PRIMERA LECTURA (Isaías 43, 16-21)
Esto dice el
Señor, que abrió un camino en el mar y un sendero en las aguas
impetuosas, el que hizo salir a la batalla a un formidable ejército de
carros y caballos, que cayeron y no se levantaron, y se apagaron como
una mecha que extingue: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo
antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan?
Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la
tierra árida. Me darán gloria las bestias salvajes, los chacales y los
avestruces, porque haré correr agua en el desierto, y ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo escogido. Entonces el pueblo que me he
formado proclamará mis alabanzas”.
COMENTARIO
El
pueblo de Israel está oprimido y desterrado. Ha sido hecho esclavo de
sus propios enemigos. Para esta segunda esclavitud, el Señor ha
preparado un segundo “éxodo”. Aquella salida de Egipto ya realizada es
la garantía del retorno de Babilonia que ahora anuncia el Señor por
boca de su profeta. Si entonces se manifestó el poder de Dios abriendo
un camino entre las aguas del mar Rojo hacia la libertad del desierto y
la fecundidad de una tierra prometida, ahora se propone hacer volver a
su pueblo abriendo la marcha triunfal por el desierto y haciendo brotar
a su paso ríos de agua viva en el yermo. Será una segunda salvación,
nueva e imprevista, sorprendente, para que Israel proclame las
maravillas de Dios. El Señor salvará a su pueblo de la esclavitud y de
la muerte hacia la libertad y la vida. El primero y el segundo “éxodo”
de Israel es el símbolo de todas nuestras liberaciones. Nuestro Dios es
el Dios vivo que abre siempre un camino hacia el futuro, es “el Dios
delante de nosotros”.
SEGUNDA LECTURA (Filipenses
3, 7-14)
Hermanos: Todo lo
que era valioso para mí, lo consideré sin valor a causa de Cristo. Más
aún, pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo,
que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor he
renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a
Cristo y de estar unido a él, no porque haya obtenido la justificación
que proviene de la ley, sino la que procede de la fe en Cristo Jesús,
con la que Dios hace justos a los que creen. Y todo esto, para conocer a
Cristo, experimentar la fuerza de su resurrección, compartir sus
sufrimientos y asemejarme a él en su muerte, con la esperanza de
resucitar con él de entre los muertos. No quiero decir que haya logrado
ya ese ideal o que sea ya perfecto, pero me esfuerzo en conquistarlo,
porque Cristo Jesús me ha conquistado. No, hermanos, considero que
todavía no lo he logrado. Pero eso sí, olvido lo que he dejado atrás, y
me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios,
por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo.
COMENTARIO
A la
luz del Señor resucitado, a la luz de aquellas experiencias en el camino
de Damasco, descubre San Pablo que nada vale ya la pena y todo es
basura en comparación de la excelencia del conocimiento de Cristo. En él
está la salvación. Toda la vida del Apóstol tiene ahora un sentido:
“Ganar a Cristo”. Solamente en Cristo puede el hombre alcanzar la
verdadera “justicia”. De esta justicia ha hablado San Pablo extensamente
en sus dos epístolas a los romanos y a los gálatas; en esta ocasión se
contenta con subrayar los puntos fundamentales de su doctrina: es una
“justicia” que viene de Dios, de suerte que el hombre no puede
conquistarla con el propio esfuerzo en el cumplimiento de la Ley; es
gracia y, en este sentido, nunca “mi justicia”, El hombre se abre a esta
justicia por la fe en Cristo. Como fruto de la justificación por la fe
en Cristo, espera San Pablo un conocimiento y una comunión de vida con
el Señor, una experiencia profunda y no sólo un conocimiento teórico de
Cristo. Se trata de una correalización de la Pascua de Jesucristo, del
tránsito de Jesús por la muerte a la vida. San Pablo, que padece y muere
con Cristo, espera llegar a participar plenamente de su Resurrección. No
obstante ser la “justificación” una gracia de Dios, el hombre no queda
reducido a una actitud meramente pasiva. El indicativo de nuestra
salvación hace posible cumplir con el imperativo que en él se funda. Y
así, San Pablo tiene en cuenta la amonestación que hace a los
filipenses: “Trabajar con temor y temblor en la propia salvación”. San
Pablo tiene conciencia de que todavía no ha alcanzado plenamente la
salvación y quiere conseguirla con todas sus fuerzas. Aquella
experiencia del camino de Damasco, su conversión y el haber sido tomado
por el Señor a su servicio, son para San Pablo una prenda que anticipa
en esperanza lo que todavía le falta y que despierta en él el deseo de
alcanzar definitivamente su meta. Como un corredor en la pista, que no
vuelve atrás su mirada para ver sus éxitos o fracasos, y que se lanza
siempre hacia delante puestos los ojos en la meta, así quiere vivir San
Pablo siempre atento a la llamada de Dios y presuroso hacia la meta con
toda urgencia del amor de Cristo. Jesucristo, el Señor resucitado, ha
alcanzado ya a San Pablo; por eso, ahora, San Pablo, en respuesta al
Señor, tiene que procurar dar alcance a Cristo.
EVANGELIO (Juan 8, 1-11)
En
aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se
presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él,
sentado entre ellos, le enseñaba. Entonces los escribas y fariseos le
llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él,
le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante
adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que
dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo.
Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero
como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de
ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a
agachar y siguió escribiendo en el suelo. Al oír aquellas palabras, los
acusadores comenzaron a escabullirse, uno tras otro, empezando por los
más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de
pie, junto a él. Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer,
¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le
contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete
y ya no vuelvas a pecar”.
COMENTARIO
Este
pasaje parece un cuerpo extraño en el Evangelio de San Juan, y por su
lenguaje y estilo diríase que pertenece más bien a los Sinópticos. En
efecto, algunos manuscritos lo traen dentro del Evangelio de San Lucas,
después del capítulo 21,38. Y los exégetas creen que no perteneció
originariamente a San Juan y que se trata de una especie de trasplante a
partir del Evangelio según San Lucas. El tribunal juzgaba habitualmente
en el ámbito del Templo. Algunos fariseos y escribas que vieron allí
mismo cómo Jesús enseñaba al pueblo, entendieron que había llegado una
buena ocasión para comprometer al Maestro, que tan bien se llevaba con
los pecadores y los publicanos. Creyeron que no sería capaz de juzgar a
esta mujer adúltera, según el rigor de la Ley de Moisés y que esto les
serviría para acusarlo después, ante el Sanedrín, de despreciar la Ley
Pusieron a la mujer adúltera en medio y, denunciándola, citaron la pena
que señalaba en estos casos el Deuteronomio. Jesús estaba sentado en el
suelo enseñando al pueblo e, inclinándose, pudo escribir perfectamente
con su dedo en el polvo. De esta manera daba a entender que aquel asunto
no le interesaba y que su deseo era que le dejaran en paz siguiendo con
su enseñanza. Pero al ver que los acusadores no se marchaban y seguían
insistiendo, se levantó y les dio una respuesta que puso al descubierto
su mala intención. Jesús no critica la ley establecida, pero saca a
pública vergüenza la falsa seguridad de los acusadores. Según el
Deuteronomio 17,7. los testigos del crimen debían ser los que arrojaran
la primera piedra. Jesús no afirma que sólo pueda dictar una sentencia
justa un juez legítimo que, además, sea absolutamente inocente. Pero
aquellos escribas y fariseos no eran jueces legítimos, sino acusadores
de mala fe que se tenían a sí mismos por justos y sólo buscaban
comprometer a Cristo. La palabra del Señor puso al descubierto la
intriga de estos escribas y fariseos y su incompetencia, así como la
falsa seguridad en su supuesta inocencia. Sus palabras produjeron el
efecto deseado. Y sentándose de nuevo, siguió escribiendo con el dedo,
dando a entender que el asunto había terminado. Cuando todos se fueron,
Jesús se levantó de nuevo para pronunciar una palabra seria y a la vez
llena de misericordia a aquella mujer. No disculpa la acción que ha
cometido, pero hace valer en favor suyo la gracia antes que el rigor de
la justicia.