¿Cómo puede nacer un hombre siendo ya viejo? ¿Acaso
puede, por segunda vez, entrar en el vientre de su madre y volver a
nacer?
Así expresa Nicodemo su sorpresa y su incomprensión
ante la afirmación de Jesús: Yo te aseguro que quien no renace de lo
alto no puede ver el Reino de Dios.
Efectivamente cuesta enorme esfuerzo romper los
paradigmas comprobados por la experiencia humana por siglos. La
sabiduría popular afirma: “árbol que crece torcido jamás su rama
endereza”. Lo cual es una gran verdad comprobable una y otra vez con
muchos ejemplos.
Pero Jesús desafía la histórica experiencia, y por
ello, no solamente sorprende a Nicodemo, también a nosotros y a
quienes quieran escucharlo.
Jesús no vino simplemente a constatar lo que el
hombre ha vivido, Cristo ha sido enviado por el Padre para traer
vida y vida en abundancia, y ésta vida es la que proporciona el
Espíritu. Este es el núcleo de la buena nueva que ha proclamado
Jesús.
La presencia del mal en la historia de la humanidad
ha sido siempre repetitiva y cíclica, envuelta de tragedia y drama,
de lucha y ambición, una y otra vez se impone la ley del más fuerte
y se pisotea con gran facilidad la dignidad de la persona humana.
Como un esfuerzo de sobrevivencia se justifica defendernos de los
injustos agresores, de mafias delictivas que han caído en la
tentación de siempre, obtener dinero y poder para su pequeño grupo,
dejando de lado a los demás prójimos que solamente utilizan según
sus intereses. Así, se genera una espiral de violencia que parece no
tener final, una guerra que está siempre presente en algún lugar del
mundo, con ello el anhelo de justicia y paz pareciera un deseo
imposible de lograr.
La presencia del mal con diferente intensidad y de
diversas maneras ha llevado, con relativa frecuencia, a la lectura e
interpretación de la realidad que leíamos de niños en las
historietas del Oeste donde unos son los buenos y otros los malos,
unos los héroes y otros los malvados, o con palabras del evangelio,
unos los justos y otros los pecadores. Pero el mal no distingue
fronteras ni bandos, tienta, permea e invade el corazón humano con
gran facilidad.
Jesús afirmó que venía para redimir a todos, y por
ello, su misión la dirigió a los pecadores, y enseñó que es posible
cambiar el hombre viejo, que es posible enderezar la rama torcida,
que es posible obtener la justicia y la paz, pero para ello es
necesario nacer de nuevo, porque lo nace de la carne es carne, lo
que nace del Espíritu es espíritu.
Jesús ha venido a cumplir la profecía de Ezequiel:
Los rociaré con agua pura y quedarán purificados. Los purificaré de
todas sus inmundicias e idolatrías. Les daré un corazón nuevo y les
infundiré un espíritu nuevo. Arrancaré de ustedes el corazón de
piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y
los haré vivir según mis preceptos y guardar y cumplir mis
mandamientos (Ez 36,25–27).
Jesús mismo enseñó: nada de lo que entra en el hombre
puede mancharlo. Lo que sale de su interior es lo que mancha al
hombre (Mc 7,15). Por eso es tan importante renovar el corazón de
cada ser humano, y esta tarea solamente la puede realizar el
Espíritu Santo.
Lo que afirma Jesús referido a una persona es también
aplicable a un grupo o a la sociedad; de hecho, Jesús funda una
comunidad, la Iglesia para ser sacramento de salvación, porque Dios
Padre quiere que todos los hombres se salven. Por ello es
conveniente preguntarnos, ¿es posible cambiar una sociedad, un país,
enderezar sus ramas torcidas, salir de la espiral de violencia y de
la corrupción generalizada? Con Nicodemo, podemos preguntar a Jesús,
¿cómo puede renacer un país estando ya tan habituado a convivir con
la corrupción? ¿Acaso puede, por segunda vez, entrar en el vientre
de su historia y volver a nacer?
Al iniciar su ministerio Jesús anunció que el Reino
de Dios ha llegado. Él lo afirma porque en su persona ha encarnado a
Dios mismo. Además el Reino de Dios lo anuncia para que se
establezca por medio de sus discípulos, estos discípulos necesitan
entonces nacer de nuevo, nacer del Espíritu para que hagan realidad
el anuncio de Cristo.
Así escuchamos en el Evangelio, la respuesta de Jesús
al sorprendido Nicodemo: Yo te aseguro que nadie puede entrar al
Reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu.
Es por tanto indispensable nacer del Espíritu Santo, tanto cada
persona en particular como los diferentes grupos humanos que
articulan la Iglesia y la sociedad. Pero, ¿cómo se realiza el
nacimiento del Espíritu?
Jesús dice: el viento sopla donde quiere y oyes su
ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así pasa con
quien ha nacido del Espíritu.
El nacimiento en el Espíritu no se limita a un acto
puntual como la recepción del Bautismo, la Confirmación y la
Eucaristía. Es un proceso que ahí inicia y debe ser acompañado
eclesialmente, es la formación de la comunidad de los discípulos que
debe aprender el arte del discernimiento para descubrir la voluntad
de Dios Padre, a través de los acontecimientos, con la ayuda de la
Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia.
Cada discípulo y cada comunidad cristiana necesitan,
para ser fieles a su vocación, nacer de nuevo, recibir el Espíritu
Santo y serle fieles. Así podrán ser la levadura que transforme la
masa, podrán dar testimonio de un estilo de vida que genera vida:
reconciliando, perdonando, curando las heridas, fortaleciendo la
esperanza, y mostrando al mundo que es posible vivir el amor y
transformar las realidades más oscuras del mal a fuerza del bien.
La Iglesia tiene conciencia de su misión: anunciar y
dar testimonio del Reino de Dios, y ha ido considerando, desde el
Concilio Vaticano II a la fecha, recientemente en Aparecida, la
conveniente renovación del funcionamiento de sus estructuras para
llevar a cabo dicha misión respondiendo de la mejor manera a las
necesidades que le plantea el mundo de hoy.
Esta semana que comienza, los Obispos, con la
colaboración de los Vicarios Episcopales de Pastoral, nos
proponemos: Discernir el camino de renovación pastoral de las
parroquias, a la Luz de Aparecida y en el impulso de la Misión
Continental en México, a fin de ofrecer directrices de acción para
las Provincias y las Diócesis.
Tenemos una intención bien definida de renovar las
parroquias y hacerlas lugar de encuentro con Jesucristo, casa y
escuela de la comunión, instancia de formación y crecimiento
espiritual de los cristianos, y plataforma de convocación y
articulación para la vida y misión de la comunidad de discípulos.
Este objetivo se suma al de nuestra anterior
Asamblea, orientada a la misión de los fieles laicos, desde y en sus
lugares de trabajo: Clarificar, revitalizar y fortalecer, a la luz
del Documento de Aparecida y la Carta Pastoral 2000, la Misión
Continental en México, estableciendo las líneas estratégicas a
seguir, a fin de impulsar la misión propia de los laicos en la
cultura, la economía, la política y los medios de comunicación.
Los Obispos estamos convencidos que la Iglesia
Católica en México debe intensificar su positiva presencia en la
sociedad para reconstruir y fortalecer el tejido social, debe formar
a los católicos y acompañarlos orgánicamente desde la Parroquia y la
Diócesis, desde la Provincia Eclesiástica, y desde la Conferencia
Episcopal para que los fieles católicos hagan presente el amor del
Padre en el mundo actual, conducidos por el Espíritu Santo, a
ejemplo de Jesucristo, el Señor.
Porque somos conscientes que dicha labor es solamente
posible por el don del Espíritu Santo: Hoy, los Obispos de México
reunidos aquí en la casita del Tepeyac, a los pies de nuestra madre
de Guadalupe, para iniciar una histórica Asamblea Plenaria, la
octogésima séptima, por acuerdo unánime, vamos, al final de esta
Eucaristía, a renovar la Consagración de México al Espíritu Santo.
Queremos renovar lo que nuestros antecesores hicieron
el 12 de Octubre de 1924 en la celebración del primer Congreso
Eucarístico Nacional, preocupados por los graves síntomas de
descomposición social, tanto ayer como hoy, queremos proclamar que
en Jesucristo el bien ha vencido al mal, y que esta experiencia
puede y debe repetirse en nuestra querida Patria; para ello,
invocaremos a Jesucristo para que cumpla de nuevo la promesa que
hizo a sus discípulos, cuando ya resucitado y, antes de volver a la
derecha del Padre, prometió que pediría a su Padre, concediera el
Espíritu Santo a la Iglesia naciente.
Aquí consagraremos el país al Espíritu Santo, y luego
cada Obispo en su Diócesis consagrará su propia Iglesia particular,
el domingo 31 de mayo, en la Solemnidad de Pentecostés. Así lo
hicieron los Obispos de México el 31 de mayo de 1925 fecha que
también coincidió con Pentecostés.
La primera lectura tomada del libro de los Hechos de
los Apóstoles da testimonio de cómo, la primitiva comunidad
cristiana, vivía con intensidad su fe y cómo afrontaba la difícil
situación. Recordemos lo que dice el final del texto sagrado: Al
terminar la oración tembló el lugar donde estaban reunidos, los
llenó a todos el Espíritu Santo, y comenzaron a anunciar la Palabra
de Dios con valentía.
Con grande confianza, también nosotros elevamos
nuestra oración, con gran alegría entonamos cantos y celebramos esta
Eucaristía, porque queremos decirle a Cristo, que somos sus fieles
discípulos, que creemos en su Palabra, que seguimos sus enseñanzas,
que esperamos nos regale de nuevo el Espíritu Santo para que, como
los primeros cristianos, con fuerza y convicción de corazón
anunciemos la Palabra de Dios con valentía y proclamemos la Buena
Nueva de que el Reino de Dios, el Reino del Espíritu Santo, se
extiende en nuestra Patria. Que la Virgen María nos acompañe como lo
hizo en el Cenáculo con los Apóstoles: ¡Santa María de Guadalupe,
Reina de México, Salva nuestra Patria y conserva nuestra fe! Amén.
†
Carlos Aguiar Retes
Arzobispo de
Tlalnepantla
Presidente de
la CEM