Muy
pronto aparecerá la versión española del libro del papa Benedicto XVI
titulado «Jesús de Nazaret». Será un éxito de librería, como lo ha
sido en su original alemán y en los diversos idiomas a que ha sido
traducido. No es un libro fácil, se ha dicho, pero debe ser lectura
obligada para todo aquel que quiera acercarse con seriedad al misterio
de Jesús y conocer mejor su fe. Es un libro de primera necesidad para
todo católico instruido o para quien quiera superar su cultura de «Discovery
Channel».
La
premisa o advertencia preliminar nos señala la intención de la obra.
El Papa quiere acercarnos al verdadero y auténtico Jesús de Nazaret.
El común de fieles no se plantea el problema de la historicidad de
Jesús. Cree y acepta lo que la Iglesia ha creído y enseñado por
siglos, y ella es la garante de la fe de los iletrados. La Iglesia
responde por la fe de sus hijos pobres y sencillos. Ése es su deber,
ahora más apremiante en cuanto que, durante el último medio siglo, se
ha abierto una brecha cada vez más grande entre lo que llaman el Jesús
histórico y el Cristo de la fe, distinción que introdujo en los
ámbitos católicos la exégesis histórico-crítica protestante. Una cosa
sería Jesús, el hijo de María, y otra, muy diversa, Cristo, el Señor
glorioso predicado por la Iglesia. Éste sería creación de la comunidad
creyente, mientras que aquél, el histórico, prácticamente habría
desaparecido.
El
abismo entre ambos llegó a crecer tanto que ya no hay coincidencia
posible. Pero al exegeta protestante esto poco le importa, pues en su
teología lo que salva es la fe, sin carne ni historia. Es la teoría de
la «sola fides», la sola fe, llevada hasta el extremo. Con razón el
Papa se pregunta: «¿Qué valor puede tener la fe en Jesucristo, en
Jesús el Hijo de Dios viviente, si el hombre Jesús era totalmente
distinto de como lo presentan los evangelistas y de como, a partir de
los Evangelios, lo anuncia la Iglesia?». El Papa se echa a cuestas la
tarea de recorrer los pasos más importantes de la vida de Jesús y, con
un análisis riguroso de los Evangelios y de la Escritura, va mostrando
no sólo lo absurdo de la tesis arriba descrita, sino la grandeza y la
belleza de la persona y obra de Jesús, verdadero Dios y verdadero
hombre. La pregunta que no ha podido responder ningún racionalista es:
¿Cómo un maestro de moral, un «rabbí» entre tantos, un líder social
pueblerino o un revolucionario exaltado pudo ser objeto de una condena
de muerte de consecuencias tan graves para la humanidad y para la
historia, si éste no hubiera sido algo más que un hombre, el Hijo de
Dios? Jesús es una pregunta abierta que exige una respuesta.
Invito
a los católicos (y también a los que no lo son), especialmente a los
despistados a causa de tanta basura publicitaria, a que aborden con
valentía intelectual esta obra de Joseph Ratzinger para que descubran
la penetración de su pensamiento, la seriedad de la investigación, la
solidez de la fe, la belleza de Jesucristo y el compromiso que implica
ser su discípulo. Sugiero que comiencen con una mirada al índice
bibliográfico y puedan apreciar posteriormente, durante la lectura, la
maestría con que el Papa navega por ese mar borrascoso de la exégesis
bíblica moderna. Nos señala que esta obra «no es un acto de su
magisterio» como Pontífice, sino «una búsqueda personal del rostro del
Señor», que se ha manifestado en Jesucristo. Agradecemos al Papa
compartirnos tan rica experiencia.
La
Biblia no es sólo un libro, sino una verdadera biblioteca; escritos
que arrancan de tradiciones de unos dos mil años antes de Cristo y que
Israel fue incorporando a su fe y guardando en su memoria; los del
Nuevo Testamento distan otros dos mil años de nosotros.
La
Biblia es todo un universo cultural y religioso por donde desfilan los
más variados autores y géneros literarios. La exégesis es el arte (la
ciencia, habría que decir) de interpretar correctamente los textos
sagrados. Hay que tener en cuenta los diversos tiempos y
circunstancias en que se escribieron y los llamados «géneros
literarios» o las diversas formas culturales de expresar una verdad,
una enseñanza, un sentimiento. Todos comunican algo: un contenido, su
mensaje, su verdad, pero cada uno lo hace a su modo; de distinta
manera expresa su «verdad» un texto legislativo, una parábola o un
poema.
Los
Evangelios son la cumbre de la revelación de Dios en Jesucristo y
constituyen un género literario propio. No son propiamente «vidas» de
Jesús, escritas por los cuatro evangelistas, aunque contengan datos
preciosos de la vida de Cristo. Son un género literario único y
original. Son su «evangelio»: lo que Jesús hizo, enseñó y mandó hacer
para la salvación de todos los hombres; no son para satisfacer la
curiosidad de los devotos o de los sectarios (eso lo trataron de hacer
los apócrifos) ni guiones para la televisión.
La
formación de los Evangelios fue un proceso lento y complicado, que los
estudiosos analizan con métodos histórico-críticos rigurosos. Ningún
escrito de la antigüedad se ha sometido a análisis tan severos como
los Evangelios. Se le suele llamar a Mateo, Marcos, Lucas y Juan el
«Evangelio cuadriforme» o «tetramorfo», porque, habiendo sido escrito
por autores diversos, usando fuentes distintas, en situaciones
particulares y para comunidades distintas unas de otras, sin embargo
coinciden en lo esencial: en la presentación de Jesús como el Hijo de
Dios, como el Redentor del mundo. Los cuatro son un solo Evangelio
«convergente y divergente», y esto es lo que sorprende y garantiza su
historicidad. Coinciden en lo esencial y difieren en las aplicaciones
concretas de la misma doctrina. Si concordaran en todo, serían copias
unos de otros; si se contradijeran, se descalificarían mutuamente. La
coincidencia y la divergencia garantizan su veracidad histórica.
Los
Evangelios son la fuente privilegiada para conocer la persona, el
mensaje, la obra, el misterio de Jesucristo, nuestro Salvador.
Transmiten la experiencia de los apóstoles, que estuvieron con Él
desde el bautismo de Juan hasta su ascensión a los Cielos; narran «lo
que vieron y oyeron, lo que sus manos palparon del Verbo de la vida»,
como dice san Juan. Reflejan esta experiencia histórica, contemplada
con ojos creyentes. Contienen la fe de los apóstoles y de los primeros
discípulos, lo mismo que la fe de la Iglesia; por eso, sólo pueden
comprenderse si se leen con el espíritu con que fueron escritos, con
la luz del Espíritu Santo dentro de la fe de la Iglesia. Los católicos
no creemos en mitos ni en leyendas, sino en una Persona real y
concreta, en Jesús el Hijo de Dios hecho hombre, nuestro Salvador.
Ésta es la fe de la Iglesia desde sus inicios y la tesis fundamental
de la obra del papa Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret, que nos
comunica con sabiduría y amor.
La
obra sobre Jesús de Nazaret del Papa Benedicto XVI constará, nos dice,
de dos partes; la primera abarca desde el bautismo de Jesús hasta su
transfiguración en el monte, momento crucial en la revelación del
misterio que encierra su persona. La segunda, aún no publicada, se
referirá a su pasión, muerte y resurrección así como al significado de
los relatos de la infancia. La obra completa, sin llegar propiamente a
ser un relato de la «vida» de Jesús, es más bien un tratado de
cristología bíblica, un acercamiento al verdadero rostro de Cristo
para facilitaros el encuentro personal con él.
Jesús
es el único hombre cuyo nacimiento fue anunciado; ningún «fundador» de
las grandes religiones lo ha sido. El Papa arranca su reflexión con la
profecía del Deuteronomio, que anuncia el cumplimiento de la esperanza
mesiánica con la llegada de «un nuevo Moisés». El gran libertador y
guía del pueblo de Israel, el confidente esclarecido de Dios anheló
«ver su rostro», sin haber podido satisfacer su deseo. Jesús, en
cambio, es ese nuevo Moisés que ha visto a Dios, conoce al Padre y se
mantiene siempre en intimidad con Él. La elección de los apóstoles y
de Pedro, el llamado de los discípulos y la oración del los
cristianos, brotaron de ese diálogo amoroso de Jesús con su Padre. En
el calvario, cuando Jesús pone su espíritu en las manos de su Padre,
éste acepta su sacrificio, lo resucita y lo constituye Señor y
salvador. La Iglesia brota de esta experiencia filial de Jesús y la
prolonga en el mundo.
Para
realizar tan sublime misión, Jesús tuvo que mostrar su continuidad y a
la vez su superioridad respecto a Moisés. Lo hace de manera singular
en el sermón de la montaña. Es interesante el diálogo que establece el
Papa con el gran estudioso judío, Jacob Neusner, en su obra «Un Rabino
habla con Jesús». El Papa muestra su aprecio por el judaísmo,
invitándonos a mirar con respeto la gran obediencia histórica de
Israel a la Torah, como expresión de la voluntad de Dios; pero al
mismo tiempo demuestra como Jesús, observando la Ley, Él mismo la
supera. Jesús es la nueva Torah, el nuevo Moisés. Sin abolir la Ley,
Jesús la trasciende en su persona. Esta pretensión inaudita es sólo
comprensible si Jesús la aprendió de Dios, si es el Hijo de Dios.
Jesús
también se distancia de todo poder humano, desde el inicio de su
misión. Es el sentido profundo del relato de las llamadas
«tentaciones» o pruebas de Jesús. Se deslinda de manera contundente
del poder político: Cuando una religión se arrima al poder, termina
sirviéndolo. Los poderosos de este mundo, como Satán, reclaman
sumisión y adoración; tientan sin cesar a Dios, se atreven a ponerse
en su lugar y «creen transformar las piedras en pan, pero lo que hacen
en dar piedras en lugar de pan» (Pg 56). Sólo el poder que se pone
bajo la protección del cielo, es decir, de Dios puede ser benéfico
para el hombre. Sólo éste es confiable. «Si hoy tuviéramos que elegir
entre Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios e Hijo de María, y Barrabás
(que según una tradición también se llamaba Jesús y significa «hijo
del padre»), ¿tendría Jesús alguna posibilidad?» (Pg. 64). El libro
nos invita cordialmente a no repetir el error.
† Mario De Gasperín Gasperín
Obispo de Querétaro