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HOMILÍA DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN

EN LA ORDENACIÓN SACERDOTAL

Santiago de Querétaro, Qro., 26 de Marzo de 2009


CRISTO JESÚS, SACERDOTE MISERICORDIOSO Y OBEDIENTE

 

Hermanos Presbíteros

Hermanas y hermanos en nuestra fe católica

1. Damos gracias al Padre del cielo porque hoy regala a su Iglesia cuatro nuevos sacerdotes. En el Seminario se han preparado con esmero completando así la fe y vida cristiana que recibieron de sus padres en el hogar y de los sacerdotes en sus parroquias. Gracias pues a las familias cristianas, a los señores párrocos y a los superiores y maestros del Seminario por su participación en la formación de estos candidatos al sacerdocio. 

2. La Carta a los hebreos es el único texto del nuevo Testamento que trata explícita y largamente del sacerdocio de Cristo. Hoy escuchamos un pequeño trozo literario que quiero comentar para iluminar este gran “don y misterio” que es el sacerdocio cristiano que participa a su Iglesia el único y gran sacerdote Jesucristo.

3. Dos son las cualidades que atribuye el autor de la Carta a Jesucristo como sacerdote: que es digno de fe y que es misericordioso. Siguiendo el texto proclamado, me fijaré en la misericordia. El papa Juan Pablo II estableció el segundo domingo de pascua como el domingo de la divina Misericordia. Cristo, digno de fe, reclama de nosotros nuestra total adhesión; Cristo sacerdote misericordioso nos abre y recibe en su corazón compasivo. Sacerdotes dignos de fe y misericordiosos son los que Cristo regala a su Iglesia. 

4. La misericordia que Cristo nos ofrece no es un sentimiento superficial, sino ante todo y fundamentalmente una experiencia. Puede compadecerse de nosotros porque ha sufrido como y más que nosotros. Experimentado en el sufrimiento puede compadecerse. En el antiguo Testamento Dios había manifestado su misericordia a Israel viniendo desde el cielo; descendía de Dios a la tierra. Ahora la misericordia también nace de la tierra, brota de la experiencia dolorosa del Hijo que comparte nuestra humanidad. Jesús añade a la misericordia divina la dimensión humana que necesitaba para ser la de un pontífice, la de un mediador. “Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”, nos dice el obispo en la ordenación, para que aprendamos a ser misericordiosos. 

5. En el Antiguo Testamento al sacerdote se le exigía la severidad y dureza contra los pecadores. Moisés ordena a los levitas ceñirse la espada y exterminar a los idólatras, adoradores del becerro de oro; así obtienen el don del sacerdocio, de consagrados a Yavé. El contraste con Cristo es total. Su sacerdocio no está en la línea de Aarón, sino en la profética. “Vayan y aprendan lo que significa: Yo quiero misericordia, no sacrificio” (Mt 9, 13), dice Jesús citando al profeta Oseas. Esta misericordia nunca es complicidad. Se hizo solidario con los pecadores, pero rechazó siempre el pecado. “En todo semejante a nosotros pecadores, menos en el pecado”, dirá nuestro autor; fue pontífice santo e inocente (Cf 7, 26; 9,2). Este es el drama interno de Jesús, rechazar al pecado y amar al pecador y que se manifestará con toda su violencia en su pasión: Es entregado en manos de los pecadores para librarlos de sus pecados. Fue probado y tentado como nosotros, pero resultó vencedor de la prueba por nosotros. 

6. Esta no contaminación con el pecado no disminuye su solidaridad con nosotros. Es distinto pero no distante; al contrario, plenamente solidario. La razón profunda es ésta: el pecado no genera solidaridad. Cuando Adán peca pasa la culpa a la mujer y ésta a la serpiente. Aarón se deslinda del pueblo pecador cuando él mismo les había construido el ídolo de oro. El pecado es lo más insolidario que existe, porque al romper la comunión con Dios necesariamente se destruye la solidaridad entre los hombres. Lo estamos viendo: es antisocial. Así, Jesús, por ser sacerdote inocente y limpio es solidario con nosotros en grado pleno, total. Es nuestro sacerdote misericordioso, solidario y fiel.  

7. Esta fidelidad con Dios y esta misericordia con nosotros no son sentimientos superficiales, sino que han superado la prueba de Dios: la obediencia. La obediencia siempre comienza con la humildad: Cristo no pretendió el sacerdocio, lo recibió del Padre como Aarón, y lo adquirió sometiendo lo más precioso que tenía, su voluntad a la de su Padre. Desde su entrada al mundo dijo: “Aquí estoy Padre para hacer tu voluntad”. Desde el desobediente Adán reinó el pecado en el mundo, y todos en Adán pecaron desobedeciendo a Dios. Cada uno seguía su propio camino, dice Isaías. Es necesario oír el texto: “Cristo, en los días de su carne, habiendo ofrecido preguntas y súplicas con fuertes gritos y lágrimas a Aquel que podía librarlo de la muerte, y habiendo sido escuchado por su piedad, aún siendo hijo aprendió de las cosas que sufrió la obediencia y así, hecho perfecto fue proclamado sumo sacerdote”. Está aquí expresado todo el drama de la pasión del Señor. En Getsemaní, primero Jesús pide que pase el cáliz de su pasión, pero termina suplicando que se haga la voluntad del Padre, no la suya. Hay una transformación en Jesús: su voluntad humana se pliega plenamente a la voluntad de Dios. Obedece con reverencia filial y es escuchado, no como él deseaba sino como el Padre lo dispuso. Su obediencia fue un verdadero sacrificio agradable a Dios. Así llegó a la perfección total. Por primera vez se hizo en la tierra la voluntad de Dios como se cumple en el cielo. El Padre lo escuchó al resucitarlo, lo hizo Señor y lo convirtió “en causa de salvación eterna para todos los que lo obedecen”. Su sacerdocio llega a su plenitud: “fue proclamado por Dios sumo Sacerdote”. 

8. Así llega a ser sacerdote Jesucristo. Este es el sacerdocio que ha comunicado a su Iglesia. Este es el sacerdocio que van a recibir ustedes, queridos diáconos, por la imposición de mis manos y la invocación del Espíritu santo. No hay otro sacerdocio distinto en la Iglesia, ni para otra finalidad los ordena su Obispo. El sacerdocio que reciben es para que sean otro Cristo, para que actúen in persona Christi, nuestro sumo Sacerdote fiel a Dios, misericordioso con los pecadores. Eso se expresará en la obediencia a la Iglesia, que nos pide hagamos lo que Cristo nos mandó.  

9. Celebrar la Eucaristía, acto supremo del sacerdocio, es “hacer esto en memoria mía”, es obedecer el mandato de Cristo de tomar su Cuerpo y su Sangre y ofrecerla por la salvación del mundo. Es ofrecer a Cristo pero, al mismo tiempo, ofrecernos juntamente con él por la misma intención. Nosotros somos miembros de su cuerpo, formamos con Cristo, nuestra Cabeza, el Cristo total. La Iglesia, en cuyo nombre actuamos, al mismo tiempo que ofrece la víctima santa, se ofrece junto con Cristo al Padre. Si Cristo es sacerdote y víctima a la vez, el sacerdote no puede separar lo que Dios unió: ejercer el sacerdocio de Cristo es ser victima junto con Cristo. Esto es lo que significa “partir el pan y beber el cáliz”. Ofrecer el Cuerpo de Cristo es ofrendar nuestra persona; derramar la  Sangre de Cristo es dar la vida “por muchos”, por la salvación de los hermanos. No se puede ser sacerdote sin ser también víctima. Los sacerdotes no ofrecemos el sacrificio para que el pueblo sea la ofrenda y la víctima. Somos, junto con el pueblo consagrado, sacerdotes y víctimas a la vez, cada uno en su orden ministerial o bautismal. No podemos ser sacerdotes de Jesús si no somos sacerdotes con Jesús, ni ofrecer el sacrificio de Jesús si no somos víctimas con él. En una palabra, celebrar la Eucaristía es transformar nuestra vida en una perenne Eucaristía. La Virgen Santísima, la mujer eucarística y Madre de nuestro gran Sacerdote, nos conceda esta gracia y perdurar en ella durante toda la vida. Amén.

Mario De Gasperín Gasperín

VIII Obispo de Querétaro

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