"Nuestra grande tristeza, la tristeza
de nuestra Madre la Iglesia es la ignorancia de sus hijos. La mayor
parte de los hijos de la Iglesia son infieles a su madre, porque no
participan de la vida de la Iglesia ni escuchan su palabra, sus
enseñanzas, ni acogen la salvación que les ofrece por medio de sus
sacramentos, especialmente por medio de la santa eucaristía y la misa
dominical.
Necesitamos —nos dicen nuestros
obispos, en el documento de Aparecida—, la conversión pastoral, todos,
desde los obispos, sacerdotes y los fieles. Necesitamos repensar
nuestra fe, redefinir nuestro caminar, necesitamos reorientar nuestra
vida cristiana, porque sino vamos a la deriva.
El profeta Joel exhortaba a los
sacerdotes del templo de Jerusalén a hacer penitencia porque el culto
en el templo de Jerusalén estaba vacío, no había ofrendas, no había
sacrificios, no había alabanza al Señor. Nuestros templos todavía
están llenos, todavía hay muchas personas fieles, sin embargo los
jóvenes cada vez están más ausentes.
Si ustedes miran a su vecino de lado y
lado, van a encontrar muy pocos jóvenes, algunos niños... ¿Dónde están
los jóvenes? Ahorita no están trabajando, ahorita no están estudiando,
ahorita están en la plaza, ahorita están en la tertulia y después en
los llamados antros y centros de diversión. Los domingos tampoco
están, en su inmensa mayoría en nuestros templos.
Hermanas y hermanos, tenemos que darnos
cuenta de esta realidad, tenemos que ver qué vamos a hacer, porque
nosotros somos herederos de un grande tesoro de la fe, pero al mismo
tiempo somos responsables de que esa fe pase fortalecida, vigorosa,
renovada, entusiasta, alegre, operativa, creativa a las nuevas
generaciones.
Le pedimos a nuestra Madre Santísima de
Guadalupe y a su santo servidor san Juan Diego, que así como hizo
florecer el Tepeyac, haga también florecer el desierto de nuestras
vidas, haga florecer nuestra sociedad, o lo que llamaba el Juan Pablo
II, un nuevo Pentecostés o una nueva primavera de fe para la Iglesia.
Que la Virgen Santísima y san Juan Diego nos conceda este don, este
regalo, que con humildad le suplicamos.