EL VIACRUCIS DEL CRISTIANO
l. La Palabra de Dios de este
domingo nos habla del dolor y de la muerte. De ninguno de los dos
tiene miedo hablar la Iglesia, porque a ambos los aceptó y venció
Jesucristo. Y tiene el remedio para ambos: del dolor, aceptándolo
como entrega de la vida por los demás y, contra la muerte, nos
ofrece la vida eterna, la resurrección. Uno es camino para el otro.
El dolor, aceptado por amor, conduce a la resurrección.
2. La pasión de Cristo y su
muerte, no fueron accidentes de su vida; obedecen a un proyecto
salvador de Dios. Por eso fueron anunciados en el Antiguo
Testamento. El profeta Zacarías escucha en Jerusalén un llanto, un
lamento como de quien llora al primogénito, la muerte del hijo único
traspasado. Es la profecía que viene a cumplir Jesús. Todo el A.
Testamento es una profecía que anuncia a Cristo, su pasión, muerte y
resurrección.
3. Pedro acierta a la pregunta de
Jesús, en medio de la confusión reinante. Todos opinan acerca de
Jesús, pero nadie conoce la verdad. Un profeta, un hombre
importante, etcétera, como ahora sobre la Iglesia y sobre Cristo.
Pedro acierta, por la luz recibida del Espíritu Santo: “Tú eres el
Mesías de Dios”. No era fácil la respuesta. Significa reconocer que
en ese Jesús allí presente, se cumplía todo el A. Testamento, todas
las profecías. Es aceptar que Jesús es el anunciado; que allí, en
Jesús, termina el Antiguo Testamento y comienza algo nuevo, el Nuevo
Testamento, “el momento culminante de la historia”, que hay que
comenzar a contar los años y los siglos “después de Cristo”. Es la
suma, plena novedad; es el giro más significativo de la historia
humana: ¡Ya está el Salvador con nosotros!
4. Jesús acepta la confesión de fe
de Pedro y de los apóstoles, pero impone silencio. El silencio es
necesario porque hay que entender bien de quién se trata, porque
“salvadores” pretenciosos había y sigue habiendo muchos. Y, en esto,
los judíos del tiempo andaban desorientados: Esperaban un Mesías
glorioso, poderoso, político triunfante, vencedor de los enemigos,
que iba a instaurar un reino temporal. Se equivocaban por completo.
Por eso viene la corrección “escandalosa” de Jesús.
5. El Mesías anunciado y querido
por Dios es ese “primogénito”, ese “hijo único” que será traspasado,
y por el que llorará todo Jerusalén. Jesús, como Mesías anunciado,
tendrá que subir a Jerusalén, ser juzgado, ser condenado, padecer,
morir, ser sepultado y… finalmente resucitar de entre los muertos.
No habrá salvación si no es a través de la pasión. No hay redención
si no es con derramamiento de sangre. No hay gloria de resurrección
sin pérdida de la propia vida. A la luz se llega por la cruz. Como
el Maestro, así debe ser el discípulo. Toda otra propuesta es camino
equivocado. Se trata de una “opción” personal, voluntaria,
definitiva. Se trata de “perder” la vida para ganarla. Nadie es
obligado, pero todos son invitados.
6. Este primer paso en el
seguimiento de Cristo lo dimos en el Bautismo: Allí morimos en las
aguas bautismales con Cristo, y resucitamos con Él. Tenemos que
dejar que se manifieste esta semilla de vida que se sembró en el
Bautismo y que ahora se refuerza por la acción del Espíritu Santo en
la Confirmación. Se acabó lo viejo: las divisiones, las
preferencias, las distinciones humanas sociales y raciales: Todos
somos “uno en Cristo”, una “nueva creatura”, recreados según Dios,
sus hijos, hermanos y familia de Dios. Ser lo que somos es nuestra
vocación, nuestra tarea, nuestra misión. “Revestirnos de Cristo” es
tomar la cruz de sus mandamientos, ponernos la corona de espinas del
servicio, dejarnos clavar las manos y los píes para no hacer el mal
a los demás, dejarnos traspasar el corazón con el dolor ajeno…
7. Si alguno lo cree imposible,
que dude de sus fuerzas, no de la fuerza de Dios. Lo que no puede el
hombre, lo puede con creces Dios; lo podemos nosotros con la fuerza
de Dios. Aquí, en el altar, el pan y el vino se van a convertir en
el Cuerpo y en la Sangre de Jesús, por la fuerza del Espíritu Santo.
El pan y el vino, materias inertes, obedecen ciegamente a la
voluntad de Dios. A nosotros, Dios “nos pide permiso”, nos invita y
dice: “el que quiera seguirme”. Responder sí y entregarnos en sus
manos, eso es la fe; eso es ser creyente; eso es ser discípulo de
Jesús. Nosotros los católicos somos los que tenemos la respuesta y
el remedio para los enemigos de la humanidad, la muerte y el dolor y
todas las miserias consiguientes. Transformar nuestra vida y nuestra
sociedad será siempre fruto de nuestra fe en Cristo. A eso nos ayuda
el Sacramento de la Confirmación.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro