Nuestro Sr. Obispo


Escudo


Cartas Pastorales


Mensajes


Homilías


Circulares


Meditaciones


Entrevistas


Reseña del X Sínodo General Ordinario de los Obispos


Viacrucis Bíblico


 

 

HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN EL XXV ANIVERSARIO DE ORDENACIÓN SACERDOTAL DEL PBRO. GUILLERMO MUÑIZ

San Juan del Río, Qro., 23 de Mayo de 2008


PBRO. GUILLERMO MUÑIZ

Audio de la homilía

1. Me da mucho gusto, hermanas y hermanos de esta parroquia de San Juan del Río, estar con ustedes en esta celebración para acompañar al señor Cura el padre Guillermo Muñiz, en sus bodas de plata sacerdotales. Lo hacemos participando en la santa Eucaristía, es decir, en el sacrificio de acción de Gracias que Jesús ofreció al Padre por el don de la redención. Nosotros, haciendo presente y participando en esta acción de gracia de Jesucristo, nos unimos a Él y, por Él y con Él, damos gracias al Padre  por el regalo de su sacerdocio que, por la oración e imposición de manos del señor Obispo, le participó hace veinticinco años. Ese don del sacerdocio, recibido gratuitamente, ha fructificado en numerosas obras de santificación para todos los fieles que han estado cercanos o bajo el cuidado pastoral del padre Guillermo. Nosotros con gusto lo acompañamos en esta acción de gracias, pero es él sobre todo quien le dice al Señor con el salmo que recitamos: “Bendice al Señor, alma mía, que todo mi ser bendiga tu santo nombre. Bendice al Señor, alma mía, y no te olvides de sus beneficios” (Ps. 102). 

2. En el santo evangelio escuchamos una parte de la oración que Jesús eleva al Padre por sus discípulos antes de su pasión, que será la prueba más grande de su amor por nosotros y de su obediencia al Padre. Jesús comienza afirmando algo extraordinario: “Como el Padre me ama, así los amo yo”. Desde luego que el amor del Padre por su Hijo es algo divino, eterno, inagotable e incomprensible. Único. Sabemos que ese Amor entre el Padre y el Hijo se llama el Espíritu Santo. Jesús promete este amor a sus discípulos y les pide que “permanezcan en su amor”. Más adelante, en una de sus cartas, dirá san Juan que “Dios es amor”. Dios es amor y, para compartir ese amor, comparte su vida y tiene un Hijo, eterno como Él. De este amor fecundo y compartido entre el Padre y el Hijo, brota el Espíritu Santo. Este Amor de Dios se encuentra, como un regalo de Cristo, presente en nuestros corazones. Si Dios es amor y Cristo nos comparte ese amor, donde está el amor, está Dios. Cuando el esposo ama a la esposa y ésta ama a su marido y ambos aman a sus hijos y los hijos devuelven ese amor a sus padres y lo comparten con los hermanos, entonces tenemos un hogar cristiano y allí habita Dios, la santísima Trinidad. Ese es el cielo, vivido ya en esperanza entre nosotros, real y verdadero, como nos enseña el Papa Benedicto XVI. Sólo el amor redime, sólo el amor salva. Ese amor ya está presente en nuestra vida, y ese amor es Dios. Y el cielo está donde está Dios. No es, por tanto, un lugar del cosmos sino una persona, su misma presencia entre nosotros. El cielo lo experimenta quien lo posee. Por eso el mandamiento de Jesús es que nos amemos unos a otros, no de cualquier manera, sino como Él nos ha amado, entregando su vida por nosotros. 

3. Este amor de Dios hacia su Hijo Jesucristo y de Jesucristo hacia nosotros, no es por tanto un sentimiento pasajero, un mero deseo o buena intención, sino que es algo real, objetivo, vivo y, por tanto, debe demostrarse. Por eso añade Jesús: “Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Los mandamientos de Dios cumplidos, hechos vida y pan nuestro de cada día, son la prueba verdadera de que amamos a Dios y permanecemos en su amor. Sin el cumplimiento de los mandamientos de Dios, sin la obediencia a su voluntad, no podemos decir que amamos a Dios y que su amor permanece en nosotros. Sencillamente, quien no cumple los mandamientos de Dios, no lo ama. Lo subraya Jesús: “Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando”. Si no lo hacen, no son mis amigos. Se trata de un mandamiento, de una orden, de un mandato de Jesús sobre nuestra voluntad y sobre nuestras acciones de cada día. Jesús nos dio ejemplo de esto con su vida entera, pues siempre cumplió la voluntad de su Padre. Hacer la voluntad del Padre era su alimento, lo que sostenía su vida. La voluntad de su Padre fue exigente: que entregara la vida por nosotros. Nosotros sólo seremos amigos de Cristo si estamos dispuestos a entregar la vida por él y por los hermanos. No puede excluirse el martirio de la vida de un cristiano, decía el Papa Juan Pablo segundo. 

4. Sin duda que todo esto es sumamente exigente. Y es exigente porque es verdadero, pues  aquí radica el secreto de la felicidad: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”, explica Jesús. Esta alegría fue la que llenó toda la vida de Jesús, el hombre plenamente feliz. Nadie ha sido tan feliz como Jesús. Jesús nos comparte su alegría, por eso “Él es quien nos ha elegido a nosotros y no nosotros a Él”. Solemos pensar que nosotros elegimos la fe, que nosotros decidimos ser católicos, o que lo merecemos. No. No es así. La fe es un don de Dios que recibimos, gratis. Aquí estamos por gracia de Dios. Hemos sido llamados por Él. Esto nos debe llenar de alegría: ser elegidos de Dios; más aún, ser “sus amigos”. Los católicos no somos esclavos de nada ni de nadie: Ni de la naturaleza ni de los hombres. No estamos sometidos a a los astros del cielo ni al zodiaco o a las supersticiones; tampoco somos esclavos de los poderes humanos, llámese estado, partido o ideología. Somos libres, amigos de Dios y hermanos en Cristo. Esta es nuestra dignidad. Y esta presencia de Dios en nosotros nos hace productivos, benéficos para la sociedad: “Los he elegido y destinado para que vayan (por el mundo) y den fruto y su fruto permanezca”. Un discípulo verdadero de Jesucristo no es estéril. Su paso por este mudo siembra alegría y da fruto de amor y fraternidad: “Esto es lo que les mando, que se amen los unos a los otros”. Los discípulos de Jesucristo tenemos como tarea defender la dignidad humana y la vida, propiciar la libertad y construir la fraternidad. 

5. Esto lo pidió Jesús al Padre para sus discípulos, especialmente para nosotros los sacerdotes. Por eso, este evangelio se llama “la oración sacerdotal de Jesús”. Nuestro gran Sacerdote intercede por sus sacerdotes al Padre. Todos debemos producir buenos y abundantes frutos. Los padres de familia deben dejar hijos mejores que ellos; los gobernantes mejores ciudadanos; los maestros mejores alumnos y nosotros, los Pastores, mejores cristianos en las parroquias, en la diócesis y en la sociedad.  

6. Moisés, escuchamos en la primera lectura, huyendo por el desierto de la presencia del faraón, llegó a la montaña de Dios, el Horeb, “y el Señor se le apareció en una llama que salía de un zarzal… y la zarza ardía sin consumirse… Dios le dijo: ‘¡No te acerques! ¡Quítate las sandalias, porque este lugar que pisas es tierra santa!’” Y allí, ante esa zarza ardiente, recibió la fuerza de Dios para ir a sacar de la esclavitud a su pueblo. El sacerdote, como nuevo Moisés, se acerca todos los días a esa zarza ardiente que es la sagrada Eucaristía. Al mismo tiempo que se acerca con confianza, debe siempre hacerlo con el santo temor de Dios en su corazón, descalzados los pies, es decir, teniendo siempre ante los ojos su pobreza y debilidad, para encender su corazón en el Sacramento del amor de Dios que es la santa Eucaristía. El sacerdote celebra, “hace la Eucaristía” y la Eucaristía va haciendo al sacerdote, lo va configurando al Gran Sacerdote y Víctima que es Jesucristo, para que dé gloria al Padre celebrando el culto divino y santifique a sus hermanos entregando su vida por ellos. Para eso, como Moisés, tiene asegurada la promesa divina: “Yo estaré contigo”, al mismo tiempo que recibe la misión: “Cuando hayas sacado de Egipto a mi pueblo, ustedes darán culto a Dios en este monte”. Jesús está siempre con sus sacerdotes para salvar a su pueblo y para dar el culto verdadero a Dios.  

7. Agradezco a todos ustedes, hermanas y hermanos, su presencia en esta celebración uniendo su acción de gracias al Padre del cielo por su Párroco, lo mismo que su oración y amor por sus sacerdotes. Le deseamos a su Señor Cura, que con su vida, palabra y ejemplo, bajo la protección de San Juan Bautista, siga preparando en estas tierras benditas los caminos del Señor.

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

Este portal diocesano es un servicio diseñado y desarrollado por la RIIAL Querétaro                                                                                            Webmaster