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HOMILÍA EN LA MISA DEL XII DOMINGO ORDINARIO

Santiago de Querétaro, Qro., 20 de junio de 2010


EL VIACRUCIS DEL CRISTIANO

 

l. La Palabra de Dios de este domingo nos habla del dolor y de la muerte. De ninguno de los dos tiene miedo hablar la Iglesia, porque a ambos los aceptó y venció Jesucristo. Y tiene el remedio para ambos: del dolor, aceptándolo como entrega de la vida por los demás y, contra la muerte, nos ofrece la vida eterna, la resurrección. Uno es camino para el otro. El dolor, aceptado por amor, conduce a la resurrección. 

2. La pasión de Cristo y su muerte, no fueron accidentes de su vida; obedecen a un proyecto salvador de Dios. Por eso fueron anunciados en el Antiguo Testamento. El profeta Zacarías escucha en Jerusalén un llanto, un lamento como de quien llora al primogénito, la muerte del hijo único traspasado. Es la profecía que viene a cumplir Jesús. Todo el A. Testamento es una profecía que anuncia a Cristo, su pasión, muerte y resurrección. 

3. Pedro acierta a la pregunta de Jesús, en medio de la confusión reinante. Todos opinan acerca de Jesús, pero nadie conoce la verdad. Un profeta, un hombre importante, etcétera, como ahora sobre la Iglesia y sobre Cristo. Pedro acierta, por la luz recibida del Espíritu Santo: “Tú eres el Mesías de Dios”. No era fácil la respuesta. Significa reconocer que en ese Jesús allí presente, se cumplía todo el A. Testamento, todas las profecías. Es aceptar que Jesús es el anunciado; que allí, en Jesús, termina el Antiguo Testamento y comienza algo nuevo, el Nuevo Testamento, “el momento culminante de la historia”,  que hay que comenzar a contar los años y los siglos “después de Cristo”. Es la suma, plena novedad; es el giro más significativo de la historia humana: ¡Ya está el Salvador con nosotros! 

4. Jesús acepta la confesión de fe de Pedro y de los apóstoles, pero impone silencio. El silencio es necesario porque hay que entender bien de quién se trata, porque “salvadores” pretenciosos había y sigue habiendo muchos. Y, en esto, los judíos del tiempo andaban desorientados: Esperaban un Mesías glorioso, poderoso, político triunfante, vencedor de los enemigos, que iba a instaurar un reino temporal. Se equivocaban por completo. Por eso viene la corrección “escandalosa” de Jesús. 

5. El Mesías anunciado y querido por Dios es ese “primogénito”, ese “hijo único” que será traspasado, y por el que llorará todo Jerusalén. Jesús, como Mesías anunciado, tendrá que subir a Jerusalén, ser juzgado, ser condenado, padecer, morir, ser sepultado y… finalmente resucitar de entre los muertos. No habrá salvación si no es a través de la pasión. No hay redención si no es con derramamiento de sangre. No hay gloria de resurrección sin pérdida de la propia vida. A la luz se llega por la cruz. Como el Maestro, así debe ser el discípulo. Toda otra propuesta es camino equivocado. Se trata de una “opción” personal, voluntaria, definitiva. Se trata de “perder” la vida para ganarla. Nadie es obligado, pero todos son invitados. 

6. Este primer paso en el seguimiento de Cristo lo dimos en el Bautismo: Allí morimos en las aguas bautismales con Cristo, y resucitamos con Él. Tenemos que dejar que se manifieste esta semilla de vida que se sembró en el Bautismo y que ahora se refuerza por la acción del Espíritu Santo en la Confirmación. Se acabó lo viejo: las divisiones, las preferencias, las distinciones humanas sociales y raciales: Todos somos “uno en Cristo”, una “nueva creatura”, recreados según Dios, sus hijos, hermanos y familia de Dios. Ser lo que somos es nuestra vocación, nuestra tarea, nuestra misión. “Revestirnos de Cristo” es tomar la cruz de sus mandamientos, ponernos la corona de espinas del servicio, dejarnos clavar las manos y los píes para no hacer el mal a los demás, dejarnos traspasar el corazón con el dolor ajeno… 

7. Si alguno lo cree imposible, que dude de sus fuerzas, no de la fuerza de Dios. Lo que no puede el hombre, lo puede con creces Dios; lo podemos nosotros con la fuerza de Dios. Aquí, en el altar, el pan y el vino se van a convertir en el Cuerpo y en la Sangre de Jesús, por la fuerza del Espíritu Santo. El pan y el vino, materias inertes, obedecen ciegamente a la voluntad de Dios. A nosotros, Dios “nos pide permiso”, nos invita y dice: “el que quiera seguirme”. Responder sí y entregarnos en sus manos, eso es la fe; eso es ser creyente; eso es ser discípulo de Jesús. Nosotros los católicos somos los que tenemos la respuesta y el remedio para los enemigos de la humanidad, la muerte y el dolor y todas las miserias consiguientes. Transformar nuestra vida y nuestra sociedad será siempre fruto de nuestra fe en Cristo. A eso nos ayuda el Sacramento de la Confirmación.

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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