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HOMILÍA DEL SR. OBISPO

DON MARIO DE GASPERÍN GASPERÍN, OBISPO DE QUERÉTARO

EN LA MISA CELEBRADA DURANTE LA VISITA DE LAS RELIQUIAS DE SAN ANTONIO DE PADUA

Santiago de Querétaro, Qro., 29 de Diciembre de 2008


SAN ANTONIO DE PADUA 

Hermanas y Hermanos: 

1. El día de ayer, el corazón franciscano de esta Ciudad episcopal se alegró con la llegada y visita de las reliquias de San Antonio de Padua, a quien se le profesa aquí especial devoción. Nos alegramos con todos los devotos y, en especial, con la venerable Orden Franciscana por este acontecimiento que se enmarca en la celebración gozosa de los 800 años de la aprobación y presencia en la Iglesia del carisma franciscano. Por ello me permito felicitar a Fray Eulalio Gómez, Ministro provincial, y en su persona a todos los hijos de San Francisco y devotos de San Antonio por tan significativo acontecimiento. 

2. El en canto del “gloria”, que hace eco del que entonaron los ángeles en el portal de Belén, damos gracias a Dios “porque sólo Él  es santo”, y así es en verdad. “Santo” significa “lo otro”, lo distinto, lo que no es creatura, es decir, sólo Dios. Sólo Dios es santo. Esto lo aprendió a cantar el pueblo de Israel cuando en el templo de Jerusalén, como nos refiere el profeta Isaías, escuchó el canto de los serafines, que ahora cantamos en la Misa, repitiendo tres veces: “Santo, santo, santo es el Señor Dios del universo”. Es el Trisagio que con tanta devoción entonan nuestros Adoradores nocturnos del Santísimo Sacramento. Esa santidad se transforma en “gloria” que llena todo el universo. 

3. Esa santidad de Dios es algo suyo que, sin embargo, Él quiere en alguna manera compartirla con nosotros. Lo hace, en primer lugar y de manera maravillosa, haciéndose hombre, hermano nuestro en la persona de su Hijo, misterio hermoso que estamos celebrando en la Navidad: “Hemos visto su gloria, gloria que le corresponde como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Lleno de santidad. Cuando el sacerdote pone una gota de agua en el cáliz al preparar las ofrendas, dice: “Así como esta agua se mezcla con el vino, concédenos participar de la divinidad de Aquel que quiso compartir nuestra humanidad”. Compartir la divinidad del Hijo de Dios es participar de su santidad. Podemos hacerlo porque Él ya lo hizo, compartiendo nuestra humanidad. Esta es la condescendencia divina, que jamás podremos comprender y que sólo alcanzamos a admirar y agradecer imperfectamente con las débiles fuerzas de nuestro corazón. 

4. El Espíritu de Dios, a quien llamamos Espíritu Santo, es quien nos comunica esa santidad divina, quien nos asemeja a Dios. El Espíritu Santo es el agente distribuidor de esa vida divina en nosotros. Nos santifica, nos incorpora y asemeja a Dios, haciéndonos sus hijos en el Bautismo; nos sella con el sello divino del rostro de Cristo en la Confirmación; nos alimenta con el Pan santo bajado del cielo en la santa Eucaristía y así, con todos los Sacramentos, nos va transformando en Él, nos va divinizando, nos va santificando. Todo es obra y gracia de Dios,  del Espíritu santo y santificador.  

5. La Iglesia de Jesucristo, su Cuerpo místico, es depositaria de esa santidad, por medio de sus Sacramentos, por medio de la Palabra divina, por medio de las Oraciones, por medio del servicio de sus Ministros, por medio de muchísimos de sus Miembros que se dejan como impregnar de esa acción misteriosa del Espíritu Santo. La Iglesia es el ámbito donde opera el Espíritu Santo. Ella es, sobre todo, el Cuerpo místico, misterioso pero real, de Cristo, el “Santo de Dios” presente entre nosotros. “Los que tienen el Espíritu de Cristo, esos son de Cristo” (S. Pablo). Ésos son los Santos.  

6. La santidad de Dios se derrama en la Iglesia por medio de la acción del Espíritu Santo que hace presente a Jesucristo resucitado de muchas maneras, especialmente mediante los Sacramentos y su Palabra. Los miembros de la Iglesia que se dejan penetrar de este influjo divino y tratan de imitar a Jesucristo, se acercan a la santidad de Dios, del tres veces santo. Por eso decía San Pablo: “Tengan en ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”. El Santo es aquel que tiene en su corazón los mismos sentimientos que Cristo, que ama a Jesucristo y como Jesucristo; que piensa como Cristo, que imita a Jesucristo y que anuncia a Jesucristo. 

7. Dios manifiesta su gloria participando su vida y su santidad en sus siervos, a los que Él llama y corresponden a su amor. A cada uno pone en el lugar que Él quiere, según la abundancia de su gracia, para cumplir su misión. No hay cristiano sin misión, sin tarea que cumplir. Cada santo es un reflejo de la gloria y de la santidad de Dios, manifestada en Cristo Jesús mediante su Iglesia. Todos, absolutamente todos, en la Iglesia estamos llamados a la santidad. A Fernando, después Antonio, Dios lo llamó mediante los Canónigos Regulares de San Agustín y después mediante el carisma de San Francisco, el Pobrecillo de Asís. En el monasterio de Santa Cruz de Coimbra aprendió la teología, especialmente los textos de la Sagrada Escritura y las interpretaciones de los grandes Padres y Doctores de la Iglesia. Después, San Francisco supo encaminar esta teología y amor a la Sagrada Escritura enviándolo a predicar en París y en Padua, librando siempre con sabiduría y con humildad del glorioso combate de la fe. Supo maravillosamente combinar la experiencia de Dios con el amor, la piedad, la sencillez y la humildad. Hizo  verdaderamente operante la Palabra de Dios mediante el testimonio de su vida y las buenas obras, poniendo en práctica lo que afirmaba: “La Palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras”, pues la abundancia de palabras sin obras que las acompañen, es tomar en vano el Nombre de Dios. La ciencia divina y la caridad operante fueron dones con que adornó su predicación y su vida, y que Dios recompensó con gracias extraordinarias, entre ellas el don de hacer milagros. 

8. Estamos celebrando el año dedicado a San Pablo y acaba tener lugar en Roma el Sínodo de los Obispos, cuyo tema central trató de “La Palabra de Dios en la Vida y Misión de la Iglesia”. Nuestros obispos en Aparecida nos han invitado también a renovar nuestra vida eclesial, encontrándonos con Jesucristo vivo mediante el estudio, conocimiento, meditación de la Palabra de Dios en las sagradas Escrituras, a las que el Concilio definió como  “sustento y vigor de la Iglesia”, “fuente pura y limpia de vida espiritual”, donde debe beber y alimentarse todo ministro de la Palabra para no “volverse predicador vacío, que no la escucha por dentro”, y todo cristiano para llegar obtener “la sublime ciencia de Jesucristo” (Cf DV, c. 6). 

9. Mucho agradezco a los reverendos Padres Franciscanos el habernos acercado, mediante sus preciosas reliquias, a este heraldo del Evangelio, a San Antonio de Padua, fiel seguidor de Jesucristo e hijo predilecto de San Francisco para que, conociendo su vida e imitando su ejemplo, seamos fieles discípulos y misioneros de Jesucristo. Que así sea.

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

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