Hermanas y
hermanos:
1. Quiero, en esta celebración inaugural, después de haber pedido al
Espíritu Santo nos de su sabiduría, ciencia, inteligencia y consejo,
y nos comunique también su fortaleza y nos llene de su santo temor
para que, a ejemplo del santo párroco de Ars, san Juan Bautista
María Vianney, nos acerquemos al “don y misterio” del sacerdocio con
santa reverencia. Al inaugurar el santo padre Benedicto XVI el “Año
Sacerdotal” en su honor, repetidamente nos ha invitado a los
sacerdotes y desde luego a los aspirantes al sacerdocio y a sus
formadores, a impregnarnos de su espíritu y a seguir su ejemplo,
valedero también hoy, en esta época de relativismo y de carencia de
significados. Este fue el tema que tocó el Papa en su audiencia
general del 5 de Agosto pasado, y de la cual quiero tomar algunas
reflexiones que me parece oportuno compartir con ustedes en esta
Eucaristía inaugural.
2. En primer lugar, el santo Padre recuerda la fecha de la muerte,
del “nacimiento para el cielo” del santo párroco de Ars, acaecida el
4 de Agosto de 1859 a las 2 de la mañana. Dice el Papa: “¡Qué gran
fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso!
¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos
reconciliados con el Padre, gracias a su obra de párroco y de
confesor!”. San Pablo decía a los fieles de Filipos que ellos eran
“su gloria y su corona” (4, 1). La corona de un sacerdote en el
cielo son los fieles que él ayudó a salvar. Lo que refería
continuamente el santo párroco de Ars y todos los santos pastores,
es que el sacerdote se ordena para salvar almas. En la contraparte
está la crítica de Jesús a los escribas y fariseos que recorrían el
mundo para hacer un prosélito y, al final, terminaban por
precipitarlo en la gehenna. Por nosotros y por nuestra salvación
bajó el Salvador del cielo y para eso nos ordenamos sacerdotes.
3. “Llegó a la ordenación presbiteral -prosigue el Papa- después de
no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de
prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites
humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de
santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular”. Se ha
vuelto lugar común decir que el santo párroco de Ars era de pocas
luces; de hecho nunca alcanzó a dominar el latín. La época de su
formación coincidió con los tiempos revolucionarios y en
circunstancias adversas y persecutorias realizó sus estudios. En su
biblioteca dejó más de cuatrocientos volúmenes. Recuerdo, durante
mis años de superior y maestro en el seminario, las grandes
discusiones que se suscitaban entre los formadores, en los casos de
jóvenes con cualidades morales y humanas pero con poca capacidad
para el estudio. Sin duda sigue siendo un problema real, que los
superiores tienen que ayudar al obispo a discernir y resolver en
cada caso. Sólo quiero subrayar una frase del Papa alabando a los
superiores del joven Juan María Vianney porque “supieron mirar más
allá (de sus límites humanos), intuyendo el horizonte de santidad
que se perfilaba en aquel joven realmente singular”. Pido a la
divina Sabiduría que ilumine a los superiores, maestros y formadores
y les de esta capacidad de discernimiento para que descubran y
propicien en los alumnos “ese horizonte de santidad” que se requiere
para ser sacerdote.
4. El Papa describe así el secreto del ´”éxito” pastoral del santo
párroco de Ars: “Se identificó con su ministerio a tal grado que se
convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente,
en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia
del mercenario, da la vida por sus ovejas”. No había separación
entre su persona y su sacerdocio, entre su conducta y su fe, entre
su comportamiento y su misión. No era sacerdote en su iglesia o en
su parroquia y un profano en el exterior, pues para dar la vida por
las ovejas se requiere la identificación con el buen Pastor. Dio
siempre primacía a la gracia: “Su éxito pastoral consistió en que el
amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y
vivido en el altar se transformó en amor por la grey de Cristo”. Con
el mismo amor con que amaba a Cristo en la eucaristía amaba a sus
parroquianos.
5. Esta constante identificación con Cristo le permitía dar unidad
total a su ministerio y sentido coherente a su vida. No era un
esquizofrénico pastoral. Por eso pasaba, “con una solo movimiento
interior, del altar al confesionario”, obedeciendo el doble mandato
de Cristo: “Hagan esto en memoria mía” y “A quienes les perdonen los
pecados les quedarán perdonados”. San Rafael Guízar Valencia decía
que una misión que no terminaba en el confesionario y en la
comunión, no había rendido fruto espiritual. Algo parecido debemos
de pensar de las fiestas patronales.
6. Sin duda que san Juan María Vianney es un “ejemplo” admirable
para nosotros los sacerdotes, pero no queda de ninguna manera en una
ejemplaridad exterior, superada por el tiempo y las circunstancias.
Su ejemplaridad es profética, pues su identificación con Cristo lo
hace ser el mimo ayer, hoy y siempre. No hay santo que pase de moda.
En efecto, explica el Papa, “en la Francia posrevolucionaria que
experimentaba una especie de dictadura del racionalismo,
orientada a borrar la presencia misma de los sacerdotes y de la
Iglesia en la sociedad, él vivió primero –en los años de su
juventud- una heroica clandestinidad…; luego, como sacerdote, se
caracterizó por una singular y fecunda creatividad, capaz de mostrar
que el racionalismo no podía satisfacer las auténticas necesidades
del hombre”. Su vida sacerdotal fue un mentís a la pretensión
revolucionaria de sustituir la fe por la razón y que llegó,
ridículamente, a divinizarla.
7. Su actualidad consiste precisamente en que, si entonces existía
la dictadura del racionalismo, en la época actual reinan
muchos ambientes una dictadura del relativismo…”. Ambas
dictaduras son limitantes del ser humano: una porque exalta la razón
más allá de sus capacidades y lo lleva a la frustración, como lo
demuestran las dos guerras mundiales; otra, porque desconfía de la
razón y de la verdad y todo lo confunde hasta perder el sentido de
la vida. Hoy el hombre es un “mendigo de significado y de
realización”. El santo párroco de Ars supo descubrir y proporcionar
la medicina apropiada y saludable a los males de su tiempo: les dio
a Jesucristo. Es lo mismo que ahora reclama de nosotros el pueblo de
Dios en este ‘cambio de época”, pero no de miseria. Nos pide pan, no
piedras, nos dice el Papa. Escribieron sobre la tumba de san Juan
María Vianney:
PASCEBAT GREGEM
AMORE
MORE
ORE
RE
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro