Hermanos presbíteros:
1. La solemnidad
de Cristo Rey del Universo da el encuentre teológico al fin del año
litúrgico y al inicio del Adviento. Por dos veces los textos de la
misa nos invitan a ver, a levantar la mirada porque alguien viene,
está viniendo. Daniel dice que “vio a alguien semejante a un hijo de
hombre, que venía entre las nubles del cielo”, y el texto del
Apocalipsis nos decía: “Miren, él viene entre las nubes, y todos lo
verán, aún aquellos que lo traspasaron”. Ver, levantar la mirada
llena de esperanza, es la actitud religiosa propia de este tiempo,
para recibir al Señor que viene a nuestro encuentro.
2. En la lectura
de hoy, el profeta Daniel también nos invita a “mirar esa estatua
gigantesca, de un brillo extraordinario y aspecto imponente”, como
en contrapartida de la imagen de Cristo Rey. Esta estatua no viene
del cielo, ya está aquí, en la tierra, inmóvil, frágil a pesar de su
esplendor. Este contraste escenifica el encuentro de Cristo con
Pilato, el reino terreno y el reino que no es de aquí, uno apoyado
en pies de barro, otro en las plantas traspasadas pero gloriosas del
que fue Crucificado. El gobernante romano presumía de, “tener poder
para condenar a Jesús o para dejarlo libre”; Jesús, en cambio, se
proclama Rey-Testigo-Mártir de la verdad. Esa piedrecilla,
desprendida desde la montaña “sin intervención de mano alguna”, no
sólo derribó la estatua soberbia, sino a su descendencia de reyes y
príncipes, a lo largo y ancho de la historia humana. Entonces “el
Dios del cielo hizo surgir un reino que jamás será destruido, ni
dominado por ninguna otra nación. Destruirá y aniquilará todos esos
reinos y él durará para siempre”. Este reino es el de Cristo,
incoado en la santa Iglesia, de la que nosotros somos hijos y
servidores.
3. En el santo
evangelio sólo escuchamos un breve trozo del Apocalipsis de san
Lucas, que habría que leerlo todo, porque es un mensaje de
esperanza, dentro de la gran tribulación: “Los traicionarán… matarán
a algunos de ustedes, y a todos los odiarán por mi causa… Entonces
verán venir al Hijo del hombre en una nube, con gran poder y
majestad. Cuando estas cosas comiencen a suceder, pongan atención y
levanten la cabeza, porque se acerca la hora de su liberación”. Así
es la venida del Reino de Dios, como fue la pasión de Jesús: Él
reina desde la cruz. A nosotros nos toca leer los signos de los
tiempos, interpretar la historia, “levantar la cabeza” y saber
esperar la venida gloriosa de nuestro salvador Jesucristo, “hacia
el cual confluyen todas las aspiraciones del corazón humano” (GSp
45).
4. El concilio
ecuménico Vaticano II invita “a todo el Pueblo de Dios, pero
especialmente a los pastores y teólogos, a auscultar, discernir e
interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de
nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la Palabra divina, a fin de
que la Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y
expresada en forma más adecuada” (GSp 44). El sacerdote es un
“pastor vigilante” —atalaya, le llama el
papa Juan Pablo Segundo— que otea el
horizonte, detecta el paso de Dios por la historia, interpreta su
opaco significado y la convierte en historia de salvación para su
pueblo. Ser esta antena guiada por el Espíritu, es parte de nuestro
ministerio profético y pienso, en sintonía con lo que afirmamos los
obispos en nuestra carta: “Del Encuentro con Jesucristo a la
solidaridad con todos”, que las mayores dificultades que se
presentan a la Iglesia y que la hacen frecuentemente objeto de
rechazo, son de índole histórica. Es preciso confesarlo: Quizá no
hayamos tenido la suficiente perspicacia, fruto de la escucha atenta
de la Palabra divina, de la docilidad al Espíritu y de la oración,
para interpretar los signos de los tiempos en nuestro país y ser
“fermento de la historia” (GSp 44) como lo pide el Concilio.
5. También en el
momento actual muchos acontecimientos nos causan perplejidad y, con
la excepción de algún clarividente, que nunca falta y que suelen ser
los santos, nos sentimos abrumados y confundidos, pero el pueblo
fiel nos demanda, como a Daniel, una palabra sabia. Pidamos que el
Espíritu active en nosotros esa audacia con que Jesús preguntó al
ciego de Jericó: ¿Qué quieres que haga por ti?, sabiendo que
su poder salvador opera en nosotros mediante la fe, es decir,
creyendo en nuestro sacerdocio, que es un actuar in persona
Christi. Dejemos que Cristo sea sacerdote en nosotros, y así
cooperaremos en la instauración de su Reino. Con sencillez llena de
fe decía el santo Párroco de Ars: “¿Qué santa Filomena obedece el
párroco de Ars? Claro que sí, si hasta Dios le obedece”. Prestemos a
Cristo nuestra obediencia de la fe y él, fiel a su promesa, nos
obedecerá también a nosotros, y así podremos colmar las aspiraciones
de nuestros fieles, como lo hizo san Juan María Vianney, nuestro
Patrono. Que así sea.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro