PEREGRINACIÓN
AL TEPEYAC
Hermanos peregrinos,
Hermanas y hermanos en nuestra fe
católica:
1. Estamos aquí, una vez más, de
pié y en camino hacia el encuentro con Jesucristo en casa de nuestra
Madre Santísima en el Tepeyac. Bendecimos al Dios del cielo por
ofrecernos este momento de gracia y bendición, que es para nosotros
y para nuestra Diócesis, esta peregrinación. Pedimos al Espíritu
Santo su luz, su fuerza, la inteligencia necesaria para comprender
cuál es la voluntad de Dios y qué es lo que debemos hacer para
lograr nuestra salvación.
2. Ciertamente los caminos de Dios
son los caminos de la paz. Nuestro Dios no es un Dios de violencia,
sino de Paz. Lo oímos en san Pablo: “Dios quiso reconciliar consigo
por Cristo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la
paz por medio de su sangre, derramada en la cruz” (Col 1, 20). Esto
es lo que les dijimos sus Obispos en la Carta que reflexionarán
durante esta peregrinación. La sangre que nos trae la paz es la de
Cristo, no la del prójimo. La sangre de Cristo ya fue derramada en
la Cruz, para que nosotros no derramemos la sangre de nuestros
hermanos. Toda sangre humana derramada trae consigo mayor
derramamiento de sangre. Sólo la sangre preciosa de Cristo genera la
paz, porque fue ofrecida por amor. Cristo murió en la Cruz sin odio,
sin rencor, perdonando y orando por sus enemigos, Su sangre no sólo
fue derramada, sino ofrecida por Él para reconciliarnos con Dios y
reconciliarnos con el prójimo. Fue un sacrificio agradable a Dios.
Cualquier otro derramamiento de sangre es contra su voluntad. Él
derramó su sangre por todos, de una vez y para siempre. Nadie puede
estar en paz con Dios sin estar reconciliado con su semejante.
Cristo es nuestra paz; no hay otra, fuera de la de Jesús.
3. Por eso, el llamado a la paz es
un llamado a la conversión del corazón. Llevamos, por el pecado
original, la raíz del odio sembrada en el alma por la misma mano de
Aquel que ofreció a Adán y a Eva el fruto prohibido: el Demonio,
cuyos hijos son la soberbia y el querer ser como Dios. Quien procura
la violencia, da culto a Satanás, pues “él es el asesino desde el
principio”, dice san Juan. La invitación de Dios a su pueblo está en
pie: “Conviértete al Señor tu Dios, con todo el corazón y con toda
tu alma”. Convertirse al Señor significa observar sus mandamientos,
que Dios nos ofrece por medio de su Iglesia y que están al alcance
de nuestra mano.
4. Los mandamientos de Dios son su
Ley y manifiestan su santa voluntad. No sólo debemos cumplirlos,
sino enseñar a cumplirlos a los demás, especialmente el padre a sus
hijos, la autoridad a sus súbditos. Y, para enseñar a cumplirlos, es
necesario practicarlos primero. Como bien sabemos, estos Diez
Mandamientos de la ley de Dios, Jesús los condensó en su mandamiento
del amor fraterno. El amor a Dios se manifiesta y se cumple amando a
nuestro prójimo. Nuestro prójimo es el que está cerca de nosotros.
Por eso en la parábola no tiene nombre, porque el caído en mano de
los asaltantes puede ser cualquiera de nosotros o cualquiera que
esté a nuestro lado. El que camina junto a mi en esta peregrinación
y, desde luego, la esposa y los hijos; los parientes y vecinos; los
miembros de mi pueblo y de mi parroquia; mis conciudadanos y los
habitantes del mundo entero, todos ellos son nuestros prójimos,
aunque unos estén más cerca que otros. Pero en Jesús, nadie me es
extraño; todos son cercanos a mi corazón. Esta es la grandeza y
nobleza de la doctrina de Jesús, de nuestra religión católica.
5. San Pablo llama a Jesús “el
Primogénito de toda la creación” y los demás somos hermanos en
Cristo y por Cristo. Todas las cosas y la humanidad entera recibe su
consistencia y subsiste gracia a Cristo, nuestra cabeza. Por eso, la
Iglesia ama y obedece a Cristo, porque Él es la cabeza de todo el
cuerpo eclesial y nosotros somos sus miembros y, por tanto,
hermanos. Por Cristo, en Cristo y con Cristo la humanidad ha sido
reconciliada con Dios y nosotros hermanados en Cristo. Sin Cristo no
puede haber fraternidad, ni paz. Por su sangre derramada en la cruz,
Él es nuestra Paz.
6. Como somos el pueblo de la vida
y para la vida, así los católicos somos el pueblo de la paz y para
la paz. El que ama la paz defiende la vida. El que ama la vida
construye la paz. Nuestra tarea es reconstruir la tan lastimada paz
en nuestro México. Las fiestas del Centenario de la Independencia y
del Centenario de la llamada gesta revolucionaria, sólo serán
auténticas si logran inspirarnos sentimientos de paz y
reconciliación nacional. Los católicos tenemos en esto una especial
tarea que cumplir. Esta es la gracia especial que vamos a pedir a
Santa María de Guadalupe a su casa del Tepeyac. Ella es, como bien
lo dijo y la nombró el padre José María Morelos en los
“Sentimientos de la Nación”: “La Patrona de nuestra Libertad”. Sí,
Santa Maria de Guadalupe es “La Patrona de nuestra Libertad” y, por
tanto, la Reina de la paz. Les deseo a todos un camino lleno de
alegría y de paz.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro