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HOMILÍA EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

Santiago de Querétaro, Qro., 15 de Septiembre de 2009


NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES 

1. El día de ayer celebrábamos, con grande gozo, la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Los textos de la liturgia nos hablaban del triunfo de Cristo, de su exaltación en la Cruz y de su victoria sobre el pecado y sobre la muerte; y saludábamos a la cruz, diciendo: “Salve, oh Cruz, que fuiste consagrada por los miembros de Cristo, y estuviste adornada con sus sagrados miembros como con piedras preciosas”, y todos recitamos esa jaculatoria que aprendimos de memoria desde pequeños: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos porque con tu santa Cruz  redimiste al mundo”. 

2. En este triunfo de Cristo desde la Cruz asocia la Iglesia en su liturgia, con la fiesta de hoy, a su Madre Santísima, con el título de Nuestra Señora de los Dolores, a quien nosotros tenemos como Patrona diocesana. Es verdad, nuestros sentimientos filiales y la tradición popular nos lleva, con razón, a considerar la asociación misteriosa y generosa de la Virgen Santísima en la pasión de su Hijo: “Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo en el templo al Padre, padeciendo con su Hijo mientras moría en la Cruz, cooperó de forma singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural en las almas. Por tal motivo es nuestra madre en el orden de la gracia”, dice sabiamente el Concilio (LG 61s). En especial, la “secuencia” de la misa nos invita a compartir los dolores de María para que, asociados a los de Cristo, obtengamos el perdón de nuestros pecados y la eterna salvación. 

3. El domingo pasado, ante la pregunta incómoda que Jesús hace a sus discípulos, sobre quién piensan ellos que es él, Pedro lo reconoce como el Mesías, el salvador esperado por siglos en Israel. Todos lo ignoran, todos lo confunden con personajes del pasado; sólo Pedro lo reconoce como el Mesías de Dios. Sin embargo, cuando Jesús le explica el plan de Dios sobre el Mesías y cómo él va a sufrir mucho, va a ser rechazado por las autoridades y finalmente condenado a muerte, Pedro ya no piensa “según Dios”, sino humanamente y quiere cambiar, interferir en el plan de Dios. Jesús le reafirma que, el que quiera ser su discípulo, tiene que renunciar a sí mismo, tiene que cargar con su cruz y seguirlo; así, perdiendo su vida según los criterios del mundo, la encontrará para Dios. 

4. Tal parece, o sin duda debió serlo, que la Virgen Santísima escuchó estas palabras de su Hijo, porque las cumplió cabalmente. El Concilio señala cada uno de estos pasos de María  en el seguimiento de su Hijo: al concebirlo, engendrarlo, alimentarlo, llevándolo al templo y padeciendo con él junto a la Cruz, practicó de manera excelente las virtudes sobrenaturales de la obediencia, la  fe, la, la esperanza y de una encendida caridad, de modo que su cooperación en nuestra salvación fue “del todo singular”, de forma maravillosa y única, y así mereció llegar a ser “nuestra Madre en el orden de la gracia”. En efecto, fue en la Cruz, como escuchamos en el evangelio, donde María nos recibe como hijos, y ella nos es entregada por Cristo como nuestra Madre. Su maternidad espiritual es un título que le dio su propio Hijo, a favor nuestro, desde la cruz. 

5. El que sigue a Cristo hasta la cruz y “pierde la vida” con  él, la gana. La Virgen santísima allí la ganó para siempre de manera sobreabundante; por eso la aclamación antes del evangelio nos invita a proclamar “dichosa a la Virgen María, que sin morir, mereció la palma del martirio junto a la cruz del Señor”. Es mártir de Cristo porque ante su Hijo dio su vida por nosotros. Los sufrimientos de María fueron causa de gloria y, por tanto, de gozo también para nosotros si la imitamos, como nos invita a hacerlo la antífona de la comunión: “Alegrémonos de participar en los sufrimientos de Cristo, para que podamos alegrarnos también el día en que él venga lleno de gloria”. Los sufrimientos de María en la cruz son los sufrimientos fecundos de una madre que engendra y da a luz a sus hijos. Así son los sufrimientos de Cristo, que engendran nueva vida; así serán los nuestros si tomamos la cruz hasta perder la vida por él y por los hermanos. Ningún sufrimiento unido a Cristo es inútil, ni ninguna lágrima de un cristiano se pierde; el Señor las recoge en su odre o la Virgen Dolorosa las recoge y seca con su pañuelo de Madre piadosa, para transformarlas  en gloria. 

6. Hoy, cuando la liturgia laica celebra entre músicas o cohetones el “Grito de dolores”, nosotros debemos escuchar además el grito de todos los afligidos, desnutridos, enfermos y desamparados, que suman más de la mitad de nuestro país, y cuyas ansias de libertad y de justicia que proclamaron los iniciadores de la Independencia, no han sido satisfechas después de doscientos años de espera. El único grito que llega al cielo, es el llanto silencioso y poderoso de la intercesión de nuestra Madre común ante la cruz de su Hijo. Asociémonos a él, como lo pide la oración final de la misa: “Que esta fiesta de Nuestra Señora de los Dolores nos ayude a aliviar los sufrimientos que Cristo sigue padeciendo en nuestros hermanos”. Hagamos una patria fraterna y amorosa bajo la mirada de María. Que así sea.

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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