“A un
Obispo le puede faltar la mitra, el báculo o la catedral, pero lo que
no le puede faltar es el Seminario”. Esta conocida y certera
afirmación de San Rafael Guízar y Valencia, la pronunció, según nos
cuenta Mons. Ignacio Leonor Arroyo, en una de sus misiones, cuando el
obispo de la diócesis en que encontraba le contó que acababa de cerrar
su Seminario por razones económicas. El señor obispo, “a los tres
meses, volvió a abrir su Seminario”, comenta Monseñor Leonor Arroyo.
Este
consejo se lo aplicó él mismo a su llegada como nuevo Obispo de
Veracruz. En ese entonces, hacía varios años que no había Seminario,
porque Monseñor Joaquín Arcadio Pagaza lo había encomendado a unos
Religiosos, los Padres Eudistas, y éstos, ante las dificultades
reinantes por la persecución religiosa, habían cerrado sus puertas.
Monseñor Guízar, después de denodados esfuerzos, logró que le
devolvieran el edificio incautado por el Gobierno persecutorio, y lo
habilitó de inmediato con enormes esfuerzos. Logró reunir, entre
internos y externos, más de cuatrocientos alumnos.
La
institución creció y adquirió prestigio en Xalapa. El Padre Rector
llevó a los alumnos a felicitar al señor Gobernador de entonces, el
Coronel Adalberto Tejeda, con ocasión del día de su santo. Quedó muy
complacido el señor Gobernador y felicitó al Seminario y envió
saludos al señor Obispo. “Hipocresía de la más refinada”, comenta
Monseñor Lehonor Arroyo en su librito “Testigo Fiel”; pues, “cuando
terminó el curso escolar en noviembre de 1921 el Gobernador Tejeda
confiscó el edificio del Seminario”. Así comenzó el peregrinar
doloroso del Seminario de Veracruz, como también el de otros muchos
Seminarios de la Iglesia en México, durante los años aciagos de la
persecución, entre ellos el de nuestra Diócesis de Querétaro.
Monseñor Guízar y Valencia trasladó su Seminario a la ciudad de México
y lo mantuvo escondido de un lugar a otro, con grandes sacrificios;
buscó excelentes maestros y recios superiores de modo que, cuando
amainó la persecución, él tenía sacerdotes preparados para satisfacer
las urgentes necesidades espirituales de sus fieles. Él mismo tenía
que ir al mercado por los víveres y vivía escondido en un cuarto de
láminas y tablas. Hay fotos donde lo vemos, barreta en mano,
arreglando el inmueble. No podía usar mi su mitra, ni su báculo, ni su
catedral, pero tenía su Seminario, “la niña de sus ojos” como le
llamaba él.
En
nuestro Seminario Conciliar de Querétaro colocaremos a la vista de
todos una imagen de San Rafael Guízar y Valencia, para que interceda
por nuestro Seminario, para que los sacerdotes que allí se formen sean
santos y no se nos olvide la lección de que puede faltarnos todo,
menos el Seminario. Quien ama al Seminario ama al Sacerdocio y ama a
la Iglesia.
† Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro