VIRGEN DE
LOS DOLORES DE SORIANO
1. Nuevamente, hermanas y hermanos
peregrinos, el Padre del cielo nos concede encontrarnos con su Hijo
Jesucristo, celebrando su sacrificio redentor en compañía y bajo la
mirada bondadosa y compasiva de nuestra Madre Santísima, la Virgen
de los Dolores. Agradezco a todos ustedes su presencia en esta
Basílica y, sobre todo, su fe en Jesucristo, su fidelidad a la
Iglesia católica y su amor a su Madre Santísima. Ella está siempre
atenta a las necesidades de sus hijos; por eso venimos a verla,
pero, sobre todo, a pedirle que nos sostenga en nuestra fe católica,
que nos haga sentirnos y comportarnos como verdaderos hermanos.
2. Este año, como ustedes habrán
escuchado de sus párrocos, se celebra, por indicaciones del Papa
Benedicto XVI, el “Año Sacerdotal”, especialmente dedicado a dar
gracias a Dios por el regalo del sacerdocio cristiano a su Iglesia y
para pedir por la santificación de los sacerdotes, que seamos imagen
viva de Cristo, el Buen Pastor.
3. El Papa ha querido poner ante
nuestros ojos la figura de un santo sacerdote, del que se cumplen
150 de su muerte, el santo Párroco de Ars, de un pueblecito de
Francia, que se llamaba Juan María Vianney. Encomendamos a todos
nuestros sacerdotes a este santo Párroco, patrono y protector de
todos los sacerdotes.
4. El santo Párroco de Ars tenía en
gran estima al sacerdote y su devoción a la Virgen Santísima era
ejemplar. De los sacerdotes decía que eran un regalo del corazón de
Jesús a la Iglesia y al mundo; que todas las bendiciones de Dios, si
bien lo veíamos, pasan por las manos de un sacerdote y que si
llegáramos a comprender lo que es el sacerdote, moriríamos no de
temor, sino de amor a Dios. Él se sentía indigno de ese don, pero lo
ejerció siempre con amor y temblor, con una grande entrega y
fidelidad, sobre todo cuando celebraba la misa, escuchaba las
confesiones, practicaba la caridad y pasaba largas horas de
adoración ante el Santísimo Sacramento. Vivió su sacerdocio las
veinticuatro horas del día y todos los días de su vida. Es lo que se
pide de un sacerdote: que sea siempre sacerdote.
5. Ante este ejemplo maravilloso de
párroco, recordemos también a los sacerdotes que hemos encontrado en
nuestra vida, especialmente por aquellos que nos acercaron a Dios
dándonos la fe en el bautismo, la primera comunión, la bendición
matrimonial, el perdón de nuestros pecados y el pan de la santa
palabra de Dios y la doctrina cristiana. Encomendemos a la Virgen
Santísima a nuestro párroco y a los sacerdotes que sirven en la
parroquia y en esta Basílica, a nuestros Obispos y al santo Padre
Benedicto. Es deber nuestro orar por nuestros sacerdotes.
6. El amor del santo Párroco de Ars
por la Virgen Santísima era extraordinario y tierno: “Ella es mejor
que la mejor de las mamás”, decía. “La Santísima Trinidad contempla
extasiada a la Santísima Virgen”, comentaba; y añadía: “Nuestro Buen
Dios podría crear un mundo más hermoso que éste, pero el no podría
dar la existencia a una criatura más perfecta que María”. Para él,
la Virgen Santísima es la criatura más cercana a la santísima
Trinidad, y por eso afirmaba: “Apenas creada, la Santísima Virgen
tuvo la plenitud de la gracia y ella se mueve en este gran océano de
gracia”. “Su purísimo Corazón, hermoso y bueno, hace las delicias de
la Santa Trinidad”. Basta con volver a Ella nuestra mirada, para
obtener la misericordia de su Hijo. Ella ofrece a su Hijo al Padre
por nosotros, y su presencia es como cuando amanece y brilla el sol
que las brumas desparecen. Sabía perfectamente que Ella era esa
‘omnipotencia suplicante’ y que sus ojos misericordiosos enjugan
nuestras lágrimas y curan nuestras almas de las heridas del pecado.
7. Es bueno recordar que este
Santuario, ahora Basílica, fue fruto del amor de los sacerdotes
diocesanos, unido a la devoción ferviente de los fieles, a la Virgen
María. Aquí en las cercanías, estuvo la casa de vacaciones del
Seminario Conciliar, que ahora se llama Santa María del Mejicano, y
alberga a cientos de niños y niñas pobres, obra social de la
Iglesia. Aquí venían, todos los sábados los superiores y
seminaristas, a honrara a la Virgen Santísima, a encomendarle su
vocación y ponerse bajo su protección; por eso, cuando Dios lo
dispuso, el Santo Padre, a petición del señor obispo, del
presbiterio diocesano y de los fieles, proclamó a la Santísima
Virgen de los Dolores de Soriano como Patrona Principal de la
Diócesis de Querétaro. Esta gracia la concedió el Papa al conjuntar
la fe del pueblo católico y el cariño de los sacerdotes y del
Seminario a la Virgen. Por eso ahora, en este año sacerdotal, pido a
todos ustedes que encomienden con particular devoción y cariño a
todos los sacerdotes de la Diócesis y a los seminaristas a la
protección de la Virgen Dolorosa y al santo Párroco de Ars, san Juan
María Vianney. El pueblo católico unido a sus Pastores forma la
familia de Dios, la Iglesia. Nadie los puede separar.
8. Estamos celebrando este año, en el
calendario civil, los doscientos años de la Independencia y los cien
años de la Revolución. Como ustedes saben, estos acontecimientos
fueron hechos violentos, sangrientos, costaron muchas vidas, mucho
dolor, enlutaron numerosos hogares y llenaron multitud corazones de
odios y rencores, todo esto contrario a lo que enseña Jesucristo y
predica su Iglesia. Sin embargo, Dios guía no sólo a la Iglesia sino
también los destinos de los hombres y de las naciones según su
designio maravilloso, aunque doloroso, de salvación. Debemos
aprender a leer estos hechos con ojos de fe y descubrir los bienes
que de allí pudieron derivarse, como son la libertad, la justicia,
la mayor conciencia social y nacional, y protegerlos y fortalecerlos
con nuestro testimonio de vida cristiana. Hermanas y hermanos, creo
que el mejor regalo que podemos hacer a nuestra Patria, es decir, a
nuestros conciudadanos, y la mejor honra que podemos tributar a
nuestros héroes, es: Cumplir los Mandamientos de la ley de Dios.
Si ponemos por obra los Diez Mandamientos, amaremos a Dios con todo
el corazón y al prójimo con el mismo amor; por tanto, no lo
ofenderemos de ninguna manera, no haremos el mal a nadie y haremos
el bien a todos, cumpliendo cada uno nuestro deber. Seremos
verdaderamente libres. Pidamos a Dios para que tengamos dirigentes
que comprendan esto y propicien las condiciones para que todos
podamos vivir como hijos de Dios, observando fielmente sus
Mandamientos, su santa voluntad, como lo hizo siempre Jesucristo y
la Virgen María. Por eso decimos:
“Ruega por
nosotros, Dolorosa Madre, para que tu Hijo no nos desampare”.
“Santa María de
Guadalupe, Reina de México, salva nuestra Patria y conserva nuestra
fe”. Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro