Nuestro Sr. Obispo


Escudo


Cartas Pastorales


Mensajes


Homilías


Circulares


Meditaciones


Entrevistas


Reseña del X Sínodo General Ordinario de los Obispos


Viacrucis Bíblico


 

 

MENSAJE DEL SR. OBISPO DR. D. MARIO DE GASPERÍN

EN EL VIII ENCUENTRO DIOCESANO DE PASTORAL FAMILIAR

Santiago de Querétaro, Qro., 15 de Marzo de 2010


¡TODOS A MISA!  FAMILIA Y EUCARISTÍA

 

1. Hemos acogido con fe y esperanza el llamado de nuestros Obispos latinoamericanos en Aparecida, quienes nos invitan a asumir la dinámica catequética de la iniciación cristiana (N. 291) para renovar nuestra vida comunitaria y despertar el carácter misionero, pues son muchos los creyentes que no participan en el Eucaristía dominical, ni reciben con regularidad los Sacramentos, ni se insertan activamente en la comunidad eclesial (N. 286); por eso, es necesario recomenzar desde Cristo en el seno de las familias, como nos indica el Papa Benedicto XVI: En la acción pastoral se tiene que asociar siempre la familia cristiana al itinerario de la iniciación. Recibir el Bautismo, la Confirmación y acercarse por primera vez a la Eucaristía, son momentos decisivos no solo de la persona que los recibe sino también de toda la familia, la cual ha de ser ayudada en su tarea educativa por la comunidad eclesial, con la participación de sus diversos miembros (Sacram. Caritatis, 19). El centro y culmen de todo este manantial de vida que es la iniciación cristiana, está en la Eucaristía. Por eso, hablaré de la relación de la Familia con la santa Eucaristía, especialmente en la Misa dominical. 

2. Las campanas. Al sonido de las campanas nos congregamos los católicos para la oración y para la Misa dominical. Somos llamados por Dios para reunirnos en su nombre. Convocación y reunión son dos aspectos de una misma acción. Dios tiene la iniciativa: nos llama, y nosotros respondemos congregándonos, formando una eklesía, una comunidad, una familia. Estas reuniones para la celebración dominical vienen de muy atrás; se iniciaron con las reuniones que Jesús tenía con sus discípulos; luego, de la reunión de los Apóstoles con el Resucitado; después, de la reunión de los primeros discípulos para escuchar las enseñanzas de los Apóstoles, para la fracción del Pan y la oración (Hech 2, 42), es decir, para celebrar la Eucaristía; y finalmente, de la reunión semanal de los discípulos para el memorial de la Cena del Señor, que se ha prolongado a través de los siglos en la Misa dominical. Esta es nuestra carta de presentación ante el mundo de hoy: Los católicos somos la gran familia de los hijos de Dios, que se reúne en torno a la Mesa del Cuerpo y la Sangre de Cristo para proclamar su muerte, anunciar su resurrección y esperar su retorno glorioso. Esta es una realidad maravillosa: Cada una de nuestras familias, la pequeña iglesia doméstica, ahora se hermana con otras familias para formar la gran familia de los hijos de Dios, la Iglesia católica. Somos un gran misterio de comunión. 

3. El atrio. La familia, convocada por la voz de Dios, atraviesa el atrio del templo y pasa, de su casa mundana, al umbral de la casa de Dios; cruza la puerta y se encuentra con un lugar sagrado, el templo. El atrio es el lugar de tránsito, donde recibimos una advertencia respetuosa de que estamos ya pisando terreno sagrado; de que estamos ya cercanos a la zarza ardiente,  delante de la cual debemos descalzarnos los pies, dejar nuestros malos pasos para no pisotear los atrios de Dios (cf Is 1,12). El atrio es el espacio sagrado intermedio entre el ruido del mundo y la paz interior, que nos ayuda espiritualmente para el encuentro con Dios. Vamos, no a cualquier parte, sino al encuentro con el Señor: Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales Jerusalén. Los umbrales son de Jerusalén, la ciudad de Dios, y sólo caminando con rectitud podemos acercarnos a ella sin profanarla. 

4. La Puerta. Yo soy la Puerta de las ovejas. El que entra por mí, tendrá pastos y estará seguro bajo el cayado del Buen Pastor. La Puerta es Cristo. Es su corazón abierto el que nos invita a entrar y a encontrar descanso en Él. Es también la Puerta del cielo, porque anuncia y prepara la entrada a la Jerusalén celestial. Quien entra por esta Puerta del templo parroquial, prepara ya su ingreso a la Jerusalén del cielo. Éstas son las puertas de la justicia, los vencedores entrarán por ellas. Por aquí entran los que vencerán los poderes de la muerte y se preparan para entonar el canto de victoria. La gran sorpresa que recibe el que cruza esta puerta la expresa el sacerdote con su saludo: El Señor esté con ustedes. Es el Señor Jesucristo quien le sale al encuentro, le da la bienvenida y lo recibe en su corazón abierto. Este es el gran misterio que encierra la asamblea cristiana, la Iglesia: El encuentro con Jesús resucitado, vivo y palpitante, presente en medio de quienes se reúnen en su nombre. Por eso el señor Obispo saluda en la Misa como Jesús resucitado: La paz esté con ustedes. Participar en la Misa dominical es disfrutar de la presencia de Cristo glorioso en medio de los suyos.  

5. Yo pecador. Yo confieso que he pecado mucho sólo lo decimos los católicos, al principio de la Misa; nadie, en ninguna reunión, comienza su asamblea pidiendo perdón de sus pecados. Esta es para nosotros una gracia singular de Dios; nos reconocemos pecadores, sí, pero de inmediato nos sentimos perdonados y reconciliados por la oración de los hermanos, mediante la intercesión de la Virgen y de los Santos y gracias a la misericordia de Dios manifestada en Cristo Jesús. ¡Qué maravillosa lección de humildad y de consuelo nos da nuestra madre la Iglesia en la santa Eucaristía, para que todos aprendamos a perdonarnos en nuestro hogar! La Misa del domingo es una escuela de reconciliación y de paz.

6. La Palabra de Dios. ¿Qué sería de nosotros, en particular de los padres de familia, si no tuvieran la guía segura de la Palabra de Dios para conducirse en la vida y orientar a los hijos? Los cristianos no andamos, como los Aztecas, peregrinando en pos de un oráculo divino para encontrar descanso, sino que tenemos la palabra luminosa de Dios para hacernos sabios, adquirir un corazón sensato y dar culto al verdadero Dios. ¿Cómo conocerá el hombre lo que es grato a tus ojos, Señor?, se preguntaba el salmista, y respondía: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. San Pablo nos ayuda con su consejo: No se comporten como necios, entre borracheras y lujurias, sino como sabios; llénense del Espíritu (Santo) y reciten en sus reuniones salmos, himnos y cánticos inspirados. Canten y toquen para el Señor de todo corazón, y den continuamente gracias a Dios Padre (Ef. 5, 2. 18ss). Dios quiera que todos los padres de familia católicos dejen hijos sabios que honren su memoria y la de su santa madre la Iglesia. La escucha de la Palabra de Dios en la Misa se completa con la homilía del sacerdote, con la catequesis y la lectura de la Biblia en el hogar.

7. Las ofrendas y la Ofrenda. Tenemos que distinguir muy bien entre las ofrendas que presentamos ante el altar, y la Ofrenda que hacemos a Dios por medio del sacerdote. Nosotros presentamos las ofrendas de pan y vino, fruto de la tierra, de la vid, y del trabajo del hombre, y el sacerdote las recibe, las pone sobre el altar, las toma en sus manos y pronuncia las palabras de Cristo: Esto es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre, y se convierten para nosotros en comida y bebida de salvación. De manera sencilla y maravillosa, la humilde ofrenda que presentamos se convierte en la Ofrenda agradable al Padre: el Cuerpo y la Sangre de su Hijo. El trabajo hecho con sudor, nuestras buenas obras y esfuerzo cotidiano, son asumidos por Cristo y transformados, por la fuerza del Espíritu Santo, en Ofrenda agradable a Dios. Así, toda nuestra vida queda santificada.  

8. El Padrenuestro. El Padre del cielo jamás podrá rechazar a su Hijo Jesucristo, quien, por ser hermano nuestro, nos acerca al Padre; por eso todo, absolutamente todo, lo pedimos al Padre por Jesucristo nuestro Señor. En la santa Misa queda santificado nuestro trabajo semanal y nosotros somos santificados en virtud de la Sangre de Cristo. Al ofrecernos con Cristo, nos convertimos en ofrenda agradable a Dios, y así le consagramos el mundo al Padre y devolvemos la creación entera a su Creador. Volvemos nosotros también a la condición de hijos y, por eso, nos atrevemos, con osadía divina, a recitar el Padrenuestro. Aquí nace una nueva fraternidad, la gran familia de los hijos de Dios, la santa Iglesia. Esta es la experiencia de paternidad que deben vivir los esposos para que aprendan a ser padres y madres según el modelo del cielo, y puedan comunicar a sus hijos esta experiencia celestial. Sin haber experimentado y vivido la paternidad divina es imposible ser padres cristianos, pues de la paternidad del cielo se nombra la de la tierra. La Misa del domingo es la verdadera y auténtica escuela para padres. 

9. El Pan sobre la Mesa. Es muy hermoso ver llegar a su casa a un padre de familia con el pan ganado con del sudor de su frente en sus manos, entregarlo a su esposa, colocarlo ambos sobre la mesa, repartirlo y disfrutarlo con sus hijos en el calor de su hogar dando gracias a Dios. La familia completa comparte la vida y la alegría de vivir bajo la mirada de Dios. Eso es la santa Misa en el momento de la comunión. El Pan del dolor, el cáliz del sufrimiento, el fruto de los trabajos y lágrimas de la pasión de Cristo, se convierten en su Cuerpo inmolado y en su Sangre derramada para darnos vida en abundancia, la vida de Dios. Comemos en la Eucaristía el Pan de los hijos y bebemos el vino que nos alegra el corazón, para cantar por siempre las alabanzas del Señor en la mesa de su Reino. El pan que comemos en nuestra mesa casera es prolongación del Pan santo de la Eucaristía que bendecimos y comemos en la Mesa común del altar el domingo. Por eso decían los mártires de Túnez: “Sin la Eucaristía no podemos vivir”, y prefirieron el martirio. 

10. Vayamos en paz, la Misa (no) ha terminado. Es verdad, la Misa ha terminado como celebración comunitaria y sacramental, pero continúa como vida en acción. El católico, congregado en el nombre del Señor, purificado de sus pecados e iluminado por al Palabra divina; aceptado como ofrenda agradable al Padre con Cristo y reconocido en su dignidad altísima de hijo de Dios; hermanado con los otros cristianos y alimentado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo; hecho ahora objeto de toda esta bendición divina, se va renovado y fortalecido en medio del mundo a ser luz del mundo y sal de la tierra. Nada hay de mayor provecho y utilidad social, que la participación activa y consciente en la Misa dominical. Esta es la herencia más preciosa que los padres católicos pueden dejar a sus hijos: La asistencia gozosa a la Misa dominical. 

 

Mario de Gasperín Gasperín

Obispo de Querétaro

 

Este portal diocesano es un servicio diseñado y desarrollado por la RIIAL Querétaro                                                                                            Webmaster