MISA DE NAVIDAD 2008
1. Escuchamos en el Evangelio de esta Noche Buena
nombres de lugares y de personas, en fuerte contraste. César Augusto
es Octaviano, sobrino de Julio César; fue quien, tras derrotar a
Antonio y a Cleopatra en Accio (a. 31), recibió del senado el título
de “augusto”. Ordena un censo en todo el imperio; quiere saber cuán
grande, cuán poderoso es. En la provincia romana de Siria, Quirino
era su mano larga y pesada, el gobernador. Este es el mundo profano
con todo su poder; e inserto en él, el mundo religioso, en su
pequeñez: Nazaret, de Galilea, de donde parte José, con su esposa
María encinta y a punto de dar a luz; se dirigen a Belén, la ciudad
de David, para cumplir la orden del emperador. La historia sagrada:
José, María, Nazaret y Belén incrustados en la historia profana,
sometidos al imperio más poderoso de la antigüedad.
2. Este esquema de dominio-sumisión se rompe de
repente: Un ángel del cielo irrumpe en la escena; se dirige a un
grupo de pastores, nocturnos vigilantes, “y la gloria del Señor los
envolvió”. La gloria de Dios es Dios con todo su peso, con todo su
esplendor. Los invade el temor de lo sagrado, pero de inmediato
viene la palabra buena, la que expulsa el temor y produce gozo: “Les
traigo una buena noticia, que causará alegría para todo el pueblo:
hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el
Mesías, el Señor”. El ángel del cielo se vuelve legión ordenada,
coro armonioso que hace retumbar la creación entera, cielo y tierra:
“Gloria a Dios en el cielo, paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad”.
3. Tamaño acontecimiento reclama una explicación,
que es su causa a la vez: Es que “María ha dado a luz a su hijo
primogénito, lo ha envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
Sí; esta es la señal de tanto gozo y tan intensa claridad:
“Encontrarán al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
Espléndida señal para quien tiene fe. La descubrieron los pastores,
la encontraron los Sabios de Oriente, la agradece el pueblo
creyente, menos Herodes y sus sicarios.
4. San Lucas nos presenta a Jesús entrando con
humildad y pero con gloria, en la escena de la historia humana. Tres
títulos le corresponden: Es el Mesías, el Señor, el Salvador. El
emperador Augusto logró imponer la “pax romana” en su imperio.
Virgilio la cantó en su célebre égloga cuarta. Todavía en Roma se
conserva, restaurada, el “Ara Pacis Augustae”, el Altar de la Paz de
Augusto, y en el imperio se hacía llamar “salvador del mundo entero”
(Inscripción de Halicarnaso). San Lucas corrige la historia
universal y le da su verdadero cauce: La paz no es obra de un
hombre, por poderoso que sea, sino que baja del cielo, de Dios. No
se impone por la fuerza de las armas, sino brota de la debilidad de
un niño; no se produce cerrando las puertas del templo de Jano, el
dios de la guerra, sino accediendo de rodillas a la gruta de Belén,
donde nos espera el Príncipe de la paz. La paz verdadera no nace en
la capital de un imperio humano, llámese Roma o Washington, sino en
la pequeña Belén, la Casa del Pan.
5. Los pastores escuchan, creen, obedecen la voz
del ángel y van corriendo a Belén, “a ver lo que ha pasado”. Son
testigos presenciales. Van, ven, adoran y cuentan lo que han visto y
oído, y se retiran de la escena. No volveremos a saber de ellos.
Fueron adoradores circunstanciales. “María, en cambio, conservaba el
recuerdo de todo aquello y lo meditaba en su corazón”. Son dos
escenarios que encontrará Jesús a lo largo de su predicación. Las
multitudes se agolparán a su derredor, pero pocos serán sus
seguidores convencidos. Son las multitudes de seguidores de Cristo
mientras les alumbra la luz que baja del cielo, pero que le vuelven
la espalda cuando se obscurece el Calvario. Allí, en cambio, está
la Madre de Jesús, convertida en nuestra, meditando, interpretando,
asumiendo los hechos y sumergiéndose en esa terrible y consoladora
voluntad de Dios, que su Hijo viene a cumplir. María es el ejemplo
perfecto del discípulo, que no se arredra, que escucha, medita,
cree, obedece y actúa a favor de la Iglesia. María es el modelo a
seguir. “¿Quién es mi madre y mis hermanos?”, preguntará un día
Jesús; y se responderá: “Mi hermano, mi hermana y mi madre es quien
oye la palabra de Dios y la pone en práctica” (Cf Lc 11,28).
6. Navidad no es una brillante idea; ni un buen
pensamiento; ni un sentimiento piadoso, y muchos menos ese efímero
deseo estereotipado que escribimos en las tarjetas de ocasión.
Navidad es un hecho, aquí y ahora. Es un acontecimiento
contemporáneo: “Hoy nos ha nacido el Salvador”, reza la liturgia. La
“gloria” de Dios que entonaron los ángeles en Belén es la que aquí
acabamos de cantar, y la que se hace presente en esta celebración
cuando, con los coros celestiales, decimos: “Llenos están los cielos
y la tierra de tu gloria”. La misma gloria que vieron los pastores
es la que aquí se hace presente en el altar y se nos manifiesta en
cada niño de nace en la sala del hospital o en la cabaña del
campesino; porque toda vida humana es manifestación de la gloria de
Dios. “La gloria de Dios es que el hombre viva”; el hombre vivo, no
el muerto: abortado, malogrado, asesinado… Navidad es la gloria de
Dios presente en toda vida humana, desde su inicio hasta su final
natural, cualquiera que sea su condición. En cada vida humana Dios
refleja y nos regala un poco de su gloria. Jesús es el regalo del
Padre que se perpetúa en cada pequeño recién nacido.
7. En todo el imperio
romano, el día del nacimiento del emperador Augusto, ya divinizado,
se anunciaba como “el comienzo de la buena nueva para el mundo”
(Inscripción de Priene). San Lucas cambia los términos y anuncia al
mundo entero: “Les traigo una Buena Noticia, una gran alegría, que
lo será para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha
nacido un Salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2, 10s). Ojalá podamos
decir que también en Querétaro nos ha nacido el Salvador.