FÁBRICA DE MONSTRUOS
1. La tierra prometida era la bendición con que Dios
recompensaba al pueblo escogido la fidelidad a su alianza pactada en
el Sinaí; porque Israel debía ser quien llevara la salvación a todos
los pueblos de la tierra. La alianza, la voluntad salvadora de Dios,
se expresaba en los diez Mandamientos, que valen para todo el mundo.
Por eso Moisés dice al pueblo a la entrada en la tierra prometida:
“Escucha Israel, los mandamientos y preceptos que te enseño, para
que los pongas en práctica y puedas vivir y tomar posesión de la
tierra que el Señor, Dios de tus padres, te va a dar”. Los
mandamientos son el camino de Dios para conseguir la bendición. El
pueblo de Israel, al guardarlos, no sólo será feliz, sino que
aparecerá ante el mundo como pueblo sabio y prudente: “Cuando
tengan noticia de todos estos preceptos, los pueblos se dirán: En
verdad esta gran nación es un pueblo sabio y prudente”. La
sabiduría que conduce a la felicidad consiste en guardar los
mandamientos de Dios.
2. ¿Qué ha pasado en Israel, en tiempos de Jesús?
Viene de Jerusalén una embajada, compuesta de altas autoridades
religiosas, de escribas y fariseos, a observar la conducta de Jesús
y de sus discípulos: “Viendo que algunos de los discípulos comían
con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado…”,
interpelan acusando a Jesús: “¿Por qué tus discípulos… no siguen
la tradición de nuestros mayores”? No les interesa la voluntad
de Dios, sino la “tradición” de los mayores. No les preocupa la
Palabra de Dios, sino sus costumbres; no la voluntad divina, sino la
satisfacción humana…
3. La respuesta de Jesús es contundente: “Ustedes
dejan de lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las
tradiciones humanas” y, citando al profeta Isaías, añade: “Es
inútil el culto que me rinden…, me honran con los labios, pero su
corazón está lejos de mi”. Tradiciones humanas sin presencia
divina; alabanza con labios presentes y corazón ausente. Resultado:
culto inútil. Honran a Dios en vano.
4. Esto no es para juzgar y condenar a los demás,
sino para mirar nuestro propio corazón, para ver lo que está
“dentro” de nosotros, no lo que está “fuera”. Fuera están las ollas,
los vasos y las manos sucias; eso lo ven bien los “escribas y
fariseos”, esa raza que no se acaba. Siempre habrá quien mire,
critique y condene a los discípulos del Señor. Vean qué ojos
-lentes, cámaras- tiene ahora la prensa y la televisión. Pero lo
importante para Dios es lo que cada uno lleva “dentro”, en el
corazón.
4. El corazón, para los hebreos, es el interior del
hombre: alma, pensamientos, sensibilidad y sentimientos, todo el ser
humano a partir de su interior, lo que le da peso y valor ante Dios.
Allí es donde pone los ojos Jesús, no en las manos sucias ni en lo
platos sin lavar. Allí es donde nosotros debemos ver. ¿Cómo?
Mirándonos en el espejo de la Palabra de Dios, de sus Mandamientos,
del Evangelio de Jesucristo y del Catecismo de la Iglesia. Allí en
donde debemos mirar, “porque del corazón del hombre salen las
intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los
adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el
desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad.
Todas estas cosas salen de dentro (del corazón) y manchan al hombre”.
Allí, en nuestro corazón, está esa pequeña ‘fábrica de monstruos”
que crea infelicidad para nosotros y para la sociedad. Primero se
peca con el deseo, que luego se traduce en acción.
5. ¿Quién puede curar el corazón humano? Oigan al
apóstol Santiago: “Por su propia iniciativa, el Padre nos
engendró por medio del Evangelio, para que fuéramos, en cierto modo,
primicias de sus criaturas”. Por la fe en Jesucristo en el
bautismo nacimos para Dios y se rehizo nuestro corazón con el poder
del Espíritu Santo. Ahora somos “primicias”, recién hechos,
renacidos, criaturas nuevas, regenerados en Cristo… Lo que sucede es
que hemos envejecido, somos cristianos de “tradición”, de
costumbres, de ritos y no nos hemos dado cuenta de la “novedad” del
Evangelio.
6. Termino con una cita inquietante de los Obispos
del continente, avalados por el Papa: “No resistiría los embates
del tiempo una fe católica reducida a bagaje, a elenco de algunas
normas y prohibiciones, a prácticas de devoción fragmentadas, a
adhesiones selectivas y parciales de las verdades de la fe, a una
participación ocasional en algunos Sacramentos, a la repetición de
principios doctrinales, a moralismos blandos o crispados que no
convierten la vida de los bautizados. Nuestra mayor amenaza ‘es el
gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Iglesia en la cual
aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se
va desgastando y degenerando en mezquindad’ (Ratzinger, J, Situación
actual de la fe…L’Osserv. Rom., 1 Nov. 1996)). A todos nos toca
recomenzar desde Cristo” (Doc. De Aparecida, No. 12). Primero
tenemos que encontrarnos con Él, dejando atrás calderos, ollas y
manos sin lavar.
† Mario De Gasperín Gasperín
VIII Obispo de
Querétaro