ULTIMO DEL AÑO 2008
1. La oración de la misa de este
día último del año es del todo singular: “Dios todopoderoso y
eterno, que has querido que todo esfuerzo del hombre por ir a tu
encuentro tenga su origen y su plenitud en el nacimiento de tu Hijo;
concédenos contarnos siempre en el número de los que siguen a
Cristo, en quien está la salvación de todo el género humano”.
2. Sin duda que existe un
“esfuerzo humano por ir al encuentro de Dios”. Una búsqueda
incesante de Dios. Eso son todas las religiones del mundo, grandes o
pequeñas. La búsqueda de Dios es algo innato en el corazón del
hombre, de todos los hombres, de muchas y distintas maneras,
inclusive aberrantes, como lo fueron los sacrificios humanos. “Nos
hiciste para Ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que no
descanse en Ti”, es la expresión más acertada y famosa que se dicho
al respecto, y es de San Agustín, un gran buscador de Dios.
3. Esta búsqueda incesante y
fatigosa de Dios, dice la oración, tiene “su origen y plenitud” en
el nacimiento del Hijo de Dios, de Jesucristo. Esto nos es un poco
más difícil de comprender. Sin duda que una de las experiencias más
notables de esta búsqueda del Dios verdadero, ha sido la del pueblo
de Israel. De ella tenemos noticia en todo el Antiguo Testamento. Es
el testimonio dramático y glorioso a la vez de esta búsqueda de
Dios, del deseo de encontrarse con Él. Los profetas lo llamaron el
“Dios escondido”, porque tenían la convicción de que no se podía ver
a Dios, sin morir. Pero el deseo permanecía: “Ojalá rasgaras los
cielos y vinieras”, decía Isaías, y cantamos en Navidad. Se hablaba
del Mesías, del “Dios con nosotros”, del “esperado de las naciones”.
El pueblo de Israel guardó esta esperanza de encontrarse con Dios en
persona, y las otras religiones, especialmente las grandes y serias,
sin saberlo explícitamente, como el ciego con su bordón, se
encaminaban hacia Cristo. Por eso el diálogo interreligioso es algo
esencial al Cristianismo.
4. Todo, decimos nosotros, tiene
en Cristo su consistencia, su centro, su origen, su culmen, su razón
de ser y su plenitud. Son, decían los Padres de la Iglesia, “las
semillas del Verbo”, que se encuentran esparcidas en toda la
humanidad. Es tarea de nosotros los cristianos hacer ver cómo el
cristianismo no menosprecia ni atropella a ninguna religión o
cultura, sino que, al contrario, responde a un profundo deseo
inscrito en su corazón. Por eso, el anunciar el Evangelio no es
intromisión alguna en las culturas, sino oferta de crecimiento, de
perfeccionamiento y de plenitud: “Vino a los suyos, pero los suyos
no lo recibieron; pero a quienes lo recibieron les dio la potestad
de llegar a ser hijos de Dios”. En Jesús se abre para los hombres de
todo el mundo la dignidad de ser hijos de Dios, con la única
condición de que le abran su corazón.
5. Finalmente, la oración suplica
que “los que ya creemos en Cristo, nos contemos siempre entre sus
seguidores, puesto que en Él está la salvación del género humano”.
Esta es nuestra dicha, nuestra gloria y también nuestra
responsabilidad. Sin mérito propio hemos recibido la fe en Cristo.
Dios nos conceda permanecer siempre fieles en el seguimiento de
Cristo y así obtener la salvación, porque, dice San Juan, “hay
muchos anticristos, que salieron de nosotros, pero que en realidad
nunca fueron de los nuestros”. La gracia de la perseverancia se
pide, no se merece, sino que se obtiene sin mérito previo. Si se
mereciera no fuera gracia. Por eso tenemos la grave responsabilidad
de cuidar la fe, de conocer la fe, de ilustrar la fe, de cultivar la
fe, de practicar y vivir según la fe católica para que, como decía
San Pablo, no sea que al final de la carrera, “quedemos
descalificados”. El auténtico número de los cristianos no es el
padrón de los bautizados sino de los que mueren en gracia de Dios.
6. Que Jesús reciba nuestra acción
de gracias y nos conceda crecer en su conocimiento y en la práctica
de nuestra fe, para que nuestro inquieto corazón encuentre descanso
en Él. Mientras estamos en este mundo, somos viandantes, militantes.
La salvación la obtendremos cuando descansemos en Él. Entonces lo
conoceremos como Él es y nos gozaremos en Él. Que el año que viene
sea para nosotros un paso más hacia este encuentro dichoso con el
Señor.
†
Mario de Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro