NUESTRA SEÑORA DE
LOS DOLORES
1. El día de ayer celebrábamos, con
grande gozo, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Los textos
de la liturgia nos hablaban del triunfo de Cristo, de su exaltación
en la Cruz y de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte; y
saludábamos a la cruz, diciendo: “Salve, oh Cruz, que fuiste
consagrada por los miembros de Cristo, y estuviste adornada con sus
sagrados miembros como con piedras preciosas”, y todos recitamos esa
jaculatoria que aprendimos de memoria desde pequeños: “Te adoramos,
oh Cristo, y te bendecimos porque con tu santa Cruz redimiste al
mundo”.
2. En este triunfo de Cristo desde la
Cruz asocia la Iglesia en su liturgia, con la fiesta de hoy, a su
Madre Santísima, con el título de Nuestra Señora de los Dolores, a
quien nosotros tenemos como Patrona diocesana. Es verdad, nuestros
sentimientos filiales y la tradición popular nos lleva, con razón, a
considerar la asociación misteriosa y generosa de la Virgen
Santísima en la pasión de su Hijo: “Concibiendo a Cristo,
engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre,
padeciendo con su Hijo mientras moría en la Cruz, cooperó de forma
singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida
caridad, en la restauración de la vida sobrenatural en las almas.
Por tal motivo es nuestra madre en el orden de la gracia”, dice
sabiamente el Concilio (LG 61s). En especial, la “secuencia” de la
misa nos invita a compartir los dolores de María para que, asociados
a los de Cristo, obtengamos el perdón de nuestros pecados y la
eterna salvación.
3. El domingo pasado, ante la
pregunta incómoda que Jesús hace a sus discípulos, sobre quién
piensan ellos que es él, Pedro lo reconoce como el Mesías, el
salvador esperado por siglos en Israel. Todos lo ignoran, todos lo
confunden con personajes del pasado; sólo Pedro lo reconoce como el
Mesías de Dios. Sin embargo, cuando Jesús le explica el plan de Dios
sobre el Mesías y cómo él va a sufrir mucho, va a ser rechazado por
las autoridades y finalmente condenado a muerte, Pedro ya no piensa
“según Dios”, sino humanamente y quiere cambiar, interferir en el
plan de Dios. Jesús le reafirma que, el que quiera ser su discípulo,
tiene que renunciar a sí mismo, tiene que cargar con su cruz y
seguirlo; así, perdiendo su vida según los criterios del mundo, la
encontrará para Dios.
4. Tal parece, o sin duda debió
serlo, que la Virgen Santísima escuchó estas palabras de su Hijo,
porque las cumplió cabalmente. El Concilio señala cada uno de estos
pasos de María en el seguimiento de su Hijo: al concebirlo,
engendrarlo, alimentarlo, llevándolo al templo y padeciendo con él
junto a la Cruz, practicó de manera excelente las virtudes
sobrenaturales de la obediencia, la fe, la, la esperanza y de una
encendida caridad, de modo que su cooperación en nuestra salvación
fue “del todo singular”, de forma maravillosa y única, y así mereció
llegar a ser “nuestra Madre en el orden de la gracia”. En efecto,
fue en la Cruz, como escuchamos en el evangelio, donde María nos
recibe como hijos, y ella nos es entregada por Cristo como nuestra
Madre. Su maternidad espiritual es un título que le dio su propio
Hijo, a favor nuestro, desde la cruz.
5. El que sigue a Cristo hasta la
cruz y “pierde la vida” con él, la gana. La Virgen santísima allí
la ganó para siempre de manera sobreabundante; por eso la aclamación
antes del evangelio nos invita a proclamar “dichosa a la Virgen
María, que sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz
del Señor”. Es mártir de Cristo porque ante su Hijo dio su vida por
nosotros. Los sufrimientos de María fueron causa de gloria y, por
tanto, de gozo también para nosotros si la imitamos, como nos invita
a hacerlo la antífona de la comunión: “Alegrémonos de participar en
los sufrimientos de Cristo, para que podamos alegrarnos también el
día en que él venga lleno de gloria”. Los sufrimientos de María en
la cruz son los sufrimientos fecundos de una madre que engendra y da
a luz a sus hijos. Así son los sufrimientos de Cristo, que engendran
nueva vida; así serán los nuestros si tomamos la cruz hasta perder
la vida por él y por los hermanos. Ningún sufrimiento unido a Cristo
es inútil, ni ninguna lágrima de un cristiano se pierde; el Señor
las recoge en su odre o la Virgen Dolorosa las recoge y seca con su
pañuelo de Madre piadosa, para transformarlas en gloria.
6. Hoy, cuando la liturgia laica
celebra entre músicas o cohetones el “Grito de dolores”, nosotros
debemos escuchar además el grito de todos los afligidos,
desnutridos, enfermos y desamparados, que suman más de la mitad de
nuestro país, y cuyas ansias de libertad y de justicia que
proclamaron los iniciadores de la Independencia, no han sido
satisfechas después de doscientos años de espera. El único grito que
llega al cielo, es el llanto silencioso y poderoso de la intercesión
de nuestra Madre común ante la cruz de su Hijo. Asociémonos a él,
como lo pide la oración final de la misa: “Que esta fiesta de
Nuestra Señora de los Dolores nos ayude a aliviar los sufrimientos
que Cristo sigue padeciendo en nuestros hermanos”. Hagamos una
patria fraterna y amorosa bajo la mirada de María. Que así sea.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro