M. Ils. Srs. Vicarios Generales
Sr. Vicario de Pastoral
Hermanos Presbíteros
Hermanas y Hermanos en nuestra Fe
católica:
1. “Yo soy la luz
del mundo, dice el Señor; el que me sigue tendrá la luz de la vida”
(Jo 8, 12). Jesús está siempre de camino y ahora pasa junto a
nosotros para que lo sigamos. Nosotros somos ese ciego sentado a la
vera del camino, que escuchamos el rumor de sus pisadas y el clamor
de sus acompañantes, que levantamos hacia Él nuestra voz y le
decimos: ¡Hijo de David, ten compasión de nosotros! ¡Señor, ábrenos
los ojos para que veamos mejor tu plan de salvación!
2. Esta asamblea
diocesana es don y gracia de la misericordia de Jesús que hace
tiempo nos acompaña y ahora nos hace sentir su presencia a nuestro
lado. Somos ese ciego, postrado y pidiendo limosna, a quien el Señor
escuchó, “se detuvo y lo mandó traer”. Jesús va de camino a
Jerusalén a cumplir su misión, a morir en la cruz como lo acaba de
anunciar por tres veces a sus discípulos, sin que ellos lo pudieran
entender; pero Jesús tiene tiempo para detenerse junto al pobre que
lo llama, y así nos enseña a estar cerca del hombre que sufre y
clama a él, por más prisa que tengamos. Y pregunta al hombre ciego,
“¿Qué quieres que haga por ti?”. A esta pregunta solemos tenerle
miedo, porque pensamos –falsa, muy falsamente- que nada o poco
podemos hacer ante la miseria humana, por ejemplo ahora ante tanta
violencia, ¿qué podemos hacer? Jesús nos dice: Es tu fe la que te va
a salvar. Sí, hermanos presbíteros, nosotros podemos hacerlo porque
tenemos la fuerza de Dios, su Evangelio; porque podemos hacer lo más
grande que se puede hacer por un ser humano en necesidad: Darle a
Jesús, el único Salvador. Basta que tengamos fe en él y en nuestro
sacerdocio. El mundo, los hermanos alejados, nuestros feligreses son
ese ciego que suplica: “¡Señor, que vea!”, y nosotros podemos darle
a Jesús porque él dijo: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no
camina en tinieblas”. Jesús da la luz porque es luz. Nosotros
podemos darle a Jesús, basta que creamos en él.
3. Al ciego le
dijeron que era Jesús de Nazaret, el que pasaba, pero él lo invoca
como el Mesías, el Hijo de David, y al ser llamado por Jesús, lo
confiesa como “Señor” y termina alabando a Dios. De Nazaret, de
donde nada bueno podía salir, para el ciego ha salido el Mesías, el
Hijo de David; del Mesías pasa a confesarlo como Señor, es decir,
como Dios. Este encuentro y esta fe lo ponen en el camino de Jesús y
lo sigue; integrándose al grupo de discípulos, sube a Jerusalén
alabando y dando gloria a Dios. Tenemos aquí el proceso de la
iniciación cristiana y del discipulado: Encuentro con Jesús,
aceptarlo como Señor, dejar la situación anterior, seguirlo como
discípulo, integrarse en la comunidad y cantar las alabanzas a
Dios.
4. A este hombre
ya no lo llevan a Jesús, sino que él lo va siguiendo por su propio
pie; ya no pide limosna sino que va bendiciendo a Dios; y concluye
el relato: “El pueblo, al ver esto, alababa a Dios”. Al ciego le
costó dar ese paso: “Los que iban adelante lo regañaban para que se
callara”; hubo de levantarse y cambiar el sentido de su vida y, ya
como hombre libre, bendecir a Dios. El ciego curado se convierte en
testigo de la misericordia divina manifestada en Jesús.
5. Esto nos pone
en sintonía con la primera lectura, del libro de los Macabeos, esos
esforzados judíos que dieron la vida heroicamente por su fe. Los
judíos cómplices del emperador extranjero quisieron hacer un pacto
con ellos: “Vamos a hacer un pacto con los pueblos vecinos, pues
desde que hemos vivido aislados, nos han sobrevivido muchas
desgracias”. También buscaban su “globalización”: querían pactar con
los poderosos para que les fuera bien. Mentían y se engañaban. Nunca
habían estado solos, pues Dios estaba con ellos; fueron ellos los
que se aislaron, alejándose de Dios. Les fue mal por su alejamiento
de los mandamientos divinos, no porque necesitaran ayuda de los
extraños. El pacto con extranjeros les trajo el debilitamiento
moral, social y religioso que culminó con la estatua del emperador,
un ídolo, en el templo de Dios. El pacto con los poderosos de este
mundo, siempre termina a su favor; siempre acaba mal para el débil.
Los poderosos reclaman para sí el lugar de Dios y se convierten en
ídolos; y todo ídolo es inerte: no tiene ojos para ver al prójimo,
ni oídos para escuchar sus reclamos, ni manos y pies para salir al
encuentro de los demás; el ídolo –poder, sexo, dinero, prestigio-
sólo reclama víctimas. Engendra muerte. Por eso, los fieles a Dios
honraron su fe con la corona del martirio.
6. El Papa Juan
Pablo Segundo nos dijo una vez que pedir el bautismo era pedir ser
santos y que del horizonte del cristiano no se excluye la
perspectiva del martirio. El dar la vida por los demás y por la fe
está dentro de la normalidad cristiana. Para nosotros los
sacerdotes, entregar la vida es dar la vida por las ovejas; para los
fieles laicos es ponerse al servicio de sus hermanos: esposa,
esposo, hijos, familiares, amigos, vecinos y también testimoniar su
fe en un ambiente hostil y agresor. El Plan de Pastoral que ahora
inauguramos en su tercera etapa, quiere ser un instrumento para
organizar nuestro servicio a los demás en la verdad y en la caridad.
Como al ciego de Jericó, el Señor nos llama a levantarnos y a
seguirlo, reafirmando nuestro compromiso bautismal y sacerdotal. Que
ninguna parroquia se quede sentada al borde del camino; que ningún
sacerdote se quede contemplando a Jesús pasar, sin echar a andar su
plan parroquial; que ningún fiel católico permanezca indiferente
ante Jesús que le ofrece su luz salvadora. San Agustín decía:
Timeo Jesum transeuntem, temo a Jesús que pasa, porque puede ser
la última oportunidad de salvación. Nosotros queremos ser, como dice
la carta a los Hebreos, de “los que no se echan atrás”, de los que
no retroceden ni vuelven la espalda a la vocación tan sublime que
hemos recibido de ser colaboradores de Dios en traer la alegría al
mundo. Que la Virgen Santísima, la “Virgen fiel” en la Cruz y
“Causa de nuestra alegría” por la Resurrección de su Hijo,
recompense a todos los que colaboraron en este proyecto pastoral, y
que el Santo Párroco de Ars, San Juan María Vianney, nos enseñe a
amar a Jesús, a María, a la santa Eucaristía, al sacramento de la
Penitencia, a los niños, a los pobres y a los pecadores como él los
amó, con el corazón del Buen Pastor. Que así sea.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro