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Hermanos presbíteros
Hermanas y hermanos:
1. Damos gracias a Dios
Padre, fuente y origen de toda bendición, porque en Cristo, nuestro
Sumo y Eterno Sacerdote, ha comunicado su sacerdocio a la Iglesia y,
mediante la oración e imposición de las manos de los obispos,
sucesores de los Apóstoles, este sacerdocio se continúa entre
nosotros. Este es el milagro del amor misericordioso de Dios hacia
nuestra Iglesia diocesana, que vamos a celebrar con gozo y a
agradecer en este rito de la ordenación sacerdotal. Nuestro deber de
gratitud es, en cierto modo más exigente al final del Año
Sacerdotal, pues en él hemos tenido la oportunidad de profundizar en
la grandeza de este don, brotado del Corazón mismo de Jesús.
2. Queremos agradecer,
de manera particular, al Papa Benedicto XVI su feliz iniciativa de
habernos puesto ante los ojos, para que la llevemos al corazón y a
la vida, la figura señera del santo párroco de Ars, san Juan María
Vianney. Su conducta deberá servirnos de estímulo a todos nosotros
los sacerdotes, pues en Él el don del sacerdocio llegó a una
configuración, que podríamos llamar plena, con Jesucristo, el Buen
Pastor. A Él encomendamos con particular fervor nuestro sacerdocio y
a quienes hoy recibirán este inmerecido don.
3. En la solemne
Plegaria de Ordenación, que recitaremos dentro de unos
instantes, el Obispo ordenante, después de hacer un recorrido por la
historia de la salvación, recordando cómo Dios siempre estuvo
dispuesto a proveer de ministros sagrados al pueblo en la Antigua
Alianza, y confesando su propia limitación humana y necesidad,
suplica a Dios Padre Todopoderoso que confiera la dignidad del
presbiterado a los diáconos que la Iglesia le presenta. Pide a Dios
que despliegue todo su poder –invoca a Dios Todopoderoso–, y
renueve en sus corazones el Espíritu de Santidad, y así reciban
el segundo grado del ministerio sacerdotal y sean ejemplo de vida
en la comunidad. La oración y la imposición de manos del Obispo
llevan consigo la presencia y la potencia renovadora del Espíritu
Santo sobre el candidato, para que la santidad de vida llegue a ser
ejemplo vivo en la comunidad. El Espíritu Santo, que da testimonio
de Jesús, nos hace testigos de su santidad en la Iglesia y en el
mundo.
4. La oración va
señalando el itinerario por donde el Espíritu Santo va
conduciendo al presbítero por las sendas de la santidad y
convirtiéndolo en ejemplo para la comunidad: Se le pide al
presbítero ser honrado colaborador del Orden de los Obispos
de modo que, dócil a la gracia del Espíritu Santo, predique de
tal manera la Palabra del evangelio que éste produzca fruto en el
corazón de los hombres; esto, sin límites, hasta el confín
del orbe. Queda muy claro que el fruto de la predicación del
sacerdote no depende de su habilidad sino de su docilidad al
Espíritu y de esto es ejemplo preclaro el santo párroco de Ars.
5. A la predicación
evangélica debe acompañar la fiel dispensación de los misterios
santos, en particular de los sacramentos: del Bautismo,
para renovar a la familia cristiana; de la santa Eucaristía,
como alimento de vida; del Perdón de los pecados y del
conforto a los enfermos en la Unción y el santo Viático. La
celebración de los sacramentos son momentos privilegiados de
encuentro con la santidad de Dios, como Moisés ante la zarza
ardiente, mediante el fuego de su Espíritu.
6. En un tercer
momento, pedimos que el Espíritu Santo otorgue al ordenado
presbítero la gracia de vivir la espiritualidad de comunión,
no sólo para hacer operativa la acción pastoral, sino alimentado su
misma fuente que es la Oración. La espiritualidad de comunión tiene
su fuente en la oración común. En efecto, la oración común es
indispensable para estrechar la comunión con el Obispo y con los
hermanos del Presbiterio, de modo que juntos imploren la
misericordia divina sobre el pueblo que se le confía y a favor del
mundo entero. Esta oración en común tiene sus momentos
privilegiados en la vida diocesana: la Misa del santo crisma, las
Ordenaciones sacerdotales, las solemnidades litúrgicas como el
Corpus Christi y los aniversarios festivos y encuentros diocesanos.
De éstos, ningún presbítero se debe dispensar. Así el presbítero
cumplirá en plenitud su misión, que no es otra que la de edificar la
Iglesia de Cristo para que todos los pueblos lleguen a ser un solo y
único pueblo y se haga presente el Reino de Dios.
7. Esta hermosa y
profunda Plegaria de Ordenación es como un programa de vida
para el presbítero, que conviene tener presente y meditar con
frecuencia, recordando de manera particular que el sacerdocio de
Cristo es obra y don del Espíritu Santo. En efecto, el sacerdocio de
Cristo se inició en el seno de María por obra del Espíritu santo;
éste mismo Espíritu descendió sobre Cristo en el Jordán; se posó
sobre Él en la sinagoga de Nazaret e hizo perfecto su sacrificio en
la Cruz, pues Cristo se ofreció movido por el espíritu eterno
(Hb 9, 14) y así, habiendo ofrecido ruegos y súplicas con
poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue
escuchado por su actitud reverente, y aún siendo Hijo, con lo que
padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se
convirtió en causa de salvación terna para todos los que le
obedecen, y así fue proclamado por Dios Sumo y Eterno Sacerdote, a
la manera de Melquisedec (Hb 5, 8-9). El fuego del Espíritu
coció el Pan de vida en el horno encendido del Amor de Dios.
8. El sacerdote es obra
del Espíritu, hombre del Espíritu, creación del Espíritu. Toda su
eficacia depende de la acción y renovación continua del Espíritu
de santidad que recibimos en la ordenación sacerdotal. Como el
movimiento se demuestra andando, así la presencia del Espíritu Santo
se muestra en nuestra vida sacerdotal siendo sacerdotes santos en
nuestro pensar y en nuestro obrar. Los fieles lo perciben con toda
claridad. Esta es la gracia que pedimos para todos nosotros y para
los neopresbíteros en este Año Sacerdotal por intercesión de
san Juan María Vianney, nuestro santo Patrono. La Virgen Santísima,
la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, por cuya intercesión descendió
el Espíritu Santo sobre la Iglesia y sobre los Apóstoles, haga suya
nuestra invocación del Espíritu Santo sobre los nuevos sacerdotes, y
la renueve en nosotros, los que ya lo hemos recibido.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro