CRISTO JESÚS, SACERDOTE
MISERICORDIOSO Y OBEDIENTE
Hermanos Presbíteros
Hermanas y hermanos en nuestra fe
católica
1. Damos gracias al Padre del
cielo porque hoy regala a su Iglesia cuatro nuevos sacerdotes. En el
Seminario se han preparado con esmero completando así la fe y vida
cristiana que recibieron de sus padres en el hogar y de los
sacerdotes en sus parroquias. Gracias pues a las familias
cristianas, a los señores párrocos y a los superiores y maestros del
Seminario por su participación en la formación de estos candidatos
al sacerdocio.
2. La Carta a los hebreos es el
único texto del nuevo Testamento que trata explícita y largamente
del sacerdocio de Cristo. Hoy escuchamos un pequeño trozo literario
que quiero comentar para iluminar este gran “don y misterio” que es
el sacerdocio cristiano que participa a su Iglesia el único y gran
sacerdote Jesucristo.
3. Dos son las cualidades que
atribuye el autor de la Carta a Jesucristo como sacerdote: que es
digno de fe y que es misericordioso. Siguiendo el texto proclamado,
me fijaré en la misericordia. El papa Juan Pablo II estableció el
segundo domingo de pascua como el domingo de la divina Misericordia.
Cristo, digno de fe, reclama de nosotros nuestra total adhesión;
Cristo sacerdote misericordioso nos abre y recibe en su corazón
compasivo. Sacerdotes dignos de fe y misericordiosos son los que
Cristo regala a su Iglesia.
4. La misericordia que Cristo nos
ofrece no es un sentimiento superficial, sino ante todo y
fundamentalmente una experiencia. Puede compadecerse de nosotros
porque ha sufrido como y más que nosotros. Experimentado en el
sufrimiento puede compadecerse. En el antiguo Testamento Dios había
manifestado su misericordia a Israel viniendo desde el cielo;
descendía de Dios a la tierra. Ahora la misericordia también nace de
la tierra, brota de la experiencia dolorosa del Hijo que comparte
nuestra humanidad. Jesús añade a la misericordia divina la dimensión
humana que necesitaba para ser la de un pontífice, la de un
mediador. “Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”,
nos dice el obispo en la ordenación, para que aprendamos a ser
misericordiosos.
5. En el Antiguo Testamento al
sacerdote se le exigía la severidad y dureza contra los pecadores.
Moisés ordena a los levitas ceñirse la espada y exterminar a los
idólatras, adoradores del becerro de oro; así obtienen el don del
sacerdocio, de consagrados a Yavé. El contraste con Cristo es total.
Su sacerdocio no está en la línea de Aarón, sino en la profética.
“Vayan y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia, no
sacrificio” (Mt 9, 13), dice Jesús citando al profeta Oseas. Esta
misericordia nunca es complicidad. Se hizo solidario con los
pecadores, pero rechazó siempre el pecado. “En todo semejante a
nosotros pecadores, menos en el pecado”, dirá nuestro autor; fue
pontífice santo e inocente (Cf 7, 26; 9,2). Este es el drama interno
de Jesús, rechazar al pecado y amar al pecador y que se manifestará
con toda su violencia en su pasión: Es entregado en manos de los
pecadores para librarlos de sus pecados. Fue probado y tentado como
nosotros, pero resultó vencedor de la prueba por nosotros.
6. Esta no contaminación con el
pecado no disminuye su solidaridad con nosotros. Es distinto pero no
distante; al contrario, plenamente solidario. La razón profunda es
ésta: el pecado no genera solidaridad. Cuando Adán peca pasa la
culpa a la mujer y ésta a la serpiente. Aarón se deslinda del pueblo
pecador cuando él mismo les había construido el ídolo de oro. El
pecado es lo más insolidario que existe, porque al romper la
comunión con Dios necesariamente se destruye la solidaridad entre
los hombres. Lo estamos viendo: es antisocial. Así, Jesús, por ser
sacerdote inocente y limpio es solidario con nosotros en grado
pleno, total. Es nuestro sacerdote misericordioso, solidario y fiel.
7. Esta fidelidad con Dios y esta
misericordia con nosotros no son sentimientos superficiales, sino
que han superado la prueba de Dios: la obediencia. La obediencia
siempre comienza con la humildad: Cristo no pretendió el sacerdocio,
lo recibió del Padre como Aarón, y lo adquirió sometiendo lo más
precioso que tenía, su voluntad a la de su Padre. Desde su entrada
al mundo dijo: “Aquí estoy Padre para hacer tu voluntad”. Desde el
desobediente Adán reinó el pecado en el mundo, y todos en Adán
pecaron desobedeciendo a Dios. Cada uno seguía su propio camino,
dice Isaías. Es necesario oír el texto: “Cristo, en los días de
su carne, habiendo ofrecido preguntas y súplicas con fuertes gritos
y lágrimas a Aquel que podía librarlo de la muerte, y habiendo sido
escuchado por su piedad, aún siendo hijo aprendió de las cosas que
sufrió la obediencia y así, hecho perfecto fue proclamado sumo
sacerdote”. Está aquí expresado todo el drama de la pasión del
Señor. En Getsemaní, primero Jesús pide que pase el cáliz de su
pasión, pero termina suplicando que se haga la voluntad del Padre,
no la suya. Hay una transformación en Jesús: su voluntad humana se
pliega plenamente a la voluntad de Dios. Obedece con reverencia
filial y es escuchado, no como él deseaba sino como el Padre lo
dispuso. Su obediencia fue un verdadero sacrificio agradable a Dios.
Así llegó a la perfección total. Por primera vez se hizo en la
tierra la voluntad de Dios como se cumple en el cielo. El Padre lo
escuchó al resucitarlo, lo hizo Señor y lo convirtió “en causa de
salvación eterna para todos los que lo obedecen”. Su sacerdocio
llega a su plenitud: “fue proclamado por Dios sumo Sacerdote”.
8. Así llega a ser sacerdote
Jesucristo. Este es el sacerdocio que ha comunicado a su Iglesia.
Este es el sacerdocio que van a recibir ustedes, queridos diáconos,
por la imposición de mis manos y la invocación del Espíritu santo.
No hay otro sacerdocio distinto en la Iglesia, ni para otra
finalidad los ordena su Obispo. El sacerdocio que reciben es para
que sean otro Cristo, para que actúen in persona Christi,
nuestro sumo Sacerdote fiel a Dios, misericordioso con los
pecadores. Eso se expresará en la obediencia a la Iglesia, que nos
pide hagamos lo que Cristo nos mandó.
9. Celebrar la Eucaristía, acto
supremo del sacerdocio, es “hacer esto en memoria mía”, es obedecer
el mandato de Cristo de tomar su Cuerpo y su Sangre y ofrecerla por
la salvación del mundo. Es ofrecer a Cristo pero, al mismo tiempo,
ofrecernos juntamente con él por la misma intención. Nosotros somos
miembros de su cuerpo, formamos con Cristo, nuestra Cabeza, el
Cristo total. La Iglesia, en cuyo nombre actuamos, al mismo tiempo
que ofrece la víctima santa, se ofrece junto con Cristo al Padre. Si
Cristo es sacerdote y víctima a la vez, el sacerdote no puede
separar lo que Dios unió: ejercer el sacerdocio de Cristo es ser
victima junto con Cristo. Esto es lo que significa “partir el pan y
beber el cáliz”. Ofrecer el Cuerpo de Cristo es ofrendar nuestra
persona; derramar la Sangre de Cristo es dar la vida “por muchos”,
por la salvación de los hermanos. No se puede ser sacerdote sin ser
también víctima. Los sacerdotes no ofrecemos el sacrificio para que
el pueblo sea la ofrenda y la víctima. Somos, junto con el pueblo
consagrado, sacerdotes y víctimas a la vez, cada uno en su orden
ministerial o bautismal. No podemos ser sacerdotes de Jesús si no
somos sacerdotes con Jesús, ni ofrecer el sacrificio de Jesús si no
somos víctimas con él. En una palabra, celebrar la Eucaristía es
transformar nuestra vida en una perenne Eucaristía. La Virgen
Santísima, la mujer eucarística y Madre de nuestro gran Sacerdote,
nos conceda esta gracia y perdurar en ella durante toda la vida.
Amén.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro