En nombre de la santa Iglesia, a la que
presido y sirvo en nombre de Jesucristo su fundador y Señor, agradezco
a todos los fieles católicos que han cooperado con su aportación
económica para su sostenimiento y desempeño de su misión. Esta
colaboración se llama Diezmo, porque en la santa Biblia estaba mandado
dar la décima parte de las cosechas, cuando el régimen era totalmente
agrario. Así lo prefieren dar todavía los campesinos o agricultores;
los demás: empleados, profesionistas o empresarios, lo hacen
entregando un día de salario al año. Entregar el diezmo es realizar
una acción sagrada, porque es un acto de reconocimiento de que todo lo
que recibimos y tenemos viene de Dios. No es limosna ni un acto de
altruismo, sino ofrenda. Dar el diezmo es hacer un acto de fe en Dios,
de amor a la Iglesia y de confianza en sus ministros.
Nuestros padres y abuelos sentían no
sólo el deber de sostener a la iglesia con sus “diezmos y limosnas”
como decía el catecismo, sino que se sentían orgullosos de hacerlo.
Era para ellos un sagrado deber y una satisfacción muy grande.
Escogían los mejores frutos de su cosecha. Así, en verdad, debe ser.
Entregar a la santa Iglesia una parte de nuestros bienes, aunque sea
pequeña, es señal que reconocemos la soberanía de Dios en nuestra
vida. Él es, no nosotros, la fuente y el origen de todo bien.
Como responsable de esta diócesis,
quiero agradecer a quienes han entregado su diezmo a la santa Iglesia,
su generosidad, que es respuesta a la de Dios, siempre mayor. Los
creyentes sabemos bien que, en las cosas de la fe, la recompensa
supera al don. Dios les recompense su fe, multiplique sus bienes y
acreciente su amor a la santa Iglesia, continuadora de la misión
salvadora de Jesucristo. Somos así cooperadores de Dios en la verdad y
en el bien. Es un honor. Muchas gracias.
Santiago
de Querétaro, Qro., Enero 2007