“Ni aunque resucite
un muerto, se convertirán”, es la respuesta de Abraham a la súplica
que el rico epulón le hace desde el fondo del infierno, preocupado de
que sus hermanos no vayan a parar al mismo lugar de castigo.
Difícilmente se puede hablar con más crudeza, no de la riqueza y de
sus peligros (eso lo hace Jesús en otra parte), sino de la dureza de
corazón del hombre rico, que abunda en toda clase de bienes, que
banquetea a diario y viste a la última moda, sin echar una mirada
siquiera al pobre que yace a su puerta. El pecado que le mereció la
condenación eterna, al menos aquí en esta parábola, no fue la posesión
de los bienes, sino su disfrute egoísta, la dureza de su corazón. Lo
condenó no su riqueza sino su “insensibilidad social”.
“Entre nosotros y
ustedes”, le explica Abraham al condenado suplicante, “ha quedado
abierto un inmenso vacío”, que nadie lo puede cruzar. Ya se agotó el
tiempo de la comunión, del merecimiento, de la solidaridad. Este
abismo intransitable comenzó a originarse entre el quicio de la
entrada a la casa del rico y la sala de sus banquetes. Pocos metros en
el piso, pero infinita la distancia en el corazón. Ni siquiera las
migajas de su mesa le llegaban al mendigo para saciar su hambre. Sólo
un perro callejero le lamía las llagas; éste es el único consuelo que
recibía. La solidaridad instintiva del animal refleja, con violento
contraste, lo irracional de la insensibilidad del rico. Si no lo
dijera Jesús, sería difícil de creer; pero él conoce las profundidades
del corazón y la oscuridad que lo envuelve.
El pobre de la
parábola tiene nombre. Se llama Lázaro. Sí; el pobre tiene un nombre,
un rostro, una identidad propia ante Dios. Cuenta como persona ante
él. En otro lugar Jesús nos va a decir: “a mi me lo hicieron”, ese soy
yo. Además, Lázaro significa “Dios ayuda”. Dios es quien cuida del
pobre, su protector. El rico, en cambio, sólo se identifica por su
adjetivo, “epulón”, comilón, devorador. La parábola no nos da pie para
señalar a uno en particular, sino para mirar nuestro propio corazón y
la relación con los demás. Sobre todos pesa la advertencia de Jesús:
“A quien más se le dio, más se le pedirá”, una rendición de cuenta con
justicia estrictamente proporcional.
El remedio (el único)
que propone Jesús “para no ir a parar a ese lugar de tormento”, es
escuchar la Palabra de Dios: “Tienen las enseñanzas de Moisés y de los
Profetas”. Los milagros no bastan, si no abrimos el corazón a la
escucha humilde de la Palabra de Dios. La fe que salva es la que se
origina en el Evangelio de Jesucristo. “Ni aunque un muerto resucite,
se convertirán”, advierte Jesús. Todos buscan milagros; pero pocos
aman la voluntad del Señor. Sin embargo, para nosotros, el milagro ya
se dio: Jesús resucitó y está entre nosotros. Si tuviéramos fe en Él
y en su palabra salvadora, ya hubiéramos curado las llagas de tantos
hermanos nuestros que yacen a nuestra puerta esperando salvación.