HOMILÍA EN XIX ASAMBLEA DIOCESANA DE PASTORAL
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Hermanos Presbíteros
Hermanas y hermanos consagrados
Hermanas y hermanos en el Señor Jesús
1. Tomados de la mano
de la Virgen Santísima queremos que Ella nos enseñe a ser discípulos y
misioneros de su Hijo Jesucristo. En este campo del discipulado y de
la misión somos siempre aprendices y Ella, afortunadamente, es la
maestra experimentada de nuestra fe. Estamos en buenas manos y tenemos
segura guía. A Ella, fiel discípula de su Hijo, nos encomendamos para
que aprendamos a obedecerlo, imitarlo y anunciarlo a los demás.
Agradezco a los hermanos presbíteros su servicio pastoral en esta
noble tarea, a los organizadores su esfuerzo al preparar este
encuentro y a todos ustedes su amor a Jesucristo, a la santa Iglesia y
a los hermanos con quienes quieren compartir el don inmenso de la fe
católica.
2. En su discurso
inaugural de Aparecida, el papa Benedicto XVI nos dijo que “la Iglesia
tiene la gran tarea de custodiar y alimentar la fe del Pueblo de Dios,
y recordar a los fieles de este Continente que, en virtud de su
bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de
Jesucristo”; y de inmediato se pregunta: “¿Qué nos da realmente
Cristo?”. Él nos responde: “Nos da a Dios, al Dios verdadero”, pues
“sólo quien conoce Dios, conoce la realidad y puede responder a ella
de modo adecuado y realmente humano”. Dios es la realidad fundante,
origen y sostén de toda otra realidad. Quien niega a Dios, desconoce
la realidad. Se sigue interrogando el Papa: ”Y ¿Quién conoce a Dios?
¿Cómo podemos conocerlo?” Responde: “Sólo Dios conoce a Dios, sólo su
Hijo que es Dios de Dios, Dios verdadero, lo conoce”, y concluye: “Si
no conocemos a Dios en Cristo, toda la realidad se convierte en un
enigma indescifrable; no hay camino, y al no haber camino no hay vida
ni verdad”. Miremos como estas palabras contienen una grande verdad;
ésta es el ambiente en que nos movemos, pues muchos hermanos,
especialmente los jóvenes, no encuentran sentido a sus vidas; para
ellos todo es confusión a su alrededor: violencia, suicidios,
desesperanza, drogadicción y una sed de placer nunca satisfecho.
3. ¿Cómo, pues,
conocer realmente a Cristo para poder seguirlo y vivir con Él, para
encontrar la vida en Él, para comunicar esta vida a los demás y vivir
en la verdad? Nos responde enseguida el Papa: “Cristo se nos da a
conocer en su persona, en su vida y en su doctrina por medio de la
Palabra de Dios. Al iniciar la nueva etapa de la Iglesia misionera en
América Latina…, es condición indispensable el conocimiento profundo
de la Palabra de Dios. Por eso, hay que educar al pueblo en la lectura
y meditación de la Palabra de Dios: que ella se convierta en su
alimento para que, por propia experiencia, vean que las palabras de
Jesús son espíritu y vida (Cf. Jn 6,63)”. La palabra de Dios debe
convertirse en alimento cotidiano del discípulo; y concluye el Papa:
“Hemos de fundamentar nuestro compromiso misionero y toda nuestra vida
en la roca de la Palabra de Dios. Para ello animo a los pastores a
esforzarse en darla a conocer” (No. 3). Quiero, personalmente, dar
gracias al Papa Benedicto por animarme con sus palabras y ejemplo a
proseguir en mi tarea de invitar, “a tiempo y a destiempo”, a mis
hermanos sacerdotes y a todos ustedes a meditar “día y noche” la santa
Palabra de Dios. Sin conocimiento, lectura, estudio, meditación y
asimilación de la Palabra de Dios, no puede haber discípulos y mucho
menos misioneros de Jesucristo. No edificamos sobre roca, sino sobre
arena y la casa se nos cae. ¿No será eso lo que nos está pasando?
4. Es cierto que la
Palabra de Dios nos infunde respeto y hasta temor, porque nadie puede
permanecer indiferente ante ella. El encuentro con la Palabra de Dios
no se da sin consecuencias para el hombre; es palabra que tiene vida
pero que puede generar la muerte; es medicina que cura el corazón o
que lo enferma y endurece; es luz que ilumina el camino o resplandor
que produce ceguera y desconcierto; es siempre espada que atraviesa el
alma, penetra las junturas del espíritu y emite su veredicto de
salvación o condenación, pues “nada está oculto a sus ojos” y se
constituye como juez universal ante quien todos debemos dar cuentas” (Cf
Hb 4, 12). La sola actitud sabia y posible para ser salvados por esa
Palabra es acercarnos a ella con el “santo temor de Dios” en el
corazón, que implica respeto y humildad, disponibilidad y sacrificio.
El profeta Isaías dice que Dios manifiesta su designio de salvación al
que se estremece y humilla ante su palabra. El profeta se sintió
desfallecer y se confesó pecador, de labios impuros, al recibir su
misión. Todos debemos experimentar ante la santa palabra de Dios ese
estremecimiento que sintió María ante el anuncio del Ángel o que movió
a Pedro a decir a Jesús en nombre de los apóstoles: “Sólo Tú tienes
palabras de vida eterna”. Para que nuestra diócesis, para que nuestras
parroquias tengan vida es “condición indispensable” un “conocimiento
profundo” de la Palabra de Dios, dice el Papa, y los Padres de
Aparecida nos piden emprender una “paciente tarea formativa” con
“perseverante paciencia y sabiduría… en bien de todos los bautizados,
cualquiera que sea la función que desarrollen en la Iglesia” (No.
276). Yo entiendo que nuestra diócesis debe convertirse en una grande
escuela donde se enseñe la santa Palabra de Dios.
5. El próximo Sínodo
de los Obispos nos ofrecerá nuevas luces acerca de la Palabra de Dios
en la vida y misión de la Iglesia. “Más específicamente, dicen los
Lineamenta, este Sínodo desea iluminar el intrínseco nexo entre la
Eucaristía y la Palabra de Dios, puesto que la Iglesia debe nutrirse
del único “Pan de vida que le ofrece la mesa de la Palabra de Dios y
del Cuerpo de Cristo. Es éste el motivo profundo y al mismo tiempo el
fin primario del Sínodo: encontrar plenamente la Palabra de Dios en
Jesucristo presente en la Escritura y en la Eucaristía” (Lineamenta,
4). Eucaristía y Escritura se complementan y se necesitan una a la
otra. No podemos separar ni en la vida personal ni en la pastoral lo
que Dios ha unido tan estrechamente. Sin Palabra la Eucaristía queda
privada de sentido, se vuelve puro rito y degenera en superstición;
sin Eucaristía la Palabra queda privada de contenido y degenera en
palabrería. “Obras y Palabras intrínsecamente unidas”, enseña la Dei
Verbum. El Evangelio es la carne de Cristo tanto como la Eucaristía,
afirmaba san Ignacio de Antioquia, haciéndose eco del evangelio de san
Juan.
6. En su discurso en
Aparecida el Papa se pregunta también ¿qué nos da la fe en el Dios de
Jesucristo?, y responde: “Nos da una familia, la familia universal de
los hijos de Dios en la Iglesia católica” (No 3). Nos da la Iglesia,
comunidad de salvación. A María santísima la sentimos y proclamamos
como Madre de la Iglesia, de la comunidad de discípulos de su Hijo
Jesucristo. La llamamos “Madre nuestra”. En el evangelio de hoy nos
dice Jesús cuál es el origen de esa “nueva familia”, que él viene a
fundar. Ciertamente él ya tenía una familia, la de Nazaret, con María
y José. Pero Jesús nos indica el origen mismo de esa familia, la raíz
de donde brota esa nueva realidad que ahora llamamos Iglesia o familia
de los hijos de Dios. Brota de la escucha de la Palabra de Dios y de
su puesta en práctica. Esta familia crece “no por la carne ni por la
sangre”, no por mercadotecnia o proselitismo, sino “por atracción”,
por testimonio de vida y amor. Jesús, en presencia de su Madre
santísima y de sus parientes cercanos, “señalando con la mano a sus
discípulos, exclama: Éstos son mi madre y mis hermanos. El que cumple
la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y
mi madre” (Mt 12, 50).
7. El cántico de
María, el Magnificat, está entretejido de referencias bíblicas.
Ella se movía “como en su casa” dentro del ámbito de la palabra de
Dios. Porque se dejó penetrar y conducir por la Palabra divina, pudo
llegar a ser la Madre del Verbo encarnado, de Jesús. La palabra de
Dios cuando nos penetra, dejamos que anide en el corazón y se hace
vida, refleja el rostro de Cristo en nosotros y Él atrae hacia sí
todas las cosas. Es entonces cuando comenzamos a ser discípulos
misioneros de Cristo. Sólo la palabra de Dios, “viva y eficaz” es
capaz, como confiesa Aparecida, de “superar nuestra mayor amenaza, ése
gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en la cual
aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se
va desgastando y degenerando en mezquindad” (No. 12). Nos urge, añade,
“recomenzar desde Cristo”, escuchando su palabra.
8. El prefacio de la
misa se hace eco de este evangelio cuando nos dice que con razón es
proclamada bienaventurada la Virgen María, porque mereció engendrar a
Jesucristo en sus purísimas entrañas, “pero que con mayor razón es
proclamada aún más dichosa, porque, como discípula de la Palabra
encarnada, buscó solícita la voluntad de Dios y supo cumplirla
fielmente”. Este texto es un eco del comentario de San Agustín al
evangelio, cuando dice: “Ciertamente cumplió santa María, con toda
perfección, la voluntad del Padre, y, por esto, es más importante su
condición de discípula que la de madre de Cristo, es más dichosa por
ser discípula que por ser madre de Cristo” (Sermo 25,7). En nuestra
condición de discípulos de Jesucristo, estamos llamados a tener la
misma dignidad y honor que su Madre santísima. Ella, cuando escucha la
Palabra de Dios y responde obediente al anuncio del Ángel: “Hágase en
mí según tu palabra”, se constituyó en discípula de su Hijo y en
maestra nuestra. Ahora Ella, aquí, con autoridad materna, nos dice:
“Hagan lo que Él les diga” y lo que Él nos dice, fuera de toda duda,
es lo que escuchamos de nuestros pastores, del Papa y de los Obispos
en Aparecida: Sean ”discípulos y misioneros de Jesucristo para que
nuestros pueblos en Él tengan vida”. Que así sea.