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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA MISA DE INICIO DEL CURSO 2009-2010 EN EL SEMINARIO CONCILIAR

Santiago de Querétaro, Qro., Agosto de 2009


Hermanas y hermanos:

1. Quiero, en esta celebración inaugural, después de haber pedido al Espíritu Santo nos de su sabiduría, ciencia, inteligencia y consejo, y nos comunique también su fortaleza y nos llene de su santo temor para que, a ejemplo del santo párroco de Ars, san Juan Bautista María Vianney, nos acerquemos al “don y misterio” del sacerdocio con santa reverencia. Al inaugurar el santo padre Benedicto XVI el “Año Sacerdotal” en su honor, repetidamente nos ha invitado a los sacerdotes y desde luego a los aspirantes al sacerdocio y a sus formadores, a impregnarnos de su espíritu y a seguir su ejemplo, valedero también hoy, en esta época de relativismo y de carencia de significados. Este fue el tema que tocó el Papa en su audiencia general del 5 de Agosto pasado, y de la cual quiero tomar algunas reflexiones que me parece oportuno compartir con ustedes en esta Eucaristía inaugural. 

2. En primer lugar, el santo Padre recuerda la fecha de la muerte, del “nacimiento para el cielo” del santo párroco de Ars, acaecida el 4 de Agosto de 1859 a las 2 de la mañana. Dice el Papa: “¡Qué gran fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso! ¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos reconciliados con el Padre, gracias a su obra de párroco y de confesor!”. San Pablo decía a los fieles de Filipos que ellos eran “su gloria y su corona” (4, 1). La corona de un sacerdote en el cielo son los fieles que él ayudó a salvar. Lo que refería continuamente el santo párroco de Ars y todos los santos pastores, es que el sacerdote se ordena para salvar almas. En la contraparte está la crítica de Jesús a los escribas y fariseos que recorrían el mundo para hacer un prosélito y, al final, terminaban por precipitarlo en la gehenna. Por nosotros y por nuestra salvación bajó el Salvador del cielo y para eso nos ordenamos sacerdotes. 

3. “Llegó a la ordenación presbiteral -prosigue el Papa- después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular”. Se ha vuelto lugar común decir que el santo párroco de Ars era de pocas luces; de hecho nunca alcanzó a dominar el latín. La época de su formación coincidió con los tiempos revolucionarios y en circunstancias adversas y persecutorias realizó sus estudios. En su biblioteca dejó más de cuatrocientos volúmenes. Recuerdo, durante mis años de superior y maestro en el seminario, las grandes discusiones que se suscitaban entre los formadores, en los casos de jóvenes con cualidades morales y humanas pero con poca capacidad para el estudio. Sin duda sigue siendo un problema real, que los superiores tienen que ayudar al obispo a discernir y resolver en cada caso. Sólo quiero subrayar una frase del Papa alabando a los superiores del joven Juan María Vianney porque “supieron mirar más allá (de sus límites humanos), intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular”. Pido a la divina Sabiduría que ilumine a los superiores, maestros y formadores y les de esta capacidad de discernimiento para que descubran y propicien en los alumnos “ese horizonte de santidad” que se requiere para ser sacerdote. 

4. El Papa describe así el secreto del ´”éxito” pastoral del santo párroco de Ars: “Se identificó con su ministerio a tal grado que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas”. No había separación entre su persona y su sacerdocio, entre su conducta y su fe, entre su comportamiento y su misión. No era sacerdote en su iglesia o en su parroquia y un profano en el exterior, pues para dar la vida por las ovejas se requiere la identificación con el buen Pastor. Dio siempre primacía a la gracia: “Su éxito pastoral consistió en que el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido en el altar se transformó en amor por la grey de Cristo”. Con el mismo amor con que amaba a Cristo en la eucaristía amaba a sus parroquianos. 

5. Esta constante identificación con Cristo le permitía dar unidad total a su ministerio y sentido coherente a su vida. No era un esquizofrénico pastoral. Por eso pasaba, “con una solo movimiento interior, del altar al confesionario”, obedeciendo el doble mandato de Cristo: “Hagan esto en memoria mía” y “A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados”. San Rafael Guízar Valencia decía que una misión que no terminaba en el confesionario y en la comunión, no había rendido fruto espiritual. Algo parecido debemos de pensar de las fiestas patronales.  

6. Sin duda que san Juan María Vianney es un “ejemplo” admirable para nosotros los sacerdotes, pero no queda de ninguna manera en una ejemplaridad exterior, superada por el tiempo y las circunstancias. Su ejemplaridad es profética, pues su identificación con Cristo lo hace ser el mimo ayer, hoy y siempre. No hay santo que pase de moda. En efecto, explica el Papa, “en la Francia posrevolucionaria que experimentaba una especie de dictadura del racionalismo, orientada a borrar la presencia misma de los sacerdotes y de la Iglesia en la sociedad, él vivió primero –en los años de su juventud- una heroica clandestinidad…; luego, como sacerdote, se caracterizó por una singular y fecunda creatividad, capaz de mostrar que el racionalismo no podía satisfacer las auténticas necesidades del hombre”. Su vida sacerdotal fue un mentís a la pretensión revolucionaria de sustituir la fe por la razón y que llegó, ridículamente, a divinizarla.  

7. Su actualidad consiste precisamente en que, si entonces existía la dictadura del racionalismo, en la época actual reinan muchos ambientes una dictadura del relativismo…”. Ambas dictaduras son limitantes del ser humano: una porque exalta la razón más allá de sus capacidades y lo lleva a la frustración, como lo demuestran las dos guerras mundiales; otra, porque desconfía de la razón y de la verdad y todo lo confunde hasta perder el sentido de la vida. Hoy el hombre es un “mendigo de significado y de realización”. El santo párroco de Ars supo descubrir y proporcionar la medicina apropiada y saludable a los males de su tiempo: les dio a Jesucristo. Es lo mismo que ahora reclama de nosotros el pueblo de Dios en este ‘cambio de época”, pero no de miseria. Nos pide pan, no piedras, nos dice el Papa. Escribieron sobre la tumba de san Juan María Vianney: 

PASCEBAT GREGEM

AMORE

MORE

ORE

RE

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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