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Hermanas
y Hermanos:
1. Hoy
celebra la santa Iglesia fiesta mayor: la solemnidad del nacimiento de
san Juan Bautista, el precursor del Señor y su testigo fiel hasta la
muerte. En otra fecha celebrará su martirio. Tanto su entrada en este
mundo como su partida, fueron gloriosos y ejemplares. Celebra la Iglesia
su nacimiento el 24 de Junio, porque cuenta seis meses antes, según el
dato que el ángel le dio a María del embarazo de Isabel, la madre de
Juan. Estas fechas tienen valor litúrgico, no la del calendario civil de
entonces. Nosotros, pues, celebramos el misterio del nacimiento de Juan,
el anunciador y testigo del Mesías.
2. La
venida de un hombre a este mundo es siempre un misterio, incluyendo su
concepción. Ahora la ciencia desentraña cada vez más este formarse
misterioso del ser humano en el seno materno, y escudriña la estructura
de su componente cromosómico, el código genético; pero, cada vez que nos
asomamos a este proceso maravilloso, descubrimos allí el Misterio, la
mano poderosa y sabia de Dios que, de manera gráfica y poética describe
la Escritura en el salmo responsorial:
“Tú, formaste mis entrañas, me tejiste en el seno
materno.
No se te escondía mi organismo,
Cuando en lo oculto me iba formando,
Y entretejiendo en lo profundo de la tierra.
Te doy gracias, Señor, porque me has formado
maravillosamente”,
y que, en
otro salmo, se convierte en oración llena de angustia, al sentir el
hombre su debilidad y la ferocidad de los enemigos que lo acosan:
“Señor, Tú eres mi esperanza, no quede yo defraudado,
Tú eres justo, sálvame…
Sé para mí un refugio, ciudad fortificada en que me
salves.
Señor, Tú eres mi esperanza…
Desde que estaba en el seno de mi madre,
Yo me apoyaba en ti y tú me sostenías”.
3. El
salmista experimenta la debilidad y fragilidad de la vida humana, al
mismo tiempo que descubre la mirada protectora de Dios y su mano
providente que se convierte en castillo y refugio seguro para el débil y
el inocente. Después, cuando el hombre es mayor y tiene que desempeñar
una misión de parte del Señor, siente el peligro del enemigo criminal
que acecha contra su vida, pero sabe que su refugio será siempre el
Señor, quien está pronto a asegurarle su auxilio, como le promete al
profeta Jeremías:
“Desde antes de formarte en el seno materno, te conozco;
Desde antes de que nacieras, te consagré profeta de las
naciones.
No tengas miedo, yo estoy contigo para protegerte”.
4. La
grandeza y nobleza, la dignidad e inviolabilidad de la persona humana no
dependen de las leyes ni del aprecio de los hombres; está grabada en la
misma naturaleza humana por su autor, Dios. “Imagen y semejanza” divina
le llama la Escritura, que se convertirá y resplandecerá como hijo
adoptivo de Dios por la gracia de la fe en Cristo, nuestro Señor. Por
eso, otro salmo canta esta maravilla de Dios:
“¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
El ser humano para darle poder?...
Lo hiciste un poco inferior a los ángeles,
Lo coronaste de gloria y esplendor…
Todo lo sometiste bajo sus pies”.
5. El
hombre es un misterio, el sólo ser creado, dice el Concilio, a quien
Dios ama por sí mismo y cuyo misterio sólo se esclarece en el misterio
del Verbo encarnado, del Hijo de Dios hecho hombre. Quien toca la vida
humana, quien vulnera su integridad y quien atenta contra la vida de un
ser humano, máxime si es inocente, ofrende al mismo Dios, su imagen y su
autor. Dios ha coronado al hombre de gloria y esplendor”, como la vemos
resplandecer en Jesús resucitado, de cuya gloria estamos llamados a
participar.
6. Algo
de esta dignidad percibimos en el nacimiento de Juan. Fue, en efecto,
santificado en el seno materno por la presencia de Cristo, ya en el seno
de María. Hay, entre ambos, un intercambio de gracia y santidad. La
fuente transmite la vida al riachuelo, la luz comunica su resplandor a
la lámpara. Por eso celebra la Iglesia el nacimientote Juan, distinto
del nuestro y que tiene lugar en la fuente bautismal.
7. Estos
hechos y textos de la Escritura nos enseñan claramente no sólo el origen
de la vida, y la dignidad inviolable de la persona humana, imagen y
semejanza de Dios; sino también la Providencia divina sobre todo hombre
que viene a este mundo, desde el comienzo de su existencia en el acto de
la concepción hasta su término natural. No hay un momento de la vida de
un ser humano que no está protegido por la mirada paterna y celosa de
Dios; su mano protectora y providente cubre al hombre desde el seno
materno y durante toda la vida, de modo que quien atente contra él,
cualquiera que sea su situación jurídica o moral, atenta contra el mismo
Dios, y Dios le pedirá cuenta de la sangre derramada. Dios no quita su
mirada paternal sobre su criatura, ni su mirada de juez implacable sobre
el asesino. De toda vida humana los humanos debemos dar cuenta a Dios.
En el paraíso terrenal, Dios preguntó a Adán: ¿Dónde estás? Preguntó por
él y él tenía que responder por él solo. Pero fuera del paraíso peguntó
a Caín: ¿Dónde está tu hermano? En este mundo, todos somos guardianes
del hermano, del ser humano y todos, especialmente las autoridades a
causa de su oficio, deberán dar cuenta de la vida humana a Dios, desde
su concepción hasta su fin natural, así como de las condiciones en que
se desarrolla. Caín negó a su hermano, “porque era del Maligno”, dice
san Juan.
8. Sin
duda que brota espontánea la pregunta de los niños que mueren sin
bautizo inculpablemente, o por haber sido abortados. Sabemos que el
medio necesario y ordinario para la salvación, para “ver el Reino de
Dios”, es “nacer de nuevo del agua y del Espíritu”, es decir, el
bautismo. Es el medio ordinario de Dios que ofrece la Iglesia para la
salvación. Pero la “mano de Dios no es corta” y su misericordia se
extiende a todo ser creado, máxime al hombre; y el fruto de la redención
de Cristo es de alcance infinito, que nosotros no podemos comprender.
Cuando Jesús reprendió a los apóstoles y les dijo: “Dejen que los niños
se acerquen a mí”, estaba declarando a los pequeños capaces de la
salvación que él les ofrecía. Por esta razón, la santa Iglesia no niega
la posibilidad de salvación para los niños muertos en el seno materno o
abortados por mano criminal. Lo demuestran los “Santos inocentes”,
mártires insignes de Jesús niño, mediante el llamado “bautismo de
sangre”; y así, la Iglesia, Madre piadosa, ora también por los niños
muertos sin bautizo, en el Ritual de los difuntos. Esto debe consolar a
las mamás que pierden sin culpa a un niño, sobre todo si desde su
concepción lo encomiendan a Dios y a la Virgen.
9. Esta
doctrina consoladora no debe llevarnos a menospreciar el bautismo y su
necesidad para la salvación, como medio ordinario de la Providencia; y
mucho menos, y esto sería criminal, a restarle malicia al crimen del
aborto. Sería burlarse de Dios. Lo que la Iglesia nos hace ver es la
infinita misericordia de Dios, que “siempre escribe derecho en los
renglones torcidos” que trazamos con nuestra conducta aberrante los
humanos. “Son insondables los caminos del Señor”, decía san Pablo
citando al profeta Isaías.
10.
Hermanas y hermanos: El ángel le dijo a Zacarías, cuando le anunció el
nacimiento de Juan: “Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien
pondrás por nombre Juan; será para ti motivo de gozo y alegría, y muchos
se gozarán de su nacimiento”. Ahora nosotros nos alegramos de su
nacimiento en esta Solemnidad, en la que agradecemos su patrocinio. Pero
para que este gozo sea completo debemos pedir a José y a María, que
cuidaron a Jesús; a Zacarías y a Isabel, que recibieron con gozo a Juan,
que todo niño concebido en el seno de una mujer y que todo niño que
nazca, sea motivo de alegría para sus padres, para su familia y también
para todos nosotros. La Iglesia, decía el Papa Juan Pablo II, “es el
pueblo de la vida y para la vida”. Un católico es, por definición, un
amante de la vida, porque cree en un Dios vivo, amante de la vida, y
espera la vida eterna. Toda vida que comienza en el seno de una mujer,
nunca termina; desemboca en la eternidad. Los católicos tenemos un
compromiso grave de crear condiciones de vida saludables y favorables,
dignas y tranquilas, para que todo niño se desarrolle en paz y su venida
a este mundo sea feliz, y todos nos gocemos de su nacimiento, como ahora
nos alegramos con el de san Juan, nuestro Patrono.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro