Nuestro Sr. Obispo


Escudo


Cartas Pastorales


Mensajes


Homilías


Circulares


Meditaciones


Entrevistas


Reseña del X Sínodo General Ordinario de los Obispos


Viacrucis Bíblico


 

 

HOMILÍA EN LA MISA DE ORDENACIÓN SACERDOTAL

Santiago de Querétaro, Qro., 10 de junio de 2010


Escuche el audio.

Hermanos presbíteros

Hermanas y hermanos: 

1. Damos gracias a Dios Padre, fuente y origen de toda bendición, porque en Cristo, nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, ha comunicado su sacerdocio a la Iglesia y, mediante la oración e imposición de las manos de los obispos, sucesores de los Apóstoles, este sacerdocio se continúa entre nosotros. Este es el milagro del amor misericordioso de Dios hacia nuestra Iglesia diocesana, que vamos a celebrar con gozo y a agradecer en este rito de la ordenación sacerdotal. Nuestro deber de gratitud es, en cierto modo más exigente al final del Año Sacerdotal, pues en él hemos tenido la oportunidad de profundizar en la grandeza de este don, brotado del Corazón mismo de Jesús.  

2. Queremos agradecer, de manera particular, al Papa Benedicto XVI su feliz iniciativa de habernos puesto ante los ojos, para que la llevemos al corazón y a la vida, la figura señera del santo párroco de Ars, san Juan María Vianney. Su conducta deberá servirnos  de estímulo a todos nosotros los sacerdotes, pues en Él el don del sacerdocio llegó a una configuración, que podríamos llamar plena, con Jesucristo, el Buen Pastor. A Él encomendamos con particular fervor nuestro sacerdocio y a quienes hoy recibirán este inmerecido don. 

3. En la solemne Plegaria de Ordenación, que recitaremos dentro de unos instantes, el Obispo ordenante, después de hacer un recorrido por la historia de la salvación, recordando cómo Dios siempre estuvo dispuesto a proveer de ministros sagrados al pueblo en la Antigua Alianza, y confesando su propia limitación humana y necesidad, suplica a Dios Padre Todopoderoso que confiera la dignidad del presbiterado a los diáconos que la Iglesia le presenta. Pide a Dios que despliegue todo su poder –invoca a Dios Todopoderoso–, y renueve en sus corazones el Espíritu de Santidad, y así reciban el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean ejemplo de vida en la comunidad. La oración y la imposición de manos del Obispo llevan consigo la presencia y la potencia renovadora del Espíritu Santo sobre el candidato, para que la santidad de vida llegue a ser ejemplo vivo en la comunidad. El Espíritu Santo, que da testimonio de Jesús, nos hace testigos de su santidad en la Iglesia y en el mundo.  

4. La oración va señalando el itinerario por donde el Espíritu Santo va conduciendo al presbítero por las sendas de la santidad y convirtiéndolo en ejemplo para la comunidad: Se le pide al presbítero ser honrado colaborador del Orden de los Obispos de modo que, dócil a la gracia del Espíritu Santo, predique de tal manera la Palabra del evangelio que éste produzca fruto en el corazón de los hombres;  esto, sin límites, hasta el confín del orbe. Queda muy claro que el fruto de la predicación del sacerdote no depende de su habilidad sino de su docilidad al Espíritu y de esto es ejemplo preclaro el santo párroco de Ars. 

5. A la predicación evangélica debe acompañar la fiel dispensación de los misterios santos, en particular de los sacramentos: del Bautismo, para renovar a la familia cristiana; de la santa Eucaristía, como alimento de vida;  del Perdón de los pecados y del conforto a los enfermos en la Unción y el santo Viático. La celebración de los sacramentos son momentos privilegiados de encuentro con la santidad de Dios, como Moisés ante la zarza ardiente, mediante el fuego de su Espíritu. 

6. En un tercer momento, pedimos que el Espíritu Santo otorgue al ordenado presbítero la gracia de vivir la espiritualidad de comunión, no sólo para hacer operativa la acción pastoral, sino alimentado su misma fuente que es la Oración. La espiritualidad de comunión tiene su fuente en la oración común. En efecto, la oración común es indispensable para estrechar la comunión con el Obispo y con los hermanos del Presbiterio,  de modo que juntos imploren la misericordia divina sobre el pueblo que se le confía y a favor del mundo entero. Esta oración en común tiene sus momentos privilegiados en la vida diocesana: la Misa del santo crisma, las Ordenaciones sacerdotales, las solemnidades litúrgicas como el Corpus Christi y los aniversarios festivos y encuentros diocesanos. De éstos, ningún presbítero se debe dispensar. Así el presbítero cumplirá en plenitud su misión, que no es otra que la de edificar la Iglesia de Cristo para que todos los pueblos lleguen a ser un solo y único pueblo y se haga presente el Reino de Dios. 

7. Esta hermosa y profunda Plegaria de Ordenación es como un programa de vida para el presbítero, que conviene tener presente y meditar con frecuencia, recordando de manera particular que el sacerdocio de Cristo es obra y don del Espíritu Santo. En efecto, el sacerdocio de Cristo se inició en el seno de María por obra del Espíritu santo; éste mismo Espíritu descendió sobre Cristo en el Jordán; se posó sobre Él en la sinagoga de Nazaret e hizo perfecto su sacrificio en la Cruz, pues Cristo se ofreció movido por el espíritu eterno (Hb 9, 14) y así, habiendo ofrecido ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aún siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación terna para todos los que le obedecen, y así fue proclamado por Dios Sumo y Eterno Sacerdote, a la manera de Melquisedec (Hb 5, 8-9). El fuego del Espíritu coció el Pan de vida en el horno encendido del Amor de Dios. 

8. El sacerdote es obra del Espíritu, hombre del Espíritu, creación del Espíritu. Toda su eficacia depende de la acción y renovación continua del Espíritu de santidad que recibimos en la ordenación sacerdotal. Como el movimiento se demuestra andando, así la presencia del Espíritu Santo se muestra en nuestra vida sacerdotal siendo sacerdotes santos en nuestro pensar y en nuestro obrar. Los fieles lo perciben con toda claridad. Esta es la gracia que pedimos para todos nosotros y para los neopresbíteros en este Año Sacerdotal por intercesión de san Juan María Vianney, nuestro santo Patrono. La Virgen Santísima, la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, por cuya intercesión descendió el Espíritu Santo sobre la Iglesia y sobre los Apóstoles, haga suya nuestra invocación del Espíritu Santo sobre los nuevos sacerdotes, y la renueve en nosotros, los que ya lo hemos recibido.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

Este portal diocesano es un servicio diseñado y desarrollado por la RIIAL Querétaro                                                                                            Webmaster