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HOMILÍA EN LA FIESTA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS DOLORES

Soriano, Colón, Qro., 20 de Septiembre de 2009


VIRGEN DE LOS DOLORES DE SORIANO

1. Nuevamente, hermanas y hermanos peregrinos, el Padre del cielo nos concede encontrarnos con su Hijo Jesucristo, celebrando su sacrificio redentor en compañía y bajo la mirada bondadosa y compasiva de nuestra Madre Santísima, la Virgen de los Dolores. Agradezco a todos ustedes su presencia en esta Basílica y, sobre todo, su fe en Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia católica y su amor a su Madre Santísima. Ella está siempre atenta a las necesidades de sus hijos; por eso venimos a verla, pero, sobre todo, a pedirle que nos sostenga en nuestra fe católica, que nos haga sentirnos y comportarnos como verdaderos hermanos. 

2. Este año, como ustedes habrán escuchado de sus párrocos, se celebra, por indicaciones del Papa Benedicto XVI, el “Año Sacerdotal”, especialmente dedicado a dar gracias a Dios por el regalo del sacerdocio cristiano a su Iglesia y para pedir por la santificación de los sacerdotes, que seamos imagen viva de Cristo, el Buen Pastor. 

3. El Papa ha querido poner ante nuestros ojos la figura de un santo sacerdote, del que se cumplen 150 de su muerte, el santo Párroco de Ars, de un pueblecito de Francia, que se llamaba Juan María Vianney. Encomendamos a todos nuestros sacerdotes a este santo Párroco, patrono y protector de todos los sacerdotes. 

4. El santo Párroco de Ars tenía en gran estima al sacerdote y su devoción a la Virgen Santísima era ejemplar. De los sacerdotes decía que eran un regalo del corazón de Jesús a la Iglesia y al mundo; que todas las bendiciones de Dios, si bien lo veíamos, pasan por las manos de un sacerdote y que si llegáramos a comprender lo que es el sacerdote, moriríamos no de temor, sino de amor a Dios. Él se sentía indigno de ese don, pero lo ejerció siempre con amor y temblor, con una grande entrega y fidelidad, sobre todo cuando celebraba la misa, escuchaba las confesiones, practicaba la caridad y pasaba largas horas de adoración ante el Santísimo Sacramento. Vivió su sacerdocio las veinticuatro horas del día y todos los días de su vida. Es lo que se pide de un sacerdote: que sea siempre sacerdote. 

5. Ante este ejemplo maravilloso de párroco, recordemos también a los sacerdotes que hemos encontrado en nuestra vida, especialmente por aquellos que nos  acercaron a Dios dándonos la fe en el bautismo, la primera comunión, la bendición matrimonial, el perdón de nuestros pecados y el pan de la santa palabra de Dios y la doctrina cristiana. Encomendemos a la Virgen Santísima a nuestro párroco y a los sacerdotes que sirven en la parroquia y en esta Basílica, a nuestros Obispos y al santo Padre Benedicto. Es deber nuestro orar por nuestros sacerdotes. 

6. El amor del santo Párroco de Ars por la Virgen Santísima era extraordinario y tierno: “Ella es mejor que la mejor de las mamás”, decía. “La Santísima Trinidad contempla extasiada a la Santísima Virgen”, comentaba; y añadía: “Nuestro Buen Dios podría crear un mundo más hermoso que éste, pero el no podría dar la existencia a una criatura más perfecta que María”. Para él, la Virgen Santísima es la criatura más cercana a la santísima Trinidad, y por eso afirmaba: “Apenas creada, la Santísima Virgen tuvo la plenitud de la gracia y ella se mueve en este gran océano de gracia”. “Su purísimo Corazón, hermoso y bueno, hace las delicias de la Santa Trinidad”. Basta con volver a Ella nuestra mirada, para obtener la misericordia de su Hijo. Ella ofrece a su Hijo al Padre por nosotros, y su presencia es como cuando amanece y brilla el sol que las brumas desparecen. Sabía perfectamente que Ella era esa ‘omnipotencia suplicante’ y que sus ojos misericordiosos enjugan nuestras lágrimas y curan nuestras almas de las heridas del pecado.  

7. Es bueno recordar que este Santuario, ahora Basílica, fue fruto del amor de los sacerdotes diocesanos, unido a la devoción ferviente de los fieles, a la Virgen María. Aquí en las cercanías, estuvo la casa de vacaciones del Seminario Conciliar, que ahora se llama Santa María del Mejicano, y alberga a cientos de niños y niñas pobres, obra social de la Iglesia. Aquí venían, todos los sábados los superiores y seminaristas, a honrara a la Virgen Santísima, a encomendarle su vocación y ponerse bajo su protección; por eso, cuando Dios lo dispuso, el Santo Padre, a petición del señor obispo, del presbiterio diocesano y de los fieles, proclamó a la Santísima Virgen de los Dolores de Soriano como Patrona Principal de la Diócesis de Querétaro. Esta gracia la concedió el Papa al conjuntar la fe del pueblo católico y el cariño de los sacerdotes y del Seminario a la Virgen. Por eso ahora, en este año sacerdotal, pido a todos ustedes que encomienden con particular devoción y cariño a todos los sacerdotes de la Diócesis y a los seminaristas a la protección de la Virgen Dolorosa y al santo Párroco de Ars, san Juan María Vianney. El pueblo católico unido a sus Pastores forma la familia de Dios, la Iglesia. Nadie los puede separar. 

8. Estamos celebrando este año, en el calendario civil, los doscientos años de la Independencia y los cien años de la Revolución. Como ustedes saben, estos acontecimientos fueron hechos violentos, sangrientos, costaron muchas vidas, mucho dolor, enlutaron numerosos hogares y llenaron multitud corazones de odios y rencores, todo esto contrario a lo que enseña Jesucristo y predica su Iglesia. Sin embargo, Dios guía no sólo a la Iglesia sino también los destinos de los hombres y de las naciones según su designio maravilloso, aunque doloroso, de salvación. Debemos aprender a leer estos hechos con ojos de fe y descubrir los bienes que de allí pudieron derivarse, como son la libertad, la justicia, la mayor conciencia social y nacional, y protegerlos y fortalecerlos con nuestro testimonio de vida cristiana. Hermanas y hermanos, creo que el mejor regalo que podemos hacer a nuestra Patria, es decir, a nuestros conciudadanos, y la mejor honra que podemos tributar a nuestros héroes, es: Cumplir los Mandamientos de la ley de Dios. Si ponemos por obra los Diez Mandamientos, amaremos a Dios con todo el corazón y al prójimo con el mismo amor; por tanto, no lo ofenderemos de ninguna manera, no haremos el mal a nadie y haremos el bien a todos, cumpliendo cada uno nuestro deber. Seremos verdaderamente libres. Pidamos a Dios para que tengamos dirigentes que comprendan esto y propicien las condiciones para que todos podamos vivir como hijos de Dios, observando fielmente sus Mandamientos, su santa voluntad, como lo hizo siempre Jesucristo y la Virgen María. Por eso decimos: 

“Ruega por nosotros, Dolorosa Madre, para que tu Hijo no nos desampare”.

“Santa María de Guadalupe, Reina de México, salva nuestra Patria y conserva nuestra fe”. Amén.

 

 

† Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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