¡TODOS
A MISA!
FAMILIA
Y EUCARISTÍA
1.
Hemos acogido con fe y esperanza el llamado de nuestros Obispos
latinoamericanos en Aparecida, quienes nos invitan a asumir la
dinámica catequética de la iniciación cristiana (N. 291) para
renovar nuestra vida comunitaria y despertar el carácter misionero,
pues son muchos los creyentes que no participan en el Eucaristía
dominical, ni reciben con regularidad los Sacramentos, ni se
insertan activamente en la comunidad eclesial (N. 286); por eso,
es necesario recomenzar desde Cristo en el seno de las
familias, como nos indica el Papa Benedicto XVI: En la acción
pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al
itinerario de la iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y
acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no
solo de la persona que los recibe sino también de toda la familia,
la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad
eclesial, con la participación de sus diversos miembros (Sacram.
Caritatis, 19). El centro y culmen de todo este manantial de vida
que es la iniciación cristiana, está en la Eucaristía. Por eso,
hablaré de la relación de la Familia con la santa Eucaristía,
especialmente en la Misa dominical.
2.
Las campanas. Al sonido de las campanas nos congregamos los
católicos para la oración y para la Misa dominical. Somos llamados
por Dios para reunirnos en su nombre. Convocación y reunión son dos
aspectos de una misma acción. Dios tiene la iniciativa: nos llama, y
nosotros respondemos congregándonos, formando una eklesía,
una comunidad, una familia. Estas reuniones para la celebración
dominical vienen de muy atrás; se iniciaron con las reuniones que
Jesús tenía con sus discípulos; luego, de la reunión de los
Apóstoles con el Resucitado; después, de la reunión de los primeros
discípulos para escuchar las enseñanzas de los Apóstoles,
para la fracción del Pan y la oración (Hech 2, 42), es
decir, para celebrar la Eucaristía; y finalmente, de la reunión
semanal de los discípulos para el memorial de la Cena del Señor, que
se ha prolongado a través de los siglos en la Misa dominical. Esta
es nuestra carta de presentación ante el mundo de hoy: Los
católicos somos la gran familia de los hijos de Dios, que se reúne
en torno a la Mesa del Cuerpo y la Sangre de Cristo para proclamar
su muerte, anunciar su resurrección y esperar su retorno glorioso.
Esta es una realidad maravillosa: Cada una de nuestras familias, la
pequeña iglesia doméstica, ahora se hermana con otras familias para
formar la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia católica.
Somos un gran misterio de comunión.
3.
El atrio. La familia, convocada por la voz de Dios, atraviesa
el atrio del templo y pasa, de su casa mundana, al umbral de la casa
de Dios; cruza la puerta y se encuentra con un lugar sagrado, el
templo. El atrio es el lugar de tránsito, donde recibimos una
advertencia respetuosa de que estamos ya pisando terreno sagrado; de
que estamos ya cercanos a la zarza ardiente, delante de la
cual debemos descalzarnos los pies, dejar nuestros malos pasos para
no pisotear los atrios de Dios (cf Is 1,12). El atrio es el
espacio sagrado intermedio entre el ruido del mundo y la paz
interior, que nos ayuda espiritualmente para el encuentro con Dios.
Vamos, no a cualquier parte, sino al encuentro con el Señor: Ya
están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén. Los
umbrales son de Jerusalén, la ciudad de Dios, y sólo caminando con
rectitud podemos acercarnos a ella sin profanarla.
4.
La Puerta. Yo soy la Puerta de las ovejas. El que entra
por mí, tendrá pastos y estará seguro bajo el cayado del Buen
Pastor. La Puerta es Cristo. Es su corazón abierto el que nos invita
a entrar y a encontrar descanso en Él. Es también la Puerta del
cielo, porque anuncia y prepara la entrada a la Jerusalén celestial.
Quien entra por esta Puerta del templo parroquial, prepara ya su
ingreso a la Jerusalén del cielo. Éstas son las puertas de la
justicia, los vencedores entrarán por ellas. Por aquí entran los
que vencerán los poderes de la muerte y se preparan para entonar el
canto de victoria. La gran sorpresa que recibe el que cruza esta
puerta la expresa el sacerdote con su saludo: El Señor esté con
ustedes. Es el Señor Jesucristo quien le sale al encuentro, le
da la bienvenida y lo recibe en su corazón abierto. Este es el gran
misterio que encierra la asamblea cristiana, la Iglesia: El
encuentro con Jesús resucitado, vivo y palpitante, presente en medio
de quienes se reúnen en su nombre. Por eso el señor Obispo saluda en
la Misa como Jesús resucitado: La paz esté con ustedes.
Participar en la Misa dominical es disfrutar de la presencia de
Cristo glorioso en medio de los suyos.
5.
Yo pecador. Yo confieso que he pecado mucho
sólo lo decimos los católicos, al principio de la Misa; nadie, en
ninguna reunión, comienza su asamblea pidiendo perdón de sus
pecados. Esta es para nosotros una gracia singular de Dios; nos
reconocemos pecadores, sí, pero de inmediato nos sentimos perdonados
y reconciliados por la oración de los hermanos, mediante la
intercesión de la Virgen y de los Santos y gracias a la misericordia
de Dios manifestada en Cristo Jesús. ¡Qué maravillosa lección de
humildad y de consuelo nos da nuestra madre la Iglesia en la santa
Eucaristía, para que todos aprendamos a perdonarnos en nuestro
hogar! La Misa del domingo es una escuela de reconciliación y de
paz.
6.
La Palabra de Dios. ¿Qué sería de nosotros, en particular de
los padres de familia, si no tuvieran la guía segura de la Palabra
de Dios para conducirse en la vida y orientar a los hijos? Los
cristianos no andamos, como los Aztecas, peregrinando en pos de un
oráculo divino para encontrar descanso, sino que tenemos la palabra
luminosa de Dios para hacernos sabios, adquirir un corazón sensato y
dar culto al verdadero Dios. ¿Cómo conocerá el hombre lo que es
grato a tus ojos, Señor?, se preguntaba el salmista, y
respondía: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi
sendero. San Pablo nos ayuda con su consejo: No se comporten
como necios, entre borracheras y lujurias, sino como sabios;
llénense del Espíritu (Santo) y reciten en sus reuniones salmos,
himnos y cánticos inspirados. Canten y toquen para el Señor de todo
corazón, y den continuamente gracias a Dios Padre (Ef. 5, 2.
18ss). Dios quiera que todos los padres de familia católicos
dejen hijos sabios que honren su memoria y la de su santa madre la
Iglesia. La escucha de la Palabra de Dios en la Misa se completa con
la homilía del sacerdote, con la catequesis y la lectura de la
Biblia en el hogar.
7.
Las ofrendas y la Ofrenda. Tenemos
que distinguir muy bien entre las ofrendas que presentamos ante el
altar, y la Ofrenda que hacemos a Dios por medio del sacerdote.
Nosotros presentamos las ofrendas de pan y vino, fruto de la
tierra, de la vid, y del trabajo del hombre, y el sacerdote las
recibe, las pone sobre el altar, las toma en sus manos y pronuncia
las palabras de Cristo: Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre,
y se convierten para nosotros en comida y bebida de salvación. De
manera sencilla y maravillosa, la humilde ofrenda que presentamos se
convierte en la Ofrenda agradable al Padre: el Cuerpo y la Sangre de
su Hijo. El trabajo hecho con sudor, nuestras buenas obras y
esfuerzo cotidiano, son asumidos por Cristo y transformados, por la
fuerza del Espíritu Santo, en Ofrenda agradable a Dios. Así, toda
nuestra vida queda santificada.
8.
El Padrenuestro. El Padre del cielo jamás podrá rechazar a su
Hijo Jesucristo, quien, por ser hermano nuestro, nos acerca al
Padre; por eso todo, absolutamente todo, lo pedimos al Padre por
Jesucristo nuestro Señor. En la santa Misa queda santificado
nuestro trabajo semanal y nosotros somos santificados en virtud de
la Sangre de Cristo. Al ofrecernos con Cristo, nos convertimos en
ofrenda agradable a Dios, y así le consagramos el mundo al
Padre y devolvemos la creación entera a su Creador. Volvemos
nosotros también a la condición de hijos y, por eso, nos
atrevemos, con osadía divina, a recitar el Padrenuestro. Aquí
nace una nueva fraternidad, la gran familia de los hijos de Dios, la
santa Iglesia. Esta es la experiencia de paternidad que deben vivir
los esposos para que aprendan a ser padres y madres según el modelo
del cielo, y puedan comunicar a sus hijos esta experiencia
celestial. Sin haber experimentado y vivido la paternidad divina es
imposible ser padres cristianos, pues de la paternidad del cielo se
nombra la de la tierra. La Misa del domingo es la verdadera y
auténtica escuela para padres.
9.
El Pan sobre la Mesa. Es muy
hermoso ver llegar a su casa a un padre de familia con el pan ganado
con del sudor de su frente en sus manos, entregarlo a su esposa,
colocarlo ambos sobre la mesa, repartirlo y disfrutarlo con sus
hijos en el calor de su hogar dando gracias a Dios. La familia
completa comparte la vida y la alegría de vivir bajo la mirada de
Dios. Eso es la santa Misa en el momento de la comunión. El Pan del
dolor, el cáliz del sufrimiento, el fruto de los trabajos y lágrimas
de la pasión de Cristo, se convierten en su Cuerpo inmolado y en su
Sangre derramada para darnos vida en abundancia, la vida de Dios.
Comemos en la Eucaristía el Pan de los hijos y bebemos el vino que
nos alegra el corazón, para cantar por siempre las alabanzas del
Señor en la mesa de su Reino. El pan que comemos en nuestra mesa
casera es prolongación del Pan santo de la Eucaristía que bendecimos
y comemos en la Mesa común del altar el domingo. Por eso decían los
mártires de Túnez: “Sin la Eucaristía no podemos vivir”, y
prefirieron el martirio.
10.
Vayamos en paz, la Misa (no) ha terminado. Es verdad, la Misa
ha terminado como celebración comunitaria y sacramental, pero
continúa como vida en acción. El católico, congregado en el nombre
del Señor, purificado de sus pecados e iluminado por al Palabra
divina; aceptado como ofrenda agradable al Padre con Cristo y
reconocido en su dignidad altísima de hijo de Dios; hermanado con
los otros cristianos y alimentado con el Cuerpo y la Sangre de
Cristo; hecho ahora objeto de toda esta bendición divina, se va
renovado y fortalecido en medio del mundo a ser luz del mundo y
sal de la tierra. Nada hay de mayor provecho y utilidad social,
que la participación activa y consciente en la Misa dominical. Esta
es la herencia más preciosa que los padres católicos pueden dejar a
sus hijos: La asistencia gozosa a la Misa dominical.
†
Mario de Gasperín
Gasperín
Obispo de Querétaro