EL PERPETUO SOCORRO DE
LA VIRGEN MARÍA
Hermanas y hermanos:
1. Hoy celebramos la fiesta
de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Patrona de esta comunidad
parroquial. Este título de la Virgen nos habla de dos cosas o,
mejor, de tres: De que hay alguien en peligro; de que alguien ofrece
socorro y de éste es duradero, perpetuo, y lo atribuye la santa
Iglesia a nuestra Señora, la Virgen María, en su relación con
nosotros. Esto nos hace considerar, en primer lugar, la situación de
abandono y debilidad en que nos encontramos los humanos,
especialmente el hombre religioso y más el cristiano, como nos lo
señalan las lecturas de este domingo. Comenzaré citando el salmo
responsorial: “Por ti, Señor, he sufrido oprobios y la vergüenza
cubre mi semblante. Extraño soy y advenedizo, aún para aquellos de
mi propia sangre; pues me devora el celo de tu casa, y el odio de
los que te odian recae sobre mi” (Ps. 68). El hombre religioso
siempre está en desventaja respecto al malvado. El odio del malvado
hacia Dios se convierte en odio contra el hombre que adora a Dios.
Esta es experiencia antropológica, humana, histórica, cotidiana…
2. ¿Quién es el que
pronuncia este salmo, quién es el “yo” que habla allí? No lo dice el
salmo, pero sí nos lo dice la lectura del profeta Jeremías: “Dijo
Jeremías: Yo oía el cuchicheo de la gente que decía: Denunciemos a
Jeremías, denunciemos al profeta del terror”. En efecto, Jeremías
anunciaba la esclavitud para el rey y el destierro para el pueblo
pecador. Se había vuelto el terror hasta de sus amigos: “Todos los
que eran mis amigos espiaban mis pasos, esperaban que tropezara y me
cayera, diciendo: Si se tropieza y se cae, lo venceremos y podremos
vengarnos de él”. Jeremías anunciaba el destierro no por gusto, sino
por obediencia a Dios. Era verdadero profeta, decía la verdad. Esto
lo hace enemigo de todo el pueblo, autoridades y sociedad, parientes
y amigos. Predicar la verdad es causa no sólo de incomprensión sino
de persecución; no es algo coyuntural sino estructural. Si la
Iglesia no padece persecución, pierde credibilidad.
3. En el Evangelio, esta
situación no cambia, sino que se exacerba. El pasaje de San Mateo es
un comentario de Jesús a la última bienaventuranza, en la cual Jesús
llama bienaventurados a los discípulos cuando los hombres digan
cosas falsas contra ellos por su causa, y los invita a alegrarse y a
saltar de contento porque así trataron sus padres a los profetas. El
primer bienaventurado fue Jesús, pues de Él se dijeron toda clase de
calumnias y ofensas, y la misma suerte será la de sus discípulos; de
ahí sus advertencias: “No teman a los hombres…No tengan miedo a los
que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; más bien teman a
quien puede arrojar al lugar del castigo al alma y al cuerpo”. Aquí
ya no sólo se habla de persecuciones y calumnias, sino de muerte,
del testimonio supremo de la sangre. La Iglesia brotó del costado
abierto y del corazón traspasado de un justo asesinado por dar
testimonio de la Verdad.
4. La actitud correcta del
hombre religioso y del cristiano perseguido y condenado a muerte es
la oración de confianza en Dios, la Roca salvadora, como ora el
salmista: “A ti, Señor, elevo mi plegaria, ven en mi ayuda pronto;
escúchame conforme a tu clemencia, Dios fiel en el socorro”; y
Jeremías clama: “Señor de los ejércitos, que pones a prueba al justo
y conoces lo más profundo de los corazones, haz que yo vea la
venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa”. La
actitud del cristiano no es pedir venganza sino poner la confianza
en Dios, porque éste es Padre: “¿No es verdad que se venden dos
pajarillos por unas monedas? Sin embargo, ninguno de ellos cae por
tierra si no lo permite el Padre. En cuanto a ustedes, hasta los
cabellos de su cabeza están contados. Por tanto, no tengan miedo,
porque ustedes valen más que todos los pájaros del mundo”. Esto es
lo que los cristianos llamados la divina Providencia o el perpetuo
Socorro de Dios: El sentirse como un niño en los brazos de su
Padre, como Jesús en el regazo de su Madre.
5. La Iglesia llama a la
Virgen María “modelo y figura de la Iglesia” y la contempla “dentro
de misterio de Cristo y de la Iglesia”. Nunca está sola. Ella tiene
una relación, llamémosle vertical, hacia su hijo: Es la Madre del
Hijo de Dios. Pero ese Hijo de Dios es también hermano nuestro, es
“para nosotros”, es nuestro Salvador. Por tanto, María, en grado
semejante al que es de Cristo es también nuestra, nos pertenece y
nosotros le pertenecemos a Ella. En la medida en que Ella le
pertenece a Cristo como Madre, esa maternidad se extiende a
nosotros, porque Cristo es hermano nuestro. Así, la intercesión de
Cristo ante el Padre por nosotros Ella la hace suya, se asocia a
ella y, por eso, junto con su Hijo intercede ante el Padre por
nosotros. Todo lo recibe de Cristo, pero para nosotros. Por eso la
Iglesia le da títulos admirables, como lo enseña el Concilio: “Con
su amor de Madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía
peregrinan y viven entre las angustias y peligros hasta que lleguen
a la patria feliz. Por eso la Santísima Virgen es invocada en la
Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
Lo cual, sin embargo, se entiende de tal manera que no quita ni
añade nada a la dignidad y a la eficacia de Cristo, único Mediador”,
pues ninguna criatura puede ser puesta nunca en el mismo orden con
el Verbo encarnado y Redentor”.
6. La Virgen María, al
responder al anuncio del ángel “hágase en mí según tu palabra”, se
asoció al plan salvífico de Dios, hizo suya su voluntad y la cumplió
cabalmente durante toda su vida, como lo demuestra su presencia de
pie junto a la Cruz y orando con la Iglesia naciente en Pentecostés.
Ella estuvo llena de la gracia de Dios y de la presencia del
Espíritu Santo y, dócil a Él, hizo la voluntad del Padre del cielo
engendrando a Cristo, dándolo a luz y entregándonoslo a la muerte
por nosotros. La oración cristiana y la intercesión de María, su
perpetuo socorro sobre nosotros, consiste en enseñarnos a hacer la
voluntad de Dios: “Hagan lo que Él les diga”, dijo en Caná a los
discípulos. Esta sintonía y concordia con la voluntad de Dios fue la
que la hizo fuerte en las penas y dolores, la que la mantuvo de pie
junto a la cruz y la que la defendió de los enemigos, (como el impío
Herodes), y la que le dio la victoria como lo expresa en su canto
triunfal: “El Todopoderoso ha hecho grandes cosas en mi…Su nombre es
Santo… El hizo proezas con el poder de su brazo… derribó de su trono
a los poderosos y levantó a los humildes, a los hambrientos los
colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos… Auxilia a Israel,
su siervo…”. Ahora nos auxilia a nosotros.
7. El Magnificat es el
canto de victoria de los pobres que ponen en Dios su confianza, y ya
estaba adelantado en el salmo: “Se alegrarán al verlo lo que sufren;
quienes buscan a Dios tendrán más ánimo, porque el Señor jamás
desoye al pobre…”; y Jeremías exclamaba: “El Señor, guerrero
poderoso, está a mi lado; por eso mis perseguidores caerán por
tierra y no podrán conmigo; quedarán avergonzados de su fracaso y su
ignominia será eterna”. El consuelo del salmista, la reivindicación
de Jeremías, el canto triunfal de María y la victoria de Cristo
sobre sus enemigos, el pecado y la muerte, nos aseguran la victoria:
El perpetuo socorro de Dios nos llega mediante la intercesión de
María. Verdaderamente Dios está con María y el Señor está con
nosotros, “como fuerte guerrero”. Así podemos comprender la severa
advertencia de Jesús en el evangelio contra los renegados: “A quien
me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré
delante de mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue
delante de los hombres, yo también le negaré ante mi Padre, que está
en los cielos”. Cuando el sacerdote les saluda y dice: “El Señor
esté con ustedes”, les está diciendo una verdad que, si la creemos,
nos asegura el perpetuo socorro de Dios y el triunfo sobre todos los
enemigos. Amén.