Hermanos
presbíteros:
1. La palabra de
Dios nos ofrece hoy, en la primera lectura, la parte segunda del
capítulo sexto de la Carta a los Hebreos, que contiene una exhortación
vehemente del autor a sus oyentes para invitarlos a permanecer fieles a
sus compromisos cristianos, ya que muchos de ellos, ante el recuerdo del
esplendor del culto judío que añoraban, desprecian la fe cristiana y se
sienten decepcionados de ella ante la dureza del seguimiento de Cristo,
marcado por el dolor, la persecución, la pérdida de sus bienes y el
peligro de la vida. Muchos abandonaron la fe y dieron la espalda a
Cristo. Para éstos tiene el autor, en la primera parte, una dura
reprehensión, pues “habiendo sido iluminados, gustaron también el don
celestial al recibir al Espíritu Santo, saborearon la palabra divina y
la manifestación de la fuerza del mundo venidero, y no obstante,
cayeron, es imposible volver de nuevo a la conversión, ya que, para su
propio daño, crucifican de nuevo el Hijo de Dios y lo escarnecen”.
2. La dureza del
juicio del autor nos impresiona; sin embargo, más debe impresionarnos la
riqueza que el creyente desprecia y la consecuencia de tal desprecio: el
volver a crucificar al Hijo de Dios y escarnecerlo. El gran don que
desprecia el apóstata y el pecador es llamado por el autor “iluminación,
don celestial, el mismo Espíritu Santo, palabra divina y manifestación
del poder del mundo futuro”. Se trata, pues, del pecado contra el
Espíritu Santo. La consecuencia es tristísima: “crucifican de nuevo al
Hijo de Dios y lo escarnecen”. Para explicar la causa de la muerte de
Cristo, el Catecismo cita a san Francisco, quien comenta: “No son los
demonios los que lo han crucificado; eres tú quien con ellos lo has
crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios
y en los pecados” (No. 598). Y el autor concluye ilustrando su
pensamiento con una parábola: “Porque la tierra que bebe la lluvia caída
repetidamente sobre ella y que produce buenas plantas a los que las
cultiva, recibe las bendiciones de Dios; pero la que hace germinar las
espinas y abrojos es despreciable, está próxima a la maldición, y su
final es el fuego”.
3. La tierra que
produce buenas plantas, recibe la bendición. Nosotros somos los
cultivadores del campo de Dios, en donde sembramos buena semilla, y que
esperamos, junto con nuestros fieles, ser objetos de la bendición de
Dios. Creo que legítimamente podemos hacer nuestras las palabras que
siguen en la segunda parte de esta exhortación, y que escuchamos en la
lectura, y que dicen: “Porque Dios no es injusto para olvidar los
trabajos de ustedes y el amor que han mostrado al servir a sus hermanos
en la fe, como lo siguen haciendo hasta hoy”. En efecto, llevamos ya un
buen tramo de esta tarea de sembrar la palabra divina en nuestras
parroquias, en los surcos que nos va trazando el Plan de Pastoral. Dios,
pues, “no olvida los trabajos de ustedes”, pero ahora se trata de
retomar un nuevo impulso, por eso el Espíritu Santo nos dice por el
autor de la Carta: “Deseamos, sin embargo, que todos y cada uno de
ustedes mantenga hasta el fin el mismo fervor y diligencia, para
alcanzar la plenitud de la esperanza. Así, lejos de volverse
negligentes, serán ustedes imitadores de aquellos que, por la fe y la
paciencia, heredan lo prometido por Dios”. En el capítulo 11 el autor va
a diseñar un hermoso retablo de los Padres en la fe que, mediante la
paciencia, perseveraron y alcanzaron, la meta final, la Patria. Aquí
sólo se fija el autor el Padre de los creyentes, en Abraham. Dios hizo a
Abraham una promesa, sellada con un juramento, y ambos cumplió. La
promesa del Señor, aunque tarda y así da lugar a la fe y a la esperanza,
es sin embargo cierta y confiable. El Señor jura por sí mismo, por su
nombre, por su propia santidad. Es un Dios fiel y así lo demuestra toda
la historia de la salvación: “Abraham perseveró en la paciencia y
alcanzó lo prometido por Dios”.
4. Una de
nuestras tentaciones como pastores, como sembradores de la semilla de
Dios, es la impaciencia. Queremos ver los frutos, como si éstos
dependieran de nuestro propio esfuerzo, y no de la gracia del Señor. El
lenguaje eficientista de la técnica nos induce a error. No resisto en
citarles un texto de Mons. Francisco Banegas (15 Agto. 1926) a los
sacerdotes, que dice así: “Sin la vida interior, estamos en inminente
peligro de convertirnos en administradores meramente humanos de las
cosas divinas. Y, en verdad, que no volviendo a la vida interior, aunque
estemos en gracia de Dios, predicamos, bautizamos, oímos confesiones,
distribuimos la sagrada comunión y hasta rezamos el oficio divino y
celebramos la santa misa, sin elevar hic et nunc estos actos al
orden sobrenatural al que realmente pertenecen, sino que los hacemos
como el desempeño de un oficio o a lo sumo como un cumplimiento de un
deber, promovemos el culto hasta con esplendidez de adornos y de pompa
litúrgica, fomentamos muchas asociaciones piadosas y hasta procuramos en
las fiestas muchas confesiones y comuniones, pero todo eso,
desgraciadamente no está informado por el espíritu interior, de donde
resulta que nuestra acción es fría, sin vida, casi rutinaria... un
ministerio como ése no produce el bien que el apostolado debe producir”,
pues carece de vida interior. El malestar que genera una vida sacerdotal
así es la sequedad, la aridez, la impaciencia y el malhumor, que
generalmente busca echar la culpa del fracaso pastoral a los demás,
incluso a los mismos fieles.
5. San Pablo nos
enseña que uno es el que siembra, pero que es Dios quien da el
incremento, la fertilidad, los frutos. Nuestro es el trabajo, del Él son
los frutos. Somos arrendatarios, no dueño de la Viña. La viña es del
Señor, nosotros somos solamente siervos. Si los frutos tardan, no es que
Dios falle, sino que no caminamos al ritmo de Dios, porque necesitamos
poner en Él nuestra confianza y encender e incrementar nuestra
esperanza. Hemos sido redimidos “en esperanza” (San Pablo). La esperanza
cristiana es una virtud teologal, que viene de Dios y que está cimentada
en Dios; no es un proyecto humano apoyado en nuestra débiles fuerzas.
Está cimentada, dice el autor de la Carta, en “dos actos irrevocables,
la promesa y el juramento, en los cuales Dios no puede mentir”; por eso,
“tenemos un consuelo poderoso los que buscamos refugio en la esperanza
de lo prometido”.
6. En Dios, en su
Palabra divina, en su promesa, en su alianza, en su Iglesia tenemos,
hermanos presbíteros, un “consuelo poderoso”, no humano, sea éste del
superior, del amigo, del subterfugio que a veces inventamos, sino
“poderoso” porque está cimentado en Dios. Por eso concluye hermosamente
el Autor: “Esta esperanza nos mantiene firmes y seguros, porque está
anclada en el interior del Santuario, ahí donde entró Jesús,
precediéndonos, constituido sumo sacerdote, como Melquisedec”. Si
nuestra fe, si nuestra esperanza, si nuestra vida, si nuestro ministerio
sacerdotal está anclado en el interior del Santuario, en el corazón de
Cristo, en nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, el hombre perfecto, entonces
habremos desarrollado perfectamente tanto nuestra estatura humana, como
nuestro ser cristiano como nuestra vida sacerdotal. Así superaremos la
indecisión que ahora acompaña la vida moderna, esa “dictadura del
relativismo que no conoce nada definitivo y que deja como última medida
sólo el propio yo y sus antojos”, como advertía el cardenal Ratzinger en
su homilía de la misa De eligendo Sumo Pontífice. “Nosotros”,
añade, “tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el Hombre verdadero. Él es
la medida del verdadero humanismo. No es adulta la fe que sigue las
olas de la moda y de la última novedad. Adulta y madura es la fe que
está profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos
abre a todo lo que es bueno y nos da criterio para discernir entre lo
verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta
fe adulta y debemos guiar la grey de Cristo a esa fe”. Es nuestro deber
no solo conservar la fe del pueblo de Dios, sino hacerla crecer hasta la
medida de la adultez de Cristo.
7. Con estos deseos
los animo e invito, hermanos presbíteros, a proseguir durante este año
el caminar de nuestro Plan de Pastoral, que acentuará el ministerio
sacerdotal de Cristo en la sagrada Liturgia, cumbre y fuente de
la vida espiritual de la Iglesia.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro