PEREGRINOS CON MARÍA PEREGRINA DE LA HISTORIA
Hermanos peregrinos:
Hermanas peregrinas:
1. Hemos llegado, tras un largo y fatigoso caminar, a los pies
de Nuestra Madre Santísima de Guadalupe para que nos “muestre el fruto
bendito de su vientre, Jesús” nuestro Salvador. Ella nos ha concedido
esta gracia y estamos alegres, lleno de gozo espiritual nuestro corazón
y de nuevo liento nuestra vida. Bendita sea santa María de Guadalupe que
nos permite este encuentro fraterno y gozoso, como la gran familia de
los hijos e hijas de Dios que somos los que integramos la diócesis de
Querétaro. Le hemos cumplido a la Virgen Santísima, porque Ella siempre
nos cumple a nosotros.
2. Escuchamos en el santo Evangelio como María, llevando en su
seno a Jesús, emprende su peregrinación, como el Arca de la Nueva
Alianza, a saludar y servir a Isabel y a santificar al hijo de sus
entrañas, el que se llamará Juan, el Precursor del Señor. María
Santísima es la primera peregrina en nuestra historia de la salvación.
Ella preparó esta peregrinación escuchando y obedeciendo la Palabra de
Dios y quedando toda Ella llena del Espíritu Santo. Ustedes también,
hermanas peregrinas, han venido escuchando la Palabra divina, han hecho
oración y sacrificios, han pedido perdón de sus pecados y ahora
disfrutan de la gracia de Dios, de la ternura de María y del consuelo
del Espíritu Santo.
3. María Santísima cooperó, de manera admirable, en el
nacimiento de Jesús; Ella lo concibió en su seno, lo dio a luz y con
maternal cuidado lo acompañó y protegió durante su infancia y juventud.
Ustedes también, madres cristianas, mujeres católicas, han recibido de
Dios esta misión excelente, esta vocación admirable, que es la de traer
un hijo al mundo, cuidarlo y, junto con su esposo, llevarlo al nuevo
nacimiento en el Bautismo, para hacerlo hijo de Dios. La misión de María
se continúa en cada una de ustedes, madres cristianas. Ustedes son
cooperadoras insignes en la historia de la salvación. La santa Iglesia
las felicita, les agradece su fe y pide para ustedes respeto, cariño y
admiración, porque todo hombre es deudor de la mujer y lo es también la
Iglesia de las madres católicas.
4.
María Santísima acompañó a su Hijo Jesucristo durante la
predicación del evangelio, pero, de manera particular, junto a la Cruz.
Allí recibió, de su mismo Hijo, al apóstol Juan como “hijo suyo”, y, en
la persona de Juan, nos recibió a nosotros y a todos los hombres. Esto
mismo hizo aquí en el Tepeyac, cuando llamó a Juan Diego “hijo mío, el
más pequeño de sus hijos”. Estas palabras son para todos los que con
devoción y humildad hemos venido a ponernos bajo su protección. Aquí,
también bajo la cruz de la pobreza y de los sufrimientos de la vida
diaria, Jesús le dice a su Madre: Ahí tienes a tus hijos, ahí tienes a
tus hijas de Querétaro y de todo México. Y aquí también nosotros le
decimos que “vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos” y siga
mostrando su compasión de Madre, especialmente hacia los más débiles y
hacia todo niño recién concebido en el seno de una mujer. Que los cuide
y los proteja como lo hizo con Jesús. Lleven el cariño maternal de María
en su corazón y llenen con él su familia y su hogar.
¡Santa María de Guadalupe, Reina de México: Salva nuestra Patria y
conserva nuestra Fe!