Estimado
Padre Rector,
Padres formadores,
Respetados
maestros,
Queridos
seminaristas:
1. En el
nombre del Señor e invocando la asistencia vivificante del Espíritu
Santo, bajo la protección de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, damos
inicio a este curso 2006-2007.
2. El gran
contexto eclesial en que debemos enmarcar nuestra tarea formativa es el
de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, convocada
por el Papa Benedicto XVI con el tema: Discípulos y Misioneros de
Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. ‘Yo soy el
camino, la verdad y la vida’(Jn 14,16). Comento brevemente el
contenido:
a)
Discípulos y Misioneros de Jesucristo.
Discípulo es aquel que escucha a
Jesucristo, que se ha encontrado con Él, que lo ha conocido y que, de
este encuentro personal, brota una simpatía interna, una atracción que
convierte al oyente en seguidor e imitador del Maestro; por tanto, lo
sigue, permanece con Él y comunica esta experiencia a los demás: es su
testigo, su misionero.
b)
Para que nuestros pueblos tengan vida en Él.
El discípulo es aquél que comprende
que la misión de Jesucristo es en beneficio nuestro, para darnos vida (Cf
Jn 10,10) y que para eso se hizo “Pan de vida” (Jn 6,35). El discipulado
lleva siempre consigo un compromiso inseparable con la vida, se integra
en un “pueblo de la vida y para la vida”, la Iglesia, y se compromete a
trabajar por edificar en la sociedad la “cultura de la vida”, pues “la
gloria de Dios consiste en que el hombre viva...”.
c) “Yo
soy el camino, la verdad y la vida”
(Jn 14, 6). Es una
magnífica autodefinición de Jesucristo. Sí hay
camino,
abierto por Él y el discípulo es el que sigue sus pasos, huella tras
huella. Nuestra vida sí tiene un sentido, un rumbo y una dirección
definidas y seguras: Jesucristo.
Fuera de Jesucristo no hay
sino vagar sin sentido, tiempo perdido y existencia frustrada. La
verdad
es el proyecto del Dios sobre el hombre y sobre el mundo, que, si el
hombre lo cumple, comenzando por los mandamientos, encuentra la
realización plena de su ser: la libertad, la felicidad. Verdad, libertad
y felicidad son tan inseparables como las personas de la Santísima
Trinidad, que son su origen y causa, para que nadie se engañe y se
vuelva infeliz. La vida.
Como lo explicamos, la imitación y adhesión a la vida de Cristo, su
seguimiento y discipulado, dan sentido a nuestra vida y la proyectan
hasta la vida eterna. La vida de Cristo da a nuestra pobre vida una
dimensión de eternidad.
4. El llamado
“Documento de Participación” tiene como parte central el capítulo III,
intitulado: Discípulos y Misioneros de Jesucristo. La V
Conferencia quiere culminar en una Gran Misión Continental, pero la
misión supone y exige el discipulado. Podemos resumir así la temática:
-
Del
encuentro con Jesucristo brota el discipulado y la misión;
-
El Señor
nos sale al encuentro; la iniciativa es suya, gratuita, pero nos
compromete a aceptar su propuesta salvadora y seguirla tras sus
huellas;
-
El
discipulado se da siempre en comunión con los primeros discípulos, con
los nuevos discípulos, en comunión eclesial. Sin comunión de
discípulos no puede haber discipulado. Por tanto,
-
Somos
discípulos para la misión, con destino final en todos los pueblos
hasta el fin del mundo. No hay límite humano para la misión del
discípulo de Jesús.
-
Ser
discípulo, por tanto, es la vocación más esplendorosa y más
comprometedora que puede recibir una creatura.
5. Es hermosa la descripción que hace el documento:
“Discípulo de Jesucristo es alguien que ha recibido al Señor con
estupor. Como en Belén, con María, José y los pastores, ha acogido al
Hijo de Dios que se ha hecho pequeño y servidor de todos, se ha acercado
a su vida y ha entrado en ella. Por eso vive contemplando su rostro (Ver
NMI II) y asombrado por la venida de Dios a este mundo como nuestro
hermano y salvador”(No. 45) lo comunica a los demás. Los
Obispos de México lo hemos expresado detalladamente en la carta pastoral
“Del encuentro con Jesucristo a la solidaridad con todos”, que debe ser
aquí en el Seminario una verdadera guía pastoral.
6. Esta misión se da, para el cristiano y de manera
singular para el sacerdote, en un contexto lleno de retos del todo
particular:
-
Entre los
dolores de parto de una naciente nueva época;
-
En medio de
los desafíos que nos ofrece a la Iglesia el fenómeno así llamado de la
globalización;
-
Entre las
tristezas y las angustias de nuestros pueblos no sólo por la búsqueda
de una vida digna y más humana, sino por la misma sobrevivencia,
llevando a la espalda los males ancestrales de la ignorancia, la
insalubridad y la creciente depauperación.
-
Aquí en
México, además, con el irrespeto creciente de los derechos humanos
fundamentales y con el deterioro en aumento de la credibilidad de las
instituciones y de los que ejercen el poder, que no de la
(inexistente) autoridad. Es interesante anotar como se pide y reclama
el respeto a las instituciones y a las leyes, pero al mismo tiempo se
violan, por los mismos reclamantes, los derechos humanos elementales
como son el de la libertad religiosa plena, el de la vida y el de la
educación, que el Papa ha señalado como “irrenunciables” para un
católico.
7. Al
invitarnos el Papa Benedicto a seguir a Jesucristo, comentó el texto del
evangelio de San Juan, (Cf. Jn 1, 35-44), que proclamamos: “Nos
encontramos con dos palabras particularmente significativas: ‘buscar’ y
‘encontrar’. Podemos extraer de este pasaje evangélico... estos dos
verbos y sacar una indicación fundamental... para renovar nuestro
camino espiritual con Jesús, con la alegría de buscarlo y encontrarlo
incesantemente... Buscar y encontrar a Cristo, manantial inagotable de
verdad y de vida: la Palabra de Dios nos invita a retomar, al inicio de
un nuevo año, este camino de fe que nunca acaba: ‘¿Maestro, ¿dónde
vives?’, preguntamos también nosotros a Cristo y Él nos responde: ‘Venid
y lo veréis’.Para el creyente, se trata siempre de una incesante
búsqueda y de un nuevo descubrimiento, pues Cristo es el mismo ayer, hoy
y siempre, pero nosotros, el mundo, la historia, no somos nunca los
mismos, y Él nos sale al paso para darnos su comunión y su plenitud de
vida” (15-I-2006).
8. A cada uno
de nosotros ahora se vuelve Jesucristo y nos pregunta: ¿A quién buscas
aquí en el Seminario? ¿Para qué me quieres? ¿Todavía no me has
encontrado? ¿Me has encontrado con mi rostro verdadero en mi palabra, en
mi evangelio, en la eucaristía, en el legítimo superior, en el prójimo,
en el pobre? Durante todo el año escolar debe permanecer sobre nuestra
cabeza y en nuestro corazón esta pregunta como una interrogación
candente que los superiores, los maestros, los directores espirituales y
los mismos compañeros nos deben ayudar a responder con verdad.
9. El llamado
de Jesucristo para cada uno de nosotros aquí en el Seminario tiene una
carga particular: Nos llama al discipulado hasta configurarnos con Él en
el oficio y tarea de Pastor. Él, “como Buen Pastor precede a sus
discípulos y los incorpora a su camino. Ser discípulo será entonces ‘ir
detrás de Jesús’ para aprender su nuevo estilo de vivir y de trabajar,
de amar y de servir, y para adoptar una nueva manera de pensar, de
sentir y de actuar, al punto de experimentar que ‘no soy yo sino que es
Cristo quien vive en mi’. Este seguimiento incluye necesariamente el
camino de la cruz: ‘El que no carga con su cruz y viene detrás de mi, no
puede ser mi discípulo’ (Lc 14,27) (No. 54). El oficio de pastor
siempre lleva consigo el riesgo de la vida.
10. Esta vida
en Cristo y con Cristo nos lleva necesariamente a una identificación con
Él en el grado más alto del amor humano: el de amigos: “Ya no os
llamo yo siervos, sino amigos”. Él Maestro es ahora el Amigo, que
nos ofrece la prueba inequívoca de su amistad, que consiste en la
entrega de la vida. “Experimentando la estrecha amistad de Cristo y
con la ayuda de la gracia, el discípulo avanza por el camino de la
santidad, por la cual madura su identidad y su misión” (No. 55). La
santidad, que es la vocación y plenitud de la vida cristiana, es
condición indispensable para ser verdadero discípulo de Jesucristo y
debe serlo más para quien busca, obediente a su llamado, identificarse
con Él en el grado de Pastor. Por eso, el verdadero Pastor es el santo y
los santos son, en la Iglesia, los modelos a imitar porque sus
vidas son la mejor exégesis del evangelio.
11. El Papa
Juan Pablo II nos ha acercado a numerosas figuras de santos durante su
pontificado. Ha regalado también a la Iglesia de estas tierras una
corona de mártires, santos y santas, cuya perla preciosa será la
canonización del obispo de Veracruz Mons. Rafael Guízar Valencia. El
Papa Benedicto nos comenta así este comportamiento de su Predecesor:
“En estas figuras ha querido demostrarnos cómo se consigue ser
cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo: a vivir a la
manera de Dios...Los santos... son los verdaderos reformadores. Ahora
quisiera expresarlo de manera más radical aún; sólo los santos, sólo de
Dios proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En
el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no
esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la
causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de
este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio
absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto,
sino relativo, se llama totalitarismo. No liberar al hombre, sino que lo
priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que
salvan al mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es
nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es
bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar
a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el
amor eterno. Y ¿qué puede salvarnos si no es el amor?”(Benedicto XVI,
Marienfeld, Colonia, 2005).
12. María Santísima será siempre, junto con San José,
primero maestra y luego discípula perfecta de su Hijo Jesucristo. Ella
fue la primera en meditar y grabar en su corazón el evangelio de su Hijo
y ponerlo en práctica con su perfecto seguimiento hasta la Cruz. Por
eso, se convierte en maestra de todo discípulo al decirnos con autoridad
materna: “Hagan lo que él les diga”.
13. He
querido, hermanos presbíteros, estimados maestros y queridos
seminaristas, unir mi voz en el inicio de este año escolar, a la de los
pastores de América latina y a la del sucesor de San Pedro, para dejar
constancia de mi voluntad de que caminemos al unísono con toda la
Iglesia en el seguimiento de nuestro Señor Jesucristo. El discipulado
verdadero será siempre eclesial. El Seminario no puede seguir otro
camino; sería perderse. Los exhorto e invito a sentire cum ecclesia,
a caminar y llevar en nuestro corazón el sentir de nuestra madres la
Iglesia, en la cual brilla y resplandece la luz de Cristo, el único
Salvador del mundo.