LA TRANSFIGURACIÓN DE CRISTO:
CONTEMPLAR EL ROSTRO DE DIOS
1. “Mi corazón me dice de ti: ‘Busca su rostro’. Estoy buscando tu
rostro, Señor, no me lo escondas”, dice hermosamente el salmo de la
antífona de entrada de esta Eucaristía (Ps 26,8s).
2. Todos andamos buscando el rostro de Dios, por diversos caminos, a
veces sin saberlo, a veces hasta negándolo, pero nadie puede escapar
de esta necesidad del corazón humano: El contemplar el rostro de
Dios. A veces, repito, con diversos nombres y bajo distintas
aspiraciones: felicidad, belleza, ciencia, placer, amor; hasta de
formas perversas, como sería mediante la droga, el sexo, el dinero,
el poder… porque pensamos que allí está nuestra felicidad.
Equivocamos el camino, pero no el destino: todos andamos buscando la
felicidad cuya fuente única es Dios. Por eso oramos: “Señor, tú que
nos mandaste escuchar a tu Hijo Jesucristo, alimenta nuestra fe con
tu palabra y purifica los ojos de nuestro espíritu, para que podamos
alegrarnos en la contemplación de tu gloria”, que resplandece en el
rostro de Cristo.
3. ¿Dónde encontrar el rostro auténtico de Dios, la felicidad
verdadera? En el rostro de Cristo. “Queremos ver a Jesús”, le
preguntaban los griegos al apóstol Felipe. Y Felipe llevó a esos
paganos al encuentro con Jesús. Los apóstoles fueron los primeros
que contemplaron el rostro de Dios en Jesucristo. Por eso “lo
dejaron todo y siguieron a Jesús”. Sí, hermanos y hermanas, para
contemplar el rostro de Dios se necesita seguir a Jesús, y para
seguir a Jesús, se necesita dejarlo todo y emprender con él el
camino hacia Jerusalén; allí nos revelará la plenitud de su belleza,
de su gloria, de su felicidad. Estamos en Cuaresma, que es el camino
hacia la Pascua, hacia la revelación plena del rostro de Dios
presente en Jesús, imagen verdadera y esplendorosa del Padre. En la
Iglesia católica, en su liturgia, encontramos el rostro de Dios en
Jesús.
4. Pero en este seguimiento de Jesús, hay que subir a diversas
montañas; hay que elevarse sobre los demás, y acercarse a Dios. Hay
que dejar la cobardía y la mediocridad. Un mediocre no sirve para
cristiano. Un cobarde menos. Ya vimos, en los domingos pasados, cómo
Jesús es llevado por el mismo Tentador al monte de las tentaciones;
allí Jesús ora, ayuna, hace penitencia, y, con la fuerza del
Espíritu, vence al Tentador. Tenemos allí el camino y el ejemplo
para vencer nuestras pasiones. El domingo pasado Jesús, desde el
monte de las Bienaventuranzas, como un nuevo Moisés, lanza su
programa para sus discípulos: tener un corazón de pobre, ser
sencillo y limpio de corazón, ser misericordioso, buscar lo que es
justo y estar dispuesto a ser calumniado y perseguido por el nombre
de Jesús; en una palabra, tomar su cruz para ser su discípulo. La
revelación del verdadero rostro de Dios en Jesucristo tendrá que
manifestarse a través de la ignominia de la cruz en el monte
Calvario. La vida cristiana va de ascensión en ascensión: del monte
de la Tentación pasamos al de las Bienaventuranzas; de éste al monte
de la Transfiguración, y de la transfiguración al monte de los
Olivos y al monte Calvario para concluir en el monte de la Ascensión
al cielo y en el monte de la Misión en Galilea. La Iglesia es esa
Ciudad edificada sobre la Montaña para que refleje la Luz de Cristo
ante el mundo entero. Cada cristiano deber ser reflejo de esa luz.
5. Ahora la liturgia nos presenta a Jesús, que invita a tres de sus
discípulos, a Pedro, Santiago y Juan a subir “ un monte elevado”
con él. Se impone siempre un esfuerzo, una superación de la
mediocridad para seguir a Jesús y estar con él. Pero ¡qué maravilla!
Allí Jesús, en oración, se transfiguró, se llenó de luz, sus
vestidos se hicieron blancos, resplandecientes. Los apóstoles
testigos quedaron deslumbrados, atónitos, nuca imaginaron lo que
estaban viendo: Jesús les manifiesta la plenitud de su belleza, de
su gloria y ellos experimentan la perfecta felicidad; por eso Pedro
quiere quedarse allí, contemplando el rostro resplandeciente de Dios
en Cristo. “No me escondas más este rostro”, suplicaba Pedro en su
corazón. Pero todavía no había comprendido que tenía que llegar y
subir a otro monte, al Calvario, para ser digno de contemplar para
siempre el rostro de Dios.
6. Hermanas y hermanos: Ustedes también son buscadores del rostro de
Dios, de la perfecta felicidad; por eso están aquí. En la oración
pedíamos al Señor que nos iluminara con su Palabra y que nos
limpiara los ojos de nuestro Espíritu” para poder contemplarlo. La
Iglesia nos ofrece ahora, en esta Cuaresma, un espacio para escuchar
con más atención la palabra de Dios y para limpiar los ojos de
nuestro espíritu con la penitencia y la confesión de nuestros
pecados, para llegar a contemplar el rostro verdadero de Jesús, el
Resucitado, durante las fiestas de Pascua. Los invito a “no huir” de
vacaciones, sino a seguir con fortaleza a Cristo. Ser cristiano es
seguir a Cristo, subir con él a la montaña, escuchar a Moisés y los
profetas, es decir, la palabra de Dios; ser cristiano significa
tomar la cruz de Cristo todos los días, sus mandamientos, y caminar
con él, no avergonzarnos de ser católicos y de participar en la
Semana Santa.
7. En la Confirmación que vamos a celebrar, estos jóvenes van a
recibir el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es Dios, es la fuerza
de Dios, es el fuego de Dios, es el sello de Dios que marca el
corazón del confirmado y graba, imprime en él el rostro de Cristo.
Lo “configura” con Cristo, lo hace semejante a Cristo, imprime el
rostro de Cristo en su corazón, de modo que toda la vida del
confirmado debe ser reflejar e imitar a Cristo. Eso significa ser
cristiano. Esta imagen la llevará en su corazón durante toda su vida
y para toda la eternidad. Durante su vida la debe ir haciendo
traslúcida de modo que se vaya “transfigurando” en Cristo. Ser
bautizado y confirmado es ser trasfigurado en Cristo. Eso significa
ser cristiano. Esta imagen será su protección contra el Tentador,
contra Satanás, su título de gloria en esta tierra y su carta de
presentación ante el trono de Dios. Dios, al ver el rostro de Cristo
en nosotros, nos abrirá la puerta de la gloria y así nos mostrará y
contemplaremos su rostro para siempre. Se cumple el deseo del
salmista: Contemplar el rostro de Dios y ver su gloria reflejada en
nosotros.
8. La Virgen Santísima, que formó el rostro de Cristo en sus
entrañas, lo tomó y miró amorosa entre sus brazos y lo contempla
ahora glorioso en el cielo, nos conceda la gracia de reflejar en
nuestra vida y contemplar, junto con Ella, el rostro divino de su
Hijo por toda la eternidad. Amén.