PEREGRINACIÓN
AL TEPEYAC
Hermanos Peregrinos:
1. A nosotros, los creyentes en el
Señor Jesucristo, nos sostiene y acompaña la promesa que Él hizo a
sus discípulos antes de subir al cielo en la montaña de Galilea. “Yo
estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,
20). Jesús resucitado ha cumplido y sigue cumpliendo su promesa
desde hace más de 20 siglos: ¡Aquí estamos, en pié y de camino
siguiendo sus huellas, los que tenemos la dicha inmensa de ser sus
discípulos. Él ha estado con nosotros y nosotros estamos con Él, y
permanecerá con su Iglesia hasta la consumación del mundo.
2. ¡Qué hermosa promesa! ¡Qué
consoladoras palabras! ¡Qué maravillosa verdad! Si no fuera así,
simplemente la Iglesia ya no existiría, a causa de nuestra miseria y
de nuestros pecados. Pero, “los poderes del infierno no podrán
contra ella”. Cada uno de nosotros que tiene fe, cree y espera en
Jesucristo, es un testimonio viviente del cumplimiento de esa
promesa, como lo es esta peregrinación. Por eso, como decía san
Pablo, “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”.
3. Jesús no sólo está con
nosotros, sino que nos acompaña y sostiene en nuestro caminar. Él es
“el Camino, la Verdad y la Vida” y “nadie va al Padre sino por Él”.
Desde que llegamos a este mundo, comienza nuestro caminar hacia
Dios. El momento privilegiado fue cuando recibimos la fe del
Bautismo; entonces quedamos consagrados al Padre, al Hijo y al
Espíritu Santo, y nuestra vida comenzó a pertenecer a la Santísima
Trinidad. Desde el Bautismo somos del Señor Jesús, a Él le
pertenecemos y nuestro destino final será vivir en el seno de la
Trinidad. Mortales como somos, se nos comunica por la fe la vida
inmortal. Nuestra pobre y efímera vida humana está ya marcada con el
sello de la eternidad. A tan gran dignidad nos elevó la fe en
Jesucristo que recibimos de nuestra santa Madre la Iglesia.
4. Es verdad; la santa Iglesia ha
sido una Madre solícita de todos nosotros. El nacimiento bautismal
fue desarrollando la fe en el seno de la Iglesia y fuimos
fortalecidos con el Don del Espíritu Santo en la Confirmación y
luego sostenidos por el Pan de vida y adoctrinados con la luz divina
de la santa Palabra de Dios y alimentados con el Cuerpo y la Sangre
de Cristo en la Misa dominical.
5. En este itinerario de fe nos
han acompañado nuestros padres, padrinos, familiares y, sobre todo,
la comunidad parroquial, al frente de la cual se encuentra el señor
Cura, nuestro Pastor y Padre espiritual. El Párroco actualiza la
presencia paterna y misericordiosa de Dios Padre, que no abandona a
sus hijos, sino que nos cuida y guía por el camino trazado por
Jesucristo: la santidad. Para ser santos somos cristianos. Esa es la
tarea principal de su señor Cura, hacer de su parroquia una “escuela
de santidad”, es decir, hacer santos a todos sus fieles. Por eso
escuchamos al señor Cura con atención, lo obedecemos con reverencia
y lo recordamos con gratitud. Eso lo hemos recordado con insistencia
durante el año sacerdotal.
6. El sacerdote cumple esta tarea
de muchas maneras, especialmente por medio de la administración de
los sacramentos, por la predicación de la palabra de Dios y por
medio de su servicio pastoral. Hoy recordamos, en esta celebración,
el Don precioso de Cristo a su Iglesia, que es la celebración del
“memorial” de su pasión, muerte y resurrección, la Santa Eucaristía.
El Papa Juan Pablo II nos inculcó muchas veces que “la Iglesia vive
de la Eucaristía” y que, “sin Eucaristía no existe la Iglesia”.
Basta ver nuestros templos: el centro es el Altar y el centro del
altar es el Sagrario. Nos nutrimos del Pan de vida y del Cáliz de la
salud, porque contienen al mismo Autor de nuestra salvación, a
Jesucristo nuestro Señor resucitado. Porque Jesús vive, es el Pan
vivo, y da la vida en abundancia y “el que lo come, vivirá por él”.
Sin la Eucaristía es imposible la vida cristiana y la misma
salvación.
7. Donde está la Eucaristía allí
está la vida misma de Dios, con sus gracias y bendiciones; allí está
el perdón de nuestros pecados en su fuente, que es su sangre
derramada para lavarlos; allí está el alimento que nos nutre; la
medicina que no ofrece la salud en la enfermedad del cuerpo y del
alma, y la fuerza que nos sostiene en la lucha contra el Maligno;
allí está la limpieza de corazón que nos puede hacer castos,
honestos y fieles en el matrimonio; allí está la verdad, que nos
ilumina, para no caminar en el error ni caer en la mentira y en la
perversión; en fin, en la santa Eucaristía están todos los dones que
nosotros necesitamos para una vida cristiana y para nuestra
salvación. Por eso, hermanos peregrinos, quien va a Misa el domingo
y lo hace con fe y amor, ese ya va encaminando sus pasos por la
senda de la salvación. Quien no lo hace, se pierde.
8. Hermanos peregrinos, una vez
más su Obispo, su Pastor diocesano, en nombre de Jesucristo, les
pide que tengan presente lo que Él nos mandó. No es invento del
Papa, de su obispo o de sus sacerdotes; es precepto del Señor, que
nos dijo: “Hagan esto en memoria mía”. La memoria viva de Jesús es
la santa Misa, la Eucaristía. No es verdad que no haya tiempo para
ir a misa; el que ama a Jesús, el que tiene fe en Jesús, lo
encuentra. Participar en la Misa de la comunidad es lo más
importante del día domingo y de la semana que comienza. No es verdad
que tienen que trabajar el domingo para ganarse la vida. Razonar así
denota falta de fe. Si Dios nos manda celebrar su memoria y asistir
a la Misa, sus bendiciones vendrán sobre nosotros obedeciéndolo, no
desobedeciéndolo; nosotros no podemos pretender saber ni poder más
que Dios. Él sabe lo que nos conviene y puede dárnoslo; sólo basta
tener fe y obedecerlo. El domingo es el día de Dios, y si damos a
Dios lo que es suyo, Él nos dará más de lo que merecemos, pero sabe
que necesitamos. Si algún recuerdo quisiera que conservaran de esta
peregrinación, ese sería su asistencia a la Misa dominical; así
estaríamos seguros su Obispo y sus Sacerdotes de haber colaborado a
su salvación. Dios nos conceda, por medio de su Madre Santísima
Guadalupe, “La Patrona de nuestra Libertad”, y de San Juan Diego, su
fiel Servidor, esta gracia singular: ¡Que todos los fieles de la
diócesis de Querétaro participaran en la Misa dominical! Seguro así
descendería sobre nosotros la bendición y la paz que tanto
necesitamos. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro