PBRO. GUILLERMO MUÑIZ
Audio de la homilía
1. Me da mucho gusto,
hermanas y hermanos de esta parroquia de San Juan del Río, estar con
ustedes en esta celebración para acompañar al señor Cura el padre
Guillermo Muñiz, en sus bodas de plata sacerdotales. Lo hacemos
participando en la santa Eucaristía, es decir, en el sacrificio de
acción de Gracias que Jesús ofreció al Padre por el don de la
redención. Nosotros, haciendo presente y participando en esta acción
de gracia de Jesucristo, nos unimos a Él y, por Él y con Él, damos
gracias al Padre por el regalo de su sacerdocio que, por la oración
e imposición de manos del señor Obispo, le participó hace
veinticinco años. Ese don del sacerdocio, recibido gratuitamente, ha
fructificado en numerosas obras de santificación para todos los
fieles que han estado cercanos o bajo el cuidado pastoral del padre
Guillermo. Nosotros con gusto lo acompañamos en esta acción de
gracias, pero es él sobre todo quien le dice al Señor con el salmo
que recitamos: “Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga
tu santo nombre. Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de sus
beneficios” (Ps. 102).
2. En el santo evangelio
escuchamos una parte de la oración que Jesús eleva al Padre por sus
discípulos antes de su pasión, que será la prueba más grande de su
amor por nosotros y de su obediencia al Padre. Jesús comienza
afirmando algo extraordinario: “Como el Padre me ama, así los amo
yo”. Desde luego que el amor del Padre por su Hijo es algo divino,
eterno, inagotable e incomprensible. Único. Sabemos que ese Amor
entre el Padre y el Hijo se llama el Espíritu Santo. Jesús promete
este amor a sus discípulos y les pide que “permanezcan en su amor”.
Más adelante, en una de sus cartas, dirá san Juan que “Dios es
amor”. Dios es amor y, para compartir ese amor, comparte su vida y
tiene un Hijo, eterno como Él. De este amor fecundo y compartido
entre el Padre y el Hijo, brota el Espíritu Santo. Este Amor de Dios
se encuentra, como un regalo de Cristo, presente en nuestros
corazones. Si Dios es amor y Cristo nos comparte ese amor, donde
está el amor, está Dios. Cuando el esposo ama a la esposa y ésta ama
a su marido y ambos aman a sus hijos y los hijos devuelven ese amor
a sus padres y lo comparten con los hermanos, entonces tenemos un
hogar cristiano y allí habita Dios, la santísima Trinidad. Ese es el
cielo, vivido ya en esperanza entre nosotros, real y verdadero, como
nos enseña el Papa Benedicto XVI. Sólo el amor redime, sólo el amor
salva. Ese amor ya está presente en nuestra vida, y ese amor es
Dios. Y el cielo está donde está Dios. No es, por tanto, un lugar
del cosmos sino una persona, su misma presencia entre nosotros. El
cielo lo experimenta quien lo posee. Por eso el mandamiento de Jesús
es que nos amemos unos a otros, no de cualquier manera, sino como Él
nos ha amado, entregando su vida por nosotros.
3. Este amor de Dios hacia
su Hijo Jesucristo y de Jesucristo hacia nosotros, no es por tanto
un sentimiento pasajero, un mero deseo o buena intención, sino que
es algo real, objetivo, vivo y, por tanto, debe demostrarse. Por eso
añade Jesús: “Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo
mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su
amor”. Los mandamientos de Dios cumplidos, hechos vida y pan nuestro
de cada día, son la prueba verdadera de que amamos a Dios y
permanecemos en su amor. Sin el cumplimiento de los mandamientos de
Dios, sin la obediencia a su voluntad, no podemos decir que amamos a
Dios y que su amor permanece en nosotros. Sencillamente, quien no
cumple los mandamientos de Dios, no lo ama. Lo subraya Jesús:
“Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando”. Si no lo
hacen, no son mis amigos. Se trata de un mandamiento, de una orden,
de un mandato de Jesús sobre nuestra voluntad y sobre nuestras
acciones de cada día. Jesús nos dio ejemplo de esto con su vida
entera, pues siempre cumplió la voluntad de su Padre. Hacer la
voluntad del Padre era su alimento, lo que sostenía su vida. La
voluntad de su Padre fue exigente: que entregara la vida por
nosotros. Nosotros sólo seremos amigos de Cristo si estamos
dispuestos a entregar la vida por él y por los hermanos. No puede
excluirse el martirio de la vida de un cristiano, decía el Papa Juan
Pablo segundo.
4. Sin duda que todo esto
es sumamente exigente. Y es exigente porque es verdadero, pues aquí
radica el secreto de la felicidad: “Les he dicho esto para que mi
alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”, explica Jesús. Esta
alegría fue la que llenó toda la vida de Jesús, el hombre plenamente
feliz. Nadie ha sido tan feliz como Jesús. Jesús nos comparte su
alegría, por eso “Él es quien nos ha elegido a nosotros y no
nosotros a Él”. Solemos pensar que nosotros elegimos la fe, que
nosotros decidimos ser católicos, o que lo merecemos. No. No es así.
La fe es un don de Dios que recibimos, gratis. Aquí estamos por
gracia de Dios. Hemos sido llamados por Él. Esto nos debe llenar de
alegría: ser elegidos de Dios; más aún, ser “sus amigos”. Los
católicos no somos esclavos de nada ni de nadie: Ni de la naturaleza
ni de los hombres. No estamos sometidos a a los astros del cielo ni
al zodiaco o a las supersticiones; tampoco somos esclavos de los
poderes humanos, llámese estado, partido o ideología. Somos libres,
amigos de Dios y hermanos en Cristo. Esta es nuestra dignidad. Y
esta presencia de Dios en nosotros nos hace productivos, benéficos
para la sociedad: “Los he elegido y destinado para que vayan (por el
mundo) y den fruto y su fruto permanezca”. Un discípulo verdadero de
Jesucristo no es estéril. Su paso por este mudo siembra alegría y da
fruto de amor y fraternidad: “Esto es lo que les mando, que se amen
los unos a los otros”. Los discípulos de Jesucristo tenemos como
tarea defender la dignidad humana y la vida, propiciar la libertad y
construir la fraternidad.
5. Esto lo pidió Jesús al
Padre para sus discípulos, especialmente para nosotros los
sacerdotes. Por eso, este evangelio se llama “la oración sacerdotal
de Jesús”. Nuestro gran Sacerdote intercede por sus sacerdotes al
Padre. Todos debemos producir buenos y abundantes frutos. Los padres
de familia deben dejar hijos mejores que ellos; los gobernantes
mejores ciudadanos; los maestros mejores alumnos y nosotros, los
Pastores, mejores cristianos en las parroquias, en la diócesis y en
la sociedad.
6. Moisés, escuchamos en la
primera lectura, huyendo por el desierto de la presencia del faraón,
llegó a la montaña de Dios, el Horeb, “y el Señor se le apareció en
una llama que salía de un zarzal… y la zarza ardía sin consumirse…
Dios le dijo: ‘¡No te acerques! ¡Quítate las sandalias, porque este
lugar que pisas es tierra santa!’” Y allí, ante esa zarza ardiente,
recibió la fuerza de Dios para ir a sacar de la esclavitud a su
pueblo. El sacerdote, como nuevo Moisés, se acerca todos los días a
esa zarza ardiente que es la sagrada Eucaristía. Al mismo tiempo que
se acerca con confianza, debe siempre hacerlo con el santo temor de
Dios en su corazón, descalzados los pies, es decir, teniendo siempre
ante los ojos su pobreza y debilidad, para encender su corazón en el
Sacramento del amor de Dios que es la santa Eucaristía. El sacerdote
celebra, “hace la Eucaristía” y la Eucaristía va haciendo al
sacerdote, lo va configurando al Gran Sacerdote y Víctima que es
Jesucristo, para que dé gloria al Padre celebrando el culto divino y
santifique a sus hermanos entregando su vida por ellos. Para eso,
como Moisés, tiene asegurada la promesa divina: “Yo estaré contigo”,
al mismo tiempo que recibe la misión: “Cuando hayas sacado de Egipto
a mi pueblo, ustedes darán culto a Dios en este monte”. Jesús está
siempre con sus sacerdotes para salvar a su pueblo y para dar el
culto verdadero a Dios.
7. Agradezco a todos
ustedes, hermanas y hermanos, su presencia en esta celebración
uniendo su acción de gracias al Padre del cielo por su Párroco, lo
mismo que su oración y amor por sus sacerdotes. Le deseamos a su
Señor Cura, que con su vida, palabra y ejemplo, bajo la protección
de San Juan Bautista, siga preparando en estas tierras benditas los
caminos del Señor.