismo tiempo, realizada de una vez para siempre en el Calvario
hace dos mil años, tiene que extenderse y hacerse presente para
todos los hombres mientras dure el tiempo y la actual humanidad.
Para eso el Señor Jesús “inventó”, instituyó a su Iglesia y la
fundamentó sobre el triple regalo que hoy conmemoramos y
agradecemos: Constituyó a sus apóstoles sacerdotes de esta
nueva y eterna alianza; instituyó la santa eucaristía como
”memorial” perenne de su sacrificio y nos dejó el mandamiento del
amor fraterno como signo de pertenencia a su Iglesia. Son los
tres dones que hoy la Iglesia recuerda, celebra y agradece a su
Señor.
6. En la Misa del santo Crisma
renovamos todos los sacerdotes de la diócesis nuestros compromisos
sacerdotales, agradeciendo a Jesús el habernos elegido entre los
hermanos, para ser testigos privilegiados de su amor en el mundo.
Sus sacerdotes aman a Jesucristo y están dispuestos a gastar su vida
por ustedes en las cosas que se refieren a Dios, en medio de las
variadas y difíciles circunstancias de nuestra diócesis y de sus
parroquias. Dimos gracias a Jesús por el regalo que hizo a su
Iglesia de su sacerdocio y del cual todos nos beneficiamos. No
debemos olvidar que, en las cosas de la fe católica, todas las
bendiciones pasan por las manos sacerdotales.
7. El Mandamiento de Jesús, que
nos amemos unos a otros como Él nos amó, es lo que predica y enseña
la Iglesia. La Iglesia entera, sacerdotes y fieles, debemos ser
instrumentos de perdón, de reconciliación y de paz. Nadie, fuera de
la Iglesia, transmite este mensaje de perdón y misericordia. El amor
es el lazo que nos une a Cristo y entre nosotros, y debe extenderse
a toda la humanidad. Para que este mandato se grabara en la mente y
en el corazón de los discípulos, el Señor Jesús se quitó su manto,
se ciñó una toalla y lavó, como un esclavo cualquiera, los pies a
los apóstoles y les dijo “¿Comprenden lo que acabo de hacer con
ustedes?... Yo les he dado ejemplo, para que como he hecho yo,
también ustedes lo hagan”.
8. El tercer regalo es la santa
Eucaristía que estamos celebrando y que celebra la santa Iglesia en
memoria del Señor “hasta que vuelva”, hasta que bebamos con Él el
vino nuevo en Reino de Dios. El pan de la aflicción se convierte en
Pan de vida; el cáliz con el vino rojo se convierte en la Sangre
derramada para el perdón de los pecados. El cordero inmolado por los
hijos de Israel es ahora el Cordero inocente y sin mancha, nacido de
la Virgen Madre, cuyo sacrificio nos libera de la esclavitud del
pecado y de su padre el diablo. De este Pan comemos y nos
alimentamos; de este Vino nos nutrimos y con él somos fortalecidos
en nuestro caminar por las cañadas oscuras, guiados por el Gran
Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesucristo, presente en su
Iglesia.
9. Este es el triple regalo que el
Señor Jesucristo hace a su Iglesia, a nosotros los católicos, para
que por nuestro medio el mundo crea, creyendo espere, esperando ame,
y así todos en Él tengan vida.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro