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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO

Santiago de Querétaro, Qro., 22 de Junio de 2008


EL PERPETUO SOCORRO DE LA VIRGEN MARÍA

Hermanas y hermanos: 

1. Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Patrona de esta comunidad parroquial. Este título de la Virgen nos habla de dos cosas o, mejor, de tres: De que hay alguien en peligro; de que alguien ofrece socorro y de éste es duradero, perpetuo, y lo atribuye la santa Iglesia a nuestra Señora, la Virgen María, en su relación con nosotros. Esto nos hace considerar, en primer lugar, la situación de abandono y debilidad en que nos encontramos los humanos, especialmente el hombre religioso y más el cristiano, como nos lo señalan las lecturas de este domingo. Comenzaré citando el salmo responsorial: “Por ti, Señor, he sufrido oprobios y la vergüenza cubre mi semblante. Extraño soy y advenedizo, aún para aquellos de mi propia sangre; pues me devora el celo de tu casa, y el odio de los que te odian recae sobre mi” (Ps. 68). El hombre religioso siempre está en desventaja respecto al malvado. El odio del malvado hacia Dios se convierte en odio contra el hombre que adora a Dios. Esta es experiencia antropológica, humana, histórica, cotidiana… 

2. ¿Quién es el que pronuncia este salmo, quién es el “yo” que habla allí? No lo dice el salmo, pero sí nos lo dice la lectura del profeta Jeremías: “Dijo Jeremías: Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: Denunciemos a Jeremías, denunciemos al profeta del terror”. En efecto, Jeremías anunciaba la esclavitud para el rey y el destierro para el pueblo pecador. Se había vuelto el terror hasta de sus amigos: “Todos los que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me cayera, diciendo: Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos vengarnos de él”. Jeremías anunciaba el destierro no por gusto, sino por obediencia a Dios. Era verdadero profeta, decía la verdad. Esto lo hace enemigo de todo el pueblo, autoridades y sociedad, parientes y amigos. Predicar la verdad es causa no sólo de incomprensión sino de persecución; no es algo coyuntural sino  estructural. Si la Iglesia no padece persecución, pierde credibilidad. 

3. En el Evangelio, esta situación no cambia, sino que se exacerba. El pasaje de San Mateo es un comentario de Jesús a la última bienaventuranza, en la cual Jesús llama bienaventurados a los discípulos cuando los hombres digan cosas falsas contra ellos por su causa, y los invita a alegrarse y a saltar de contento porque así trataron sus padres a los profetas. El primer bienaventurado fue Jesús, pues de Él se dijeron toda clase de calumnias y ofensas, y la misma suerte será la de sus discípulos; de ahí sus advertencias: “No teman a los hombres…No tengan miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; más bien teman a quien puede arrojar al lugar del castigo al alma y al cuerpo”. Aquí ya no sólo se habla de persecuciones y calumnias, sino de muerte, del testimonio supremo de la sangre. La Iglesia brotó del costado abierto y del corazón traspasado de un justo asesinado por dar testimonio de la Verdad. 

4. La actitud correcta del hombre religioso y del cristiano perseguido y condenado a muerte es la oración de confianza en Dios, la Roca salvadora, como ora el salmista: “A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto; escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro”; y Jeremías clama: “Señor de los ejércitos, que pones a prueba al justo y conoces lo más profundo de los corazones, haz que yo vea la venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa”. La actitud  del cristiano no es pedir venganza sino poner la confianza en Dios, porque éste es Padre: “¿No es verdad que se venden dos pajarillos por unas monedas? Sin embargo, ninguno de ellos cae por tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los cabellos de su cabeza están contados. Por tanto, no tengan miedo, porque ustedes valen más que todos los pájaros del mundo”. Esto es lo que los cristianos llamados la divina Providencia o el perpetuo Socorro de Dios: El sentirse como un niño en los brazos  de su Padre, como Jesús en el regazo de su Madre.

5. La Iglesia llama a la Virgen María “modelo y figura de la Iglesia” y la contempla “dentro de misterio de Cristo y de la Iglesia”. Nunca está sola. Ella tiene una relación, llamémosle vertical, hacia su hijo: Es la Madre del Hijo de Dios. Pero ese Hijo de Dios es también hermano nuestro, es “para nosotros”, es nuestro Salvador. Por tanto, María, en grado semejante al que es de Cristo es también nuestra, nos pertenece y nosotros le pertenecemos a Ella. En la medida en que Ella le pertenece a Cristo como Madre, esa maternidad se extiende a nosotros, porque Cristo es hermano nuestro. Así, la intercesión de Cristo ante el Padre por nosotros Ella la hace suya, se asocia a ella y, por eso, junto con su Hijo intercede ante el Padre por nosotros. Todo lo recibe de Cristo, pero para nosotros. Por eso la Iglesia le da títulos admirables, como lo enseña el Concilio: “Con su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre las angustias y peligros hasta que lleguen a la patria feliz. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, se entiende de tal manera que no quita ni añade nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador”, pues ninguna criatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con el Verbo encarnado y Redentor”.  

6. La Virgen María, al responder al anuncio del ángel “hágase en mí según tu palabra”, se asoció al plan salvífico de Dios, hizo suya su voluntad y la cumplió cabalmente durante toda su vida, como lo demuestra su presencia de pie junto a la Cruz y orando con la Iglesia naciente en Pentecostés. Ella estuvo llena de la gracia de Dios y de la presencia del Espíritu Santo y, dócil a Él, hizo la voluntad del Padre del cielo engendrando a Cristo, dándolo a luz y entregándonoslo a la muerte por nosotros. La oración cristiana y la intercesión de María, su perpetuo socorro sobre nosotros, consiste en enseñarnos a hacer la voluntad de Dios: “Hagan lo que Él les diga”, dijo en Caná a los discípulos. Esta sintonía y concordia con la voluntad de Dios fue la que la hizo fuerte en las penas y dolores, la que la mantuvo de pie junto a la cruz y la que la defendió de los enemigos, (como el impío Herodes), y la que le dio la victoria como lo expresa en su canto triunfal: “El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mi…Su nombre es Santo… El hizo proezas con el poder de su brazo… derribó de su trono a los poderosos y levantó a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos… Auxilia a Israel, su siervo…”. Ahora nos auxilia a nosotros. 

7. El Magnificat es el canto de victoria de los pobres que ponen en Dios su confianza, y ya estaba adelantado en el salmo: “Se alegrarán al verlo lo que sufren; quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás desoye al pobre…”; y Jeremías exclamaba: “El Señor, guerrero poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso y su ignominia será eterna”. El consuelo del salmista, la reivindicación de Jeremías, el canto triunfal de María y la victoria de Cristo sobre sus enemigos, el pecado y la muerte, nos aseguran la victoria: El perpetuo socorro de Dios nos llega mediante la intercesión de María. Verdaderamente Dios está con María y el Señor está con nosotros, “como fuerte guerrero”. Así podemos comprender la severa advertencia de Jesús en el evangelio contra los renegados: “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré ante mi Padre, que está en los cielos”. Cuando el sacerdote les saluda y dice: “El Señor esté con ustedes”, les está diciendo una verdad que, si la creemos, nos asegura el perpetuo socorro de Dios y el triunfo sobre todos los enemigos. Amén.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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