Programa para el Año de la Liturgia y la Piedad Popular

 

La Fiesta de Dios

Décima Carta Pastoral

 

Oración para el Año de la Liturgia y la Piedad Popular

 

Reflexiones para los Domingos de Adviento

 

Reflexiones para el Miércoles de Ceniza y los Domingos de Cuaresma

 

 

 

 

 

 REFLEXIONES DE CUARESMA


 Pbro. Doctor Manuel Ceballos García

 Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica-Mérida, Yuc.

 

 V DOMINGO DE CUARESMA

PRIMERA LECTURA (Isaías  43, 16-21) 

Esto dice el Señor, que abrió un camino en el mar y un sendero en las aguas impetuosas, el que hizo salir a la batalla a un formidable ejército de carros y caballos, que cayeron y no se levantaron, y se apagaron como una mecha que extingue: “No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo; yo voy a realizar algo nuevo. Ya está brotando. ¿No lo notan? Voy a abrir caminos en el desierto y haré que corran los ríos en la tierra árida. Me darán gloria las bestias salvajes, los chacales y los avestruces, porque haré correr agua en el desierto, y ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo escogido. Entonces el pueblo que me he formado proclamará mis alabanzas”. 

COMENTARIO

El pueblo de Israel está oprimido y desterrado. Ha sido hecho esclavo de sus propios enemigos. Para esta segunda esclavitud, el Señor ha preparado un segundo “éxodo”. Aquella salida de Egipto ya realizada es la garantía del retorno de Babilonia que ahora anuncia el Señor  por boca de su profeta. Si entonces se manifestó  el poder de Dios abriendo un camino entre las aguas del mar Rojo hacia la libertad del desierto y la fecundidad de una tierra prometida, ahora se propone hacer volver a su pueblo abriendo la marcha triunfal  por el desierto y haciendo brotar a su paso ríos de agua viva en el yermo. Será una segunda salvación, nueva e imprevista, sorprendente, para que Israel proclame las maravillas de Dios. El Señor salvará a su pueblo de la esclavitud y de la muerte hacia la libertad y la vida. El primero y el segundo “éxodo” de Israel es el símbolo de todas nuestras liberaciones. Nuestro Dios es el Dios vivo que abre siempre un camino hacia el futuro, es “el Dios delante de nosotros”.

 

SEGUNDA LECTURA (Filipenses  3, 7-14) 

Hermanos: Todo lo que era valioso para mí, lo consideré sin valor a causa de Cristo. Más aún, pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él, no porque haya obtenido la justificación que proviene de la ley, sino la que procede de la fe en Cristo Jesús, con la que Dios hace justos a los que creen. Y todo esto, para conocer a Cristo, experimentar la fuerza de su resurrección, compartir sus sufrimientos y asemejarme a él en su muerte, con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos. No quiero decir que haya logrado ya ese ideal o que sea ya perfecto, pero me esfuerzo en conquistarlo, porque Cristo Jesús me ha conquistado. No, hermanos, considero que todavía no lo he logrado. Pero eso sí, olvido lo que he dejado atrás, y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo.

COMENTARIO 

A la luz del Señor resucitado, a la luz de aquellas experiencias en el camino de Damasco, descubre San Pablo que nada vale ya  la pena y todo es basura en comparación de la excelencia del conocimiento de Cristo. En él está la salvación. Toda la vida del Apóstol tiene ahora un sentido: “Ganar a Cristo”. Solamente en Cristo puede el hombre alcanzar la verdadera “justicia”. De esta justicia ha hablado San Pablo extensamente en sus dos epístolas a los romanos y a los gálatas; en esta ocasión se contenta con subrayar los puntos fundamentales de su doctrina: es una “justicia” que viene de Dios, de suerte que el hombre no puede conquistarla con el propio esfuerzo en el cumplimiento de la Ley; es gracia y, en este sentido, nunca “mi justicia”, El hombre se abre a esta justicia por la fe en Cristo. Como fruto de la justificación por la fe en Cristo, espera San Pablo un conocimiento y una comunión de vida con el Señor, una experiencia profunda y no sólo un conocimiento teórico de Cristo. Se trata de una correalización de la Pascua de Jesucristo, del tránsito de Jesús por la muerte a la vida. San Pablo, que padece y muere con Cristo, espera llegar a participar plenamente de su Resurrección. No obstante ser la “justificación” una gracia de Dios, el hombre no queda reducido a una actitud meramente pasiva. El indicativo de nuestra salvación hace posible cumplir con el imperativo que en él se funda. Y así, San Pablo tiene en cuenta la amonestación que hace a los filipenses: “Trabajar con temor y temblor en la propia salvación”. San Pablo tiene conciencia de que todavía no ha alcanzado plenamente la salvación y quiere conseguirla con todas sus fuerzas. Aquella experiencia del camino de Damasco, su conversión y el haber sido tomado por el Señor a su servicio, son para San Pablo una prenda que anticipa en esperanza lo que todavía le falta y que despierta en él el deseo de alcanzar definitivamente su meta. Como un corredor en la pista, que no vuelve  atrás su mirada para ver sus éxitos o fracasos, y que se lanza siempre hacia delante puestos los ojos en la meta, así quiere vivir San Pablo siempre atento a la llamada de Dios y presuroso hacia la meta con toda urgencia del amor de Cristo. Jesucristo, el Señor resucitado, ha alcanzado ya a San Pablo; por eso, ahora, San Pablo, en respuesta al Señor, tiene que procurar dar alcance a Cristo.

 

EVANGELIO (Juan  8, 1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, le enseñaba. Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?” Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Pero como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo. Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse, uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él. Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

 

COMENTARIO 

Este pasaje parece un cuerpo extraño en el Evangelio de San Juan, y por su lenguaje y estilo diríase que pertenece más bien a los Sinópticos. En efecto, algunos manuscritos lo traen dentro del Evangelio de San Lucas, después del capítulo 21,38. Y los exégetas creen que no perteneció originariamente a San Juan y que se trata de una especie de trasplante a partir del Evangelio según San Lucas. El tribunal juzgaba habitualmente en el ámbito del Templo. Algunos fariseos y escribas que vieron allí mismo cómo Jesús enseñaba al pueblo, entendieron que había llegado una buena ocasión para comprometer al Maestro, que tan bien se llevaba con los pecadores y los publicanos. Creyeron que no sería capaz de juzgar a esta mujer adúltera, según el rigor de la Ley de Moisés y que esto les serviría para acusarlo después, ante el Sanedrín, de despreciar la Ley Pusieron a la mujer adúltera en medio y, denunciándola, citaron la pena que señalaba en estos casos el Deuteronomio. Jesús estaba sentado en el suelo enseñando al pueblo e, inclinándose, pudo escribir perfectamente con su dedo en el polvo. De esta manera daba a entender que aquel asunto no le interesaba y que su deseo era que le dejaran en paz siguiendo con su enseñanza. Pero al ver que los acusadores no se marchaban y seguían insistiendo, se levantó y les dio una respuesta que puso al descubierto su mala intención. Jesús no critica la ley establecida, pero saca a pública vergüenza la falsa seguridad de los acusadores. Según el Deuteronomio 17,7. los testigos del crimen debían ser los que arrojaran la primera piedra. Jesús no afirma que sólo pueda dictar una sentencia justa un juez legítimo que, además, sea absolutamente inocente. Pero aquellos escribas y fariseos no eran jueces legítimos, sino acusadores de mala fe que se tenían a sí mismos por justos y sólo buscaban comprometer a Cristo. La palabra del Señor puso al descubierto la intriga de estos escribas y fariseos y su incompetencia, así como la falsa seguridad en su supuesta inocencia. Sus palabras produjeron el efecto deseado. Y sentándose de nuevo, siguió escribiendo con el dedo, dando a entender que el asunto había terminado. Cuando todos se fueron, Jesús se levantó de nuevo para pronunciar una palabra seria y a la vez llena de misericordia a aquella mujer. No disculpa la acción que ha cometido, pero hace valer en favor suyo la gracia  antes que el rigor de la justicia.

 

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