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HOMILÍA EN LA XXI ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL

PROMULGACIÓN DEL PLAN DIOCESANO DE PASTORAL

Santiago de Querétaro, Qro., 16 de Noviembre de 2009


M. Ils. Srs. Vicarios Generales

Sr. Vicario de Pastoral

Hermanos Presbíteros

Hermanas y Hermanos en nuestra Fe católica:

 

1. “Yo soy la luz del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida” (Jo 8,  12). Jesús está siempre de camino y ahora pasa junto a nosotros para que lo sigamos. Nosotros somos ese ciego sentado a la vera del camino, que escuchamos el rumor de sus pisadas y el clamor de sus acompañantes, que levantamos hacia Él nuestra voz y le decimos: ¡Hijo de David, ten compasión de nosotros! ¡Señor, ábrenos los ojos para que veamos mejor tu plan de salvación! 

2. Esta asamblea diocesana es don y gracia de la misericordia de Jesús que hace tiempo nos acompaña y ahora nos hace sentir su presencia a nuestro lado. Somos ese ciego, postrado y pidiendo limosna, a quien el Señor escuchó, “se detuvo y lo mandó traer”. Jesús va de camino a Jerusalén a cumplir su misión, a morir en la cruz como lo acaba de anunciar por tres veces a sus discípulos, sin que ellos lo pudieran entender; pero Jesús tiene tiempo para detenerse junto al pobre que lo llama, y así nos enseña a estar cerca del hombre que sufre y clama a él, por más prisa que tengamos. Y pregunta al hombre ciego, “¿Qué quieres que haga por ti?”. A esta pregunta solemos tenerle miedo, porque pensamos –falsa, muy falsamente- que nada o poco podemos hacer ante la miseria humana, por ejemplo ahora ante tanta violencia, ¿qué podemos hacer? Jesús nos dice: Es tu fe la que te va a salvar. Sí, hermanos presbíteros, nosotros podemos hacerlo porque tenemos la fuerza de Dios, su Evangelio; porque podemos hacer lo más grande  que se puede hacer por un ser humano en necesidad: Darle a Jesús, el único Salvador. Basta que tengamos fe en él y en nuestro sacerdocio. El mundo, los hermanos alejados, nuestros feligreses son ese ciego que suplica: “¡Señor, que vea!”, y nosotros podemos darle a Jesús porque él dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas”. Jesús da la luz porque es luz. Nosotros podemos darle a Jesús, basta que creamos en él.  

3. Al ciego le dijeron que era Jesús de Nazaret, el que pasaba, pero él lo invoca como el Mesías, el Hijo de David, y al ser llamado por Jesús, lo confiesa como “Señor” y termina  alabando a Dios. De Nazaret, de donde nada bueno podía salir, para el ciego ha salido el Mesías, el Hijo de David; del Mesías pasa a confesarlo como Señor, es decir, como Dios. Este encuentro y esta fe lo ponen en el camino de Jesús y lo sigue; integrándose al grupo de discípulos, sube a Jerusalén alabando y dando gloria a Dios. Tenemos aquí el proceso de la iniciación cristiana y del discipulado: Encuentro con Jesús, aceptarlo como Señor, dejar la situación anterior, seguirlo como discípulo, integrarse en la comunidad y cantar las alabanzas a Dios. 

4. A este hombre ya no lo llevan a Jesús, sino que él lo va siguiendo por su propio pie; ya no pide limosna sino que va bendiciendo a  Dios; y concluye el relato: “El pueblo, al ver esto, alababa a Dios”. Al ciego le costó dar ese paso: “Los que iban adelante lo regañaban para que se callara”; hubo de levantarse y cambiar el sentido de su vida y, ya como hombre libre, bendecir a Dios. El ciego curado se convierte en testigo de la misericordia divina manifestada en Jesús. 

5. Esto nos pone en sintonía con la primera lectura, del libro de los Macabeos, esos esforzados judíos que dieron la vida heroicamente por su fe. Los judíos cómplices del emperador extranjero quisieron hacer un pacto con ellos: “Vamos a hacer un pacto con los pueblos vecinos, pues desde que hemos vivido aislados, nos han sobrevivido muchas desgracias”. También buscaban su “globalización”: querían pactar con los poderosos para que les fuera bien. Mentían y se engañaban. Nunca habían estado solos, pues Dios estaba con ellos; fueron ellos los que se aislaron, alejándose de Dios. Les fue mal por su alejamiento de los mandamientos divinos, no porque necesitaran ayuda de los extraños. El pacto con extranjeros les trajo el debilitamiento moral, social y religioso que culminó con la estatua del emperador, un ídolo, en el templo de Dios. El pacto con los poderosos de este mundo, siempre termina a su favor; siempre acaba mal para el débil. Los poderosos reclaman para sí el lugar de Dios y se convierten en ídolos; y todo ídolo es inerte: no tiene ojos para ver al prójimo, ni oídos para escuchar sus reclamos, ni manos y pies para salir al encuentro de los demás; el ídolo –poder, sexo, dinero, prestigio- sólo reclama víctimas. Engendra muerte. Por eso, los fieles a Dios honraron su fe con la corona del martirio. 

6. El Papa Juan Pablo Segundo nos dijo una vez que pedir el bautismo era pedir ser santos y que del horizonte del cristiano no se excluye la perspectiva del martirio. El dar la vida por los demás y por la fe está dentro de la normalidad cristiana. Para nosotros los sacerdotes, entregar la vida es dar la vida por las ovejas; para los fieles laicos es ponerse al servicio de sus hermanos: esposa, esposo, hijos, familiares, amigos, vecinos y también testimoniar su fe en un ambiente hostil y agresor. El Plan de Pastoral que ahora inauguramos en su tercera etapa, quiere ser un instrumento para organizar nuestro servicio a los demás en la verdad y en la caridad. Como al ciego de Jericó, el Señor nos llama a levantarnos y a seguirlo, reafirmando nuestro compromiso bautismal y sacerdotal. Que ninguna parroquia se quede  sentada al borde del camino; que ningún sacerdote se quede contemplando a Jesús pasar, sin echar a andar su plan parroquial; que ningún fiel católico permanezca indiferente ante Jesús que le ofrece su luz salvadora. San Agustín decía: Timeo Jesum transeuntem, temo a Jesús que pasa, porque puede ser la última oportunidad de salvación. Nosotros queremos ser, como dice la carta a los Hebreos, de “los que no se echan atrás”, de los que no retroceden  ni vuelven la espalda a la vocación tan sublime que hemos recibido de ser colaboradores de Dios en traer la alegría al mundo. Que la Virgen Santísima, la “Virgen fiel” en la Cruz  y “Causa de nuestra alegría” por la Resurrección de su Hijo, recompense a todos los que colaboraron en este proyecto pastoral, y que el Santo Párroco de Ars, San Juan María Vianney, nos enseñe a amar a Jesús, a María, a la santa Eucaristía, al sacramento de la Penitencia, a los niños, a los pobres y a los pecadores como él los amó, con el corazón del Buen Pastor. Que así sea. 

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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