"Hoy damos gracias a Dios
porque la vida consagrada es un don, un regalo del Espíritu
Santo a la Iglesia. ¿Qué quiere decir esto, queridas hermanas,
hermanos, religiosas, religiosos? Que ustedes cada uno de
ustedes en su vida deben ser un regalo de Dios Padre a su
Iglesia para sus hermanos. Es un regalo del Padre este Espíritu
Santo. Se llama Espíritu Santo porque hace presente la santidad
de Dios en nuestro corazón, en nuestra vida.
Decía el Papa Juan Pablo II
que pedir el Bautismo, pedir la fe es pedir ser santos, esa es
la vocación de todos los bautizados, de todos los cristianos,
hacer que la presencia de Dios se transforme en vida nuestra, de
modo que nosotros transmitamos a los demás la experiencia de
Dios, de un Dios que es Padre, de un Dios que es Amor, de un
Dios que es perdón, que es misericordia.
Y ustedes consagrados,
consagradas, de manera especial hacen presente esta santidad de
Dios, viviendo los consejos evangélicos: la pobreza, la
castidad, la obediencia por amor al Reino de los cielos, por
imitar más de cerca a Jesucristo y a su Madre Santísima. Este es
el don que ya les dio por vocación Dios Padre a la Iglesia en
ustedes y este es el don que hoy agradecemos y que como todo don
implica una responsabilidad, de agradecerlo y de hacerlo
operante en servicio de los demás".