Estimados Padres Superiores
Hermanos Presbíteros y Diáconos
Jóvenes Seminaristas:
1.
Los saludo con afecto en el Señor y les doy la bienvenida a esta
casa de formación, nuestro Seminario Conciliar, en el que todos
experimentamos el calor de nuestra Madre Santísima para implorar,
mediante su intercesión, la sabiduría y la fortaleza del Espíritu
Santo , dar inicio y llevar a feliz término el presente año escolar.
2.
La lectura del libro de los Jueces (2, 11-19) nos habla de la
inmensa debilidad del corazón humano. Los israelitas, ya en posesión
de la tierra prometida y después de haber renovado libre y
solemnemente la Alianza con Josué, “abandonaron al Señor, Dios de sus
padres, que los había sacado de Egipto, siguieron a otros dioses de
los pueblos vecinos, los adoraron… abandonaron al Señor y dieron culto
a Baal y Astarté”. El Señor permitió que cayeran en la mano de sus
enemigos y ser reducidos a condición de esclavos; en esta situación
desesperada, se compadeció de ellos y les envió Jueces, es decir,
salvadores. Tampoco los escucharon y “se portaban todavía peor que sus
padres”, volvían a sus prácticas idolátricas y a su conducta
obstinada. ¡Qué misterio tan insondables es el corazón humano! Sólo
Dios lo conoce y sólo Él lo puede curar, porque cada uno de nosotros
lleva en su corazón su propio ídolo, su propio dios, que es él mismo
con sus gustos, pasiones y concupiscencias. Somos todos adoradores de
nuestra propia miseria.
3.
Esta palabra de Dios nos ayuda a contemplar, como en un espejo, el
ídolo que está dentro de nosotros, nuestro corazón de piedra, y a
constatar que necesitamos no sólo la ayuda exterior de un “juez”, sino
de la transformación interior, de la creación en nosotros de un nuevo
corazón, como le pide David pecador a Dios en el salmo miserere.
En esta tarea no bastan las fuerzas humanas ni la buena voluntad, sino
que se necesita todo el poder de Dios; por eso oramos: ¡Veni,
Creator Spiritus! ¡Ven, Espíritu Santo Creador! ¡Mentes tuorum
visita! ¡Ven a visitar, a tomar posesión de nuestra “mente”, es
decir, de nuestro interior, y a transformarlo en un corazón de carne,
capaz de amar a Dios y al prójimo como Jesucristo nos enseñó; como le
pide al joven del Evangelio: “Si quieres ser perfecto, ve a vender
todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres, y tendrás un tesoro
en el cielo; luego ven y sígueme… El joven se retiró entristecido,
porque era muy rico”. Los mandamientos, que el joven había cumplido
desde su juventud, y que no es poca cosa, son la plataforma común de
toda vida moral; pero Cristo viene a completar y llevar hasta la
altura de la perfección del Padre del cielo la vida del cristiano, de
su discípulo. Cristo nos quiere de su propia estatura, no enanos.
4.
El Papa Juan Pablo II comenta: “Los mandamientos constituyen la
condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su
verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino
hacia la libertad, su inicio” (SV 13), pero “no la libertad perfecta”
a la que llama Cristo, comenta san Agustín (De Sermone Domini, I,
1,1). La plenitud de la Ley es Cristo y se cumple en el “Sermón de la
Montaña”, que constituye la carta magna de la moral evangélica”
(SV 15.), en especial las bienaventuranzas. Éstas son “una
especie de autorretrato de Cristo y, precisamente por eso, son
invitaciones a su seguimiento y a la comunión de vida con Él” (SV 16).
El Sermón de la Montaña y las Bienaventuranzas son el programa
obligado de la formación en este Seminario. Esta es la ardua meta,
pero no imposible, que nosotros pretendemos alcanzar con la ayuda y
gracia de Dios al venir a esta institución eclesial. “Yo les aseguro,
dice el Señor, que los que han dejado todo para seguirme, recibirán
cien veces más y alcanzarán la vida eterna” (Cf. Mt 19,27s) reza la
liturgia de este día en la antífona de la comunión. Con eso nos indica
claramente la Iglesia que en la Eucaristía tenemos la fuerza necesaria
y el triunfo asegurado, si la recibimos con fe. Por tanto, es urgente
que como la Iglesia, como la parroquia, como María cada sacerdote y
cada seminarista sea un hombre profundamente eucarístico. Todo
Seminarista debe participar puntual y piadosamente en la Misa todos
los días, y ser un constante adorador del Santísimo Sacramento.
5.
Este coloquio de Jesús con el joven rico no es cosa del pasado,
sino que se continúa en la historia. La Iglesia hace posible la
contemporaneidad de Cristo y la actualización de este diálogo y
llamamiento. Aquí se hace imperativo para todos nosotros en la vida de
cada día de nuestro Seminario, en todos sus miembros y en todas sus
instituciones y normas. Cristo nunca deja de invitar, de llamar, de
interpelar. Cada día, jóvenes Seminaristas, en la participación
litúrgica y en los tiempos de oración; en el estudio y en el trato
mutuo; en la obediencia a sus superiores, en el servicio a los demás y
en el respeto a ustedes mismos, estarán respondiendo sí o no al Señor,
aceptando o rechazando su llamado. El Espíritu Santo que invocamos es
quien nos “recuerda”, y nos recordará en cada instante de la vida,
esta presencia de Cristo y este llamado personal a cada uno.
“Recordar” es hacer presente. El Espíritu Santo es la Memoria viva de
Jesucristo en nosotros. Es su Presencia. Nadie puede esquivar esta
presencia, eludir este llamado, ni silenciar la respuesta. La fe en
Cristo y su presencia en la Iglesia es lo que da a nuestra vida, por
insignificante que sea, una dimensión de eternidad. Aquí en el
Seminario nada es banal ni secundario; todo tiene que ser tratado con
respeto y devoción: edificios y muebles, libros y vasos sagrados,
compañeros y superiores hasta ver en ellos al mismísimo Señor. María
Santísima fue grande, no por las obras extraordinarias que Ella
promovió, sino por las obras grandes que en Ella hizo el Señor, y en
cuya realización cooperó con generosidad y amor.