Programa para el Año de la Liturgia y la Piedad Popular

 

La Fiesta de Dios

Décima Carta Pastoral

 

Oración para el Año de la Liturgia y la Piedad Popular

 

Reflexiones para los Domingos de Adviento

 

Reflexiones para el Miércoles de Ceniza y los Domingos de Cuaresma

 

 

 

 

 

 REFLEXIONES DE CUARESMA


 Pbro. José Luis Salinas

 

 IV DOMINGO DE CUARESMA

1. PARA COMPRENDER LA LECTURA DE PALABRA DE DIOS 

Primera lectura (Jos 5,9.10-12) 

9 Entonces el SEÑOR dijo a Josué: Hoy he quitado de vosotros el oprobio de Egipto. Por eso aquel lugar se ha llamado Gilgal hasta hoy.10 Estando los hijos de Israel acampados en Gilgal, celebraron la Pascua en la noche del día catorce del mes en los llanos de Jericó.11 Y el día después de la Pascua, ese mismo día, comieron del producto de la tierra, panes sin levadura y cereal tostado.12 Y el maná cesó el día después que habían comido del producto de la tierra, y los hijos de Israel no tuvieron más maná, sino que comieron del producto de la tierra de Canaán durante aquel año. 

Esta lectura tomada del libro de Josué, narra la entrada del pueblo de Israel a la tierra prometida (5,1). Dos acontecimientos importantes marcan esta llegada: la circuncisión de todos los hombres (5,2) y la celebración de la pascua (5,10). La tierra de Canaán a la que entra el pueblo israelita es un don del Señor, cumple así, lo que había prometido a los patriarcas. Con la llegada a la tierra prometida el pueblo alcanza la total libertad, ya no está más en tierra extranjera, lugar de la esclavitud (Egipto) y de sufrimiento (desierto), ahora posee su propia tierra que le dará el sustento para una nueva vida (5,11-12). El Señor ha quitado el oprobio de Egipto (5,9), era la vergüenza de verse esclavizados en tierra extranjera. El pueblo que llega a poseer la tierra prometida es un pueblo nuevo, la gente que había murmurado contra Dios en el camino del desierto ha muerto, por eso, es necesario que la nueva generación pacte también  una nueva alianza sellada por la circuncisión, signo externo de pertenencia exclusiva a Dios. Una vez circuncidados todos los hombres puede celebrarse la pascua (5,10), pues la ley dice que sólo pueden participar en ella los miembros de la alianza, de la que la circuncisión es signo y testimonio (Ex 12,44). La celebración de la pascua es conmemoración de la liberación de la esclavitud, con toda razón debía celebrarse ahora que ya han pasado a la tierra de libertad, al comienzo de una vida nueva en tierra sagrada, propiedad del Señor, donde ha puesto su morada junto a su pueblo. El escritor de esta lectura señala que con la celebración de la pascua en la tierra santa acaba una época de la historia de la salvación y comienza otra. Hasta entonces se habían alimentado del maná, ahora pueden cosechar el alimento de los frutos de la tierra (5,11-12). La situación de vida cambia, pero Dios es el mismo y sigue fiel a sus promesas protegiendo a su pueblo y procurándole lo mejor. 

Evangelio (Lc 15,1-3.11-32)  

1 Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle; 2 y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Éste recibe a los pecadores y come con ellos. 3 Entonces Él les refirió esta parábola, diciendo: 11 Y Jesús dijo: Cierto hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos le dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió sus bienes.13 No muchos días después, el hijo menor, juntándolo todo, partió a un país lejano, y allí malgastó su hacienda viviendo perdidamente.14 Cuando lo había gastado todo, vino una gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad.15 Entonces fue y se acercó a uno de los ciudadanos de aquel país, y él lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. 16 Y deseaba llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada.17 Entonces, volviendo en sí, dijo: "¡Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre!18 "Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: 'Padre, he pecado contra el cielo y ante ti;19 ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores.'" 20 Y levantándose, fue a su padre. Y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió, se echó sobre su cuello y lo besó. 21 Y el hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo." 22 Pero el padre dijo a sus siervos: "Pronto; traed la mejor ropa y vestidlo, y poned un anillo en su mano y sandalias en los pies; 23 y traed el becerro engordado, matadlo, y comamos y regocijémonos; 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron a regocijarse. 25 Y su hijo mayor estaba en el campo, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danzas. 26 Y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era todo aquello. 27 Y él le dijo: "Tu hermano ha venido, y tu padre ha matado el becerro engordado porque lo ha recibido sano y salvo." 28 Entonces él se enojó y no quería entrar. Salió su padre y le rogaba que entrara. 29 Pero respondiendo él, le dijo al padre: "Mira, por tantos años te he servido y nunca he desobedecido ninguna orden tuya, y sin embargo, nunca me has dado un cabrito para regocijarme con mis amigos; 30 pero cuando vino este hijo tuyo, que ha consumido tus bienes con rameras, mataste para él el becerro engordado." 31 Y él le dijo: "Hijo mío, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo. 32 "Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque éste, tu hermano, estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado."

En el capítulo 15 de san Lucas, Jesús nos invita a la fiesta del Padre, a su banquete de perdón y de misericordia. En este capítulo se encuentran las llamadas “parábolas de la misericordia”: la oveja perdida (15,1-7), la moneda perdida (15,8-10) y la parábola del hijo pródigo (15,11-32) que es la lectura de este cuarto domingo de cuaresma. Inicia el relato señalando que los fariseos y los escribas murmuraban contra Jesús porque permitía que se acercaran a Él los publicanos y pecadores a quienes invitaba a la conversión. Los escribas y fariseos se tenían como justos y rechazaban a la gente que consideraban pecadora (15,1-3). Dios quiere restablecer la unidad en un mundo que ha sido dividido entre justos y pecadores. En el relato de la parábola el hijo menor pide a su padre la parte de la herencia (15,12), la ley judía preveía que el hijo más joven recibiera un tercio de la fortuna de su padre (Dt 21,15-17). Aunque la división de los bienes podía hacerse en vida, los hijos tomaban su parte sólo hasta que el padre había muerto (Eclo 33,20-24), indirectamente este hijo desea la muerte de su padre, o por lo menos ya no quiere tener ninguna relación con él, que es como matarlo en vida. La actitud del padre es brindarle la libertad que el hijo deseaba, accede a entregar los bienes que le corresponden. El hijo se marcha a un país lejano donde despilfarró todo lo que había recibido (15,13), como no le había costado esfuerzo en ganarlo, no lo supo aprovechar, lo valoró sólo cuando ya no lo tenía. Fue tanta su miseria y su necesidad, que tuvo que trabajar y hasta deseaba alimentarse con el alimento de los cerdos que cuidaba (15,14-16). El cerdo es uno de los animales impuros para los judíos, de tal manera que cuidar cerdos era un trabajo vergonzoso. Cuando se encontraba en esta situación recapacitó y decidió volver (el sentido del verbo en hebreo es arrepentimiento y conversión) a la casa de su padre para pedirle trabajo (15, 17-19). El padre cuando lo ve venir se adelanta, y sin saber nada del cambio de actitud se su hijo, lleno de emoción, lo abraza y lo perdona (15, 20-24). Esta parábola destaca la bondad del padre que olvida todo lo que hizo su hijo. Este padre es la imagen de Dios que tiene para nosotros un amor tan grande que precede a nuestra conversión. La consecuencia de esta iniciativa del padre se simboliza en el anillo, que es signo de autoridad (Gn 41,42), y en las sandalias, que es el calzado del hombre libre, motivo para celebrar una fiesta. Cuando llega el hijo mayor se niega a participar en la fiesta (15,25-32). Esta última parte está dirigida más concretamente a los escribas y fariseos, ellos como el hijo mayor pretendían haber cumplido todas las exigencias de la ley (Lc 18,19). Se invita a los fariseos a que aprendan a acercarse a los pecadores y necesitados, como Jesús lo hacía y de esta manera participen de la bondad y de la alegría del Padre por la conversión de aquellos que estaban lejos del cumplimiento de la alianza de Israel.

Segunda lectura (2Cor 5,17-21)  

17 De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas.18 Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; 19 a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. 20 Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! 21 Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él. 

San Pablo dice que quien vive según Cristo es una nueva criatura, lo viejo queda atrás, en Cristo todo es nuevo (5,17). Esta afirmación está motivada por las circunstancias difíciles que vive en su relación interpersonal con los fieles de la comunidad de Corinto. Han llegado a Corinto unos  misioneros itinerantes procedentes de las comunidades cristianas de Palestina. Estos misioneros presumen de estar conectados con el grupo de los Doce Apóstoles llamados por Jesús y menosprecian la autoridad de San Pablo, lo tachan de visionario y exaltado. Además le consideran inferior a los Doce al no haber convivido con Jesús durante su existencia terrena, para ellos es un apóstol de segunda categoría. San Pablo responde que lo importante no son las relaciones cercanas con el Jesús terreno, sino la unión con el Señor resucitado (5,16). Pablo ha dejado su vida anterior atrás, sus pecados quedaron en el pasado, cuando conoció a Cristo llegó a ser una criatura nueva, ha vivido una transformación personal en su interior. Esta transformación es obra del mismo Dios, quién ha reconciliado a la humanidad consigo gracias al sacrificio de Cristo que perdonó los pecados (5,18.19). Ahora San Pablo que ha experimentado esa reconciliación con Dios, se siente llamado a ser ministro de la reconciliación (5 20). Pablo vive la angustia del distanciamiento con sus queridos hijos de Corinto y siente la necesidad de la reconciliación. Esta reconciliación entre los corintios y Pablo sólo será posible si antes se reconcilian los corintios con Dios. De allí el ardiente llamado del apóstol a dejarse reconciliar con Dios. El hombre puede llegar a ser nueva criatura gracias a la misericordia de Dios Padre que envió a su Hijo Jesucristo que se hizo solidario con la humanidad pecadora, a pesar de su absoluta inocencia, acepta ser considerado y tratado como reo de pecado sin ofrecer ninguna resistencia (5,21).

2. PARA AYUDARNOS A MEDITAR LA PALABRA ESCUCHADA 

Seguimos caminando en el tiempo litúrgico de la cuaresma, tiempo de arrepentimiento y conversión. Avanzamos motivados por la celebración de la fiesta más importante de los católicos cristianos, la pascua de nuestro Señor Jesucristo, que está ya próxima. La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos invita a dirigir nuestra mirada y nuestra vida a Dios Padre misericordioso, que nos espera con los brazos abiertos, en un abrazo de perdón y de reconciliación. En la Primera lectura que escuchamos del libro de Josué, vemos cómo Dios cumple fielmente sus promesas pactadas con el pueblo de Israel. El amor que Dios tiene para su pueblo ha quedado de manifiesto cuando compadecido, lo sacó de la tierra de esclavitud y lo llevó a una tierra buena que les dará el sustento para la vida. Aunque el pueblo murmuró contra Dios en el desierto, nunca fue abandonado por Dios, ni apartó de él las promesas hechas a los patriarcas. Al tomar posesión de la tierra prometida, Dios les pide que renueven la alianza, que se comprometan a seguir siendo el pueblo de su propiedad, que renuncien a la murmuración y a la idolatría. El pueblo acepta la renovación de la alianza con la circuncisión y la celebración de la Pascua que es reconocimiento de la obra de liberación realizada por el único Dios. El pueblo de Israel experimenta las bondades de vivir unido a su Dios: libertad y una tierra propia, con lo que puede vivir seguro. En el evangelio de hoy, Jesús nos narra una parábola en la que revela el verdadero rostro de Dios. El Dios en el que creemos es un Dios misericordioso que se compadece del hombre extraviado, que espera amorosamente el regreso de aquellos que se han apartado de su lado segados por los bienes caducos. Dios no quiere que le amemos por obligación, por eso nos da la libertad para saber elegir lo mejor. Sin embargo, por nuestras limitaciones humanas, muchas veces elegimos mal, fascinados por las cosas de este mundo creemos estar disfrutando la vida, pero en realidad, estamos muriendo poco a poco. Así es el pecado, nos aparta de Dios con engaños mentiras, hasta que acaba con el don precioso de la vida. La cuaresma es tiempo de conversión, de volver a la casa del Padre misericordioso que nos espera para devolvernos la dignidad de hijos, para vivir la salvación ganada a precio de sangre por el sacrificio de Jesucristo. Apartemos de nuestra vida las actitudes del hermano mayor de la parábola, que son las mismas de los escribas y fariseos, seguros de sí mismos creían haber alcanzado la salvación y despreciaban a los demás. Ellos se habían convertido en jueces de sus hermanos tomado una actitud contraria a la que muestra Jesucristo. Por medio de San Pablo Jesús nos invita a la reconciliación con Dios y con los hermanos. Dejemos atrás nuestros pecados, vivamos como hombres nuevos unidos a Jesucristo, celebremos la alianza nueva y eterna que es la eucaristía que nos congrega como pueblo unidos en una misma fe y en un mismo amor. Tomemos posesión de la tierra prometida que es vivir la salvación y la libertad de los hijos de Dios en la casa del Padre.  

3. COMPROMISO 

  • Hacer una buena confesión para reconciliarme con Dios

  • Buscar la unidad y la reconciliación especialmente dentro de mi familia

  • Ayudar con mi consejo al hermano que vive esclavizado en algún vicio

  • Dialogar en la pequeña comunidad o grupo parroquial para aclarar malos entendidos y vivir la reconciliación y la unidad

  • Celebrar la eucaristía con un verdadero sentido de renovar nuestro amor y entrega a Jesucristo nuestro salvador

  • Trabajar por quitar de mi vida malas actitudes o vicios que me apartan de la gracia de Dios y de la amistad del hermano

4. ORACIÓN FINAL: Leer juntos el Salmo 33 

Bendeciré al SEÑOR en todo tiempo; continuamente estará su alabanza en mi boca.

En el SEÑOR se gloriará mi alma; lo oirán los humildes y se regocijarán.

Engrandeced al SEÑOR conmigo, y exaltemos a una su nombre.

Busqué al SEÑOR, y Él me respondió, y me libró de todos mis temores.

Los que a Él miraron, fueron iluminados; sus rostros jamás serán avergonzados.

Este pobre clamó, y el SEÑOR le oyó, y lo salvó de todas sus angustias.

El ángel del SEÑOR acampa alrededor de los que le temen, y los rescata.

Probad y ved que el SEÑOR es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en Él se refugia!

Temed al SEÑOR, vosotros sus santos, pues nada les falta a aquellos que le temen.

Los leoncillos pasan necesidad y tienen hambre, mas los que buscan al SEÑOR no carecerán de bien alguno.

Venid, hijos, escuchadme; os enseñaré el temor del SEÑOR.

¿Quién es el hombre que desea vida y quiere muchos días para ver el bien?

Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.

Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y síguela. Los ojos del SEÑOR están sobre los justos, y sus oídos atentos a su clamor.

El rostro del SEÑOR está contra los que hacen mal, para cortar de la tierra su memoria.

Claman los justos, y el SEÑOR los oye, y los libra de todas sus angustias.

Cercano está el SEÑOR a los quebrantados de corazón, y salva a los abatidos de espíritu.

Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas lo libra el SEÑOR.

Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos es quebrantado.

La maldad dará muerte al impío, y los que aborrecen al justo serán condenados.

El SEÑOR redime el alma de sus siervos; y no será condenado ninguno de los que en Él se refugian.

 

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