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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

DURANTE EL RETIRO DEL PRESBITERIO

Seminario Conciliar de Querétaro, Qro., 17 de Enero de 2007


Hermanos presbíteros: 

1. La palabra de Dios nos ofrece hoy, en la primera lectura, la parte segunda del capítulo sexto de la Carta a los Hebreos, que contiene una exhortación vehemente del autor a sus oyentes para invitarlos a permanecer fieles a sus compromisos cristianos, ya que muchos de ellos, ante el recuerdo del esplendor del culto judío que añoraban, desprecian la fe cristiana y se sienten decepcionados de ella ante la dureza del seguimiento de Cristo, marcado por el dolor, la persecución, la pérdida de sus bienes y el peligro de la vida. Muchos abandonaron la fe y dieron la espalda a Cristo. Para éstos tiene el autor, en la primera parte, una dura reprehensión, pues “habiendo sido iluminados, gustaron también el don celestial al recibir al Espíritu Santo, saborearon la palabra divina y la manifestación de la fuerza del mundo venidero, y no obstante, cayeron, es imposible volver de nuevo  a la conversión, ya que, para su propio daño, crucifican de nuevo el Hijo de Dios y lo escarnecen”. 

2. La dureza del juicio del autor nos impresiona; sin embargo, más debe impresionarnos la riqueza que el creyente desprecia y la consecuencia de tal desprecio: el volver a crucificar al Hijo de Dios y escarnecerlo. El gran don que desprecia el apóstata y el pecador es llamado por el autor “iluminación, don celestial, el mismo Espíritu Santo, palabra divina y manifestación del poder del mundo futuro”. Se trata, pues, del pecado contra el Espíritu Santo. La consecuencia es tristísima: “crucifican de nuevo al Hijo de Dios y lo escarnecen”. Para explicar la causa de la muerte de Cristo, el Catecismo cita a san Francisco, quien comenta: “No son los demonios los que lo han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados” (No. 598). Y el autor concluye ilustrando su pensamiento con una parábola: “Porque la tierra que bebe la lluvia caída repetidamente sobre ella y que produce buenas plantas a los que las cultiva, recibe las bendiciones de Dios; pero la que hace germinar las espinas y abrojos es despreciable, está próxima a la maldición, y su final es el fuego”. 

3. La tierra que produce buenas plantas, recibe la bendición. Nosotros somos los cultivadores del campo de Dios, en donde sembramos buena semilla, y que esperamos, junto con nuestros fieles, ser objetos de la bendición de Dios. Creo que legítimamente podemos hacer nuestras las palabras que siguen en la segunda parte de esta exhortación, y que escuchamos en la lectura, y que dicen: “Porque Dios no es injusto para olvidar los trabajos de ustedes y el amor que han mostrado al servir a sus hermanos en la fe, como lo siguen haciendo hasta hoy”. En efecto, llevamos ya un buen tramo de esta tarea de sembrar la palabra divina en nuestras parroquias, en los surcos que nos va trazando el Plan de Pastoral. Dios, pues, “no olvida los trabajos de ustedes”, pero ahora se trata de retomar un  nuevo impulso, por eso el Espíritu Santo nos dice por el autor de la Carta: “Deseamos, sin embargo, que todos y cada uno de ustedes mantenga hasta el fin el mismo fervor y diligencia, para alcanzar la plenitud de la esperanza. Así, lejos de volverse negligentes, serán ustedes imitadores de aquellos que, por la fe y la paciencia, heredan lo prometido por Dios”. En el capítulo 11 el autor va a diseñar un hermoso retablo de los Padres en la fe que, mediante la paciencia, perseveraron y alcanzaron, la meta final, la Patria. Aquí sólo se fija el autor el Padre de los creyentes, en Abraham. Dios hizo a Abraham una promesa, sellada con un juramento, y ambos cumplió. La promesa del Señor, aunque tarda y así da lugar a la fe y a la esperanza, es sin embargo cierta y confiable. El Señor jura por sí mismo, por su nombre, por su propia santidad. Es un Dios fiel y así lo demuestra toda la historia de la salvación: “Abraham perseveró en la paciencia y alcanzó lo prometido por Dios”.  

4. Una de nuestras  tentaciones como pastores, como sembradores de la semilla de Dios, es la impaciencia. Queremos ver los frutos, como si éstos dependieran de nuestro propio esfuerzo, y no de la gracia del Señor. El lenguaje eficientista de la técnica nos induce a error. No resisto en citarles un texto de Mons. Francisco Banegas (15 Agto. 1926) a los sacerdotes, que dice así: “Sin la vida interior, estamos en inminente peligro de convertirnos en administradores meramente humanos de las cosas divinas. Y, en verdad, que no volviendo a la vida interior, aunque estemos en gracia de Dios, predicamos, bautizamos, oímos confesiones, distribuimos la sagrada comunión y hasta rezamos el oficio divino y celebramos la santa misa, sin elevar hic et nunc estos actos al orden sobrenatural al que realmente pertenecen, sino que los hacemos como el desempeño de un oficio o a lo sumo como un cumplimiento de un deber, promovemos el culto hasta con esplendidez de adornos y de pompa litúrgica, fomentamos muchas asociaciones piadosas y hasta procuramos en las fiestas muchas confesiones y comuniones, pero todo eso, desgraciadamente no está informado por el espíritu interior, de donde resulta que nuestra acción es fría, sin vida, casi rutinaria... un ministerio como ése no produce el bien que el apostolado debe producir”, pues carece de vida interior. El malestar que genera una vida sacerdotal así es la sequedad, la aridez, la impaciencia y el malhumor, que generalmente busca echar la culpa del fracaso pastoral a los demás, incluso a los mismos fieles. 

5. San Pablo nos enseña que uno es el que siembra, pero que es Dios quien da el incremento, la fertilidad, los frutos. Nuestro es el trabajo, del Él son los frutos. Somos arrendatarios, no dueño de la Viña. La viña es del Señor, nosotros somos solamente siervos. Si los frutos tardan, no es que Dios falle, sino que no caminamos al ritmo de Dios, porque necesitamos poner en Él nuestra confianza y encender e incrementar nuestra esperanza. Hemos sido redimidos “en esperanza” (San Pablo). La esperanza cristiana es una virtud teologal, que viene de Dios y que está cimentada en Dios; no es un proyecto humano apoyado en nuestra débiles fuerzas. Está cimentada, dice el autor de la Carta, en “dos actos irrevocables, la promesa y el juramento, en los cuales Dios no puede mentir”; por eso, “tenemos un consuelo poderoso los que buscamos refugio en la esperanza de lo prometido”.  

6. En Dios, en su Palabra divina, en su promesa, en su alianza, en su Iglesia tenemos, hermanos presbíteros, un “consuelo poderoso”, no humano, sea éste del superior, del amigo,  del subterfugio que a veces inventamos, sino “poderoso” porque está cimentado en Dios. Por eso concluye hermosamente el Autor: “Esta esperanza nos mantiene firmes y seguros, porque está anclada en el interior del Santuario, ahí donde entró Jesús, precediéndonos, constituido sumo sacerdote, como Melquisedec”. Si nuestra fe, si nuestra esperanza, si nuestra vida, si nuestro ministerio sacerdotal está anclado en el interior del Santuario, en el corazón de Cristo, en nuestro Sumo y Eterno Sacerdote, el hombre perfecto, entonces habremos desarrollado perfectamente tanto nuestra estatura humana, como nuestro ser cristiano como nuestra vida sacerdotal. Así superaremos la indecisión que ahora acompaña la vida moderna, esa “dictadura del relativismo que no conoce nada definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos”, como advertía el cardenal Ratzinger en su homilía de la misa De eligendo Sumo Pontífice. “Nosotros”, añade, “tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el Hombre verdadero. Él es la medida del verdadero humanismo. No es adulta la fe que sigue las  olas de la moda y de la última novedad. Adulta y madura es la fe que está profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta y debemos guiar la grey de Cristo a esa fe”. Es nuestro deber no solo conservar la fe del pueblo de Dios, sino hacerla crecer hasta la medida de la adultez de Cristo. 

7. Con estos deseos los animo e invito, hermanos presbíteros, a proseguir durante este año el caminar de nuestro Plan de Pastoral, que acentuará el ministerio sacerdotal de Cristo en la sagrada Liturgia, cumbre y fuente de la vida espiritual de la Iglesia.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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