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HOMILÍA DEL SR. ARZOBISPO D. CARLOS AGUIAR RETES

PRESIDENTE DE LA CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO EN LA

BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE

EN LA CONSAGRACIÓN DE MÉXICO AL ESPÍRITU SANTO

E INICIO DE LA LXXXVII  ASAMBLEA PLENARIA DE LA CEM

Ciudad de México, 20 de Abril de 2009


¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a nacer? 

Así expresa Nicodemo su sorpresa y su incomprensión ante la afirmación de Jesús: Yo te aseguro que quien no renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios.

Efectivamente cuesta enorme esfuerzo romper los paradigmas comprobados por la experiencia humana por siglos. La sabiduría popular afirma: “árbol que crece torcido jamás su rama endereza”. Lo cual es una gran verdad comprobable una y otra vez con muchos ejemplos. 

Pero Jesús desafía la histórica experiencia, y por ello, no solamente sorprende a Nicodemo, también a nosotros y a quienes quieran escucharlo. 

Jesús no vino simplemente a constatar lo que el hombre ha vivido, Cristo ha sido enviado por el Padre para traer vida y vida en abundancia, y ésta vida es la que proporciona el Espíritu. Este es el núcleo de la buena nueva que ha proclamado Jesús.

La presencia del mal en la historia de la humanidad ha sido siempre repetitiva y cíclica, envuelta de tragedia y drama, de lucha y ambición, una y otra vez se impone la ley del más fuerte y se pisotea con gran facilidad la dignidad de la persona humana. Como un esfuerzo de sobrevivencia se justifica defendernos de los injustos agresores, de mafias delictivas que han caído en la tentación de siempre, obtener dinero y poder para su pequeño grupo, dejando de lado a los demás prójimos que solamente utilizan según sus intereses. Así, se genera una espiral de violencia que parece no tener final, una guerra que está siempre presente en algún lugar del mundo, con ello el anhelo de justicia y paz pareciera un deseo imposible de lograr. 

La presencia del mal con diferente intensidad y de diversas maneras ha llevado, con relativa frecuencia, a la lectura e interpretación de la realidad que leíamos de niños en las historietas del Oeste donde unos son los buenos y otros los malos, unos los héroes y otros los malvados, o con palabras del evangelio, unos los justos y otros los pecadores. Pero el mal no distingue fronteras ni bandos, tienta, permea e invade el corazón humano con gran facilidad.

Jesús afirmó que venía para redimir a todos, y por ello, su misión la dirigió a los pecadores, y enseñó que es posible cambiar el hombre viejo, que es posible enderezar la rama torcida, que es posible obtener la justicia y la paz, pero para ello es necesario nacer de nuevo, porque lo nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. 

Jesús ha venido a cumplir la profecía de Ezequiel: Los rociaré con agua pura y quedarán purificados. Los purificaré de todas sus inmundicias e idolatrías. Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo. Arrancaré de ustedes el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y los haré vivir según mis preceptos y guardar y cumplir mis mandamientos (Ez 36,25–27). 

Jesús mismo enseñó: nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de su interior es lo que mancha al hombre (Mc 7,15). Por eso es tan importante renovar el corazón de cada ser humano, y esta tarea solamente la puede realizar el Espíritu Santo.

Lo que afirma Jesús referido a una persona es también aplicable a un grupo o a la sociedad; de hecho, Jesús funda una comunidad, la Iglesia para ser sacramento de salvación, porque Dios Padre quiere que todos los hombres se salven. Por ello es conveniente preguntarnos, ¿es posible cambiar una sociedad, un país, enderezar sus ramas torcidas, salir de la espiral de violencia y de la corrupción generalizada? Con Nicodemo, podemos preguntar a Jesús, ¿cómo puede renacer un país estando ya tan habituado a convivir con la corrupción? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su historia y volver a nacer? 

Al iniciar su ministerio Jesús anunció que el Reino de Dios ha llegado. Él lo afirma porque en su persona ha encarnado a Dios mismo. Además el Reino de Dios lo anuncia para que se establezca por medio de sus discípulos, estos discípulos necesitan entonces nacer de nuevo, nacer del Espíritu para que hagan realidad el anuncio de Cristo.

Así escuchamos en el Evangelio, la respuesta de Jesús al sorprendido Nicodemo: Yo te aseguro que nadie puede entrar al Reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu. 
Es por tanto indispensable nacer del Espíritu Santo, tanto cada persona en particular como los diferentes grupos humanos que articulan la Iglesia y la sociedad. Pero, ¿cómo se realiza el nacimiento del Espíritu? 

Jesús dice: el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con quien ha nacido del Espíritu. 

El nacimiento en el Espíritu no se limita a un acto puntual como la recepción del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Es un proceso que ahí inicia y debe ser acompañado eclesialmente, es la formación de la comunidad de los discípulos que debe aprender el arte del discernimiento para descubrir la voluntad de Dios Padre, a través de los acontecimientos, con la ayuda de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia. 

Cada discípulo y cada comunidad cristiana necesitan, para ser fieles a su vocación, nacer de nuevo, recibir el Espíritu Santo y serle fieles. Así podrán ser la levadura que transforme la masa, podrán dar testimonio de un estilo de vida que genera vida: reconciliando, perdonando, curando las heridas, fortaleciendo la esperanza, y mostrando al mundo que es posible vivir el amor y transformar las realidades más oscuras del mal a fuerza del bien.

La Iglesia tiene conciencia de su misión: anunciar y dar testimonio del Reino de Dios, y ha ido considerando, desde el Concilio Vaticano II a la fecha, recientemente en Aparecida, la conveniente renovación del funcionamiento de sus estructuras para llevar a cabo dicha misión respondiendo de la mejor manera a las necesidades que le plantea el mundo de hoy.

Esta semana que comienza, los Obispos, con la colaboración de los Vicarios Episcopales de Pastoral, nos proponemos: Discernir el camino de renovación pastoral de las parroquias, a la Luz de Aparecida y en el impulso de la Misión Continental en México, a fin de ofrecer directrices de acción para las Provincias y las Diócesis.

Tenemos una intención bien definida de renovar las parroquias y hacerlas lugar de encuentro con Jesucristo, casa y escuela de la comunión, instancia de formación y crecimiento espiritual de los cristianos, y plataforma de convocación y articulación para la vida y misión de la comunidad de discípulos. 

Este objetivo se suma al de nuestra anterior Asamblea, orientada a la misión de los fieles laicos, desde y en sus lugares de trabajo: Clarificar, revitalizar y fortalecer, a la luz del Documento de Aparecida y la Carta Pastoral 2000, la Misión Continental en México, estableciendo las líneas estratégicas a seguir, a fin de impulsar la misión propia de los laicos en la cultura, la economía, la política y los medios de comunicación. 

Los Obispos estamos convencidos que la Iglesia Católica en México debe intensificar su positiva presencia en la sociedad para reconstruir y fortalecer el tejido social, debe formar a los católicos y acompañarlos orgánicamente desde la Parroquia y la Diócesis, desde la Provincia Eclesiástica, y desde la Conferencia Episcopal para que los fieles católicos hagan presente el amor del Padre en el mundo actual, conducidos por el Espíritu Santo, a ejemplo de Jesucristo, el Señor. 

Porque somos conscientes que dicha labor es solamente posible por el don del Espíritu Santo: Hoy, los Obispos de México reunidos aquí en la casita del Tepeyac, a los pies de nuestra madre de Guadalupe, para iniciar una histórica Asamblea Plenaria, la octogésima séptima, por acuerdo unánime, vamos, al final de esta Eucaristía, a renovar la Consagración de México al Espíritu Santo. 

Queremos renovar lo que nuestros antecesores hicieron el 12 de Octubre de 1924 en la celebración del primer Congreso Eucarístico Nacional, preocupados por los graves síntomas de descomposición social, tanto ayer como hoy, queremos proclamar que en Jesucristo el bien ha vencido al mal, y que esta experiencia puede y debe repetirse en nuestra querida Patria; para ello, invocaremos a Jesucristo para que cumpla de nuevo la promesa que hizo a sus discípulos, cuando ya resucitado y, antes de volver a la derecha del Padre, prometió que pediría a su Padre, concediera el Espíritu Santo a la Iglesia naciente. 

Aquí consagraremos el país al Espíritu Santo, y luego cada Obispo en su Diócesis consagrará su propia Iglesia particular, el domingo 31 de mayo, en la Solemnidad de Pentecostés. Así lo hicieron los Obispos de México el 31 de mayo de 1925 fecha que también coincidió con Pentecostés. 

La primera lectura tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles da testimonio de cómo, la primitiva comunidad cristiana, vivía con intensidad su fe y cómo afrontaba la difícil situación. Recordemos lo que dice el final del texto sagrado: Al terminar la oración tembló el lugar donde estaban reunidos, los llenó a todos el Espíritu Santo, y comenzaron a anunciar la Palabra de Dios con valentía. 

Con grande confianza, también nosotros elevamos nuestra oración, con gran alegría entonamos cantos y celebramos esta Eucaristía, porque queremos decirle a Cristo, que somos sus fieles discípulos, que creemos en su Palabra, que seguimos sus enseñanzas, que esperamos nos regale de nuevo el Espíritu Santo para que, como los primeros cristianos, con fuerza y convicción de corazón anunciemos la Palabra de Dios con valentía y proclamemos la Buena Nueva de que el Reino de Dios, el Reino del Espíritu Santo, se extiende en nuestra Patria. Que la Virgen María nos acompañe como lo hizo en el Cenáculo con los Apóstoles: ¡Santa María de Guadalupe, Reina de México, Salva nuestra Patria y conserva nuestra fe! Amén. 

 

Carlos Aguiar Retes

Arzobispo de Tlalnepantla

Presidente de la CEM

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