Después de dos mil años de cristianismo y al ver la situación actual
de la humanidad, algunos críticos se preguntan: ¿Para qué sirve Jesús
si, a lo largo de los siglos, siguen las guerras, las injusticias y
las violaciones a los derechos humanos por todas partes del planeta?
¿Para qué, pues, ha servido la encarnación del Hijo de Dios y la
fundación de la Iglesia? Piensan también que sería mejor dejar que el
hombre desahogue a su gusto sus sentimientos y que cada uno se las
arregle con sus dioses o fuerzas preternaturales como le venga a bien,
sin mayores complicaciones. Si analizamos las cosas más de cerca,
vemos que esta es la “política” de los gobiernos actuales que, en
nombre de la tolerancia y del pluralismo y sin discernimiento alguno,
favorecen el supermercado de las creencias y las supersticiones por
más absurdas y humillantes que sean.
La respuesta a la pregunta inicial es sencilla: Jesús sirve para
darnos a conocer al único Dios verdadero y para revelarnos al hombre
auténtico, al verdadero ser humano. Sin Jesucristo no conocemos ni
quién es Dios ni quiénes somos los humanos. La ignorancia de la
verdadera naturaleza de Dios nos lleva a la adoración de los ídolos, a
las supersticiones y a todas las esclavitudes. El que no conoce a Dios
dondequiera se anda hincando, reza con acierto el dicho popular. El
Dios verdadero, el Dios de Jesucristo, es el Dios del amor, de la
libertad, del perdón y de la paz; el Dios de la justicia y también de
la misericordia; la fuente y origen de la vida y de la felicidad. Este
Dios “amigo de los hombres”, nos revela también quién es el hombre,
cuál es su inmensa dignidad: ser su imagen y estar llamado a ser hijo
suyo; ser hermano de muchos hermanos y destinado a formar una familia
universal, donde nadie carezca de lo indispensable para una vida digna
y feliz. Para eso sirve Jesucristo y su presencia entre nosotros por
medio de la Iglesia.
Como esta propuesta de Jesús se encuentra con un hombre dañado por el
pecado, la resistencia es enorme. En su mente, el hombre está sumido
en la ignorancia respecto a las cosas de Dios, reacio a aceptar la
verdad e inclinado a la superstición; en su voluntad, ha quedado
debilitado e inclinado por sus pasiones no a lo bueno sino a lo fácil,
no a la felicidad sino al placer, a mirar el bien pero a practicar el
mal. En tales condiciones, la propuesta de Jesús se encuentra siempre
con la resistencia humana y cada uno prefiere su propio camino, no el
de la cruz. Se cree salvador de si mismo y de los demás. Pero el
hombre sin Dios, se vuelve un dios pequeñito, ridículo: dictador,
explotador, destructor de sus semejantes.
La pregunta correcta no es para qué sirve Jesús, sino qué hemos hecho
de Jesús y de su evangelio. Cuando recemos con sinceridad el
Padrenuestro y cuando vivamos según el espíritu de las
Bienaventuranzas y del Sermón de la Montaña, entonces experimentaremos
lo maravilloso que es Jesús y su mensaje de salvación.